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domingo, 23 de enero de 2022

Angustia (1947)




Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1947, 88 minutos

Angustia (1947) de J.A. Nieves Conde


Un científico encerrado en su laboratorio cuyos esfuerzos no se ven recompensados con el éxito; un violonchelista que no logra arrancar de su instrumento la ansiada melodía que le ronda por la cabeza desde hace varias semanas; una tía solterona cargada de dinero y de prejuicios; una casa de huéspedes como única fuente de ingresos para la pareja protagonista. Y, para colmo, un horrible suceso que, aparte de acarrear incertidumbre, amenaza con destruir los sueños de Elena (Amparo Rivelles) y Marcos (Adriano Rimoldi).

Segunda película dirigida por José Antonio Nieves Conde (aunque primera de las que se conservan), Angustia (1947) combina sabiamente una serie de elementos propios del thriller y el cine negro que, además, enlazan a la perfección con la magnífica partitura compuesta por el vasco Jesús Guridi. A este respecto, resulta de enorme interés la escena en la que las notas de un conjunto orquestal (la Sinfónica de Madrid) que está ofreciendo un concierto empalman, sin solución de continuidad, con la secuencia del crimen de la señora Jarque (María Francés): imágenes de cierto regusto expresionista, toda vez que las sombras de la acción nocturna adquieren una ambigua apariencia onírica.



El hecho de que Marcos haya soñado la noche anterior que era él mismo quien mataba a la anciana lo convierte en principal sospechoso de un asesinato en el que todos los indicios parecen acusarle. A partir de ese momento, un inspector amigo de la familia (Rafael Bardem) se encargará de reconstruir el extraño rompecabezas en torno a una muerte violenta que, por desgracia, no va a ser la única.

Al margen de la intriga policíaca y el afán por descubrir al culpable, los diálogos de Angustia contienen diversas alusiones al carácter soñador de algunos de los personajes. Caso, por ejemplo, de Marcos, a quien no sólo no se le perdona su condición de extranjero, sino que continuamente se le echa en cara que no haga nada de provecho. Apología del pragmatismo, no exenta de ironía, que los guionistas del filme quisieron atenuar situando la acción en un impreciso contexto que no se corresponde ni con la España de la época ni con ninguna otra sociedad mínimamente reconocible.



jueves, 13 de diciembre de 2018

La gran mentira (1956)




Director: Rafael Gil
España, 1956, 97 minutos

La gran mentira (1956) de Rafael Gil


Éstos son unos estudios cinematográficos, y éste es el plató. La gran fábrica moderna de los sueños. Entre estas paredes frías y desnudas, en esos hierros oxidados, en esos proyectores que ahora descansan en silencio, se encierra todo el mundo fabuloso del cine. Miles de gentes darían casi su vida por triunfar a la sombra de estos muros. Millones de personas, cautivadas por la magia del séptimo arte, piden ansiosamente la historia de amor o de aventuras que les permita soñar al fin de cada jornada. Trabajos, sinsabores, necesidades, todo se olvida frente a esa alucinación de la pantalla. Este mundo no lo conoce casi nadie, aunque todos se lo imaginan deslumbrador, frívolo y dichoso, cuando en realidad es implacable, arriesgado y cruel, a pesar de su aparente gloria.

Haciendo acto de contrición respecto a la amarga realidad que a menudo se esconde tras la rutilante apariencia de las estrellas de cine, Rafael Gil tituló esta película La gran mentira con una doble intencionalidad: por una parte, en referencia al engaño del que se sirve el galán César Neira (Paco Rabal) para relanzar su carrera a costa de una infeliz maestra de escuela en silla de ruedas (Madeleine Fischer); por otra, tal y como deja patente el prólogo que arriba reproducimos, para desmitificar el glamur de una industria en la que, según dice el personaje de Jacqueline Pierreux en un momento determinado: "Lo que importa es llegar: el cómo y el porqué no interesan..."

En ese sentido, el director español retomaba el mismo punto de vista crítico que ya exploraran dos célebres filmes americanos en los inicios de aquella misma década: Eva al desnudo (All About Eve, 1950) de Joseph L. Mankiewicz y Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952) de Vincente Minnelli. Agrio retrato, en ambos casos, de los entresijos de Broadway y de Hollywood, respectivamente, y que en el caso de La gran mentira, arrancaba en los destartalados Estudios Sevilla Films (se conoce que la realidad española era, por aquel entonces, mucho más mísera que la norteamericana).



En ese juego entre ficción y realidad un tanto cervantino, en el que asistimos al rodaje de una película (La hora suprema) cuyo argumento coincide plenamente con el de la que estamos viendo (La gran mentira), no faltan toques humorísticos de autoparodia, como la reunión de trabajo en la que el ególatra productor Sándalo (Juan Calvo) le espeta airado a uno de sus guionistas: "¿Qué cree, que esto es una película de Escrivá, dirigida por Rafael Gil?" En realidad, no son pocas las personalidades que aparecen fugazmente en la escena inicial haciendo de sí mismas: Fernando Fernán Gómez, Jorge Mistral, José Luis Sáenz de Heredia, los futbolistas Samitier, Ramallets y Biosca... Todos ellos presentados por el locuaz Bobby Deglané, mito hispanochileno de los micrófonos que ya había participado, un año antes, en Historias de la radio (1955).

