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sábado, 30 de mayo de 2020

Mulholland Drive (2001)




Título original: Mulholland Dr.
Director: David Lynch
EE.UU./Francia, 2001, 147 minutos

Mulholland Drive (2001) de David Lynch


Una mujer amnésica (Laura Harring). Otra que aspira a triunfar en Hollywood (Naomi Watts). Un joven director de cine (Justin Theroux) al que le imponen la actriz protagonista de su próximo proyecto... El resto ni puede ni debe reducirse a palabras: forma parte de esas atmósferas estremecedoras que sólo David Lynch es capaz de crear en sus películas. Y que se prestan a todo tipo de interpretaciones, todas válidas, todas insuficientes, en lo que supone el verdadero incentivo de una forma de contar historias que requiere de la participación activa del espectador.

Con todo y con eso, parece bastante plausible que la mayor parte de la trama sea un sueño, cuyo final se precipita tras la apertura de la misteriosa caja azul en el club Silencio, precedida, ésta, por el clímax que supone la interpretación a capela (y en riguroso playback: recuérdese que "no hay banda") de "Llorando", versión de un tema de Roy Orbison, a cargo de Rebekah Del Río.



Ésta es mi lectura del filme, "si no le gusta, tengo otras...", que diría Groucho Marx. Pero, en cualquier caso, lo que sí que queda meridianamente claro es que Mulholland Drive esboza una historia de amor lésbico que es la base de todo lo demás, al tiempo que se ridiculizan los entresijos de la meca del cine y se desmitifica un supuesto glamur que tiene más de pesadilla que de fábrica de los sueños.

Y es que el verdadero tema, casi el único, de la filmografía de Lynch es la recreación morbosa de una América profunda, enfermizamente hortera y superficial, que representa lo más parecido al infierno en la tierra. Personajes de perturbadora presencia, como la ajada Coco (Ann Miller en su última aparición fílmica), el mandamás en silla de ruedas al otro lado de la vitrina, la pareja de productores italianos (eco de la propia génesis del proyecto: episodio piloto rechazado por las altas esferas y finalmente reconvertido en largometraje gracias a la entrada de capital francés), el cowboy sin cejas o el hombre de detrás de la esquina, mitad homeless, mitad ogro. Añádase la pareja de ancianitos liliputienses de sonrisa hipócrita y el delirio será completo.


viernes, 20 de octubre de 2017

Cabeza borradora (1977)




Título original: Eraserhead
Director: David Lynch
EE.UU., 1977, 90 minutos

Cabeza borradora (1977) de David Lynch

La piedra fundacional del universo Lynch (en lo tocante a largometrajes, por supuesto: que sus cortos son otro cantar...) fue este filme en blanco y negro en el que ya estaban contenidas la mayor parte de obsesiones sobre las que, posteriormente, volvería una y otra vez a lo largo de cuarenta años de carrera. Atmósfera perpetua de misterio, enigmáticas criaturas salidas de una pesadilla, los hechos acaecidos en Eraserhead remiten inevitablemente al mismo entorno industrial de la inhóspita América profunda en el que tantas veces se desarrollará la ulterior filmografía del cineasta.

Y no sólo eso: con Cabeza borradora nace, asimismo, una importante veta del cine de terror y ciencia ficción que influirá notablemente en la obra de otros realizadores: ahí están, sin ir más lejos, la criatura con forma de espermatozoide o el bebé monstruoso que tanto recuerdan al aspecto del Alien presentado apenas dos años después por Ridley Scott (por no hablar de la inspiración confesa sobre Kubrick a la hora de preparar El resplandor...).



Así pues, el surrealista argumento de una de las películas de culto por excelencia se revela como fuente inagotable de imágenes perturbadoras, desde el pollo sanguinolento hasta la mofletuda señorita del radiador. Misión imposible (más bien baldía) la de obcecarse en buscar el sentido preciso de lo que tiene más de estado mental que no de sinopsis al uso: de hecho, el guion original lo integraban veintidós páginas escasas.

Baste decir que Lynch, tal y como confesaba en el reciente documental The Art Life (ya comentado en un post anterior), trató de trasladar a la pantalla la desapacible realidad de los suburbios de Filadelfia en los que vivió antes de trasladarse a California. La misma que, antes y después, ha inspirado su verdadera faceta creadora: la de artista plástico.