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sábado, 1 de agosto de 2026

Cartas desde Huesca (1993)




Director: Antonio Artero
España, 1993, 80 minutos

Cartas desde Huesca (1993) de Antonio Artero


El siempre independiente Antonio Artero (1936-2004), autor de una exigua filmografía en la que sobresalen títulos tan heterodoxos como Yo creo que... (1975) o Trágala, perro (1981), cerraba su carrera con estas Cartas desde Huesca (1993), proyecto largamente acariciado por el cineasta aragonés, pero que debido a innumerables problemas de financiación no pudo concretarse hasta ya entrada la década de los noventa.

Nos habla su argumento de Mainar (Fernando Fernán-Gómez), viejo anarquista que, tras una vida repleta de mil y una vicisitudes, termina dedicándose a la venta ambulante por los mercadillos de la zona. Sin embargo, ese mismo hombre, hoy apenas un anciano empobrecido, atesora los escritos de un poeta inglés que combatió junto a él, como miembro de las Brigadas Internacionales, durante la Guerra Civil Española.



El empeño por dar con los manuscritos de ese tal Benton llevará a la atractiva Angy (Myriam Mézières) a contactar con el susodicho Mainar, si bien la editora británica y sus acompañantes (interpretados por Óscar Ladoire y Tony Isbert) no lo tendrán nada fácil, toda vez que los papeles se hallan a buen recaudo, debidamente escondidos en la destartalada habitación de alguien que prefiere no remover sus viejos recuerdos de juventud.

En definitiva, la puesta en escena de Artero, sobria e introspectiva, desentierra los fantasmas de la contienda, así como las heridas no cicatrizadas de nuestra memoria colectiva. Con un soberbio Fernán-Gómez encarnando la dignidad y el peso del pasado del antiguo combatiente cenetista, la película trasciende la propia intriga para convertirse en un melancólico retrato sobre la imposibilidad de reescribir la historia. Una cinta modesta, no exenta de imperfecciones, aunque profundamente reflexiva, que contó en papeles secundarios con el intelectual Antonio López Campillo y los veteranos Conrado San Martín y Vicente Parra.



domingo, 12 de julio de 2026

Winnipeg, el barco de la esperanza (2026)




Directores: Beñat Beitia y Elio Quiroga
España/Argentina/Chile, 2026, 78 minutos

Winnipeg, el barco de la esperanza (2026)

¿Te acuerdas, Rafael?
                               ¿Federico, te acuerdas
debajo de la tierra,
te acuerdas de mi casa con balcones en donde
la luz de junio ahogaba flores en tu boca?

La heroica iniciativa auspiciada por el poeta Pablo Neruda, a la sazón cónsul especial de Chile en Francia en tiempos de la Guerra Civil (y, como tal, máximo impulsor de fletar un buque que evacuase, rumbo a América, a miles de exiliados republicanos), sirve de trasfondo histórico en la cinta de animación Winnipeg, el barco de la esperanza (2026). Un proyecto, coproducción entre España, Chile y Argentina, que adapta la novela gráfica de Laura Martel.

Codirigida por Beñat Beitia y Elio Quiroga, la trama se centra básicamente en dos personajes: Víctor, un sindicalista viudo, y su pequeña hija Julia. Ambos, tras la caída de Barcelona en enero del 39, seguirán un accidentado periplo hasta cruzar la frontera francesa. De hecho, es a través de la mirada inocente de Julia que se reconstruyen los terribles acontecimientos que posteriormente, cuando esa niña sea ya una anciana, le contará ella misma a su nieto en forma de flashback.



A nivel formal, nos hallamos ante una propuesta estética que combina la animación tradicional con paletas cromáticas muy bien diferenciadas. En ese sentido, los tonos plomizos, grises y ocres predominan en el tramo español, así como en los campos de internamiento en Francia, transmitiendo una evidente opresión física y emocional, mientras que algunos estallidos de luz y de color aparecen a medida que el carguero avanza por el océano, con destino a Valparaíso, simbolizando el renacimiento de la esperanza.

Sin embargo, no se puede describir el verdadero impacto de esta obra sin hacer referencia a la épica banda sonora compuesta por Diego Navarro. Y es que su música funciona como auténtico hilo conductor de las imágenes. Es por eso que, en los momentos de mayor amargura, la melancolía de las cuerdas subraya el dolor del exilio, mientras que, ya hacia el final, las notas se vuelven luminosas, evocando la cálida acogida que esperaba, al otro lado del mundo, a aquellos más de dos mil expatriados.



sábado, 15 de noviembre de 2025

Albert Pueyo, 50 tecles i un objectiu (2025)




Título en castellano: Albert Pueyo, 50 teclas y un objetivo
Director: Albert Pueyo
España, 2025, 90 minutos

Albert Pueyo, 50 tecles i un objectiu (2025)


Albert Pueyo Tartera (1936-2024) fue un fotógrafo amateur residente en el municipio vallesano de Cerdanyola del Vallès, donde, tras establecerse con su familia a partir de 1972, fue miembro activo de AFOCER (la Agrupació Foto-Cine Cerdanyola-Ripollet). Su hijo, Albert Pueyo Salvadó, presenta ahora el documental 50 tecles i un objectiu (2025) en el marco de la exposición retrospectiva de la que él mismo es comisario y que podrá visitarse en el Ateneo de la mencionada localidad hasta el próximo 15 de diciembre.