Sin llegar a alcanzar la dimensión ontológica de sus modelos hollywoodenses, la cinta de Rafael Gil merece, sin embargo, ser tenida en cuenta por lo que posee de caricatura del star system patrio de aquel período. Parodia que, ya en su tramo final, da paso al más puro melodrama mediante el recurso fácil de un accidente automovilístico que hará recapacitar al protagonista, llevándolo de nuevo, desde el regazo de la femme fatale Sara Millán (Pierreux) al remanso beatífico de la impedida Teresa Campos (Fischer).


viernes, 1 de julio de 2016

La malquerida (1940)




Director: José López Rubio

España, 1940, 84 minutos

La Malquerida (1940) de José López Rubio

El que quiera a la del Soto
tiene penas de la vida:
por quererla quien la quiere
la llaman la Malquerida.

Adaptación cinematográfica del drama homónimo de Jacinto Benavente que se rodó en los estudios Orphea de Barcelona bajo la dirección de José López Rubio. Cuenta la historia de la aldeana Acacia (Luchy Soto), una joven cortejada por unos y por otros y cuyo padrastro (Jesús Tordesillas) la intentará seducir infructuosamente.

Una evidente impronta folclórica, casi pintoresquista, está muy presente a lo largo de un filme que pretendía captar la esencia del medio rural castellano: los vestidos tradicionales que lucen las mujeres en la corrida de toros de Oropesa (Toledo), la serenata que dedican los mozos del pueblo a Acacia o, simplemente, la forma de hablar (y de escribir) de los lugareños son sólo algunos ejemplos que ponen de manifiesto una actitud, por parte de López Rubio, a medio camino entre lo antropológico y el costumbrismo tradicionalista de corte romántico.

Quizá debido a ello, los valores tanto implícitos como explícitos que se desprenden del argumento obedecen a un marcado conservadurismo, según el cual la mujer debe vivir supeditada a los dictados del hombre. De ahí que Esteban (Jesús Tordesillas), quien también ejerce de cacique en la hacienda de El Soto, se sienta totalmente legitimado en sus aspiraciones a doblegar la voluntad de madre e hija. Para lo cual irá tejiendo un complejo entramado con la finalidad de acabar con la vida de Faustino (Carlos Muñoz) y la de Norberto (Julio Peña).

Por eso resulta tan fácil establecer un paralelismo entre la situación concebida por el Nobel Benavente y la de algunos mitos presentes en la tragedia griega: la debilidad del padrastro es equivalente a la de Fedra y el destino, en ambos casos, acabará sentenciando sin miramientos: la sangre de la madre (Társila Criado) adquiere, entonces, un valor redentor que la equipara con Cristo.

En el apartado técnico, merece ser destacada, por último, la música que el compositor Jesús Guridi creó para la ocasión, todo un lujo si se tiene en cuenta la relevancia que el vasco llegaría a adquirir en el ámbito musical internacional.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Los hijos de la noche (1939)




Directores: Benito Perojo/Aldo Vergano
España/Italia, 1939, 104 minutos

Los hijos de la noche (1939)


Aquello de "Siente un pobre a su mesa" levantó no poco revuelo cuando Luis García Berlanga se permitió caricaturizar dicho lema franquista, destinado en un principio a tranquilizar conciencias, en su comedia Plácido (1961). Muchos años antes, sin embargo, el mismo régimen daba ya muestras de la misma obsesión caritativa al auspiciar el musical cómico Los hijos de la noche, rodado en 1939 en los estudios Cinecittà de Roma en coproducción con la Italia fascista de Benito Mussolini. Saliendo como estaba España de una cruenta guerra civil, eran habituales este tipo de películas fruto de la colaboración con la industria cinematográfica de las potencias del Eje, entonces países "amigos". Suspiros de España (1939) sería otro ejemplo célebre, rodada en la Alemania nazi y parodiada muy posteriormente por Fernando Trueba en La niña de tus ojos (1998).

Como se observa en este programa de mano, el film no solo
se ambienta en época navideña sino que se estrenó
coincidiendo con esas fechas


El filme que nos ocupa, adaptación de una comedia de Leandro Navarro y Adolfo Torrado con diálogos adicionales del mismísimo Miguel Mihura, fue protagonizado por Estrellita Castro en el papel de la Inglesita y "el as de la pantalla española" (así reza en los títulos de crédito iniciales) Miguel Ligero. La trama, acompañada por la música de (entre otros) Jesús Guridi, es de lo más simple: Navidad. Mientras los ricos burgueses se regocijan en opíparos banquetes, un grupo de míseros pedigüeños se refocila con lo poco que tiene.

El punto de vista adoptado, sin embargo, es el de los parias: no hay más que reparar en que la película arranca en plena Misa del gallo, con Estrellita Castro cantando una súplica al niño Jesús para que la acorra en la adversidad. Lo cual es una forma, por otra parte, de desmarcarse de la burguesía degenerada y decadente subrayando que la Inglesita y los suyos, aunque pobres, son honrados.

