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jueves, 23 de julio de 2026

El mensaje (1953)




Director: Fernando Fernán-Gómez
España, 1953, 82 minutos

El mensaje (1953) de Fernán-Gómez


La segunda película que dirigía Fernando Fernán-Gómez, tras haber debutado con Manicomio (1953), transcurre durante la Guerra de Independencia. Son sus protagonistas una cuadrilla de intrépidos guerrilleros dispuestos a sacrificar su vida, si hiciera falta, con tal de expulsar a las tropas napoleónicas de territorio español. Como se ve, el argumento se enmarca en un patrioterismo muy en boga en el cine autóctono producido durante aquellos años, si bien el guion de Manuel Suárez Caso y el propio Fernán-Gómez, con canciones escritas por José García Nieto, se desmarca un tanto de dichas coordenadas mediante el recurso de incluir a un traidor en el grupo.

Efectivamente, buena parte de la trama consiste en dirimir quién podría ser el infiltrado, sobre todo a partir del momento en el que el mudo (Manuel Alexandre) aparece muerto con un puñal clavado en el pecho. Misterio que, sin embargo, se acaba desvelando cuando José (José María Lado) mata de un tiro por la espalda al mayoral (Antonio Prieto). Aunque, finalmente, los remordimientos de conciencia podrán más que los intereses materialistas del delator, quien, pesaroso tras las súplicas del doliente Antonio (Fernán-Gómez), opta por entregarle al Cabrero la preciada misiva firmada por Wellington en lugar de dársela a los franceses.



A diferencia de otros títulos pertenecientes a este mismo subgénero, que podríamos calificar de épica nacionalista y resistencia popular, El mensaje (1953) destaca por pequeños detalles como el hecho de subtitular los diálogos en francés de los soldados invasores, rasgo ligeramente realista que aporta un cierto verismo a la puesta en escena. Asimismo, la apariencia masculina de María (interpretada por la debutante Elisa Montés) tiene algo de provocativo, en especial cuando el supuesto "muchacho", ataviado con ropajes de hombre para eludir la lascivia de los insurrectos, protagoniza diversos momentos de flirteo con el atolondrado Antonio.

Por lo demás, la cinta que nos ocupa, con banda sonora de Rafael de Andrés y excelente fotografía en blanco y negro de Aguayo, contiene también las inevitables soflamas militaristas que al franquismo le venían como anillo al dedo para reforzar su discurso oficial de enaltecimiento patriota. Sirva de ejemplo la arenga que el mayoral dirige a sus hombres: "Estoy convencido de que resistiréis hasta más allá de la muerte, porque los guerrilleros sois el último refugio de la lealtad, la mejor reserva del espíritu de vuestra patria y, por lo tanto, de la libertad del mundo entero". Palabras altisonantes que van en consonancia con el plano final, de indudable apoteosis católica, en el que Antonio y María, ya vestida de mujer, rezan de rodillas un padrenuestro ante la cruz de piedra de su aldea.



domingo, 19 de noviembre de 2023

El tambor del Bruch (1948)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1948, 72 minutos

El tambor del Bruch (1948) de Iquino


Para tratarse de una película rodada en la España de finales de los cuarenta, lo cierto es que El tambor del Bruch (1948) contiene una inusual cantidad de símbolos propios de la identidad catalana. Tal sería el caso, por ejemplo, del Virolai, que los insurrectos somatenes entonan al pie de Montserrat, con la imagen de la Moreneta sobreimpresa en pantalla. O aquel infeliz que, a punto de ser fusilado por los franceses, levanta su puño en alto para proferir un elocuente "Visca l'independència!" (se supone que la española, pero ahí queda ese pequeño apunte en lengua vernácula).

A todo esto, conviene no perder de vista que Iquino, además de prolífico director y productor, sería también el primero en atreverse con el catalán al incluir algunas escenas en dicho idioma en El Judas (1952). Aparte de que incluso anteriormente, en La familia Vila (1950), había filmado a los protagonistas bailando sardanas en el parque de la Ciudadela. Detalles que demuestran la querencia del cineasta por su terruño, si bien no pasó nunca de la nota folclórica y superficial.



Sin embargo, el hecho de que la cinta que nos ocupa recree uno de los episodios más célebres de la guerra contra el invasor napoleónico no deja de ser un pretexto que sirve de trasfondo para el idilio entre Montserrat (Ana Mariscal) y Blas (Carlos Agostí). En todo caso, la leyenda sería de nuevo revisitada posteriormente por otros realizadores como el Jorge Grau de La leyenda del tambor (1981), con Jorge Sanz de protagonista, o, más recientemente, Bruc: El desafío (2010) de Daniel Benmayor, con un intenso Juan José Ballesta en el papel principal.

