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jueves, 16 de julio de 2026

Letras robadas (2026)




Título original: Power Ballad
Director: John Carney
Irlanda/EE.UU., 2026, 98 minutos

Letras robadas (2026) de John Carney


La premisa de la cual parte Power Ballad (2026), un caso de apropiación intelectual, nos recuerda que los litigios en el mundo de la música son un fenómeno bastante más frecuente de lo que a veces pensamos. Y es que de figurar o no como compositor de un éxito de ventas (o de descargas, escuchas, visualizaciones...) depende el hecho de vivir de rentas el resto de tus días o simplemente permanecer en el anonimato sin mayor pena ni gloria.

En ese orden de cosas, Rick (Paul Rudd) es el vocalista de un modesto conjunto que ameniza banquetes de boda con el habitual repertorio de hits ochenteros llenapistas. Aunque una noche, después de una actuación, el azar propicia el encuentro del cantante con el ídolo de masas Danny Wilson (interpretado por Nick Jonas, ex miembro de los célebres Jonas Brothers en la vida real) y, entre cerveza y cerveza, ambos terminan compartiendo canciones y confesiones. El problema vendrá cuando, meses más tarde, Rick descubre que el otro ha hecho suya una composición que, para colmo, termina convirtiéndose en un fenómeno viral...



Como ya sucediera en Once (2006) o la posterior Sing Street (2016), la música vuelve a jugar un papel determinante en la última película del irlandés John Carney (Dublín, 1972). Y no sólo porque sus personajes se dediquen de pleno a dicha actividad, sino sobre todo por el carácter eminentemente liberador que sobre ellos ejerce en tanto que verdadero motor de curación emocional y conexión humana. Aun así, lo que eleva a Power Ballad sobre otras comedias por el estilo es cómo aborda el binomio éxito-fracaso, ya que Carney profundiza en el dolor silencioso de quienes se quedan a las puertas de la gloria, conviviendo con la sombra de lo que pudo haber sido.

De modo que el director de la cinta nos ofrece aquí una entrega más de la fórmula que lleva años perfeccionando. Una propuesta honesta, divertida y a ratos agridulce, en la que entran también en juego temas como la amistad (tremendo Peter McDonald en su papel de colega entrañablemente torpe del protagonista) y la familia (con la mujer y la hija de Rick apoyándole y a veces burlándose de él), que funciona como bálsamo para el público en general, recordándonos que el valor real de crear algo hermoso reside muchas veces en el acto mismo de hacerlo, y no tanto en los focos que lo iluminan.



domingo, 12 de julio de 2026

A 500 millas de casa (2026)




Título original: 500 Miles
Director: Morgan Matthews
Reino Unido/Irlanda, 2026, 102 minutos

A 500 millas de casa (2026) de Morgan Matthews


La más reciente producción del cineasta británico Morgan Matthews se presenta inicialmente como una tierna road movie costera para terminar convirtiéndose en un desgarrador estudio sobre el duelo infantil y la culpa. Basada en la novela de Mark Lowery, la trama sigue la huida de Finn (Roman Griffin Davis) y su dicharachero hermano pequeño Charlie (Dexter Sol Ansell), quienes emprenden una travesía de más de ochocientos kilómetros (de ahí el título) desde Inglaterra hasta la salvaje península de Dingle, en Irlanda, impulsados por el inminente divorcio de sus padres y el anhelo de reencontrarse con su huraño abuelo, encarnado por el veterano Bill Nighy.
El andamiaje técnico de la cinta brilla gracias a una sutil puesta en escena que intensifica la carga dramática del periplo emprendido por los dos hermanos. Así pues, la fotografía saca un partido soberbio a los abruptos acantilados y páramos irlandeses, transmutando el paisaje en una metáfora del aislamiento y la libertad que los menores experimentan, mientras que la melancólica partitura a piano de Jamie Duffy acentúa la pesadumbre del viaje. Asimismo, el montaje alterna con gran destreza la precaria travesía del presente con continuos flashbacks de pasadas vacaciones familiares, edificando un inteligente contraste entre la calidez de los recuerdos y la gélida realidad de su fuga.