Diez minutos largos transcurren hasta que, tras las dos canciones iniciales interpretadas por los pobretones, se da protagonismo al diálogo, ya en la cena de gala. Y, para mayor contraste, se realiza mediante un brindis que no tiene desperdicio: ahí se hace evidente la mano de Mihura, por lo absurdo de las palabras de don Francisco, que se dirige a la atónita concurrencia diciendo que debe matar un toro (??) o una vaca (???). Charo recibe a continuación una lujosa pulsera de diamantes, pero al espectador le ha quedado claro que don Francisco es un personaje de lo más tronado.

Acto seguido volvemos al otro extremo: seis cabezas menesterosas, filmadas en plano Nadir, se reúnen expectantes en torno a la billetera que ha robado Currichi, dejando patente la voluntad de Perojo de incorporar a su narrativa elementos visuales ligeramente vanguardistas. Pero poco dura la alegría en casa del pobre: el billete que contiene es falso, con lo que, a pesar de la euforia y el chotis, el suculento ágape se desvanece en cuestión de segundos para, acto seguido, ser expulsados de la taberna de Venancio y devueltos a la cruda realidad de chabolas, hambre y chinches.

Piruli y la Inglesita registrando la billetera de don Francisco


Tras un frustrado intento inicial de sustraerle la cartera a don Francisco (Alberto Romea), ambos bandos llegarán a un acuerdo de conveniencia. Tres de los desharrapados se instalarán en la mansión del susodicho con la finalidad de hacerse pasar por sus hijos y así continuar engañando a su hermana doña Irene (Hortensia Gelabert), que ha estado enviándole cuatro mil dólares mensuales a don Francisco desde EE.UU. a cuenta de sus supuestos sobrinos y que ahora regresa al cabo de veintidós años.

Puede imaginarse la cantidad de equívocos que generará esta farsa, con el divertido trío de pícaros intentando aparentar lo que no son y su a marchas forzadas proceso de aprendizaje, asistidos por el mayordomo Severo (nunca mejor dicho, con semejante nombre).

De izquierda a derecha: Pedro Fernández Cuenca (Severo),
Miguel Ligero (Currichi), Estrellita Castro (Inglesita) y Julio Peña (Piruli)


Ya en la imponente mansión de la calle Velázquez, Perojo volverá a dar rienda suelta a su inventiva: uso de la cámara rápida (adelante y atrás, el trío protagonista sube y baja las escaleras), la ropa y los zapatos relucientes que cobran vida y se desplazan hasta acabar colocados en sus nuevos dueños o la imagen de Estrellita Castro reflejada en varios espejos al tiempo que entona una de sus canciones.

En resumidas cuentas, ni en el año 39 estaba el horno patrio para muchos bollos ni Los hijos de la noche es Les enfants du paradis, pero, con todo y a pesar de lo superficial del rancio y paternalista mensaje que de ella se desprende (ni rastro de explicaciones ahondando en las posibles causas de la pobreza: basta una tía ricachona para redimir a los tres hampones), la película alberga sorpresas que están sin duda esperando a ser redescubiertas.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Marianela (1940)




Director: Benito Perojo
España, 1941, 87 minutos

Marianela (1940) de Benito Perojo


La historia de la pobre y, según ella, poco agraciada Marianela (o Nela, como la llaman familiarmente quienes la conocen). Benito Pérez Galdós había situado la acción de su novela hacia 1878, año de publicación de la misma, pero, a juzgar por el modo de vestir de los personajes, parece ser que el otro Benito (Perojo, en este caso) decidió trasladarla hasta el presente en su versión cinematográfica de 1941. En todo caso, la esencia del relato se mantiene prácticamente intacta, si bien se incide de un modo especial en el final casi místico con el que se cierra la película.

Pablo (Julio Peña), como el ciego Tiresias de la tragedia griega, ve más allá con los ojos de la razón y, por eso, el hecho de recuperar la vista supone para él dar un paso atrás: mientras no veía era capaz de percibir la belleza sensitiva de Marianela (Mary Carrillo), virtud que deja de poseer en beneficio de la concupiscente hermosura de Florentina en cuanto posa sobre ella sus ojos.

En el apartado técnico, merecen ser destacados los decorados de Pierre Schild, en particular los que reproducen el interior de la mina de carbón en la que entran Pablo y su inseparable y fiel lazarillo Nela.

La banda sonora corrió a cargo del compositor vasco Jesús Guridi, todo un lujo si se tiene en cuenta la calidad y prestigio que alcanzó el conjunto de su producción sinfónica.

El compositor Jesús Guridi junto al cartel de la película


En cuanto al papel de la bella Florentina, éste fue interpretado por la no menos bella Maria Mercader, actriz catalana y esposa del cineasta Vittorio De Sica.

Dos versiones más del clásico de Galdós se llevarían a la pantalla posteriormente: una argentina de 1955 (dirigida por Julio Porter) y otra española, de Angelino Fons, en 1972, con Rocío Dúrcal en el papel principal.

Jesús Tordesillas, Julio Peña, Maria Mercader y Mary Carrillo