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martes, 9 de mayo de 2023

Interferencias (1988)




Título original: Switching Channels
Director: Ted Kotcheff
EE.UU., 1988, 105 minutos

Interferencias (1988) de Ted Kotcheff


Dos nominaciones a los premios Razzie (o anti-Oscars) fueron el único y triste palmarés cosechado por Switching Channels (1988), enésima recreación de un argumento y unos personajes cuyo estreno teatral se remonta a finales de los años veinte, pero que aspiraba a emular el éxito obtenido unos meses antes por James L. Brooks con Al filo de la noticia (Broadcast News, 1987). Sin embargo, antes que un remake convencional de The Front Page, pudiera decirse que la cinta que nos ocupa fue más bien una puesta al día de Luna nueva (His Girl Friday, 1940), el clásico de Hawks y una de las cimas de la screwball comedy que tomaba los personajes de la sátira creada por Ben Hecht y Charles MacArthur para darles un nuevo giro en clave romántica.

Tal y como allí sucedía, la pareja protagonista (unos Burt Reynolds y Kathleen Turner que, a su vez, tomaban el relevo de Cary Grant y Rosalind Russell) se verá envuelta en una doble trama donde lo profesional y lo personal van indisolublemente de la mano. Sólo que ahora, en lugar de transcurrir en una oscura sala de prensa o en la redacción de algún periódico sensacionalista, la acción se traslada al medio televisivo. Entre otras cosas porque la sociedad de aquel entonces vibraba al ritmo marcado por los espacios informativos de la pequeña pantalla.



Lo que sigue igual son las argucias del exmarido y director de una cadena de noticias que intenta retener a toda costa a su ya exmujer y mejor reportera para que no se case con el apolíneo Blaine Bingham (Christopher Reeve). Asimismo, la corrupción política, lejos de haber ido a menos, se manifiesta en todo su apogeo cuando un obtuso candidato a gobernador (Ned Beatty), en connivencia con el no menos lerdo alcalde de Chicago, decide utilizar la ejecución pública de un reo con finalidades electoralistas.

Pero los tiempos han cambiado y el hecho racial (presente en versiones anteriores, donde el condenado a muerte habría matado a un agente de color) cede su relevancia en favor de una crítica velada contra la pena capital. En ese sentido, la campaña que la cadena SNN lleva a cabo con tal de convencer a la audiencia sobre la necesidad de perdonar al reo Ike Roscoe (Henry Gibson) pone de manifiesto que amplios sectores de la opinión pública norteamericana comenzaban a percatarse del carácter anacrónico de las ejecuciones.



domingo, 7 de mayo de 2023

Primera plana (1974)




Título original: The Front Page
Director: Billy Wilder
EE.UU., 1974, 105 minutos

Primera plana (1974) de Billy Wilder


Si ya la pieza teatral de Hecht y MacArthur era de por sí bastante corrosiva, el no menos cáustico tándem que conformaban Billy Wilder y su acólito I.A.L. Diamond intentó insuflarle nuevos bríos a un texto repleto de lucidez y sarcasmo. No en vano, la asociación entre ambos desde mediados de la década de los cincuenta había dado como fruto un puñado de guiones brillantes (y algún que otro Óscar), de modo que esta nueva entrega de The Front Page (1974), la tercera desde que Lewis Milestone, en el 31, y Howard Hawks, en el 40, dejasen su impronta sobre una de las mayores sátiras jamás escritas en torno al mundo del periodismo, invitaba a pensar que sería otra obra maestra.

Sin embargo, ya desde los primeros compases de la película se echa de ver enseguida que el tiempo no ha pasado en vano y que, a pesar de la buena química entre los siempre magníficos Jack Lemmon y Walter Matthau, el aire vintage que rezuma la historia, en una época en la que los días de gloria de las grandes rotativas ya hace mucho que quedaron atrás, no acaba de funcionar del todo. Hasta el extremo de que hubo quien creyó apreciar síntomas de decadencia de una fórmula hasta entonces infalible en esa falta de ritmo de la que adolecen no pocos momentos de la puesta en escena.



