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domingo, 14 de julio de 2024

Crónica familiar (1962)




Título original: Cronaca familiare
Director: Valerio Zurlini
Italia, 1962, 113 minutos

Crónica familiar (1962) de Valerio Zurlini


Más que un drama es un dramón: de los de llorar a moco tendido. Pero precisamente por ello, por la intensidad de sus interpretaciones, esta Cronaca familiare (1962) resultó merecedora de tres premios en el Festival de Venecia, León de Oro incluido.

Pocas veces se ha visto a Marcello Mastroianni en un registro tan introspectivo como el de esta película. Y es que la trama, una revisión a posteriori de los altibajos en la relación entre dos hermanos, Enrico (Mastroianni) y Lorenzo (Jacques Perrin), requería de una manera especial de actuar. Así pues, si al inicio de la acción sabemos del fallecimiento del menor de ellos, será el primero quien narre en off un a modo de carta (la "crónica" a la que alude el título) durante el resto de un filme repleto de saltos temporales.



En su forma de traducir en imágenes la novela homónima de Vasco Pratolini, el italiano Valerio Zurlini concibió una puesta en escena pausada en la que se aprecian dos formas distintas de planificar las secuencias. Por una parte, hay ocasiones en las que el espacio cobra preponderancia por encima de los personajes, captándolos en plano general, con lo que se llama la atención sobre la cochambre o el vacío en el que éstos viven inmersos. En cambio, cuando se trata de filmar a los protagonistas en lo más íntimo de sus conversaciones, el director opta por el primer plano para subrayar la emotividad del instante.

Conmovedor retrato de la desintegración familiar, la cinta supone, al mismo tiempo, una evocadora reflexión en torno a la búsqueda de la propia identidad durante la posguerra italiana. Circunstancia esta última acentuada, aparte de por la acusada diferencia de edad y de carácter que separa a los dos hermanos, por los destinos opuestos que ambos se han visto obligados a afrontar, el uno como intelectual atormentado que creció en la pobreza junto a su abuela, el otro acogido por una familia adinerada que le proporcionó una exquisita educación. Y el recuerdo de la madre difunta siempre muy presente. Como la mermelada de naranja, que ejercerá sobre Lorenzo un influjo similar al de la magdalena de Proust.



sábado, 4 de marzo de 2023

La busca (1966)




Director: Angelino Fons
España, 1966, 92 minutos

La busca (1966) de Angelino Fons


Toda aquella tierra negra daba a Manuel una impresión de fealdad, pero al mismo tiempo de algo tranquilizador, abrigado; le parecía un medio propio para él. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eran latas viejas de sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados; aquella tierra, árida y negra, constituida por detritus de la civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábricas, por todo lo arrojado del pueblo como inservible, le parecía a Manuel un lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urbana.

Pío Baroja
La busca

El primer largometraje dirigido por Angelino Fons (1936-2011) adaptaba libremente la novela homónima de Baroja. Tan libremente que en ella no queda ni rastro de muchas situaciones y personajes, algo, por otra parte, bastante lógico, considerando la propensión del escritor vasco a describir tipos y más tipos pintorescos. A este respecto, el principal mérito de aquel joven cineasta, que apenas tres años antes se había diplomado en la mítica Escuela Oficial de Cine, consiste en darle continuidad a la trama mediante transiciones perfectamente calculadas. Destellos de la vida de Manuel (Jacques Perrin) en su azaroso periplo por un Madrid decrépito.

Hay, por cierto, algo pasoliniano en esos exteriores en ruinas en los que transcurre buena parte de la acción: escenario idóneo para situar al espectador en un punto equidistante entre la crisis finisecular, consecuencia directa del desastre del 98, y la propia miseria del régimen franquista. Porque conviene recalcar que, además de película de época, La busca (1966) pretendía sobre todo establecer una correspondencia entre aquel regeneracionismo noventayochista y la necesidad de sacar a España del letargo en el que aún seguía sumida tras treinta años de dictadura militar.

Manuel (Jacques Perrin) y Rosa (Emma Penella)


En ese afán por poner al día el mensaje revolucionario que encierran las páginas de la novela, la música de Luis de Pablo aporta una cierta dosis de modernidad, en la misma medida en que el prólogo incendiario con el que se abre la cinta pone el dedo en la llaga a propósito de los males que tanto a finales del XIX como ya superado el ecuador del siglo XX determinaron el atraso de la nación: "Parecía que el mundo avanzaba y nosotros estábamos parados".

La cuestión social, pues, juega un papel importantísimo como trasfondo en el que se desarrolla la lucha por la supervivencia de un adolescente cuya vida en la capital estará marcada por una continua sensación de desamparo. "Para él, como para su patria", sentencia la voz en off, "el futuro era una mezcla de amenaza, incertidumbre y confusión".