Por lo demás, huelga decir que los acontecimientos aquí descritos, por más sabor local que les diera Iquino, están contados en clave franquista, ofreciendo una visión de los traicioneros afrancesados en la que no resulta difícil vislumbrar un sospechoso parecido con aquellos republicanos a los que el Régimen culpaba de todos los males. Lectura interesada de un mito que los títulos de crédito iniciales no dudan en calificar en estos términos: "Al amparo de la santa montaña de Montserrat, esperan los patriotas al invasor con una agresiva hostilidad que, al pasar los años, ha de quedar grabada como gesta heroica en el glorioso libro de la historia de España".



domingo, 27 de diciembre de 2020

La guerrilla (1973)




Director: Rafael Gil
España/Francia, 1973, 89 minutos

La guerrilla (1973) de Rafael Gil


Lo de Azorín con el teatro recuerda remotamente a la relación que mantuvo Cervantes con la poesía: el hombre lo intentó en repetidas ocasiones (y no era un mal dramaturgo), aunque en vano se esforzaba en aparentar "la gracia que no quiso darle el Cielo..." El hecho es que, siendo un representante destacadísimo de la Generación del 98, no ha pasado a la posteridad precisamente por obras teatrales como La guerrilla, estrenada en el madrileño Teatro Benavente el 11 de enero de 1936. Su autor la concibió con la intención de mostrar que hasta en las peores tesituras hay lugar para el entendimiento. De ahí que la pareja protagonista estuviese formada por un oficial napoleónico (Marcel) y una joven labradora castellana (Pepa María) que se enamoran durante la invasión de 1808 a pesar de pertenecer a bandos enfrentados.

La versión cinematográfica que dirigiría años más tarde Rafael Gil, con guion de Rafael J. Salvia y el francés Bernard Revon, fue una coproducción auspiciada con motivo del centenario del nacimiento de José Martínez Ruiz, Azorín (1873-1967). La presencia de capital galo en la película explica un acercamiento a los hechos lo suficientemente ecuánime como para satisfacer a los espectadores de uno y otro lado de los Pirineos. Así, por ejemplo, se introducen episodios que no figuraban en el texto original, como la escena en la que Santamour (Jacques Destoop) salva a un niño de morir ahogado en el río, lo cual convierte al coronel en honorable, a diferencia del carácter profanador de sus tropas.



Guerra, amor y muerte se dan cita en un filme que, pese a estar bien contado, carece de la emoción que requerían semejantes temas. A este respecto, ni el ya mencionado Destoop ni mucho menos la debutante Julia Saly, alias "La Pocha" (célebre bailaora que acabaría trabajando en ínfimas producciones de terror a las órdenes de Paul Naschy), podían dar más de sí. No obstante, el mayor reclamo del elenco era un Paco Rabal que se mete en la piel de El Cabrero, líder de la guerrilla auspiciada por los ingleses (otra diferencia respecto al drama en tres actos de Azorín).

En definitiva, parece cine de los cuarenta, aunque filmado en tecnicolor, lo cual explica la indiferencia con la que la cinta fue acogida en el momento de su estreno. Un patrioterismo trasnochado —tanto como el régimen franquista que, a punto de llegar a su ocaso, aún fomentaba tales pastiches históricos— capaz de dejar perlas como la arenga que le suelta El Cabrero a Santamour: "Lo que sea de España, bueno o malo, lo haremos nosotros […] Ustedes quieren hacernos felices a tiro limpio. ¡Vamos, a la fuerza! ¡A golpazos! ¿Pero es que no se dan cuenta de que no se puede imponer una idea por la violencia? ¡Y menos a nosotros! Mal camino... ¡Mal camino! Para convencer. Y para vencer, ¡peor! ¡Y no hablemos más, amigo, no hablemos más...!" Ecos unamunianos que denotan un rechazo encarnizadamente frontal ante cualquier injerencia extranjera.



miércoles, 9 de septiembre de 2020

Bruc: El desafío (2010)




Título original: Bruc. La llegenda
Director: Daniel Benmayor
España, 2010, 88 minutos

Bruc: El desafío (2010) de Daniel Benmayor


Si hace unas semanas comentábamos La leyenda del tambor (1981), hoy le toca el turno a otra película que retoma la figura del timbaler del Bruc. Sólo que el filme dirigido hace una década por Daniel Benmayor vendría a ser una especie de secuela, ambientada varios años después de aquel célebre episodio, supuestamente acaecido durante la invasión napoleónica, en el que un chaval, vecino de Santpedor, fue capaz de ahuyentar él solito, con la única ayuda de la reverberación causada por el redoble de sus baquetas, a toda una columna del ejército francés.

