Mostrando entradas con la etiqueta Hugo Blanco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hugo Blanco. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de marzo de 2023

La busca (1966)




Director: Angelino Fons
España, 1966, 92 minutos

La busca (1966) de Angelino Fons


Toda aquella tierra negra daba a Manuel una impresión de fealdad, pero al mismo tiempo de algo tranquilizador, abrigado; le parecía un medio propio para él. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eran latas viejas de sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados; aquella tierra, árida y negra, constituida por detritus de la civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábricas, por todo lo arrojado del pueblo como inservible, le parecía a Manuel un lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urbana.

Pío Baroja
La busca

El primer largometraje dirigido por Angelino Fons (1936-2011) adaptaba libremente la novela homónima de Baroja. Tan libremente que en ella no queda ni rastro de muchas situaciones y personajes, algo, por otra parte, bastante lógico, considerando la propensión del escritor vasco a describir tipos y más tipos pintorescos. A este respecto, el principal mérito de aquel joven cineasta, que apenas tres años antes se había diplomado en la mítica Escuela Oficial de Cine, consiste en darle continuidad a la trama mediante transiciones perfectamente calculadas. Destellos de la vida de Manuel (Jacques Perrin) en su azaroso periplo por un Madrid decrépito.

Hay, por cierto, algo pasoliniano en esos exteriores en ruinas en los que transcurre buena parte de la acción: escenario idóneo para situar al espectador en un punto equidistante entre la crisis finisecular, consecuencia directa del desastre del 98, y la propia miseria del régimen franquista. Porque conviene recalcar que, además de película de época, La busca (1966) pretendía sobre todo establecer una correspondencia entre aquel regeneracionismo noventayochista y la necesidad de sacar a España del letargo en el que aún seguía sumida tras treinta años de dictadura militar.

Manuel (Jacques Perrin) y Rosa (Emma Penella)


En ese afán por poner al día el mensaje revolucionario que encierran las páginas de la novela, la música de Luis de Pablo aporta una cierta dosis de modernidad, en la misma medida en que el prólogo incendiario con el que se abre la cinta pone el dedo en la llaga a propósito de los males que tanto a finales del XIX como ya superado el ecuador del siglo XX determinaron el atraso de la nación: "Parecía que el mundo avanzaba y nosotros estábamos parados".

La cuestión social, pues, juega un papel importantísimo como trasfondo en el que se desarrolla la lucha por la supervivencia de un adolescente cuya vida en la capital estará marcada por una continua sensación de desamparo. "Para él, como para su patria", sentencia la voz en off, "el futuro era una mezcla de amenaza, incertidumbre y confusión".

Manuel (Jacques Perrin) y Justa (Sara Lezana)


domingo, 17 de noviembre de 2019

Goya, historia de una soledad (1971)




Director: Nino Quevedo
España, 1971, 110 minutos

Goya, historia de una soledad (1971)
de Nino Quevedo


En su libro Directores españoles malditos, Augusto M. Torres se expresa sobre Nino Quevedo en los siguientes términos: "En otras circunstancias más favorables Nino Quevedo, un hombre simpático, siempre sonriente, hubiese podido desarrollar una buena carrera, no brillante, pero no se hubiera convertido en un director maldito." Queda claro, pues, que, por más que su debut como director de largometrajes fuese prometedor, no le quedaran al hombre ni muchas ganas ni tampoco excesivas oportunidades para volver a intentarlo. 

Como ocurre tantas veces con las superproducciones históricas, Goya, historia de una soledad destaca más por el envoltorio que no por su contenido. Posee una excelente dirección de fotografía en color a cargo de los añorados Luis Cuadrado y Teo Escamilla y lo mismo podría decirse del vestuario y de la dirección artística, elementos fundamentales a la hora de recrear la corte dieciochesca o el Madrid de la invasión napoleónica, ya a principios del siglo XIX. E igualmente remarcables son unos exteriores y localizaciones excepcionales, rodados en enclaves tan paradigmáticos como el Palacio de Aranjuez, en una época en la que se daban muchísimas más facilidades que hoy en día para disponer de nuestro patrimonio nacional como escenario.



Es, sin embargo, en los diálogos, desprovistos de toda naturalidad, donde la cosa no acaba de funcionar, pese a que fuera el novelista Alfonso Grosso quien se encargó de escribirlos. Abusando de subrayados y aclaraciones innecesarias, no son pocas las veces en las que se hace que los personajes verbalicen datos de carácter histórico que ayuden al espectador a situarse. Con el inconveniente, claro está, de que haciéndoles hablar así se pierde credibilidad. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, cuando, en los primeros compases del filme, es el propio Goya (Paco Rabal) quien aclara que: “Soy pintor del rey. Gano como tal quince mil reales al año. Más lo de la Academia. Y lo que nos dan las acciones del banco.” O, más tarde, durante la escena del juicio contra el artista por afrancesamiento, en la que, mediante un breve comentario del fiscal, se hace notar que ha pasado el tiempo: “Ya ven lo que es la vida, amigos. ¡Cuánto hemos cambiado en seis años! Tú, Agustín, teniente. Yo, juez del Tribunal Depurador de Afrancesados. Sebastián, usted también ha cambiado lo suyo...”