Manuel (Jacques Perrin) y Justa (Sara Lezana)


sábado, 18 de julio de 2020

Piel de asno (1970)




Título original: Peau d'âne
Director: Jacques Demy
Francia, 1970, 91 minutos

Piel de asno (1970) de Jacques Demy


Il était une fois un roi si grand, si aimé de ses peuples, si respecté de tous ses voisins et de ses alliés, qu'on pouvait dire qu'il était le plus heureux de tous les monarques. Son bonheur était encore confirmé par le choix qu'il avait fait d'une princesse aussi belle que vertueuse; et ces heureux époux vivaient dans une union parfaite. De leur chaste hymen était née une fille, douée de tant de grâces et de charmes, qu'ils ne regrettaient pas de n'avoir pas une plus ample lignée...

Charles Perrault
Peau d'âne

Tres son las fuentes principales de las que bebe este hermoso cuento de hadas, basado en el universo literario de Charles Perrault (1628–1703). Por una parte, Peau d'âne es un homenaje en toda regla al Cocteau de La belle et la bête (1946), obra maestra de cuyo riquísimo repertorio de elementos simbólicos y conceptuales toma prestada (amén de la presencia de Jean Marais) la ambientación, el carácter artesanal de la puesta en escena y hasta recursos tan simples, pero a la vez tan imaginativos, como el uso de la cámara lenta. 

Por otra parte, aunque en menor medida, sería posible también rastrear la influencia de The Wizard of Oz (1939) no sólo en los rasgos fantásticos de la cinta o en su pertenencia al género musical, sino, sobre todo, en el tratamiento del color (por ejemplo, en el caso de los caballos del Rey Rojo). Por último, pese a que no se trate estrictamente de una "fuente", sino más bien de lo que podríamos denominar unidad de estilo, el protagonismo de Catherine Deneuve, así como la banda sonora de Michel Legrand, marcan una continuidad con el exitoso díptico que forman Les parapluies de Cherbourg (1964) y Les demoiselles de Rochefort (1967), filmes con los que éste comparte un mismo candor, que a veces roza la parodia y hasta lo humorístico.



Una fábula que coquetea con el tema del incesto (el padre, tras enviudar, pretende casarse con su propia hija y ésta, aconsejada por su hada madrina, le da largas), pero que destaca por un diseño de vestuario, a cargo del italiano Gitt Magrini, y una dirección artística, supervisada por Jacques Dugied, primorosamente exquisitos. Y que, en el marco espectacular de los castillos de Plessis-Bourré o de Chambord, adonde se rodaron los exteriores, resplandecen todavía más, si cabe.

Brujas que escupen sapos, burros que excretan rubíes y diamantes, lacayos con la cara azul, princesas de aspecto ceniciento que lucen radiantes cuando se las viste con luz de luna o rayos de sol: visualmente, Peau d'âne sigue siendo hoy el mismo portento que hace medio siglo concitó a más de dos millones de espectadores hacia las salas francesas, en lo que constituyó el mayor éxito comercial de la carrera de Jacques Demy.


viernes, 17 de julio de 2020

Las señoritas de Rochefort (1967)




Título original: Les demoiselles de Rochefort
Director: Jacques Demy
Francia, 1967, 121 minutos

Las señoritas de Rochefort (1967) de Jacques Demy


Tras el éxito cosechado por Les parapluies de Cherbourg (1964), filme íntegramente cantado y encantado, Demy contraatacaba con la otra cara de la moneda: una explosión de júbilo y tonos pastel cuya banda sonora corría de nuevo a cargo del sublime Michel Legrand, quien optaría al Óscar de aquel año gracias a una partitura sencillamente extraordinaria. A este respecto, Les demoiselles de Rochefort fue y será siempre una cinta que trasmite alegría de vivir merced a una puesta en escena, entre cómica e incluso paródica, con un punto naíf, que va más allá de los parámetros de lo que es estrictamente el género musical.

Sus personajes son seres puros, despreocupados, que habitan un espacio en el que jamás han regido las aburridas normas del mundo convencional. Por eso la señora Garnier (Danielle Darrieux) tuvo sus gemelas y, muchos años después, al pequeño Boubou a raíz de sendos deslices. Y de ahí, precisamente, que el seráfico Maxence (Jacques Perrin), con su inmaculado vestidito de marinero y su inverosímil cabello teñido de rubio, pueda saltar cada noche el muro de la caserna para ir en busca de su ideal.



Consciente de su condición de autor, Demy invoca los referentes de su generación y aun de su propio universo, con alusiones a la ciudad de Nantes (lugar de nacimiento del director y del ya mencionado recluta-pintor Maxence), Lola (1961) o Les parapluies... Juego de citas en el que también tienen cabida mitos tan dispares como Jules et Jim (1962), de su compañero de filas François Truffaut, o los musicales de Stanley Donen (homenaje, este último, subrayado por la presencia estelar en el reparto del mismísimo Gene Kelly: reclamo tan atractivo, para los espectadores de finales de los sesenta, como el que supuso contar con George Chakiris, célebre tras su participación en West Side Story).