Sin embargo, y pese a tratarse de un filme de época, Bruc bebe de unos referentes que no son, forzosamente, los del cine histórico, haciendo gala de lo que serían elementos habituales de una cinta de acción, en la línea de títulos como, por ejemplo, El cazador (The Deer Hunter, 1978) de Cimino o la propia Apocalypse Now (1979) de Coppola. Así pues, el personaje interpretado por Juan José Ballesta no difiere gran cosa de lo que hubieran hecho un Robert De Niro o el mismísimo Stallone en el contexto de una producción ambientada, pongamos por caso, en plena guerra de Vietnam.



En ese sentido, ver al actor con la cara y el cuerpo embadurnados de negro conecta de lleno con dicho subgénero cinematográfico, por más que nuestra decimonónica Guerra de Independencia no parezca, a priori, el marco idóneo para un espectáculo del siglo XXI. Con todo y con eso, unas localizaciones espectaculares, entre las que destacan la omnipresente montaña de Montserrat o las entrañas de las cuevas de Collbató (más algún que otro retoque digital con la ayuda del croma), aportan la fastuosidad necesaria. Como no podían faltar, tratándose de un producto genuinamente adrenalínico, una legión de especialistas encargados de las escenas de riesgo. Porque otra cosa no, pero caídas por precipicios y explosiones aparatosas hay unas cuantas...

¿Y quién estuvo detrás de semejante portento? Pues, entre otros, el avispado productor catalán Edmon Roch, apostando por un producto poco frecuente en la industria cinematográfica local y que, al estar rodado parcialmente en francés y con la participación de actores de aquel país (Vincent Pérez, Nicolas Giraud, Astrid Bergès-Frisbey, Justin Blanckaert...), permitía su distribución a nivel europeo. Por no hablar del mediático Santi Millán, en el papel del renegado (y tuerto) De la Mata, cuya presencia debía servir de aliciente para el mercado nacional, lo mismo que la voz de Beth (finalista de la segunda edición de OT y representante española en Eurovisión 2003) como intérprete del tema central de la banda sonora.


martes, 25 de agosto de 2020

La leyenda del tambor (1981)




Título original: El timbaler del Bruc
Director: Jorge Grau
España/Méjico, 1981, 98 minutos

La leyenda del tambor (1981) de Jorge Grau


Hay quien asegura que esta historia no es cierta y que el niño del tambor jamás existió, pero es ésta y no otra la leyenda que el pueblo ha querido tener. Y no hay que olvidar que los pueblos suelen escribir la historia con su propia sangre...

No fue ésta la primera ni tampoco la última vez en que la celebérrima figura del niño héroe, capaz de amedrentar él solo a las tropas napoleónicas con el único auxilio de su tambor, servía de base para la realización de una película. Mucho antes que Jorge Grau, el también catalán Iquino ya tuvo ocasión de recrear el mito en El tambor del Bruch (1948) y, en fechas más recientes, fue el actor Juan José Ballesta quien se metió en la piel del aguerrido tamborilero en Bruc: El desafío (2010).

Dotada de la presencia de una voz en off que abre y cierra el relato, la versión que nos ocupa adolece de un cierto toque didáctico en forma de pincelada aclaratoria que ayude al espectador a situarse en el contexto histórico de la Guerra de Independencia. Conflicto cuyo origen obedeció a muy diversas causas, pero que en esta coproducción hispanomejicana quedaba restringido a la consabida proeza de los somatenes que, en 1808, decidieron levantarse en armas contra la presencia del invasor francés en suelo patrio.



El honor de interpretar a tan insigne personaje le correspondió a Jorge Sanz, otro niño prodigio que, por aquel entonces, se hallaba en los inicios de su carrera, mientras que en el papel de abuelo encontramos nada menos que a un veterano Alfredo Mayo con barretina, estampa insólita tratándose del mismo intérprete que, en su día, dio comienzo a su andadura profesional encarnando al prototipo de héroe franquista en cintas de exaltación militar.

La presencia en el reparto de otros ilustres actores como Vicente Parra (o de flamantes "promesas", hoy no menos consagradas, caso de una jovencísima Mercè Sampietro) le da más empaque que calidad a una cinta correcta, a ratos emotiva, pero que dista de encontrarse entre las mejores de su director a pesar de lo entrañable del tema abordado.


sábado, 2 de diciembre de 2017

Aventuras de Juan Lucas (1949)




Director: Rafael Gil
España, 1949, 78 minutos

Aventuras de Juan Lucas (1949) de Rafael Gil


El pasado desde el presente: la acción transcurre en 1808, coincidiendo con la invasión napoleónica, pero los términos generalísimo y caudillo se dejan oír aquí y allá refiriéndose al militar interpretado por Fernando Fernández de Córdoba. Un poco como sucedía en 1984, la novela de George Orwell, el franquismo se valió bastante a menudo del cine histórico para reescribir determinados acontecimientos de la antigüedad según su propia conveniencia, en especial aquéllos que podían contribuir a legitimar al régimen como consecuencia de una supuesta continuidad a lo largo de la historia.

