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viernes, 4 de agosto de 2023

¡Hola, muchacho! (1961)




Directora: Ana Mariscal
España, 1961, 85 minutos

¡Hola, muchacho! (1961) de Ana Mariscal


Drama propagandístico auspiciado por las fuerzas vivas del tardofranquismo, la acción de ¡Hola, muchacho! (1961) transcurre en un marco espaciotemporal cuyos valores esenciales giran en torno a la familia, el trabajo y los dictados del nacionalcatolicismo. Su directora, la hoy redescubierta Ana Mariscal, vuelve a interpretar un papel de mujer descarriada (en realidad una simple madre soltera, algo escandaloso en aquel contexto), si bien el protagonismo recae sobre Juan (Carlos Casaravilla, doblado por la cavernosa voz de Teófilo Martínez), un altivo mecánico de motores de aviación al que los máximos dirigentes de su empresa envían a Córdoba para que realice un cursillo organizado por la Universidad Laboral de la ciudad andaluza.

Más que por su argumento típicamente folletinesco, el principal interés de la cinta reside en cómo la cámara capta la monumentalidad de una arquitectura al servicio de los ideales del Régimen, escenario donde los estudiantes desfilan alegremente con ordenada disciplina militar y se someten a las exigencias de unos frailes dominicos que, como en el caso del magnánimo padre Germán (Antonio Casas), ejercen la docencia en aquellas aulas.



Ni que decir tiene que la moralina hace acto de presencia a cada momento, deslizando consignas encaminadas a reforzar los valores autóctonos, por ejemplo cuando uno de los preceptores lanza aquello tan reaccionario de que "De la generosidad de nuestro esfuerzo y de nuestra formación, depende el futuro de la patria". Así, al menos, lo creían algunos y ese espíritu de camaradería se halla presente de principio a fin de una película tal vez olvidable, sí, pero que constituye al mismo tiempo un interesante documento de época.

Cabe añadir, por último, que la tormentosa relación padre-hijo entre Juan y el resentido David (Manuel Franch) adquiere tintes melodramáticos que la vehemente partitura del argentino Isidro B. Maiztegui no hace sino reforzar hasta casi convertir la trama en un sólido duelo generacional donde unos y otros, jóvenes y viejos, se verán forzados a dejar de lado su respectivo orgullo para terminar haciendo una apología un tanto descafeinada de las virtudes familiares.



lunes, 5 de agosto de 2019

Cabalgando hacia la muerte (1962)




Título italiano: L'ombra di Zorro
Director: Joaquín Luis Romero Marchent
España/Italia/Francia, 1962, 87 minutos

Cabalgando hacia la muerte (1962)
de J. L. Romero Marchent


El chorizo wéstern —a diferencia del espagueti, más vinculado con el secarral almeriense— buscó sus localizaciones en otros parajes de la variada geografía española. Como, por ejemplo, la provincia de Soria, cuyas tierras, a las que se tiende a identificar de inmediato con los versos machadianos, sirvieron, sin embargo, de escenario para no pocas producciones cinematográficas a partir de la década de los sesenta.

Una de las primeras, si no la primera, fue Cabalgando hacia la muerte, dirigida por el incombustible (y habitual del género) Joaquín Luis Romero Marchent y parcialmente rodada en el vistoso roquedal de Castroviejo: rincón de extraña belleza y peñascos caprichosamente moldeados, sito en los aledaños de Duruelo de la Sierra.



Según informa el blog Historia de Covaleda, un vecino de la mencionada localidad, apodado “El Chupa”, participó como extra durante el rodaje, dada su habilidad para saltar entre los riscos y escalar ayudándose de cuerdas. Curioso detalle, sin duda, de la intrahistoria fílmica, pero que no supera en "trascendencia" a otra anécdota que revela la atenta revisión de los títulos de crédito. Y es que Raffaella Carrà, la gran diva televisiva y entonces actriz incipiente, interpreta un papelillo. Cuesta un poco reconocerla porque en aquella época era pelirroja, pero es la chica vestida de azul que en el saloon no para de pedirle al pianista: "Tócala otra vez", aunque la frase parezca salida de otra película...