A grandes rasgos, la cinta propone un recorrido que abarca desde los orígenes familiares de Pueyo, criado entre el barrio de la Ribera de Barcelona y Caldes de Montbui, en el seno de una familia de fuertes convicciones republicanas, hasta sus últimos años de vida, en los que tuvo ocasión de visitar el campo de concentración de Mauthausen-Gusen, lugar en el que su propio padre, Armand, como tantísimos otros represaliados, murió víctima de la barbarie nazi.



Al hilo de este episodio, se aborda también de pasada la figura de Clara Pueyo Jornet, tía carnal del homenajeado, por vía paterna, que desapareció sin dejar rastro después de permanecer recluida en la cárcel de mujeres situada en el espacio que hoy ocupa El Corte Inglés de la Diagonal. Ataviada con sus peculiares gafas redondas, similares a las que décadas más tarde popularizaría el cantante John Lennon, Clara se destacó como militante comunista y ferviente defensora de los derechos de la mujer. Circunstancias, por cierto, de las que también se hizo eco la cineasta de origen chileno Carolina Astudillo Muñoz en Canción a una dama en la sombra (2022).

Y así, mediante el testimonio de amigos y familiares, se completa el retrato de un hombre que recorrió media España arreglando máquinas de coser de la casa Wertheim hasta recalar finalmente en la Hispano-Olivetti, donde permanecería durante un cuarto de siglo. Apasionado de la Hasselblad, sus instantáneas denotan una minuciosidad no exenta de frescura en las que se adivina un cierto parecido con la obra de su primo, el también fotógrafo Ramon Masats (1931-2024).



miércoles, 6 de agosto de 2025

Josep (2020)




Director: Aurel
Francia/España/Bélgica, 2020, 75 minutos

Josep (2020) de Aurel


Ambientada en febrero del 39, cuando miles de republicanos españoles buscaban refugio en Francia, Josep (2020) es otra de esas pequeñas joyas que la animación europea, sin duda más artesanal que la americana o la asiática, produce de vez en cuando. Su director, Aurélien Froment (o simplemente Aurel, como suele firmar), nació en Ardèche en 1980 y debutaba con esta historia basada en la figura del dibujante catalán Josep Bartolí i Guiu (1910-1995).

Aun así, no estamos ante un biopic convencional, sino que los hechos en los que se inspira se ven de algún modo ficcionalizados. A tal efecto, se introduce una trama paralela cuyos protagonistas son los descendientes del supuesto gendarme bondadoso que, contraviniendo las órdenes de sus superiores, se apiadó de Bartolí durante la estancia de éste en los campos de concentración donde, como tantos otros exiliados, fue recluido por las autoridades francesas.



Adornada con las voces, entre otros, de Sergi López y Sílvia Pérez Cruz, quien también se encarga de la música, la cinta se caracteriza por el estatismo de unas ilustraciones mediante las que, además de dejar constancia del sufrimiento de los vencidos, se reflejan a su vez las ensoñaciones del protagonista con su prometida, de la que no ha vuelto a tener noticias desde que dejó Barcelona, e incluso con la mítica Frida Kahlo, compañera sentimental del susodicho, ya durante su exilio en Méjico.

A consecuencia de esa doble trama a la que antes nos referíamos, la acción salta continuamente del pasado al presente, lo cual da pie a un interesante paralelismo o contraste entre el compromiso de aquellos que todo lo perdieron por defender sus ideales y la indiferencia e incluso el olvido en el que dicha lucha terminaría cayendo. Sin embargo, ese mismo planteamiento da pie a una emotiva relación entre el gendarme, ya moribundo, y su nieto, aficionado también al dibujo como Bartolí y, por lo tanto, responsable de mantener viva, en lo sucesivo, la memoria histórica.



viernes, 6 de septiembre de 2024

Soldados de Salamina (2003)




Director: David Trueba
España, 2003, 119 minutos

Soldados de Salamina (2003) de David Trueba


Fue en el verano de 1994, hace ahora más de seis años, cuando oí hablar por primera vez del fusilamiento de Rafael Sánchez Mazas. Tres cosas acababan de ocurrirme por entonces: la primera es que mi padre había muerto; la segunda es que mi mujer me había abandonado; la tercera es que yo había abandonado mi carrera de escritor. Miento. La verdad es que, de esas tres cosas, las dos primeras son exactas, exactísimas; no así la tercera. En realidad, mi carrera de escritor no había acabado de arrancar nunca, así que difícilmente podía abandonarla. Más justo sería decir que la había abandonado apenas iniciada.

Javier Cercas
Soldados de Salamina

¿Qué es un héroe? La protagonista de Soldados de Salamina (2003) no sólo se plantea dicha pregunta a sí misma, sino que la hace extensiva a sus alumnos universitarios, tal vez con el afán de hallar una respuesta que le dé la clave de la investigación que está llevando a cabo en torno a un oscuro episodio de la Guerra Civil e incluso, en último término, de sus más hondas inquietudes íntimas y personales.