Asimismo, entre los cambios introducidos en la trama sorprende la ausencia de la madre de la prometida (una jovencísima Susan Sarandon), así como la del mafiosillo que trabaja a las órdenes del editor del periódico, personajes que, en ambos casos, habrían contribuido a reforzar el carácter humorístico de muchas secuencias. En cambio, se introduce como novedad la figura de Rudy Keppler (Jon Korkes), cronista novato al que, ante la baja de Hildy (Lemmon), le encargan cubrir la inminente ejecución de un condenado a muerte.

Quizá consciente de su propio declive, Billy Wilder decide arrancar con las imágenes de un taller de imprenta en pleno funcionamiento donde se están tirando multitud de ejemplares tal y como se hacía antiguamente. A este respecto, la cinta que nos ocupa tiene algo de homenaje a aquellos reporteros que vivían pendientes de conseguir una exclusiva a toda costa, pero ya desde la óptica romántica del que sabe que está hablando de usos y costumbres que no volverán a repetirse nunca más.



sábado, 6 de mayo de 2023

Luna nueva (1940)




Título original: His Girl Friday
Director: Howard Hawks
EE.UU., 1940, 92 minutos

Luna nueva (1940) de Howard Hawks


¿Cómo se puede hablar tan deprisa? La vis cómica de His Girl Friday (1940), adaptación un tanto libre de The Front Page, la pieza teatral que Ben Hecht y Charles MacArthur habían estrenado en 1929, hay que buscarla en esos diálogos vertiginosos que la pareja protagonista se lanza mutuamente a un promedio de 240 palabras por minuto. Técnica que no era tan habitual por aquel entonces y que, en manos de un maestro como Howard Hawks (con la ayuda inestimable del guionista Charles Lederer e incluso de los actores, que improvisaron más de una réplica), sería clave para cosechar un rotundo éxito de taquilla que el tiempo, además, ha elevado a la categoría de clásico indiscutible.

Al margen del ritmo trepidante de una impecable puesta en escena o de la crítica implícita que conlleva su visión ácida de la profesión periodística (a pesar de que los créditos iniciales advierten irónicamente que la cinta no contiene "ningún parecido con los hombres y mujeres de la prensa de hoy en día"), lo curioso es que sea el marcado carácter autorreferencial de varias de sus citas (por ejemplo, cuando, ya hacia el desenlace, Cary Grant menciona de pasada a cierto Archie Leach, nombre auténtico del actor antes de convertirse en una estrella) lo que hace de esta película un producto sumamente singular.



A diferencia de lo que ocurría en el texto original, así como en la versión llevada a cabo una década antes por Lewis Milestone, el personaje de Hildy Johnson pasaba a ser ahora una bella reportera interpretada por Rosalind Russell. Exmujer, para más inri, del liante Walter Burns (Cary Grant), editor del Morning Post y en absoluto dispuesto a perderla ni a ella ni a las brillantes crónicas que escribe para el mencionado periódico. Y es que Hildy, tras cuatro meses de ausencia, se acaba de plantar en la redacción anunciándole su inminente matrimonio con un tal Bruce Baldwin (Ralph Bellamy).

Ni que decir tiene que la trama del reo de muerte Earl Williams (John Qualen) acabará quedando en segundo plano conforme las numerosas artimañas del ladino Burns aparten al gris agente de seguros Baldwin de su prometida. En ese sentido, y sin dejar de ser otro ejemplo sobresaliente de screwball comedyHis Girl Friday (algo así como "Su esclava", donde el apelativo Viernes alude al personaje de Robinson Crusoe) se aleja de su primitivo espíritu de denuncia social (contra la corrupción política o el sensacionalismo de los mass media) en beneficio de los resortes infalibles de lo que pudiera considerarse una atípica comedia de enredo romántica.



viernes, 5 de mayo de 2023

Un gran reportaje (1931)




Título original: The Front Page
Director: Lewis Milestone
EE.UU., 1931, 101 minutos

Un gran reportaje (1931) de Lewis Milestone


Primera de una larga lista de adaptaciones cinematográficas, The Front Page (1931) pasa por ser, también, la primera screwball comedy de la historia. La obra teatral en que se basa, un artilugio endiabladamente divertido de los míticos Ben Hecht y Charles MacArthur, se había estrenado un par de años antes en el Times Square Theater de Nueva York. Origen escénico, por cierto, que queda del todo patente en la relevancia que adquiere la sala de prensa de unos juzgados como centro neurálgico donde transcurre la mayor parte de la acción.