Amores que vienen y van, con esa sencillez que únicamente es capaz de auspiciar el celuloide, durante un fin de semana en el que unos feriantes forasteros instalan su caravana en la soleada plaza del pueblo. Delphine (Catherine Deneuve) y Solange (Françoise Dorléac), hermanas a ambos lados de la pantalla, aprovecharán la ocasión para unirse al convoy rumbo a París: tierra prometida donde les aguarda el éxito en compañía de los hombres apuestos ante cuyos encantos, una y otra, acaban de sucumbir.


domingo, 17 de noviembre de 2019

Goya, historia de una soledad (1971)




Director: Nino Quevedo
España, 1971, 110 minutos

Goya, historia de una soledad (1971)
de Nino Quevedo


En su libro Directores españoles malditos, Augusto M. Torres se expresa sobre Nino Quevedo en los siguientes términos: "En otras circunstancias más favorables Nino Quevedo, un hombre simpático, siempre sonriente, hubiese podido desarrollar una buena carrera, no brillante, pero no se hubiera convertido en un director maldito." Queda claro, pues, que, por más que su debut como director de largometrajes fuese prometedor, no le quedaran al hombre ni muchas ganas ni tampoco excesivas oportunidades para volver a intentarlo. 

Como ocurre tantas veces con las superproducciones históricas, Goya, historia de una soledad destaca más por el envoltorio que no por su contenido. Posee una excelente dirección de fotografía en color a cargo de los añorados Luis Cuadrado y Teo Escamilla y lo mismo podría decirse del vestuario y de la dirección artística, elementos fundamentales a la hora de recrear la corte dieciochesca o el Madrid de la invasión napoleónica, ya a principios del siglo XIX. E igualmente remarcables son unos exteriores y localizaciones excepcionales, rodados en enclaves tan paradigmáticos como el Palacio de Aranjuez, en una época en la que se daban muchísimas más facilidades que hoy en día para disponer de nuestro patrimonio nacional como escenario.



Es, sin embargo, en los diálogos, desprovistos de toda naturalidad, donde la cosa no acaba de funcionar, pese a que fuera el novelista Alfonso Grosso quien se encargó de escribirlos. Abusando de subrayados y aclaraciones innecesarias, no son pocas las veces en las que se hace que los personajes verbalicen datos de carácter histórico que ayuden al espectador a situarse. Con el inconveniente, claro está, de que haciéndoles hablar así se pierde credibilidad. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, cuando, en los primeros compases del filme, es el propio Goya (Paco Rabal) quien aclara que: “Soy pintor del rey. Gano como tal quince mil reales al año. Más lo de la Academia. Y lo que nos dan las acciones del banco.” O, más tarde, durante la escena del juicio contra el artista por afrancesamiento, en la que, mediante un breve comentario del fiscal, se hace notar que ha pasado el tiempo: “Ya ven lo que es la vida, amigos. ¡Cuánto hemos cambiado en seis años! Tú, Agustín, teniente. Yo, juez del Tribunal Depurador de Afrancesados. Sebastián, usted también ha cambiado lo suyo...”

Con todo y con eso, sería una lástima no valorar en su justa medida el esfuerzo que supuso la realización de una película de tales características, en la que, aparte de lo ya mencionado, se capta la esencia del estilo goyesco y aun se recrea en varias escenas o cuadros vivientes (por ejemplo, la que alude a Los fusilamientos del 3 de mayo). O la secuencia de la pesadilla, rodada en blanco y negro, en la que Nino Quevedo no sólo se atrevió a introducir elementos de tipo lésbico entre la Duquesa de Alba (Irina Demick) y La Maja (Marisa Paredes), toda una osadía para la época, sino que denota en su planteamiento (entre onírico y underground) una cierta influencia de lo que, por aquellas mismas fechas, defendían los cineastas de la Escuela de Barcelona.


sábado, 28 de mayo de 2016

Las estaciones (2015)




Título original: Les saisons
Directores: Jacques Perrin y Jacques Cluzaud
Francia/Alemania, 2015, 97 minutos

Las estaciones (2015)


Tras Nómadas del viento (2001) y Océanos (2009) llega ahora el turno de Las estaciones, documental a cargo del dúo formado por Jacques Perrin y Jacques Cluzaud y que pretende mostrarnos la evolución climática europea durante los últimos ochenta mil años. De ahí que parte de las localizaciones se hayan rodado en Noruega o Polonia, teniendo en cuenta que esta historia arranca en plena glaciación.

Posteriormente, habiéndose dado ya las condiciones idóneas para el perfecto desarrollo de la vida en nuestro continente, arrancaría el ciclo de las estaciones mediante el que, una y otra vez, renace la actividad de los ecosistemas con savia nueva. De modo que donde antes apenas había hielo no tardaría en extenderse un denso bosque en el que retozaban las manadas de caballos salvajes y demás especies.

La estampa, en consonancia con los trabajos anteriores del equipo, no puede ser más idílica. Hay, sin embargo, una nota de pesimismo al comparar la preponderancia que un día tuvieron los bosques y la naturaleza en su conjunto con el actual desarrollo de las grandes urbes. Porque Les saisons sigue también, aunque en segundo plano, la evolución de la humanidad. Sin robarle, eso sí, el protagonismo a los animales y a los árboles, pero mostrando de lejos y sólo de vez en cuando a quienes poco a poco irían alterando con su trabajo la fisonomía del entorno que habitan.