Precedida del enorme éxito editorial de la novela, la adaptación cinematográfica de David Trueba introducía algunos cambios sustanciales respecto al texto de Javier Cercas, sobre todo en lo que se refiere a la condición femenina del personaje central, Lola (Ariadna Gil), que en el libro, siguiendo un juego típicamente cervantino, era el propio Cercas. Tampoco queda ni rastro del escritor Roberto Bolaño, si bien el estudiante mejicano Gastón (Diego Luna) cumple un papel remotamente parecido. También Conchi (María Botto) adquiere mayor protagonismo, aparte de una dimensión más frívola al convertirla en vidente televisiva con inclinaciones lésbicas.



Lo que sí se mantiene bastante, y es un gran acierto, es esa mezcla entre ficción y documental que entronca directamente con el carácter metaficcional de la novela. Así pues, además de una trama en la que Ramon Fontserè encarna al falangista Rafael Sánchez Mazas, se incluye al mismo tiempo el testimonio de personas reales, entre ellos el de Chicho Sánchez Ferlosio, fallecido pocos meses después del estreno de la película y que relata las particulares condiciones en las que tuvo lugar el fusilamiento fallido de su padre.

Magnífica fotografía de Aguirresarobe y banda sonora a base de piezas del estonio Arvo Pärt. En cambio, del montaje y puesta en escena, quizá lo menos logrado sean los insertos que en ocasiones pretenden subrayar determinados aspectos o directamente facilitar su comprensión por parte del espectador. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando Miquel Aguirre (Lluís Villanueva) hace notar a Lola que el libro Yo fui asesinado por los rojos, de Jesús Pascual, se editó en 1981, momento en el que se aprovecha para incluir fugazmente unas imágenes del 23F y así establecer una conexión entre la intentona golpista y la ideología del autor. Minucias, totalmente comprensibles desde una óptica comercial, que quedan compensadas a partir del momento en el que cobra protagonismo la figura de Miralles (Joan Dalmau) y la incógnita a propósito de cuál pudo ser la causa de que un jovencísimo miliciano optase finalmente por no disparar y así salvarle la vida a Sánchez Mazas.



martes, 6 de febrero de 2024

El maestro que prometió el mar (2023)




Título original: El mestre que va prometre el mar
Directora: Patrícia Font
España, 2023, 105 minutos

El maestro que prometió el mar (2023)


El casi medio siglo transcurrido desde la muerte del general Franco parece que no ha sido suficiente para que la normalidad democrática haya logrado la exhumación de todas las fosas comunes (que no son pocas) que aún hay dispersas a lo largo y ancho del territorio ni, mucho menos, cerrar algunas de las heridas que todavía perduran desde los aciagos días de nuestra guerra civil. De ahí que, pese a lo lejano de la contienda, el mito de las dos Españas mantenga vivo su interés para el gran público.

Sin embargo, El mestre que va prometre el mar (2023) no dista gran cosa de otros títulos que anteriormente ya habían abordado el período republicano desde la óptica, amable y bienintencionada, de una idílica escuela rural. En ese sentido, el referente más reconocible del filme que nos ocupa sería, sin duda, La lengua de las mariposas (1999), de José Luis Cuerda, si bien podrían traerse a colación otros ejemplos por el estilo.



Aun así, lo cierto es que el objetivo de una producción de tales características, auspiciada por el productor Francesc Escribano a partir de su propia novela, no sería tanto un acto de reparación histórica en memoria del maestro republicano Antoni Benaiges (1903-1936) y sus innovadores métodos pedagógicos, que también, sino sobre todo un producto comercial capaz de tocar la fibra del espectador.

Y es que, además de la reconstrucción de los hechos, la trama plantea al mismo tiempo un emotivo vínculo intergeneracional en el que la historia familiar de una joven de hoy en día (Laia Costa) discurre en paralelo con las antiguas vicisitudes de un docente catalán en la humilde aldea burgalesa de Bañuelos de Bureba. No obstante, y por muy maniqueo que resulte su planteamiento de buenos y malos, siempre es de agradecer que el cine reivindique el valor de la educación por encima de la barbarie.



viernes, 6 de octubre de 2023

Estols (2022)




Título en español: Bandadas
Director: Xavier Moreno
España, 2022, 89 minutos

Estols (2022) de Xavier Moreno


Gran plano general de un paisaje montañoso. Dos siluetas humanas, diminutas, caminan sobre la línea del horizonte. A continuación, un grupo de personas encienden hogueras para resguardarse del frío. Y una voz en off explica un antiguo cuento africano a propósito de la cabra, la oveja, el camello, el burro y la tortuga que un buen día decidieron irse a vivir juntos para fundar un pueblo. Lo que viene después tampoco resulta excesivamente esclarecedor: tras la alerta de unas sirenas antiaéreas que se escuchan en toda la ciudad, una joven barcelonesa abandona su apartamento para adentrarse en las profundidades del bosque con rumbo a un destino incierto. La acompaña otra mujer sin que sepamos a ciencia cierta ni la identidad ni la relación que las une.

Bajo el misterioso título de Estols (2022), Xavier Moreno plantea una puesta en escena repleta de largos silencios donde lo relevante no son tanto los hechos ni los diálogos (escasos), sino la reflexión de fondo en torno a la odisea a la que deben hacer frente los refugiados en toda época y lugar. Porque el texto sobreimpresionado que aparece justo antes de los créditos finales nos hará saber que la película se rodó en los mismos espacios por los que una modista del barrio de Gràcia, de nombre Otília Castellví, se vio forzada a huir en el verano del 39 hasta finalmente alcanzar la frontera francesa.