Sin embargo, uno de los méritos de la puesta en escena del director Lewis Milestone (1895-1980) radica precisamente en la celeridad con la que logra mover la cámara dentro de un espacio cerrado. En ese sentido, son varios los momentos en los que el objetivo gira alrededor de los actores, casi como si volara, o los sigue en trávelin dando lugar a complejos y meritorios planos secuencia.

Gracias a George Lucas, el filme fue objeto de una minuciosa restauración en 2016


Por lo demás, huelga decir que la producción, auspiciada por obra y gracia del todopoderoso Howard Hughes cuando aún no había entrado en vigor el código Hays, supone una lección magistral de hasta qué punto las redacciones de los diarios constituyen un cuarto poder capaz de incidir en la opinión pública americana e incluso en decisiones políticas de hondo calado, toda vez que el corrupto alcalde (James Gordon) no tiene más remedio que acatar lo que le digan los reporteros si no quiere que sus chanchullos salgan a la luz.

Asimismo, la película encierra también una sutil reflexión a propósito de la falta de escrúpulos de unos medios de comunicación más preocupados por fabricar exclusivas sensacionalistas que no en el rigor informativo de lo que publican. De hecho, sólo hay que ver la caterva infecta de cronistas que cubren la fuga y posterior búsqueda de un preso condenado a muerte para hacerse una idea de que las fake news de hoy en día no son, ni mucho menos, un fenómeno nuevo.



miércoles, 19 de julio de 2017

Ciudad sin ley (1935)













Título original: Barbary Coast / Port of Wickedness
Director: Howard Hawks/William Wyler
EE.UU., 1935, 91 minutos

Ciudad sin ley (1935)

La "costa bárbara" a la que alude el título original de esta antigua producción de Samuel Goldwyn es la de San Francisco en 1849, durante la fiebre del oro. Junto con el "puerto de maldad" del título de reestreno y la "ciudad sin ley" del español, nos da una idea aproximada del ambiente de depravación que iba asociado a la avaricia de quienes hasta allí se desplazaban con miras a enriquecerse lo más rápida y fácilmente. 

Situar una historia de amor en un entorno tan mezquino parecía un reto complicado, sobre todo porque el guion de Ben Hecht y Charles MacArthur bebía del wéstern y del cine de gánsters sin ser ni una cosa ni la otra. Por eso Goldwyn decidió relevar en la dirección a William Wyler a las pocas semanas y entregar las riendas a alguien capaz de conferir mayor brío a una trama ya de por sí poco verosímil (el convertir a Joel McCrea en un minero erudito que ama la poesía es, tal vez, el mejor ejemplo).



No fue, pues, un rodaje placentero, en especial por la actitud caprichosa de una Miriam Hopkins empeñada en eclipsar al resto del reparto. Al parecer, tuvo sus más y sus menos con el temperamental Edward G. Robinson y el equipo, en general, acabó bastante hasta el gorro de ella. Y es curioso porque esa tensión se palpa después en la película: no se puede decir que el resultado final fuese del todo satisfactorio, teniendo en cuenta la escasa química que hubo entre los actores.

Aun así, la célebre escena de la ruleta en Casablanca tiene aquí un claro precedente que a buen seguro sirvió de inspiración a sus guionistas: cuando Mary 'Swan' Rutledge, a la sazón crupier del Bella dona, hace que la bola vaya a parar a la casilla negra en repetidas ocasiones, está resarciendo el agravio cometido contra Jim Carmichael (McCrea), al que previamente había desplumado arrebatándole su cargamento de oro en polvo. Peculiar demostración de amor hacia alguien que le permitirá huir de aquel antro, mientras los Vigilantes (cuadrilla de improvisados justicieros que se forma espontáneamente entre los vecinos del lugar) ajustan cuentas con el vil Chamalis y sus secuaces.