Con todo y con eso, sería una lástima no valorar en su justa medida el esfuerzo que supuso la realización de una película de tales características, en la que, aparte de lo ya mencionado, se capta la esencia del estilo goyesco y aun se recrea en varias escenas o cuadros vivientes (por ejemplo, la que alude a Los fusilamientos del 3 de mayo). O la secuencia de la pesadilla, rodada en blanco y negro, en la que Nino Quevedo no sólo se atrevió a introducir elementos de tipo lésbico entre la Duquesa de Alba (Irina Demick) y La Maja (Marisa Paredes), toda una osadía para la época, sino que denota en su planteamiento (entre onírico y underground) una cierta influencia de lo que, por aquellas mismas fechas, defendían los cineastas de la Escuela de Barcelona.


martes, 21 de agosto de 2018

No encontré rosas para mi madre (1973)




Director: Francisco Rovira Beleta
España/Francia/Italia, 1973, 93 minutos

No encontré rosas para mi madre (1973)


Desperté en una luz grisácea, encogido de frío. Mañana cruzada de espejos duros y brillantes bajo el cielo. Dos ojos incoloros se inclinaron sobre los míos. "No es mamá", me dije. "Ni Helia". No conocía aquellos ojos. Tampoco la voz: 
       —¿Te encuentras mal, chico? ¿Quieres que te ayude?

José Antonio García Blázquez
No encontré rosas para mi madre

Cuán diferente habría sido el resultado en esta película si, en vez de cuidar tanto el envoltorio, la mayoría de esfuerzos hubiesen ido dirigidos a dotarla de una mayor profundidad psicológica. Talento no faltaba (no hay más que echar un vistazo al listado de gente que trabajó en ella para darse cuenta), pero cuando falla lo principal, que es el entusiasmo...

Una coproducción entre tres países; un director, en horas bajas, al que no le gusta el guion y decide retocarlo y, lo que es peor, mandarlo retocar una y otra vez (hasta seis personas diferentes intervinieron en él); un reparto internacional plagado de tantas estrellas que produce empacho; una trama que transcurre en tres ciudades distintas y, para colmo, un protagonista al que eligen por su cara bonita, pero que carece de cualidades interpretativas.

Renaud Verley es Jaci


Digámoslo claro: No encontré rosas para mi madre (1973), pese a estar basada en la excelente novela homónima de José Antonio García Blázquez, dista mucho de ser lo que se dice una obra maestra. Se nota, eso sí, el saber hacer de Rovira Beleta tras las cámaras, auxiliado por una impecable dirección de fotografía en color del veterano Michel Kelber y, sobre todo, el amor por su querida Barcelona cuando filma determinados enclaves de la Ciudad Condal (Plaza España, la Plaza Real, las Ramblas, el Paralelo, el puerto... O algunos locales hoy desaparecidos, como el conflictivo Drugstore Liceo de la secuencia inicial, entonces recién inaugurado y que cerraría sus puertas en 1982), aunque la personalidad del cineasta se desdibuja un tanto a la que la acción se traslada a Madrid o a Ibiza.

Por último, la visión que se ofrece de ciertos sectores de la juventud de entonces no es que sea precisamente halagüeña: Jaci (interpretado por el francés Renaud Verley) lo mismo coquetea con señoras de cierta edad (Gina Lollobrigida) que con ancianos libidinosos, pese a que su interés es exclusivamente monetario. Y con las jóvenes África (Concha Velasco) y Elaine (la británica Susan Hampshire) parece incapaz de comprometerse, probablemente por la atracción edípica que lo une a su madre (Danielle Darrieux). En resumidas cuentas, lo mismo él que su cuadrilla se distinguen por una ociosidad malsana y autodestructiva. De lo que se infiere, una vez más, que Rovira Beleta —hombre elegante y sensible, pero de otra generación, con otros valores— no era el más indicado para hacerse cargo de esta historia.


sábado, 26 de agosto de 2017

Crónica sentimental en rojo (1986)




Director: Francisco Rovira Beleta
España, 1986, 100 minutos

"Un pecho amputado, sobre la mesa de una juez..."