No se trata, sin embargo, de un filme de época, puesto que la acción transcurre teóricamente en la actualidad. De lo cual se infiere el carácter universal de un fenómeno tan vigente ahora como hace cien años. En ese aspecto, cambian los nombres de los conflictos pero las víctimas, al igual que exponía la leyenda wólof del principio, se ven siempre abocadas a la misma realidad por culpa de la hiena o el león de turno. De ahí el nombre catalán de Estols ("bandadas" o incluso "escuadras") para una historia sobre perseguidos y perseguidores.

Pese al protagonismo indiscutible del paisaje, son varios los personajes que irán desfilando a lo largo de dicho periplo pirenaico, como el pastor que ha perdido a sus ovejas, la pareja de soldados que montan guardia durante interminables horas de hastío o esas cuatro lugareñas (tal vez viudas, tal vez brujas, quizá ambas cosas) que comparten horas de asueto al tiempo que reniegan de los hombres e invocan las fuerzas telúricas. Y todo para terminar en una modesta librería de Prats de Molló con la esperanza un tanto difusa de eludir a los gendarmes y obtener más adelante la ansiada libertad.



jueves, 20 de abril de 2023

Carne de fieras (1936)




Director: Armand Guerra
España, 1936, 63 minutos

Carne de fieras (1936) de Armand Guerra


Carne de fieras (1936) es un título lo suficientemente altisonante como para hacerse una idea aproximada del carácter folletinesco de una trama en la que conviven "niños del arroyo", esposas adúlteras, strippers francesas y boxeadores de medio pelo. Elementos todos ellos de un marcado acento transgresor que explica la aureola de malditismo en torno a una película cuyo destino quedaría irremediablemente condicionado por los avatares históricos que estaban teniendo lugar durante su rodaje.

Y es que filmar semejante astracanada en el Madrid de julio y agosto del 36, con la mitad del ejército sublevado y los milicianos anarquistas patrullando las calles de la capital, sólo podía saldarse con el olvido efectivo de una cinta que iba a pasar los próximos cincuenta y seis años, tras azarosas y prolijas circunstancias (con paso por el Rastro incluido), durmiendo el sueño de los justos, primero en las dependencias del Cine Doré, propiedad del productor Arturo Carballo, y posteriormente en los archivos de la Filmoteca Zaragozana.

Tina de Jarque en el papel de Aurora


Pero, como en tantas otras ocasiones, hubo de ser gracias a la pericia y buen juicio de Ferran Alberich que se desempolvasen las bobinas de aquel proyecto inconcluso para llevar a cabo una laboriosa tarea de restauración, a partir de diversos fragmentos sin montar (más los datos procedentes de varias claquetas), que culminaría con éxito en 1992.

La tosca realización del inefable Armand Guerra (nombre artístico del tipógrafo y cineasta valenciano José María Estívalis Calvo) deja entrever, sin embargo, un enorme valor documental, fruto de la hora convulsa previa a la contienda civil, sí, pero también de unos usos y costumbres, hoy muy remotos, que arrojan la impronta de una España que no pudo ser. En ese aspecto, el cuerpo desnudo de Marlène Grey, prodigando su belleza, a fuerza de latigazos, entre los leones de un circo, se convierte en la imagen definitoria de una sociedad tradicionalmente patriarcal, pero ansiosa, al mismo tiempo, de modernidad.

El vivaracho niño "Perra Gorda" junto a su padrino Pablo


viernes, 2 de diciembre de 2022

La trinchera infinita (2019)




Directores: Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga
España/Francia, 2019, 148 minutos

La trinchera infinita (2019)


El caso de los "topos" (partidarios del bando republicano que, al término de nuestra Guerra Civil, optaron por recluirse durante años en sus propios hogares) ha servido como motivo de inspiración para unas cuantas películas del cine español, siendo las más célebres El hombre oculto (1971), de Alfonso Ungría, y Mambrú se fue a la guerra (1986) de Fernando Fernán Gómez. Títulos a los que ahora cabe añadir La trinchera infinita (2019), dirigida por la misma terna de cineastas vascos (Arregi, Garaño, Goenaga) que ya deslumbraron con las muy estimables Loreak (2014) y Handia (2017).

Arranca la acción en el 36, en un lugar indeterminado de Andalucía. Sobre la pantalla aparece impresa una definición del diccionario (campeada. Correría, salida repentina, expedición súbita contra el enemigo en son de algarada), primera de las muchas que irán jalonando el relato en un a modo de itinerario vital del protagonista. Porque a Higinio (Antonio de la Torre) lo van a buscar a su casa los nacionales, de modo que no le queda más remedio que salir huyendo con lo puesto. Son estos primeros instantes de un enorme atosigamiento, con la cámara pegada a la espalda del personaje mientras éste huye desesperadamente por un laberinto de callejuelas.



Más tarde, una vez ya instalado en las reducidas dimensiones de su zulo, la puesta en escena adquiere forzosamente morosidad, asumiendo el reto de adoptar el punto de vista de quien, en lo sucesivo, percibirá a través de rendijas o mediante el murmullo amortiguado de los vecinos lo que ocurre en el exterior. Por otra parte, las noticias y canciones que suenan por la radio ayudan a marcar el paso del tiempo, mientras que la excelente caracterización del recluido, con su inexorable proceso de envejecimiento, representa uno de los puntos fuertes de la cinta. 

