Director: Fabrice du Welz
Francia/Bélgica/Reino Unido/Australia, 2008, 96 minutos
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| Vinyan (2008) de Fabrice du Welz |
Ésta es la historia de un matrimonio obsesionado con reencontrar a su hijo de cinco años, desaparecido tras el violento sunami que arrasó las costas tailandesas en 2004. Una búsqueda, más allá de lo razonable, en que la obstinación de la pareja no cederá ante dificultades de todo tipo, ya sean geográficas o económicas. En ese sentido, la fe ciega que ambos tienen en hallar con vida al pequeño Josh actúa de motor de un periplo marcado por el incansable empeño de Paul (Rufus Sewell) y Jeanne (Emmanuelle Béart), pero también por la falta de escrúpulos de unas mafias locales capaces de colocarles a cualquier menor con tal de cobrar la recompensa.
Al margen de esa trama principal, Vinyan (2008) supone asimismo un minucioso análisis de cómo la desesperación humana nos lleva en ocasiones a aferrarnos a la más remota de nuestras esperanzas, por muy infundadas que éstas puedan llegar a ser. De ahí que los Bellmer se adentren en las profundidades de la selva inhóspita en una odisea imprevisible que en muchos momentos puede recordar a la descrita por Coppola en su mítica Apocalipse now (1979). Con la diferencia, nada desdeñable, de que aquí el supuesto coronel Kurtz no es ningún ídolo legendario sino un tipo materialista que se hace llamar Thaksin Gao.
A medida que se internan en el corazón de las tinieblas asiático, la película abandona la narrativa lineal para sumergirse en el horror atmosférico. Así pues, la jungla de du Welz no es un simple escenario, sino más bien un organismo vivo, opresivo, sudoroso y devorador. La naturaleza se vuelve cómplice de la demencia de Jeanne, aislándolos de la civilización y sumergiéndolos en un territorio donde las reglas de los adultos ya no se aplican. En ese orden de cosas, Paul camina por la jungla arrastrado por la culpa y el amor a su esposa, sabiendo en el fondo que su hijo está muerto, mientras que Jeanne se despoja progresivamente de su humanidad y de su cordura, dispuesta a aceptar cualquier realidad, por macabra que sea, con tal de no asimilar la pérdida.
Según las creencias animistas tailandesas, un "Vinyan" es un espíritu errante, el alma en pena de alguien que sufrió una muerte violenta y no ha recibido los ritos funerarios adecuados. Son almas hambrientas, atrapadas entre dos mundos. En el tercio final, la película da un giro inesperado y brutal. La búsqueda del hijo se materializa en el encuentro con una horda de chicos salvajes, descalzos, cubiertos de barro y mudos. Estos niños, huérfanos reales de la tragedia o encarnaciones místicas de los vinyan, operan como una tribu sin moral ni compasión. Lo cual subvierte la imagen de la infancia inocente, ya que aquí los niños son una fuerza de la naturaleza implacable y terrorífica. El clímax final, de una carga freudiana y edípica sobrecogedora, ofrece una de las resoluciones más inquietantes del cine de género del siglo XXI, donde el instinto maternal se deforma hasta rozar la locura absoluta.












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