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miércoles, 15 de julio de 2020

La máscara de Scaramouche (1963)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España/Francia/Italia, 1963, 98 minutos

La máscara de Scaramouche (1963)
de Antonio Isasi-Isasmendi


Hijo ilegítimo de un duque, Robert Lafleur, alias Scaramouche (Gérard Barray) tiene fascinado a todo París gracias a sus dotes histriónicas sobre las tablas y a una fama de seductor irresistible que le precede allá adonde fuere. Sin embargo, la llegada del viejo marqués de Souchil, tras quince años como gobernador de Luisina, dará pie al inicio de las pesquisas para averiguar el origen del cómico. Sobre todo porque éste posee una misteriosa cicatriz en el pecho que, además de aclarar quién fue su padre, podría comprometer la reputación de algún ilustre aristócrata...

Lejos de igualar a su modelo, La máscara de Scaramouche nos habla, sin embargo, de un tiempo en el que Europa intentaba competir con Hollywood a base de coproducciones entre diferentes países que aunaban esfuerzos con la finalidad (casi la esperanza) de ofrecer un producto remotamente parecido a las filigranas surgidas de la meca del cine. De ahí que Isasi y su equipo de guionistas mantuviesen, además del personaje que da título a la película, la estructura básica de enredos amorosos, intrigas cortesanas y duelos de esgrima que ya estaba presente en el filme de George Sidney.



Arrancaba la versión francesa con las notas de "Les comédiens", el clásico de Aznavour, interpretado por Jacqueline François. Aunque en la versión en lengua castellana es una voz masculina sin identificar la que canta aquello de "¡Pasen, señores, grandes y chicos! ¡Entren para admirar a los comediantes...!" Y es que, tal vez porque los medios eran escasos, el rigor histórico pasaba aquí a un segundo plano. Por eso el infame marqués de la Tour (Alberto de Mendoza) habla con un acento argentino que no logra disimular del todo o se hace pasar la catedral de Burgos por la parisina Notre-Dame.

El habitual batiburrillo de nacionalidades en este tipo de proyectos internacionales hace que convivan en el reparto nombres tan dispares como los de la italiana Gianna Maria Canale (la posadera Suzanne) o la francesa Michèle Girardon (Diana, ahijada de Souchil) junto a viejas glorias del cine español como Rafael Durán (Señor de Dubalon) o eternos secundarios como Xan das Bolas (Gino) o Jorge Rigaud (duque de Lacoste). El papel de Pierrot, en cambio, colorido cómplice del protagonista, corrió a cargo de Gonzalo Cañas, una joven promesa cuya carrera empezaba a despuntar por aquel entonces.


sábado, 14 de marzo de 2020

Abre los ojos (1997)




Director: Alejandro Amenábar
España/Francia/Italia, 1997, 117 minutos

Abre los ojos (1997) de Alejandro Amenábar

Si no fuera porque, a priori, Alejandro Amenábar y Mateo Gil parecen dos tipos cuyos referentes están a años luz de nuestro Siglo de Oro, se diría que a la hora de escribir el guion de Abre los ojos tuvieron en mente La vida es sueño de Calderón de la Barca. Porque a su protagonista, César (Eduardo Noriega), le ocurre un poco lo mismo que al Segismundo calderoniano, quien, tras haber pasado un tiempo en la corte del rey de Polonia, vuelve a despertar en la torre que había sido su prisión desde que naciera.

¿Qué es verdad qué es mentira...? Lo único cierto es que, al plantear la existencia de realidades paralelas, la película que nos ocupa se avanzaba en dos años a Matrix (1999), si bien su estilo bebe menos de la ciencia ficción y muchísimo del thriller. Tiene, asimismo, algo de El hombre elefante (1980) de David Lynch o incluso de Los ojos sin rostro (1960) de Georges Franju, probablemente más por azar que no por voluntad expresa de sus creadores.



Sin embargo, las continuas alusiones a los sueños o a la criogenización sitúan el relato en una tesitura que llega a poner en tela de juicio los límites de la realidad hasta hacernos dudar de nuestra propia existencia. A este respecto, el imperativo del título supone una invitación a cuestionarse desde una nueva óptica todo aquello que nos rodea, máxime cuando la ciencia hace ya tiempo que demostró cuán poco fiables son las percepciones sensoriales.