No obstante, también la esposa (Belén Cuesta) y el hijo acaban siendo víctimas de la situación, toda vez que el temor a ser descubiertos los fuerza a hablar en susurros y a fingir otra vida de puertas hacia afuera. Ahí es precisamente donde radica lo interesante del enfoque que le dan al guion Luiso Berdejo y Jose Mari Goenaga: en perfilar una multiplicidad de soledades, no sólo la de Higinio y su familia, sino también la de otros, como la pareja de homosexuales que se cuela en la casa e, incluso, la del odioso vecino (Vicente Vergara) que se pasa el resto de sus días obsesionado con fiscalizar a los demás. Todo lo cual degenera en el absurdo de perpetuar el miedo y el rencor, convertidos ya en rutina, hasta mucho después de que las autoridades franquistas hubiesen dado por concluida la contienda.



martes, 14 de junio de 2022

Paseo por una guerra antigua (1948)




Directores: Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga, Agustín Navarro y Florentino Soria
España, 1948, 16 minutos

Paseo por una guerra antigua (1948)


Es apenas un cuarto de hora de retales, descartes del negativo original y de un copión sin montaje, pero es todo cuanto queda de Paseo por una guerra antigua (1948), la práctica de segundo curso que Bardem y Berlanga pergeñaron en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas (IIEC) cuando daban sus primeros pasos como directores. 

Desprovistas de sonido, las imágenes muestran a un solitario mutilado de guerra que, con la única ayuda de sus muletas, pasea por entre los escombros de la Ciudad Universitaria de Madrid. También lo veremos fugazmente avanzando a lo largo de la reconstruida pista de atletismo, inequívoca señal de ese sui géneris sarcasmo berlanguiano que aquí aparece esbozado en ciernes con la finalidad de evidenciar las consecuencias de un conflicto bélico que, ya desde el propio título, los autores ven como algo remoto y ajeno.

La década que había transcurrido desde la finalización de la contienda sugiere un escenario cuya quietud deja entrever la paz de los cementerios impuesta por el régimen franquista.



viernes, 10 de diciembre de 2021

Visionarios (2001)




Director: Manuel Gutiérrez Aragón
España, 2001, 112 minutos

Visionarios (2001) de Manuel Gutiérrez Aragón


Euskadi, 1932: en aplicación de las leyes republicanas que promueven la laicidad del Estado, se procede a la retirada de símbolos católicos en la escuela de una pequeña aldea, lo cual enciende los ánimos de la mayoría de vecinos del lugar, quienes focalizan su ira en el maestro (Kike Díaz de Rada). Paralelamente, un grupo de jóvenes asegura que se les ha aparecido la Virgen. El mensaje divino del que son depositarios anuncia una cruenta contienda...

Visionarios (2001) colocaba de nuevo a Gutiérrez Aragón en la senda de algunos de los títulos más emblemáticos de su ya de por sí singular filmografía. A este respecto, los hechos que se describen en la película constituyen una suerte de alegoría política similar a la ensayada por el cineasta cántabro en El corazón del bosque (1979), si bien dejando de lado cualquier atisbo críptico en favor de un academicismo más acorde con su condición de autor consagrado.



Las diferentes facciones enfrentadas en el seno de una pequeña comunidad del País Vasco profundo configuran el preludio de lo que posteriormente degenerará en la Guerra Civil Española: un caldo de cultivo cuyos ingredientes principales, a base de demagogia y extremismo religioso, convierten en irrespirable el mismo ambiente en el que, sin embargo, florece el amor entre Joshe (Eduardo Noriega) y Usúa (Íngrid Rubio).

La moraleja que encierra esta parábola en torno al culto de la Virgen de Ezkioga no deja muy bien parado a ninguno de los bandos en litigio. Al delegado del Gobierno (Luis Tosar) y al Gobernador (Fernando Fernán-Gómez) porque pretenden inducir a los visionarios  para que declaren públicamente lo que a ellos les conviene; a los ministros de la Iglesia (Karra Elejalde y Ramón Agirre) por los recelos con los que afrontan el fervor devoto del pueblo llano; a Patxi (Jimmy Barnatán), líder de los videntes, por la astucia con la que gestiona la situación; por último, Carmen Molina (Emma Suárez), y el resto de sublevados, por confinar en un psiquiátrico a los jóvenes beatos después de servirse de ellos para sus fines políticos.



martes, 19 de octubre de 2021

Réquiem por un campesino español (1985)




Director: Francesc Betriu
España, 1985, 95 minutos

Réquiem por un campesino español (1985)


Paco se agarraba a la sotana de Mosén Millán, y repetía: «No han hecho nada, y van a matarlos. No han hecho nada». Mosén Millán, conmovido hasta las lágrimas, decía:
-A veces, hijo mío, Dios permite que muera un inocente. Lo permitió de su propio Hijo, que era más inocente que vosotros tres.
Paco, al oír estas palabras, se quedó paralizado y mudo. El cura tampoco hablaba. Lejos, en el pueblo, se oían ladrar perros y sonaba una campana. Desde hacía dos semanas no se oía sino aquella campana día y noche.