Aventuras de Juan Lucas (1949), adaptación de la obra homónima de Manuel Halcón, responde a dicha voluntad, aunque podría enmarcarse igualmente en el género del wéstern patrio, particular engendro al que ya nos hemos referido más de una vez y que consistió en aclimatar los estereotipos más habituales de las películas del Oeste a la imagen romántica del bandolero decimonónico. Como resultado, los Winchester son reemplazados por trabucos; el saloon, por una tasca y los indios, por franceses. El caso era que hubiese tiros y caballos que asegurasen el espectáculo, amén de un similar paisaje montaraz.

Juan Lucas (Fernando Rey) es atendido por Ana (Marie Déa)


Fernando Rey es el tal Juan Lucas, bandido en Sierra Morena, pero que logra redimirse como miembro destacado de la guerrilla que acabará enamorándose de la hija de un conde. Tiene guasa, por cierto, que, al entablar conversación con la susodicha, presuma de ardor patriótico diciéndole aquello de: "Piense que en mi trabuco llevaré la bala de la justicia. Y el francés que está en Madrid antes se las verá conmigo y mi banda..." Guasa porque la actriz que interpreta a la bella Ana Romero de los Viejos era precisamente de aquel país: Marie Déa, quien trabajaría al año siguiente a las órdenes de Cocteau en su versión del mito de Orfeo.

Comoquiera que sea, la película posee un innegable ritmo narrativo merced al talento del prolífico Rafael Gil, director todoterreno que siempre supo sacar el mejor partido de sus intérpretes, así como de los temas que le tocaron en suerte, ya fuesen intrascendentes comedias contemporáneas o recreaciones a medio camino entre lo folclórico y lo histórico en las que, como aquí, se mezclaba la Guerra de Independencia con el contrabando de mercancías en Gibraltar como telón de fondo.


domingo, 4 de diciembre de 2016

El abanderado (1943)




Director: Eusebio Fernández Ardavín
España, 1943, 85 minutos

El abanderado (1943) de Fdz. Ardavín


Sólo con revisar el elenco de El abanderado habría más que suficiente para darse cuenta del tipo de película de la que se trata: Alfredo Mayo, José Nieto, Julio Rey de las Heras, Raúl Cancio... ¿Qué tienen todos ellos en común? Pues que ya habían actuado juntos un año antes en Raza. De modo que, por muy ambientada que esté la historia en 1808, enseguida saltará a la vista que la invasión napoleónica no era más que un pretexto para llevar a cabo un paralelismo de lo más interesado:

Se trata de promover un alzamiento nacional para oponernos por las armas al avance de los invasores. Así salvaremos la virilidad y la independencia de España.

Quien así se expresa en el conciliábulo de un ventorrillo no es otro sino el héroe decimonónico Velarde. Pero, en cambio, la retórica que utiliza suena, y mucho, a un conflicto muy posterior (sobre todo por lo de "alzamiento nacional"). De hecho, el actor que lo interpreta, José Nieto, ya había sido el díscolo hermano republicano que acababa pasándose al bando sublevado al final de Raza.

No es un caso aislado: todo el filme se halla plagado de guiños y semejanzas por el estilo. Javier Torrealta, por ejemplo, el teniente abanderado del título, al que da vida Alfredo Mayo, está comprometido con una francesa (interpretada, por cierto, por una catalana: Isabel de Pomés). Pero no dudará en faltar a la palabra dada cuando se trate de defender a su país. La correspondencia con el proceder del bando nacional es inequívoca: ¿qué hizo el General Franco sino quebrantar el juramento de fidelidad para con la República en aras de "salvar" a la patria?

Isabel de Pomés (Renata) y Alfredo Mayo (Javier)

Al margen de su dudoso contenido ideológico, El abanderado destaca por su banda sonora a cargo de Jesús García Leoz y Joaquín Turina. Y también, en otro orden de cosas, por el siempre eficiente Manolo Morán, que en esta ocasión se ponía en la piel del saleroso Sargento Marchena, fiel edecán del Teniente Torrealta y andaluz de verbo grácil, capaz de requebrar a las mozas de la villa con piropos como el que sigue:

Ahí va la maja, 
maja del Manzanares, 
que pierden por ella el seso 
los militares.