​Aunque el alma incontestable de la cinta reside en la arrolladora química de su pareja protagonista. Griffin Davis despunta con una interpretación magistral, cargando sobre sus hombros una madurez impostada, resquebrajada por sutiles destellos de vulnerabilidad, mientras que el pequeño Sol Ansell aporta el contrapunto cómico e inocente idóneo para dar respiro a la historia; ambos son secundados eficazmente por una enérgica Maisie Williams en el papel de joven nómada y ocasional intérprete callejera de ukelele. De modo que, si bien el ritmo durante los dos primeros tercios flirtea en exceso con ciertos clichés predecibles del género y una cadencia parsimoniosa, las actuaciones sostienen el interés con firmeza.
No obstante, el verdadero acierto de Matthews tiene lugar en un demoledor tercer acto que redefine por completo la narrativa mediante un devastador giro de guion. Y es que, al desvelarse la cruda raíz del trauma que fracturó el hogar, la aparente ñoñería sentimental se transforma en un bofetón de cruda realidad que resignifica cada plano anterior. De esta manera, y pese a sus titubeos iniciales, la película triunfa como propuesta cinematográfica "tramposa" (en el mejor de los sentidos) gracias a un relato doloroso, pero de una honestidad sobrecogedora, que desarma al espectador y dignifica todo el proceso del perdón familiar.



jueves, 11 de septiembre de 2025

El hombre de Mackintosh (1973)




Título original: The MacKintosh Man
Director: John Huston
Reino Unido/EE.UU./Irlanda, 1973, 98 minutos

El hombre de Mackintosh (1973) de John Huston


Son varios los motivos que hicieron de The MacKintosh Man (1973) un filme fallido. Digamos, para empezar, que se trata de una película un tanto extraña, que hay algo en ella que no termina de encajar. De entrada por lo confuso de su argumento, en el que Paul Newman, un actor estadounidense, interpreta a un agente británico que se hace pasar por un ladrón australiano para vigilar de cerca a un espía ruso y finalmente terminar en Irlanda y luego Malta, donde la actriz francesa Dominique Sanda le da un pasaporte canadiense falso.

Se rumorea que el propio Walter Hill, único guionista oficial de entre la maraña de manos que intervinieron en la escritura del libreto, se avergonzaba un poco del engendro que había acabado siendo lo que en un principio estaba previsto que fuese la adaptación de una novela de Desmond Bagley, The Freedom Trap. De hecho, ni siquiera parece que el viejo Huston demostrase excesivo interés por el proyecto durante un rodaje en el que Newman, a pesar de la admiración que le profesaba, llegó a sentirse decepcionado ante la desidia del cineasta.



Aun así, dentro de lo poco que se salva de semejante despropósito cabe mencionar la interpretación de James Mason, metido en la piel de un lord británico que, aparte de gran orador, resulta que es también un agente a las órdenes de Moscú. Desde su primera aparición, de hecho, el actor eleva cada escena con su sola presencia y, aunque su personaje carezca de momentos espectaculares o monólogos dramáticos, es la clase de intérprete que podía sugerir de todo con un simple parpadeo, algo que aquí demuestra con creces.

Gestada en plena Guerra Fría, en un momento en el que el cine británico de espionaje buscaba reflejar el desencanto y la ambigüedad moral propios de aquel conflicto ideológico entre bloques, la cinta se inscribe en la tradición gris y cínica del realismo a lo John le Carré, donde los agentes secretos no son héroes, sino piezas prescindibles en un tablero político opaco. Estrenada en el contexto de un Reino Unido marcado por crisis económicas, tensiones internas y el descrédito institucional, expresa ese clima de sospecha y desgaste, mostrando un mundo donde la traición no es una anomalía, sino una herramienta más del sistema. Así pues, la trama, enredada y pesimista, encaja perfectamente con la atmósfera de desilusión que marcó el fin de la era del espionaje romántico y el inicio de una visión mucho más turbia y burocrática del poder.



miércoles, 11 de septiembre de 2024

Belfast (2021)




Director: Kenneth Branagh
Reino Unido, 2021, 98 minutos

Belfast (2021) de Kenneth Branagh


Quizá por estar inspirado en sus recuerdos de infancia, Belfast (2021) constituye uno de los trabajos más personales de la filmografía de Kenneth Branagh. Rodada en impecable blanco y negro, el valor simbólico de dicha decisión contrasta con el colorido de las películas y obras de teatro mediante las que el protagonista se evade de una realidad gris para refugiarse en el esplendor de un mundo de fantasía. De hecho, es a través de los ojos del pequeño Buddy (Jude Hill) que se descubren las incongruencias de una sociedad regida por férreos condicionamientos religiosos en función de si uno es católico o protestante.