Ramón J. Sender
Réquiem por un campesino español

La celebridad alcanzada por la novela homónima de Sender, lectura obligatoria de bachillerato durante años, explica el que tarde o temprano se acabase llevando a la pantalla una adaptación cinematográfica de Réquiem por un campesino español. Historia despiadada, con el telón de fondo de nuestra guerra civil, que el director Paco Betriu supo plasmar en imágenes manteniéndose fiel a la esencia del texto, si bien la banda sonora de Antón García Abril, con su tema para bandurria que quiere sonar aragonés (aunque sin lograr conseguirlo del todo), desentona por lo que tiene de risueño en el contexto de un asunto tan trágico.

Con su habitual solvencia, Antonio Ferrandis encarna al indeciso Mosén Millán, un sacerdote rural al que atormentan los remordimientos por no haber sabido amparar a Paco el del Molino (Antonio Banderas) frente a la barbarie fascista de los caciques del pueblo. Pesadumbre que, a efectos narrativos, se traduce en continuos flashback, desde que Paco era apenas un monaguillo a las órdenes del cura hasta la posterior toma de conciencia del muchacho con respecto a las injusticias de un medio social profundamente marcado por la miseria.



Las comadres que departen alegremente en el Carasol o el lavadero, y entre las que destaca Jerónima (Terele Pávez) por su desparpajo, aportan al conjunto un cierto toque documental que se intensifica, aún más, si cabe, en la escena de la procesión o durante las fiestas que tienen lugar en la plaza del pueblo, cuando los mozos trepan por el poste para hacerse con los capones que penden desde lo alto.

Apoltronado en su sacristía, el viejo y pesaroso párroco se dispone a oficiar la misa de réquiem en memoria de Paco que, en un alarde de hipocresía, pretenden ahora sufragar los mismos que acabaron con su vida. De hecho, don Valeriano (Fernando Fernán-Gómez), don Gumersindo (Eduardo Calvo) y don Cástulo (Simón Andreu) van a ser los únicos asistentes a semejante farsa, si no fuera porque el potro blanco del difunto, símbolo de la libertad ultrajada, se cuela de improviso en el templo.



domingo, 17 de octubre de 2021

Las bicicletas son para el verano (1984)




Director: Jaime Chávarri
España, 1984, 103 minutos

Las bicicletas son para el verano (1984) de Jaime Chávarri


LUIS: Además… (Habla ahora a su padre) … tú me dijiste que no era por el dinero. Es porque me han suspendido en Física.
DON LUIS: Desde luego. Eso ya estaba hablado. Cuando apruebes, tienes bicicleta. Es el acuerdo a que llegamos, ¿no?
LUIS: Sí, pero yo no me había dado cuenta de lo del verano. Las bicicletas son para el verano.
DON LUIS: Y los aprobados son para la primavera...

Fernando Fernán-Gómez
Las bicicletas son para el verano

La clamorosa acogida de crítica y público que obtuvo la pieza teatral de Fernán-Gómez (merecedora del premio Lope de Vega en 1978 y estrenada por José Carlos Plaza en el 82) acabaría dando pie a la adaptación cinematográfica que ahora nos ocupa. Fueron sus intérpretes principales Agustín González (único superviviente del montaje escénico), Amparo Soler Leal, Gabino Diego y Victoria Abril, aparte de Marisa Paredes o Emilio Gutiérrez Caba en papeles secundarios. La dirección corrió a cargo de Jaime Chávarri a partir de un guion de la escritora Lola Salvador.

Como ya sucediera en el texto original, la mayor virtud de Las bicicletas son para el verano (1984) radica en que el conflicto bélico queda en la retaguardia, siendo las penurias de una modesta familia las que acaparan por completo el foco de atención. Aun así, el día a día de los protagonistas permite seguir, a través de sus diálogos, cuál es el curso de los acontecimientos durante los tres años que dura la contienda civil. Algo por completo secundario, cuando la prioridad para don Luis y los suyos pasa por conseguir víveres o evitar que Luisito se cuele por las noches en el cuarto de la criada.



Ni que decir tiene que fueron muchas las vivencias autobiográficas vertidas por Fernando Fernán-Gómez en el libreto de su obra, por no hablar de una sensibilidad anarquista que se deja entrever en diversos momentos clave. Así pues, el propio padre de familia no dudará en afirmar que "A este valle de lágrimas hemos venido a llorar lo menos posible. Y a gozar y a divertirnos lo más que podamos". Mientras que el miliciano Anselmo manifiesta, con estas palabras, sus dudas sobre la estrategia seguida por los comunistas: "Lo que pasa es que están equivocados. Un Estado fuerte, un Estado fuerte... ¿y a mí qué más me da que me haga la puñeta el cacique o que me la haga el Estado? Yo lo que quiero es que no me hagan la puñeta".