Queda, al margen de su potente carga filosófica, una historia de amor imposible: la de un joven que se enamora perdidamente de una chica que sólo existe en su vida onírica (Penélope Cruz); o que ve cómo una intrusa (Najwa Nimri), procedente de sus pesadillas más recurrentes, usurpa la personalidad de aquélla hasta desconcertar a César y al propio espectador a propósito de cuál es la auténtica. ¿Y si todos nosotros no fuésemos más que imágenes de un mundo imaginario? Al borde del abismo, desde lo alto de la Torre Picasso, o en plena Gran Vía madrileña, inusualmente desierta, César podría decir con Segismundo aquello de: "el vivir sólo es soñar; / y la experiencia me enseña / que el hombre que vive sueña / lo que es hasta despertar..."


sábado, 11 de agosto de 2018

Un verano para matar (1972)




Título original: Summertime Killer
Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España/Francia/Italia, 1972, 110 minutos

Un verano para matar (1972) de Antonio Isasi-Isasmendi


Cine de acción y sin complejos, nacido con inequívoca vocación comercial y en pie de igualdad (al menos en ingredientes y entusiasmo) con las grandes superproducciones americanas del momento: partiendo de esta premisa, la fórmula ideada por Antonio Isasi nos legó un puñado de espléndidas películas que hoy degustamos en copias con el color degradado y la banda de audio en condiciones pésimas, circunstancia que casi me atrevería a decir que les añade encanto en lugar de restárselo.

Summertime Killer, estrenada en mayo del 72, contó con la presencia estelar de Karl Malden en el papel del capitán de policía John Kiley, un hombre empeñado en evitar que el joven Ray Castor (Chris Mitchum) materialice una venganza largamente premeditada contra los hombres que mataron a su padre cuando él era apenas un niño.



Que el argumento, remake oficioso de Underworld U.S.A. (1961) de Samuel Fuller con elementos que también pueden recordar a La novia vestía de negro (1968) de Truffaut, sea poco original es lo de menos: aquí lo importante eran las persecuciones en motocicleta o los coches despeñándose terraplén abajo al ritmo de la trepidante banda sonora de Sergio Bardotti y Luis Bacalov.

Y, luego, como era habitual en este tipo de coproducciones entre varios países, encontramos todo un batiburrillo de actores y actrices de diferentes nacionalidades en papeles secundarios, desde Pepe Nieto (Mason) hasta Gustavo Re (Guido) pasando por Gérard Tichy (Alex) o Raf Vallone (Alfredi), emplazados en localizaciones de lo más variopinto: Lisboa, Roma, Nueva York e incluso la Plaza de las Ventas en plena novillada. De modo que si el objetivo era tener distraído al espectador, a buen seguro que Un verano para matar debió de cumplirlo con creces.


miércoles, 4 de enero de 2017

El triangulito (1972)




Director: José María Forqué
España, 1970-72, 88 minutos

El triangulito (1972) de J.M. Forqué


El triangulito es una de esas atrevidas películas que dio a luz el cine español a partir de los años setenta inspiradas en el morbo de alguna fantasía machista y que sólo se pueden entender en el contexto de una sociedad enfermizamente reprimida durante décadas. Debería, por tanto, alinearse junto a producciones como Tamaño natural (1974), rodada en Francia por Luis García Berlanga, o El anacoreta (1976) de Juan Estelrich.

Escrita por Jaime Silas, los referentes de esta película son, sin embargo, americanos. En concreto, salta enseguida a la vista la impronta de El apartamento (The Apartment, 1960) de Billy Wilder. Estaríamos, por tanto, ante un intento de adaptar a la realidad nacional ese tipo de comedia ácida en la que se cuestionan determinados convencionalismos sociales (de un modo especial los que afectan a la sexualidad) al tiempo que se ridiculiza la hipocresía que a menudo preside las relaciones humanas. Aunque hay también algún homenaje a Chaplin: la escena en la que Laura, Sabino y Lázaro pernoctan en el interior de los almacenes disfrutando de sus instalaciones es una alusión directa a Tiempos modernos.



Probablemente la censura debió imponer muchas trabas a un proyecto como éste. De hecho, El triangulito tardó dos años en estrenarse. O tal vez la sociedad española de aquel entonces era en exceso mojigata como para asimilar una película que plantea abiertamente la relación consentida a tres bandas de los ejecutivos de ventas de unos almacenes de muebles llamados irónicamente "La felicidad". Aun así, hay que admitir lo impecable de la puesta en escena, con una Barcelona radiante de telón de fondo fotografiada en color por Cecilio Paniagua y unos decorados de Juan Alberto Soler que transmiten a la perfección la idea de modernidad. Algo a lo que también contribuye en buena medida la banda sonora de Adolfo Waitzman (y su tema central, cantado por Ana Belén).

¿Kim Novak? ¡No: es Dyanik Zurakowska!

Ciertamente, el paso del tiempo le ha sentado bien a El triangulito. A día de hoy, después de tantas transformaciones que ha vivido el país, después del cine de Almodóvar, lo supuestamente escandaloso que hubiese en ella pasa a un segundo plano para dejar vía libre a la belleza exótica de Dyanik Zurakowska, la vis cómica de Fernando Fernán Gómez y Gérard Barray y el diseño entre pop y futurista de algunos de los muebles y decorados. Y, sobre todo, al verdadero tema que planea sobre las vidas de los tres protagonistas: la profunda soledad de unos seres inmersos en una rutina que les desagrada y de la que no saben muy bien cómo escapar.

¿Tony Curtis? ¡No: es Gérard Barray!