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lunes, 18 de agosto de 2025

Lady L (1965)




Director: Peter Ustinov
Reino Unido/Francia/Italia, 1965, 117 minutos

Lady L (1965) de Peter Ustinov


Además de actor versátil y consumado políglota (hablaba con fluidez hasta ocho lenguas distintas), el británico Peter Ustinov, célebre por sus papeles en Quo vadis (1951) o Espartaco (1960), también dirigió películas. Como, por ejemplo, la que hoy nos ocupa.

A pesar de estar basada en la novela homónima del prestigioso Romain Gary, Lady L (1965) no pasa de ser una comedia amable al servicio de dos estrellas del momento como lo eran Sophia Loren y Paul Newman.



Dicen las malas lenguas (y así lo corroboraría el propio Ustinov, quizá para justificar la escasa repercusión en taquilla de su cinta) que la química entre la pareja de actores protagonista fue nula. De ahí, tal vez, la frialdad que se percibe en la pantalla.

En cualquier caso, la sofisticación palaciega en la que se desenvuelven los personajes, con un David Niven en su habitual registro aristocrático y la Loren haciendo de antigua lavandera de origen corso convertida en baronesa por esos azares del destino, contrasta con un inverosímil Newman que se mete en la piel de un anarquista revolucionario.



jueves, 4 de enero de 2024

Madame Rosa (1977)




Título original: La vie devant soi
Director: Moshé Mizrahi
Francia, 1977, 105 minutos

Madame Rosa (1977) de Moshé Mizrahi


Lo primero que puedo decirles es que vivíamos en un sexto sin ascensor y que para la señora Rosa, con los kilos que llevaba encima y sólo dos piernas, aquello era toda una fuente de vida cotidiana, con todas las penas y los sinsabores. Así nos lo recordaba ella cuando no se quejaba de otra cosa, porque, además, era judía. Tampoco tenía buena salud, y otra cosa que puedo decirles es que era una mujer que merecía un ascensor.

Émile Ajar
La vida ante sí
Traducción de Ana María de la Fuente

Poseedor de una biografía tan o incluso más interesante que sus propias novelas, el insólito caso del escritor y diplomático Romain Gary (1914-1980) merece ser comentado antes de entrar en otros pormenores. Y es que el buen hombre ganó en dos ocasiones el prestigioso premio Goncourt (algo que prohíben expresamente las bases de un galardón que sólo se puede conceder una vez en la vida de cada autor). ¿A qué se debió entonces tan excepcional circunstancia? Pues al simple hecho de que, después de haberlo recibido en 1956 por Les Racines du ciel (llevada al cine dos años más tarde por John Huston), volvería a hacerse con él dos décadas después, en 1975, gracias a una estremecedora narración, La vie devant soi, que publicó bajo el pseudónimo de Émile Ajar. Sólo tras la muerte de Gary, acaecida por suicidio, se acabaría desvelando la verdadera identidad que se escondía detrás de ese nombre.

Sea como fuere, lo cierto es que la historia contenida en dicho libro, éxito editorial sin paliativos a propósito de una vieja prostituta de buen corazón que acoge en su casa a los hijos de otras compañeras de oficio, tenía que ser objeto sí o sí de su correspondiente adaptación cinematográfica. Honor que finalmente correspondió al israelí Moshé Mizrahi (1930-2018) en un contexto en el que, por desgracia, los conflictos entre árabes y judíos estaban tan a la orden del día como en la actualidad. De hecho, hay quien ha creído ver en el personaje de Madame Rosa una figura conciliadora encargada de educar bajo el mismo techo a niños de muy diversa procedencia, sin que importe ni su clase social ni su religión.



Una veteranísima Simone Signoret (1921-1985) bordó el papel protagonista, que le valió hacerse con el César (el único de su carrera) a la Mejor Actriz. Con su rostro abotargado de superviviente de Auschwitz y una humanidad que le granjea las simpatías de todo el vecindario, Madame Rosa encarna una idea muy moderna de la tolerancia en la que lo mismo tienen cabida musulmanes, hebreos, africanos y hasta la escultural Madame Lola (Stella Annicette), un travesti senegalés que antes había sido boxeador. Espíritu conciliador que sin duda influyó a la hora de que La vie devant soi (1977) se viese recompensada con el Óscar a Mejor Película Extranjera.

Sin embargo, es la mirada un tanto inocente de Momo (Samy Ben-Youb) la que se impone como referente a la hora de relatar a Nadine (Michal Bat-Adam) y al doctor Ramón (Costa-Gavras) lo que acontece en un duro contexto urbano multicultural, el suburbio parisino de Belleville, donde la lucha por la supervivencia contrasta con la ternura que inspiran algunos personajes. Así pues, el sabio señor Hamil (Gabriel Jabbour) o el no menos juicioso doctor Katz (Claude Dauphin) constituyen figuras paternales para un muchacho que, falto de afecto, convierte a un paraguas en su mejor "amigo". Tal vez por ello terminará desarrollando una dependencia obsesiva, a medio camino entre la lealtad inquebrantable y el trastorno psiquiátrico, hacia su "madre adoptiva".



miércoles, 18 de marzo de 2020

El anacoreta (1976)




Director: Juan Estelrich
España/Francia, 1976, 108 minutos

El anacoreta (1976) de Juan Estelrich


Si a alguien, como al Fernando Tobajas de El anacoreta, le diese hoy por atrincherarse en el lavabo de su casa durante once años, no necesitaría encajonar en su interior los cien tomos de la Enciclopedia Universal Espasa ni enviar mensajes en tubos de aspirina a través del inodoro. Le bastaría con su teléfono móvil para estar conectado con el resto del planeta o tal vez un ordenador portátil desde el que redactar las entradas de un blog...

Y es que estamos ante una película cuando menos singular. Lo es, ya de entrada, por su planteamiento, basado en una idea del siempre genial Rafael Azcona. Pero también por el estrafalario atuendo que luce Fernando Fernán Gómez, ataviado siempre con chándal y, en las primeras secuencias, con unas melenas larguísimas. Hasta el título resulta bastante irónico, ya que semejante personaje no tiene nada de ermitaño solitario, sino que lo vienen a visitar cada tarde sus amigos para jugar al dominó.



No menos sorprendente es el hecho de que se trate del único largometraje dirigido por Juan Estelrich (Barcelona, 1927-Madrid, 1993), excelente jefe de producción que, a pesar de la buena acogida en el Festival de Berlín de su ópera prima, o no pudo o no quiso repetir la experiencia tras las cámaras. Y ocurre un poco lo mismo con la bella Martine Audó (doblada por Amparo Soler Leal), que hacía aquí su presentación como actriz, pero cuya carrera apenas tendría después continuidad, más allá de un par de películas a las órdenes de Carlos Benpar.

Las Suites para violonchelo de Bach (interpretadas, una y otra vez, por un tal señor Polack al que nunca se llega a ver) le acaban dando el toque ligeramente sombrío a una cinta que, entre bromas y veras, nos habla con grandes dosis de cinismo de la soledad y la incomunicación que atenazan al individuo en el mundo moderno.