Precisamente porque el punto de vista predominante es infantil, la cámara se sitúa a menudo en ángulo contrapicado con tal de reproducir la perspectiva del niño que descubre su entorno sin acabar de comprenderlo por completo. En todo caso, y dado que el ambiente familiar no siempre se presta a ello, con el padre (Jamie Dornan) trabajando en Inglaterra y la madre (Caitríona Balfe) continuamente inquieta ante los peligros que acechan a su prole, es en casa de los abuelos donde el chaval hallará la armonía que necesita.



Drama familiar intenso, aunque adornado con ciertos ribetes de comedia, lo cierto es que el enfoque en su conjunto se acaba decantando hacia la visión nostálgica de una familia de clase trabajadora fuertemente arraigada en el barrio en el que vive. Lo cual, dicho sea de paso, hace que la posibilidad de que se marchen a Canadá o Australia en busca de un futuro mejor represente para ellos una vivencia traumática en toda regla.

Aún así, se podría criticar, entre otras muchas cosas, que Branagh incurra en el tópico de servirse de la música de Van Morrison para ambientar los hechos o que su guion, premiado con un Óscar, carezca de la profundidad necesaria a la hora de abordar un conflicto de tamaña envergadura como los enfrentamientos políticos y religiosos que asolaron la capital de Irlanda del Norte a finales de los sesenta. No obstante, también es cierto que esto es sólo una película de ficción cuyas motivaciones, más humanas que documentales, quedan resumidas en la dedicatoria final: "Para los que se quedaron, para los que se fueron y para todos los que se perdieron".



martes, 20 de diciembre de 2022

Zardoz (1974)




Director: John Boorman
Irlanda/EE.UU./Reino Unido, 1974, 107 minutos

Zardoz (1974) de John Boorman


"Si esto es pensamiento intelectual, entonces el Pato Donald merece el Premio Nobel". Así se refería a Zardoz (1974) el autor de una contundente reseña sobre la película que apareció publicada en las páginas del Daily Express. De lo cual se infiere la pésima recepción que en su momento mereció una cinta masacrada por crítica y público hasta el extremo de que, según algunas fuentes, muchos espectadores que salían horrorizados de los cines desanimaban a quienes esperaban en la cola antes de entrar, lo cual contribuiría más aún a su estrepitoso descalabro en taquilla.

Lo cierto es que el propio John Boorman, director y guionista del engendro, admitiría tiempo después que por aquellos días se hallaba tan enganchado a las drogas que ni él mismo tiene muy claro de qué trataba el argumento de una historia repleta de incongruencias. Baste decir que la acción se sitúa en un lejano 2293, cuando las condiciones de vida en la Tierra se han vuelto tan sumamente hostiles que apenas cinco clanes (los brutales, los eternos, los renegados, los apáticos y los feroces exterminadores) se reparten los escasos recursos del planeta.



Sin embargo, el paso del tiempo, siempre tan caprichoso en lo que a modas y gustos se refiere, ha convertido en título de culto lo que en el momento de su estreno no pasó de simple fracaso comercial. Tanto es así que hoy se nos aparece como una rareza digna de estudio, en torno a temas como la inmortalidad o las relaciones de poder, cuyos personajes habitan en la burbuja del Vórtice bajo la atenta supervisión del todopoderoso Tabernáculo (especie de cerebro electrónico que permite presagiar la importancia que la inteligencia artificial llegará a tener en nuestro día a día).