Méndez fue a buscarle a la salida de la Modelo.
—Me han dicho que tienes un empleo, Richard.
La calle de Entenza santificada por una lluvia fina, frente a él el muro de las lamentaciones de la cárcel y a su espalda los portales silenciosos del verano que declina, que ya se va muriendo. Un bar donde el Xirinacs recibía las visitas de sus fieles y ante el que hacía huelga de hambre pidiendo amnistía, uníos, cristianos rojos del mundo, uníos los que aún quedéis. Aunque el verano la ha ido aplastando, la ciudad aún palpita, y Méndez se acuerda entonces del viejo tiempo, malditas las playas, los ombligos con crema antisolar, las niñas con culín, los oficinistas con gafitas. A él, a Méndez, le obligaron a ir de servicio a las playas; él, Méndez, no quería. Él es una rata de ciudad y lo seguirá siendo hasta que muera en olor de santidad en una vieja habitación de la que fue casa de mujeres de La Emilia. Méndez tiende la mano al recién salido, comprueba de un vistazo que aún sigue fuerte, que conserva, aunque dormida, su antigua flexibilidad de tigre.
—Estás en forma, Richard.

Crónica sentimental en rojo
1. LA SALIDA
Francisco González Ledesma

La que acabaría siendo la última película dirigida por Rovira Beleta fue, en realidad, una adaptación producida por TVE de la novela homónima de Francisco González Ledesma que apenas un par de años antes había obtenido el codiciado premio Planeta. No era la primera vez, sin embargo, que algo semejante acontecía en la carrera del realizador catalán, quien en 1962 ya se encargó de llevar a la pantalla Los atracadores, según la obra de Tomás Salvador que también fue laureada con el mismo galardón.

Llorenç Santamaria (Richard) y Assumpta Serna (Blanca)


A sus setenta y cuatro años, lo cierto es que el veterano director llevaba una década sin estrenar en salas comerciales, tiempo transcurrido desde que la producción histórica La espada negra hubiese visto la luz en 1976. Durante dicho período la actividad de Rovira Beleta se vio limitada exclusivamente a tres episodios de la televisiva Curro Jiménez y a la serie de reportajes Escrito en América. De manera que, a la vista de tan pobre bagaje, puede decirse, con razón, que Crónica sentimental en rojo supuso un verdadero regalo para un cineasta que lograba poner así el broche a su dilatada carrera con una película íntegramente rodada en su ciudad.

Autocita: Un tablao de la Plaza Real se llama como la exitosa película
de Rovira Beleta que le valió su primera nominación al Óscar


Porque es en Barcelona donde transcurre la acción de este singular policíaco: una Barcelona anterior a los Juegos Olímpicos y en la que pasar del Raval a Pedralbes es sólo cuestión de hacia dónde soplan las azarosas pesquisas del comisario Méndez. El mítico personaje surgido de la imaginación de González Ledesma, protagonista de varias de sus novelas y recientemente resucitado por la hija del escritor en una audaz precuela, fue interpretado, en esta ocasión, por el siempre solvente José Luis López Vázquez, probablemente la opción ideal para meterse en la piel de ese tipo entre cutre y sentimental, sempiternamente vestido de negro y cuyo reino se extiende entre el Paralelo y las Ramblas.

Méndez: caspa y lirismo


En términos generales, Crónica sentimental en rojo es bastante fiel al libro en el que se inspira (lo cual, dicho sea de paso, no suele ser precisamente una virtud). Se simplifica la trama, de la que quedan fuera muchos tipos y personajes secundarios (la frágil Marta Estradé, el doctor Domingo Albert, el Amores, el Florindo Chico...) y se cambia algún escenario por otro (en la novela, por ejemplo, Méndez es tiroteado en la Avenida del Tibidabo, mientras que en la película se encuentra en la Barceloneta cuando recibe los disparos). O los atentados que sufre el periodista Bey (José María Blanco), que en la obra son dos y en la peli sólo uno. En otras ocasiones, lo que se altera ligeramente es el nombre de algunos personajes, como el pintor Wenceslao Cortadas, que en el filme pasará a apellidarse Cánovas.

La difunta Nuria Bassegoda pintada por Wenceslao Cánovas


Y en cuanto al resto del reparto, si Assumpta Serna es una Blanca Bassegoda más o menos convincente, no puede decirse lo mismo de Llorenç Santamaria: es verdad que la tosquedad del actor le va divinamente a su personaje, pero la lástima es que el Richard de la versión cinematográfica carece de la profundidad del de la novela. Y lo mismo ocurre con el detective Dani Ponce (Fabià Matas). En fin, ya sabemos que no se le deben pedir ni peras a un olmo ni florituras a un director en horas bajas. Nos quedamos, eso sí, con el breve cameo que protagoniza el propio González Ledesma en la redacción de La Vanguardia: de hecho, en la vida real ejerció durante muchos años el periodismo para ése y otros diarios, por lo que Rovira Beleta no dudó en inmortalizarlo haciendo de reportero.

Un apremiante González Ledesma le mete prisa a Carlos Bey