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martes, 19 de enero de 2021

Amor propio (1994)




Director: Mario Camus
España, 1994, 111 minutos

Amor propio (1994) de Mario Camus


Nadie mejor que Verónica Forqué podía meterse en la piel de una cándida esposa, ajena por completo a los tejemanejes urdidos por su marido (Antonio Valero) en las cuentas de la sucursal que éste dirige del Banco Continental del Norte. Por no saber, ni siquiera es consciente de que el hombre tiene una amante mucho más joven (Anabel Alonso) con la que lleva una doble vida. De modo que cuando el financiero desaparezca misteriosamente, dejando tras sí una estafa de grandes proporciones, todas las miradas recaerán sobre la ingenua Juana Miranda.

Escrita y dirigida por el veterano Mario Camus, con diálogos adicionales de José Luis Cuerda, a partir de un caso real (el desfalco perpetrado en la Cantabria de 1991 por "Pepe, el del Popular"), Amor propio pertenece a ese tipo de filmes de inspiración hitchcockiana en los que un modesto personaje se ve de repente arrancado de su apacible existencia para encontrarse en el centro de una vorágine en la que fuerzas infinitamente superiores a las suyas lo acosan poniendo en riesgo su integridad física.



Sin embargo, y ello también responde a las convenciones del género, los buitres que se ciernen sobre la desamparada Juana poco pueden imaginar que bajo esa apariencia de ama de casa asidua a los conciertos de música clásica se esconde una mujer cuya perspicacia la llevará a orquestar una venganza perfectamente milimetrada contra los gerifaltes de la entidad bancaria que la importunan noche y día.

Aún así, y pese a tener un hermano que no es trigo limpio (Antonio Resines), no le faltarán cómplices dentro y fuera de su propia familia (como el personaje interpretado por Tito Valverde) a la hora de ayudarla a salir de un atolladero en el que la han metido sin su consentimiento y del que, por añadidura, no parece que vaya a ser nada fácil escapar indemne.



martes, 11 de septiembre de 2018

Una estación de paso (1992)




Directora: Gracia Querejeta
España, 1992, 93 minutos

Una estación de paso (1992) de Gracia Querejeta


Para la realización de su primer largometraje como directora, Gracia Querejeta tuvo la suerte de contar con la presencia de pesos pesados del mundo de la interpretación como la sueca Bibi Andersson (Lise), el italiano Omero Antonutti (Antonio) o el portugués Joaquim de Almeida (Miguel).

Coescrita en colaboración con su padre, el productor Elías Querejeta (1934–2013), Una estación de paso narra las vicisitudes de un adolescente llamado Antonio como su padre (Santiago Alonso), responsable de deshollinar la chimenea de la residencia familiar al final de cada verano y cuyo rostro es obsesivamente captado por la cámara una y otra vez en primer plano.



Encaramado en el tejado de la vivienda, Antonio observará cómo en la casa de enfrente —a la que ellos apodan "La casa del Nazi"— se están llevando a cabo trabajos de reparación, lo cual supone una tremenda novedad en el vecindario, teniendo en cuenta que el edificio llevaba una década deshabitado. Sin embargo, lo importante no es tanto lo que Antonio observa, sino los recuerdos que se activan en su memoria: escenas en forma de flashback descolorido que nos rebelan algunos de los enigmas de sus antiguos moradores, entre los que parece estar el misterioso padre del muchacho, especie de Ulises errante que viene y va. 

Una hermana a la que Lise —otrora reputada intérprete— enseña a tocar el violín, un repartidor grafitero o el propietario de una frutería al que todos llaman cariñosamente Fati (Miguel Ángel Salomón) completan una historia un tanto deslavazada sobre la que pesan no pocos e inconfesables secretos familiares.

Lise (Bibi Andersson)

viernes, 29 de diciembre de 2017

El perro del hortelano (1996)




Directora: Pilar Miró
España/Portugal, 1996, 105 minutos

El perro del hortelano (1996) de Pilar Miró


ANARDA: ¡Válame Dios!
¿Tú quieres?
DIANA: ¿No soy mujer?
ANARDA: Sí, pero imagen de yelo
donde el mismo sol del cielo
podrá tocar y no arder.
DIANA: Pues esos yelos, Anarda,
dieron todos a los pies
de un hombre humilde...

Lope de Vega
El perro del hortelano
Jornada II, vv. 428-436

Cuando los planetas se alinean y todas las circunstancias son favorables, a veces (y, aun en esos casos, sólo en muy contadas ocasiones) se produce el milagro. Porque levantar un proyecto tan caro, basado en una obra clásica y, además, en verso no era empresa nada fácil. Pero ahí está El perro del hortelano, cada año que pasa un poco más hermosa, la película cumbre de una directora irrepetible, conjunción impecable de vestuario, localizaciones, fotografía y varias generaciones de actores, que van desde Blanca Portillo, en un papel muy secundario, hasta Rafael Alonso en el penúltimo trabajo de su carrera.

Es esta misma obra de Lope la que ayer tarde tuvimos ocasión de ver en el TNC (el montaje, a cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, estará en cartel hasta el próximo 7 de enero): a juzgar por los muchos aplausos, vítores y demás ovaciones con que fueron despedidos los actores al término de la misma se diría que el resultado es más que notable, aunque (todo hay que decirlo) es de temer que la actual situación política y social que se está viviendo en Cataluña también tuviese algo que ver en la entusiasta respuesta por parte del público. En cualquier caso, y dejando a un lado cuestiones tan peliagudas, no deja de ser bastante gratuito el hecho de que Álvaro Tato, autor de la versión, haya trasladado la trama al siglo XVIII. En fin... Cosas peores se han visto... Por cierto: montaje y peli comparten un miembro del reparto. Se trata de Fernando Conde, el histriónico actor que diera sus primeros pasos en el seno de Martes y 13: en el celuloide fue el donaire Tristán y ahora (haciendo honor a su apellido) encarna al anciano conde Ludovico.



En lo que se refiere al filme de Pilar Miró, la química que se respira entre Emma Suárez (Diana) y Carmelo Gómez (Teodoro) es sencillamente memorable. Lo cual, unido a una puesta en escena que sabe sacarle un partido extraordinario a los palacios portugueses en los que se rodó la película, hace que los enredos del Siglo de Oro cobren de nuevo vida, más allá de la presunta frialdad retórica de las palabras del texto. Buena culpa de ello la tuvo Javier Aguirresarobe, sin cuya dirección de fotografía ni el colorido de los trajes de época ni los azulejos de Setúbal habrían lucido lo mismo.

¿Y todo este embrollo, por cierto, porque un criado no puede casarse con una condesa? Mucho ha cambiado el mundo desde aquellas rígidas convenciones sociales que condenaron al Fénix de los Ingenios a la servidumbre de secretario al servicio del Duque de Sessa. Baste decir que mucho de lo expuesto en El perro del hortelano debió basarse en las experiencias personales del propio Lope de Vega.