Queda para la posteridad el peculiar atuendo que luce Sean Connery en su papel del aguerrido Zed: una exigua vestimenta, tan sensual como hortera, que sería la prueba fehaciente de lo desesperado que debió de sentirse el intérprete escocés, en horas bajas tras abandonar la franquicia Bond. Como también llama poderosamente la atención esa enorme cabeza flotante de piedra que incita a la violencia desaforada de sus adeptos mientras escupe rifles por la boca.



sábado, 13 de junio de 2020

El delator (1935)




Título original: The Informer
Director: John Ford
EE.UU., 1935, 91 minutos

El delator (1935) de John Ford

Cuatro Óscars (Mejor actor, director, guion y música) avalan el éxito de una de las cintas más logradas de cuantas dirigiera John Ford en la década de los treinta. Filme oscuro, de acción íntegramente nocturna, en el que el cineasta de origen irlandés se sirve de las técnicas del expresionismo para plasmar en imágenes la pesadumbre que atenaza al protagonista por haber inculpado a su antiguo camarada y amigo Frankie McPhillip (Wallace Ford).

Son varios los recursos que, a tal efecto, se utilizan, siendo el más reiterado (y reiterativo) la sobreimpresión en pantalla del cartel de "Se busca" cada vez que al rudo Gypo (Victor McLaglen) lo asalta la desazón del remordimiento. Pasquín al que, por cierto, el viento arrastra por los suelos, durante las primeras secuencias de la película, hasta engancharse como una lapa entre las piernas del delator: metáfora límpida y cristalina del sentimiento de culpa que, a partir del momento en el que se consuma el chivatazo, lo va a importunar con insufrible insistencia.



También el compás de un reloj, una vez que Gypo se separa de Frankie, marcará el inicio de la cuenta atrás que va a conducir a ambos hombres a su perdición: el uno a manos de la policía británica y el otro en un juicio sumarísimo, bajo la atenta mirada de sus antiguos correligionarios del IRA, cuyo ambiente subterráneo y clandestino remite ineludiblemente al llevado a cabo por los miembros del hampa en M (1931) de Fritz Lang.

Con todo y con eso, la esencia última de lo expuesto en The informer obedece a unos valores más cristianos que políticos. A este respecto, las palabras con las que se abre el relato ("Then Judas repented himself and cast down the thirty pieces of silver and departed...") no dejan lugar a dudas: las veinte libras de la recompensa van a suponer para el pobre Gypo lo mismo que fueron aquellas treinta monedas para el alevoso apóstol. De poco le habrá servido la promesa de emigrar a América en compañía de esa especie de magdalena que es Katie (Margot Grahame): lo que fácil viene, fácil se va y, tras malgastar el dinero en borracheras, finalizará su periplo frente al altar y la madre de Frankie (en clara alusión a la Virgen María) implorando el perdón que redima su culpa ante Dios y los hombres.


miércoles, 14 de agosto de 2019

Ulysses (1967)




Director: Joseph Strick
Reino Unido/EE.UU., 1967, 132 minutos

Ulysses (1967) de Joseph Strick


Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó: 
—Introibo ad altare Dei.

James Joyce
Ulises
Traducción de José María Valverde

16 de junio de 1904: Leopold Bloom lleva a cabo su particular periplo dublinés. Y, con él, Stephen Dedalus. El Ulises fue la novela definitiva, un monumento de tal magnitud y tan sumamente imponente que no ha cesado de generar controversia desde que viera la luz en 1922. Porque si ya hay hasta quien sostiene el carácter intraducible de la obra magna de Joyce, sólo faltaba que algún cineasta intrépido se aventurase a adaptarla a la gran pantalla.

Y ese hombre fue Joseph Strick (1923–2010), nacido en Pennsylvania y fallecido en París, pero que recaló en Gran Bretaña para llevar a cabo la ingente tarea de transformar en imágenes los dieciocho episodios de que consta el texto. 



Un repaso somero de los títulos que componen su filmografía confirma de inmediato que a Strick le atraían la literatura de altos vuelos y los retos a partes iguales: The Balcony (1963), sobre una pieza de Jean Genet; Justine (1969, acabada y firmada por George Cukor), a partir de la novela homónima de Lawrence Durrell; Tropic of Cancer (1970), adaptación de la célebre obra de Henry Miller; A Portrait of the Artist as a Young Man (1977), la otra gran narración de James Joyce...