La impecable dirección artística de Gil Parrondo puso el énfasis en recrear el Madrid de aquellos días, con sus patios de vecinos y un ambiente eufórico, el de la República, que gradualmente se iría tiñendo de pesimismo conforme arreciara el avance y posterior asedio de las tropas nacionales. Como también está muy logrado el parecido físico de Gabino Diego con aquel zangolotino pelirrojo que fue en su adolescencia Fernán-Gómez. Detalles que contribuyen a engrandecer una puesta en escena soberbia, culminada con la sombría secuencia entre padre e hijo en la que el progenitor, confirmada ya la victoria franquista, zanja cualquier atisbo de esperanza con un lapidario: "Sabe Dios cuándo habrá otro verano".



lunes, 19 de julio de 2021

Lo que nunca muere (1955)




Director: Julio Salvador
España, 1955, 115 minutos

Lo que nunca muere (1955) de Julio Salvador


1955 fue, sin duda alguna, un año provechoso en la carrera del actor Conrado San Martín (1921–2019), ya que el intérprete, alentado por el gancho que ejercía sobre el público como apuesto galán, se lanzó a la aventura de producir (y protagonizar) sendos largometrajes, ambos dirigidos por el barcelonés Julio Salvador: Sin la sonrisa de Dios, drama social del que ya tuvimos ocasión de hablar en su día, y éste que ahora nos ocupa, Lo que nunca muere.

Planteada como un largo flashback que arranca en los días previos al estallido de nuestra contienda civil hasta llegar, al cabo de los años, a la dialéctica de bloques de la Guerra Fría, la cinta no deja de ser un panfleto anticomunista, aunque con ribetes de drama familiar, basado en un serial radiofónico de Luisa Alberca y Guillermo Sautier Casaseca. José Antonio de la Loma acabó de darle forma al guion y los futuros cineastas Paco Pérez-Dolz y Antonio Isasi-Isasmendi ejercieron, respectivamente, como ayudante de dirección y montador de la película.



Un grupo de malévolos agentes soviéticos pretende atentar contra un pantano que el ejército nacional está construyendo en el protectorado español de Marruecos. Con el agravante de que uno de sus cabecillas, evacuado cuando niño de la zona republicana, es, en realidad, el hermano menor del comandante López Doria (Conrado San Martín). Lo cual da pie a un doloroso enfrentamiento fratricida que se verá, sin embargo, compensado con el idilio entre el militar y la bella Nita (Vira Silenti), ganada para la causa gracias al amor ("lo que nunca muere") que nace entre ellos.

He ahí el argumento principal de un filme que, desgraciadamente, se vería marcado por un hecho luctuoso acontecido durante el rodaje. Y es que la joven actriz Mercedes de la Aldea, quien a la sazón contaba con apenas veintitrés años de edad, falleció víctima de un fatídico accidente que tuvo lugar en el Aeroclub Barcelona-Sabadell. Se da la circunstancia de que su personaje, una enfermera llamada Marcela, también muere en la ficción (es la escena que se recrea en la parte inferior del cartel).

La Vanguardia, viernes 29 de octubre de 1954


sábado, 26 de junio de 2021

Raza, el espíritu de Franco (1977)




Director: Gonzalo Herralde
España, 1977, 79 minutos

Raza, el espíritu de Franco (1977) de Gonzalo Herralde


Yo la guerra no la entiendo más que como un movimiento ecológico. El mundo tiene capacidad para un número limitado de personas. En cuanto hay ese crecimiento tiene que haber una guerra, tiene que haber otro Diluvio, tiene que haber un terremoto para equilibrar las fuerzas con medio a relación del ambiente en que viven. […] El héroe yo creo que está muy en relación en directo con el coñac: a mayor coñac más heroicidad.

Alfredo Mayo

Curioso experimento con la mira puesta en desentrañar la verdadera personalidad del Caudillo a través del análisis de la película Raza (1942) y el testimonio del actor Alfredo Mayo, protagonista de la misma, así como de Pilar Franco, hermana del Generalísimo. Resultado: una desmitificación en toda regla apenas dos años después de que el dictador hubiese pasado a mejor vida.

Valiéndose del montaje en paralelo, Gonzalo Herralde y su colaborador Romà Gubern alternan las declaraciones de los susodichos con fragmentos extraídos del filme que escribiera un tal Jaime de Andrade (pseudónimo tras el que se esconde Francisco Franco, verdadero autor del guion). De lo cual se infiere el enorme parecido entre algunos aspectos de la biografía de éste y la de José Churruca, su alter ego cinematográfico.



Sin embargo, Alfredo Mayo, a diferencia del héroe que encarna en la pantalla, jamás sintió especial apego por la vida militar y por no saber no sabe ni quiénes fueron los almogávares. A este respecto, Raza, el espíritu de Franco (1977) abunda en revelaciones de este tipo, sobre todo en boca de doña Pilar. Así, por ejemplo, sabemos de la separación de sus padres (que ella niega, aunque es público y notorio que el patriarca de los Franco abandonó a mujer e hijos para trasladarse a Madrid, donde vivió amancebado) o que sus antepasados fueron a parar todos a la administración de la armada en lugar de convertirse en valerosos marinos, como habría sido lo lógico en el Ferrol, donde tenía su sede la escuela naval.