Bueno: y a todo esto, ¿de qué va Cabalgando hacia la muerte? Pues vendría a ser la segunda parte de La venganza del Zorro, rodada ese mismo año y por el mismo equipo. Dos hermanos, llamados Dan (Paul Piaget) y Billy (Robert Hundar) y más malos que la quina, llegan a California dispuestos a vengar la muerte de un tercero, supuestamente ajusticiado por el Zorro. De modo que los maleantes se hacen pasar por el enmascarado (¡ojo! Se ve que el presupuesto no daba para antifaces, por lo que tanto el original como el fake se limitan a taparse la cara con un pañuelo negro), sembrando el caos y el pánico por doquier, con el objetivo de que los lugareños culpen al héroe. Así, obligándolo a que se descubra, podrán enfrentarse a él...

Aunque no lo parezca, la chica de la izquierda es Raffaella Carrà

sábado, 10 de febrero de 2018

Gritos en la noche (1962)




Director: Jesús Franco
España/Francia, 1962, 93 minutos

Gritos en la noche (1962)


WANDA: Debe ser un trabajo precioso. 
TANNER: Sólo en las novelas. En la realidad, los delincuentes son unos estúpidos...
[...]
TANNER: La vida me sonríe, voy a casarme. ¿Por qué no te buscas una chica guapa? 
MALOU: Lo haría, señor. Pero mi mujer no me deja...
[...]
MALOU: ¿No estarás tomándonos el pelo? 
JEANNOT: Es verdad, por la salud de mi madre. 
MALOU: ¿Vive tu madre? 
JEANNOT: No, pero es igual. ¡Lo que he dicho es cierto!



Proteico y fecundo como pocos, Jesús Franco fue, casi con toda seguridad, el cineasta más prolífico de la historia del cine español. Doscientas cuatro películas así lo atestiguan, todas de muy variada ralea (algunas regulares, la mayoría voluntariamente deleznables...), pero siempre interesantes por uno u otro motivo. Como la que nos disponemos a comentar, en la que Franco (un genio de las localizaciones baratas y creíbles) es capaz de hacer pasar el casco antiguo madrileño por una villa francesa de 1912.

Gritos en la noche, incansable recital de picados y contrapicados al más puro estilo gótico expresionista, fue el sexto largometraje de tan extensa filmografía, escrito por el propio realizador bajo el pseudónimo de David Khune. Un director cinéfilo, melómano y letraherido a partes iguales que comienza, con este título, una saga a la que seguirían, en años venideros, El secreto del Dr. Orloff (1964), Orloff y el hombre invisible (1970) y El hundimiento de la casa Usher (1983: en esta última, mezclando con el universo de Allan Poe los personajes por él creados).

La actriz Diana Lorys en el papel de Wanda Bronsky


Lo de melómano, en el caso que nos ocupa, apenas se verifica en un breve cameo (minuto 86) en el que vemos a Jesús Franco tocando el piano en una taberna (como la mayoría de aficionados a su cine saben, Jess fue un consumado intérprete de dicho instrumento). O cuando aparece fugazmente el cartel en el que se anuncia una función de la ópera Fausto de Meyerbeer y en la que el papel de Mephisto lo interpreta un tal Monsieur Vernon... Letraherido debió serlo, sin duda, alguien que conoce tan al dedillo los ambientes y tópicos de la sociedad decimonónica. Lo cual nos lleva a pensar en el Edgar Neville de La torre de los siete jorobados (1944), junto con el resto de filmes que este último rodara en el Madrid castizo, quizá porque en ambos casos se trata de directores que se habituaron a moverse en los márgenes de una industria en la que difícilmente tenían cabida.

Cinéfilo, en cambio, queda clarísimo, desde un buen principio, que lo era, toda vez que el binomio formado por Orloff (el suizo Howard Vernon) y el amorfo Morpho (Ricardo Valle) está indudablemente inspirado en la pareja protagonista de El gabinete del doctor Caligari (1920). Como evidente es la referencia, ésta mucho más cercana en el tiempo, a Los ojos sin rostro (1960) de Georges Franju, clásico del cine francés al que también rendiría homenaje el Almodóvar de La piel que habito (2011).

Morpho (Ricardo Valle) recibe órdenes de Orloff (Howard Vernon)