Condensar el Ulysses en apenas dos horas tiene casi tanto mérito como visualizar sus múltiples situaciones. Y, en ese sentido, la adaptación de Strick resulta verdaderamente antológica. No sólo porque logra captar la esencia de esa odisea moderna, sino, sobre todo, por la variedad de estilos que, estando ya presentes en cada capítulo del libro, saltan al celuloide mediante el uso oportuno de la cámara hasta culminar en el portentoso monólogo interior de Molly Bloom (Barbara Jefford) que da rienda suelta a la conciencia de la esposa a lo largo de una noche de insomnio.


martes, 28 de mayo de 2019

Innisfree (1990)




Director: José Luis Guerín
España/Francia/Irlanda, 1990, 110 minutos

Innisfree (1990) de José Luis Guerín


I will arise and go now, and go to Innisfree,
And a small cabin build there, of clay and wattles made;
Nine bean rows will I have there, a hive for the honey bee,
 And live alone in the bee-loud glade.

William Butler Yeats (1865-1939)
The Lake Isle of Innisfree

Como el Macondo de García Márquez en el ámbito de la narrativa hispanoamericana (y aun universal), Innisfree forma ya parte de la geografía mítica de todo cinéfilo que se precie. Un marco idílico, ubicado en la Irlanda profunda, y que, sin embargo, jamás existió. Porque esa aldea bucólica de verdes campiñas y ambiente pastoril en la que transcurre The Quiet Man (1952) fue apenas la plasmación en imágenes del ideal que John Ford había ido forjando en su mente de la tierra de sus ancestros.

Otro cineasta de grandes proporciones, en este caso el español José Luis Guerín (Barcelona, 1960), se propuso, a finales de los ochenta, rendir un sentido homenaje tanto al director como a la película, motivo por el que se desplazó hasta Cong, en la confluencia de los condados de Galway y Mayo, para rodar su documental Innisfree.



Y lo que allí encuentra, transcurridos treinta y siete años desde que John Wayne y Maureen O'Hara correteasen por esos mismos prados y riachuelos, son las ruinas de la casa solariega de los O'Feeney (apellido real de Ford), un país asolado por la recesión económica y la diáspora de su juventud (obligada a emigrar a Norteamérica, ante la imposibilidad de ganarse la vida en Éire) y, para colmo, los lugares emblemáticos del filme transformados en vulgar atracción turística.

No obstante, nada de ello es óbice para que los parroquianos de Cong, muchos de ellos antiguos extras que participaron en el rodaje de la película, se sigan congregando en el bar de Pat Cohan para calmar su sed a base de pintas de Guinness. Cálido espacio de reunión en el que, al son de viejas tonadas, afloran los recuerdos de un tiempo pasado que se fue para no volver.


martes, 29 de agosto de 2017

La hija de Ryan (1970)




Título original: Ryan's Daughter
Director: David Lean
Reino Unido, 1970, 195 minutos

La hija de Ryan (1970) de David Lean


Peliculón donde los haya, con sus más de tres horas de duración, Ryan's Daughter, bellamente filmada en Super-Panavision y Metrocolor para la Metro-Goldwyn-Mayer, fue, sin embargo, un estrepitoso fracaso de crítica y de público. Hasta el extremo de que su director, el británico David Lean, tardaría catorce años en volver a estrenar otra película: Pasaje a la India, en 1984, con la que pondría el punto y final a su carrera.

Se llevó dos Oscar, eso sí: a la mejor fotografía y al mejor actor secundario para John Mills, quien interpreta a Michael, un entrañable disminuido, objeto de las burlas de los habitantes de la pequeña aldea de Kirrary en la que transcurre la acción, cuya fisonomía y conducta evocan un tanto al Quasimodo de Nuestra Señora de París. No es ésta la única fuente de inspiración literaria que puede rastrearse con nitidez en la trama. De hecho, en un principio estaba previsto que el guion de Robert Bolt fuese una adaptación de Madame Bovary, por lo que no tiene nada de extraño que Rosy (Sarah Miles) pueda recordar en más de un aspecto al personaje creado por Gustave Flaubert.