Toda una saga familiar, más corrientucha que su exaltación fílmica, de la que la hermanísima acabaría en cierta manera renegando cuando, años después, declaró que mejor les hubiera ido si Paquito, en lugar de Jefe del Estado, hubiese sido un simple fontanero, albañil o vendedor de periódicos. Palabras contundentes, en su línea de mujer campechana, pero que entran en abierta contradicción con algunas informaciones a propósito de la enorme fortuna que doña Pilar habría amasado aprovechándose de su apellido.



viernes, 19 de marzo de 2021

La casa de las Chivas (1972)




Director: León Klimovsky
España, 1972, 102 minutos

La casa de las Chivas (1972) de León Klimovsky


A veces los hombres siembran la muerte en el surco familiar. Intuyen, saben, ignoran o fingen ignorar la cosecha de odio entre los hermanos. Sucede en todas las guerras civiles. Nadie sabe con certeza quién encendió la mecha, pero el hecho está ahí. El hecho real, lo que no tiene duda, es el hermano desaparecido en el frente, es la simple tirria al vecino que se encona hasta el odio o la pierna amputada o la cara del tipo que arrastró a la hija hasta la cuadra, una cara que permanecerá tatuada en el cerebro mientras a uno le dure la cuerda. Discrepancias, rencores, odios: es el reino de la confusión. En lo único que al parecer estaba de acuerdo aquella generación de españoles era que no había otro camino que el de la guerra.

Jaime Salom
La casa de las Chivas
Versión novelada por Elisabeth Szél y Cristóbal Zaragoza

El éxito rotundo cosechado por una pieza teatral que se atrevía a abordar en plena dictadura franquista temas tabú como la guerra civil o la prostitución se tradujo inmediatamente en su correspondiente adaptación cinematográfica. Cuyo trío de guionistas (José Luis Garci, Carlos Pumares y Manuel Villegas López) no necesita presentación. Tampoco el director de la cinta, el argentino León Klimovsky: profesional de acreditada solvencia, curtido en la realización de filmes de todo tipo, ya fuesen wésterns, biopics o películas de terror como La noche de Walpurgis (1971).

No cabe duda de que la combinación de erotismo y trasfondo ideológico propuesta por el dramaturgo Jaime Salom (1925-2013) resultó potencialmente atractiva en un país que llevaba treinta años reprimido por la estricta censura del régimen. Máxime si se tiene en cuenta que los soldados protagonistas de este drama en dos actos pertenecen al bando republicano, pese a que en ningún momento se haga alusión explícita a ello. Osadía doble a partir del momento en el que los combatientes se hospedan en casa de un anciano cuya hija mayor, Petra (interpretada por Charo Soriano), se acaba prostituyendo a cambio de víveres.



Aunque la llegada de un personaje moralmente íntegro a ese espacio cerrado y corrompido por los avatares de la guerra supondrá un revulsivo en las vidas de quienes allí habitan. De entrada, Juan (Simón Andreu) contrasta con la brutalidad de los demás hombres a causa de su afición a los libros: lector asiduo de Pascal, misteriosamente esquivo, los ademanes pulcros del apuesto chófer del coronel atraerán enseguida el interés de Trini (María Kosty), hermana menor de Petra y, como ésta, heredera del carácter libidinoso de la Chiva: madre de ambas que un día abandonó el seno familiar para entregarse a la vida disoluta. Pero conforme avance la acción irá quedando meridianamente clara la vocación sacerdotal de Juan, lo cual redime a Petra (especie de María Magdalena moderna) en la misma medida que condena a la despechada Trini a buscar consuelo en los brazos de Mariano (Ricardo Merino), sargento un tanto rudo con el que ésta acabará amancebándose.

En líneas generales, no puede decirse que la versión fílmica de La casa de las Chivas esté precisamente a la altura del texto teatral, ya que, al margen de la escasa credibilidad de la mayor parte de actuaciones del reparto —histriónicas, pero desprovistas de emoción sincera— la machacona banda sonora de Carlos Laporta no hace sino restarle dramatismo a lo que debiera haber sido un cuadro estremecedor de nuestra contienda. Con todo y con eso, debe tenerse en cuenta que el paso del tiempo no suele sentarle demasiado bien a según qué propuestas del cine español, sobre todo cuando, como en el caso que nos ocupa, partían de un material tan sumamente espinoso para la época.



domingo, 22 de noviembre de 2020

Dragón Rapide (1986)




Director: Jaime Camino
España, 1986, 105 minutos

Dragón Rapide (1986) de Jaime Camino


Los prolegómenos del alzamiento militar de julio del 36, que acabarían desembocando en nuestra aciaga Guerra Civil, le sirven a Jaime Camino y su coguionista Romà Gubern para trazar un relato cronológico y pretendidamente objetivo de los hechos. Son días de rumores y conciliábulos, marcados por el ruido de sables de los generales golpistas. El asesinato de Calvo Sotelo precipitará el resto de acontecimientos.

Dragón Rapide supuso la primera vez en la historia del cine español que un actor se atrevía a meterse en la piel de Francisco Franco y lo cierto es que Juan Diego, pese a su irregular caracterización (se nota que lleva la cabeza rapada para simular las entradas del pelo) compuso un papel más que meritorio del futuro Caudillo.



Porque el Franco del que aquí se nos habla no es todavía la figura que se hará con las riendas del bando nacional, sino un aspirante que se prepara concienzudamente para ello, capaz de mandar arrestar a un soldado por faltarle un botón de la camisa o, según cuentan sus simpatizantes, de hacer que fusilen a un legionario que se negaba a comerse el rancho.

En todo caso, resulta bastante interesante la aproximación propuesta por Camino, similar, en cierta medida, a la que adoptará muchos años después el Amenábar de Mientras dure la guerra (2019), mostrando a un Franco en pijama y en el lecho conyugal o preocupado porque su hija Carmencita está triste. El avión que lo traslade desde su destierro canario hasta Marruecos, un De Havilland DH-89, cambiará para siempre su destino y el de todo un país.