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sábado, 21 de marzo de 2026

La diligencia (1939)




Título original: Stagecoach
Director: John Ford
EE.UU., 1939, 96 minutos

La diligencia (1939) de John Ford


La madre de todas las road movies fue, además, la película que Orson Welles confesaba haber visto más de cuarenta veces para aprender el oficio antes de lanzarse a rodar él mismo su Ciudadano Kane (1941). Wéstern mítico que, por otra parte, supuso el inicio de la colaboración profesional entre John Ford y John Wayne, quien interpreta al intrépido Ringo Kid. Su aparición en pantalla, con la cámara avanzando hacia adelante y dejando el rostro del actor momentáneamente desenfocado hasta definirse en un primer plano del mismo, constituye uno de los instantes icónicos de la historia del género.

Nueve individuos, a cuál más pintoresco, se dan cita a bordo de esa mítica diligencia que atravesará territorio apache bajo la amenaza constante de que los adeptos de Gerónimo se abalancen sobre ellos. Planteamiento que posteriormente se reutilizaría con bastante asiduidad (hasta llegar, incluso, a la odisea espacial de los tripulantes de la nave Enterprise en Star Trek), pero que sin embargo se presta a no pocas lecturas alegóricas. Y es que tanto los pasajeros como su accidentado periplo no dejan de ser una metáfora de la propia sociedad norteamericana, diversa en cuanto a la procedencia de sus habitantes y fruto de la lucha constante que supuso la conquista del Oeste ya desde los tiempos remotos de los pioneros.



En esa variopinta mezcolanza de elementos que integran el reparto de Stagecoach (1939) lo mismo tienen cabida Dallas (Claire Trevor), la prostituta expulsada por la Liga de la Decencia, que el ya mencionado Ringo Kid, un forajido en busca de venganza. O el alcoholizado doctor Boone (Thomas Mitchell), más pendiente de empinar el codo a todas horas que de preservar intacta su reputación de excelente cirujano. Y, no obstante, ellos son los más íntegros en comparación con el banquero Gatewood (Berton Churchill), quien pese a huir con dinero robado es el que más sermonea sobre la moral, mientras que el jugador Hatfield (John Carradine) se rige por un código de honor aristocrático que resulta por completo anacrónico.

Una portentosa puesta en escena, con esas inolvidables persecuciones a través de Monument Valley, magníficamente fotografiado en blanco y negro por Bert Glennon, deja infinidad de instantáneas para el recuerdo. Glorioso escenario mediante el que Ford recrea en imágenes el nacimiento de una nación, pero cuyos diálogos contienen también réplicas sorprendentemente premonitorias como aquel comentario del maquiavélico Gatewood en el que el banquero suelta primero un "América para los americanos" para, acto seguido, afirmar que "El presidente de los Estados Unidos debería ser un hombre de negocios". Palabras que hoy, en plena vorágine trumpista, adquieren una dimensión dolorosamente trágica.



domingo, 8 de julio de 2018

Ángeles con caras sucias (1938)




Título original: Angels with Dirty Faces
Director: Michael Curtiz
EE.UU., 1938, 97 minutos

Ángeles con caras sucias (1938)


Si no fuera porque los Cagney, Bogart y compañía tienen un gancho irresistible, Ángeles con caras sucias no pasaría de ser un sermón insoportablemente moralista. No hay más que ver la apología que se hace en ella de la pena de muerte o el papel redentor que se le reserva a la religión como senda ejemplar que aparte a los hombres de las garras del hampa. Corría 1938 y las calles de los suburbios, como se aprecia en la panorámica con la que se abre la película, eran un hervidero en el que las bandas criminales campaban a sus anchas, por lo que no es de extrañar que desde Hollywood se ensayara algún tipo de píldora con mensaje capaz de encauzar la situación.

Los Dead End Kids, de hecho, que habían debutado apenas unos meses antes con Crime School, participarían en un total de cinco títulos, todos ellos unidos por el denominador común de abordar la delincuencia juvenil en el marco de la crisis económica que azotaba al país. En ese sentido, el modelo encarnado por James Cagney está condenado a fracasar desde el minuto uno, habida cuenta de que la lección que encierra la historia de Rocky y Jerry, expresada en palabras, vendría a ser algo así como: "Esto es lo que les ocurre a los chicos malos..." Donde Jerry Connolly (Pat O'Brien) es el muchacho que corre más rápido y Rocky Sullivan (Cagney) el malote que copará las portadas de la prensa sensacionalista. Al primero lo salvará su fe; al segundo lo condenará su ambición...



Nominada a tres premios Óscar (Mejor actor, director y guion), Angels with Dirty Faces supuso también el trabajo que acabaría de consagrar la incipiente carrera de Humphrey Bogart, definitivamente encasillado en el rol de hombre duro y un tanto cínico: aquí interpreta a un abogado corrupto, supuestamente amigo del protagonista, pero tan poco de fiar como el resto de gánsters del reparto.

Lejos aún del modelo noir instaurado a partir de El halcón maltés (1941) de Huston, ni el papel femenino interpretado por Ann Sheridan (apenas una amiga de infancia) adquiere las proporciones de una femme fatale ni en la película en su conjunto se aprecia el más mínimo atisbo de denuncia social a lo Scarface (1932): bien al contrario, el objetivo perseguido por el húngaro Michael Curtiz no parece ser otro sino preservar el orden establecido, lavando la cara de esos ángeles callejeros a los que alude el título aunque sea mediante el expeditivo método de la silla eléctrica.