John Mills ganó el Oscar por su papel de Michael


El marco elegido fue una Irlanda abrupta e indómita en vísperas del Alzamiento de Pascua de 1916, si bien, dadas las adversas condiciones meteorológicas, algunas escenas hubo que filmarlas en las playas de la más benigna Sudáfrica. Y como ya hiciera su compatriota John Wayne en The Quiet Man, ahora fue Robert Mitchum quien quiso probar fortuna rodando en Europa una historia de infidelidades con trasfondo político. Pero Lean no era John Ford, de modo que en La hija de Ryan no encontramos aquella recreación idílica de la tierra de sus antepasados que tan grata resultaba al director americano. Aquí, por contra, asistimos a la descripción de un ambiente hostil, en el que los lugareños dan muestras de su zafiedad al repudiar, primero, a Rosy por el romance que mantiene con un oficial inglés y acusarla injustamente, después, de delatora. Tal vez por haberse rodado en una época convulsa, en la que los atentados del IRA estaban a la orden del día en el Ulster, lo cierto es que la película se mueve en un terreno ideológicamente ambiguo para acabar decantándose, en apariencia, por la causa unionista.

En cuanto al complejo proceso de rodaje (con más de un año de duración), estuvo plagado de anécdotas y contratiempos. Parece ser que Robert Mitchum se entretenía plantando marihuana y distribuyéndola entre el equipo. El papel de Mayor Doryan estuvo muy cerca de ir a parar a Marlon Brando, aunque finalmente fue el enclenque (dentro y fuera de la pantalla) Christopher Jones quien acertó a darle al personaje ese aire de delicado muchacho desvalido con el que la película sale, sin duda, beneficiada. Pero exquisitez, sobre todo, la de David Lean en su forma de filmar unas huellas sobre la playa, un encuentro furtivo en el bosque, una despedida o hasta las amonestaciones del Padre Collins (Trevor Howard). Detalles que dan fe de su maestría y que convierten a La hija de Ryan en una monumental obra de arte.

Christopher Jones (Doryan) Y Sarah Miles (Rosy)

miércoles, 26 de julio de 2017

La salida de la luna (1957)




Título original: The Rising of the Moon
Director: John Ford
Irlanda/EE.UU., 1957, 81 minutos

La salida de la luna (1957)

By the rising of the moon, by the rising of the moon
for the pikes must be together by the rising of the moon...

J. K. Casey (1846 - 1870)

Uno de los trabajos menos conocidos de John Ford es este tríptico rodado en Irlanda apenas cinco años después de El hombre tranquilo. Se trata de tres relatos presentados por Tyrone Power y unidos por el denominador común de ofrecer una imagen totalmente idealizada de la tierra que vio nacer a los antepasados del director y de la mayor parte del equipo que lo acompañó en esta aventura. Porque queda del todo claro (y el propio Ford así lo reconoció) que su realización tuvo más de divertimento que no de otra cosa.

La primera de las historias lleva por título The Majesty of the Law y está ambientada en uno de esos idílicos rincones rurales, con su antigua torre medieval presidiendo el paisaje. El inspector Dillon (Cyril Cusack) debe, en teoría, detener a uno de sus vecinos. Pero el acusado en cuestión (interpretado por Noel Purcell) es tan entrañable que la escena acaba siendo una amistosa charla entre viejos conocidos, en la que lamentan hasta qué punto han cambiado las cosas por culpa de los medios de comunicación: si la radio les parece tan nociva, cabe preguntarse qué pensarían estos mismos hombres sobre las redes sociales... Por cierto que Ford se cita a sí mismo al hacer que Dillon arroje a la chimenea las gotas de licor que quedaban en su vaso. La inmensa llamarada que brota en el acto, revelando el alto contenido alcohólico de la "esencia de luna", remite inevitablemente a similares secuencias en Stagecoach (1939) y The Searchers (1956).



Por lo disparatado de su tono, One Minute's Wait entronca con el filme británico de 1953 The Titfield Thunderbolt (Los apuros de un pequeño tren). Los pasajeros de un abarrotado convoy suben y bajan de los vagones provocando la impaciencia del jefe de estación, que ve cómo para los parroquianos el más nimio detalle supera en importancia a la puntualidad.

1921 está en la línea de compromiso político con la causa nacionalista irlandesa que Ford ya había explorado veinte años atrás en El delator (1935). Y, por momentos, se diría que es la más seria de las tres historias. De hecho, la mayoría de sus encuadres se solucionan mediante el plano holandés o aberrante, con la cámara inclinada apuntando en diagonal (como había puesto de moda Kazan en Al esde del Edén), lo cual ya nos indica que lo tradicional queda relegado frente a las reivindicaciones de mayor autonomía para la isla. Con todo, el asunto narrado adquiere tintes cómicos al mostrar la insólita huida de la cárcel del patriota Sean Curran (Donal Donnelly).


lunes, 27 de marzo de 2017

Sing Street (2016)




Director: John Carney
Irlanda/Reino Unido/EE.UU., 2016, 106 minutos

Sábado 25 de marzo

Sing Street (2016) de John Carney


Acabada la proyección, le dice una señora a otra con evidente entusiasmo: “Què és macaaa...!” Porque eso es lo que tienen las películas como Sing Street: que, por más que estén ambientadas en épocas de recesión económica, uno se va del cine con la sensación de haber visto una historia de lo más entrañable.

En la línea de Billy Elliot o de Full Monty, los muchachos de Sing Street se sienten realizados a través de la música, que representa para ellos una válvula de escape con la que evadirse de sus respectivas familias, a cuál más desestructurada. Estamos en el Dublín de los primeros años ochenta: en el contexto de un estricto colegio católico, Conor (Ferdia Walsh-Peelo) y sus compañeros deciden formar una banda a imagen y semejanza de Duran Duran, The Cure, Spandau Ballet o los suecos A-Ha, arriesgándose a suscitar las iras del severo Hermano Baxter (Don Wycherley) y las burlas de sus compañeros, incapaces de comprender que unos hombretones puedan maquillarse o teñirse el pelo.

Ni que decir tiene que la banda sonora del filme la conforman los éxitos de aquel período, encabezados por “Rio”, “In between days” o “Take on me” (esta última, curiosamente, también se colaba no hace mucho en el argumento de La La Land). Pero son los temas originales del conjunto escolar los que sirven de eje vertebrador de la trama, puesto que la mayoría de ellos cuentan con la bella Raphina (Lucy Boynton) como musa inspiradora.



Todo es posible de acuerdo con el planteamiento establecido por el director John Carney: el protagonista compone canciones como quien hace churros, se liga a la chica, ambos se marchan juntos a Londres en una barquita pese al temporal… ¿Qué puede frenar el ímpetu adolescente aparte de nuestra propia indecisión? De ahí la importancia que adquiere el personaje del hermano mayor (el filme, de hecho, va dedicado “a todos los hermanos”). Por su aspecto melenudo y adicción a la marihuana cabría pensar que se trata de un hippy trasnochado o de un fan del rock progresivo. Nada más lejos de la realidad, puesto que de la bien surtida discoteca que Brendan (Jack Reynor) atesora en su habitación irán saliendo los vinilos con las novedades que el benjamín deberá asimilar: “¡El rock es riesgo!”, le espeta tras hacer añicos el casete con versiones que éste le ha hecho escuchar. Es, asimismo, Brendan quien, viendo el mítico Pop of the tops frente al televisor, le descubre a Conor el potencial de John Taylor como bajista o el secreto de la paradoja “alegría en la tristeza” que encierran las letras de Robert Smith. Acaso porque Brendan se siente fracasado y, si pone tanto empeño en hacer de mentor de su hermano pequeño, es justamente para que no repita los mismos errores que a él le condujeron a ser un inútil.



Aunque en menor medida, en ese acelerado proceso de aprendizaje también juega un importante papel Eamon (Mark McKenna), con sus gafas de empollón y una peculiar obsesión por los conejos. Dentro del grupo será el genio en la sombra, multiinstrumentista y confidente de Conor mientras le pide que le aclare el significado de algunos versos a los que pondrá música con inusitada rapidez. Círculo que se cierra con la transformación del matón Barry (Ian Kenny) en eficaz roadie, muestra del poder milagroso que ejerce el arte hasta sobre los espíritus más elementales. Junto con el pelirrojo Darren (Ben Carolan), productor, cámara y lo que haga falta, o Ngig (Percy Chamburuka), toque exótico de los Sing Street, acabarán de conformar la particular nómina de frikis que protagonizan la película.