Directores: Yuval Abraham y Rachel Szor
Reino Unido/EE.UU., 2026, 80 minutos
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| Naza (2026) de Yuval Abraham y Rachel Szor |
A través de una narrativa rigurosa e incómodamente cruda, Naza (2026) plantea un dilema ético que la actual geopolítica insiste en ignorar: cómo la memoria del sufrimiento puede ser instrumentalizada hasta transformar a los descendientes de las víctimas en los verdugos del presente. En ese sentido, el impactante documental codirigido por Yuval Abraham y Rachel Szor constituye una dolorosa autopsia moral de nuestra memoria colectiva. Algunos de los agentes que han diseñado y ejecutado el genocidio de Gaza aportan su testimonio con el rostro debidamente oculto tras las sombras. Son miembros del servicio de inteligencia israelí, en apariencia jóvenes, ciudadanos de un Estado cuya prioridad desde 2023 ha sido "defenderse" ante la amenaza terrorista de Hamás. Misión que, paradójicamente, llevan a cabo aplicando ellos mismos una política de exterminio que ya se ha cobrado la vida de alrededor de 73000 palestinos.
El título mismo ('daños colaterales' en hebreo) actúa como columna vertebral de una cinta, premiada con cinco galardones en el último Festival de Venecia, que entrelaza archivos históricos con las imágenes desoladoras del arrasamiento actual de Gaza. Por eso su tesis central resulta tan incontestable como desgarradora: la historia se repite en una espiral trágica de amnesia selectiva. De ahí que los autores incidan en la paradoja de un Estado constituido bajo el lema del "Nunca más", pero cuya narrativa oficial redefinió ese compromiso ético como una licencia unilateral para ejercer la violencia e imponer sobre el pueblo palestino los mismos mecanismos de segregación, deshumanización y castigo colectivo que sufrieron las comunidades judías en la Europa del siglo XX.
Uno de los mayores aciertos del documental radica en la mirada desde dentro de sus propios creadores, ya que, al estar dirigida por cineastas e investigadores israelíes comprometidos con la verdad, la película desmantela la propaganda estatal desde la raíz. La cámara de Szor captura la cotidianidad nocturna de Tel Aviv, en abierto contraste con el polvo de las ruinas, mientras el interrogatorio de Abraham a los 24 soldados que se dejan entrevistar articula una reflexión filosófica urgente sobre el trauma transmitido entre generaciones y la réplica escalofriante de sus minuciosas tácticas de opresión. Como ya sucediera en La zona de interés (2023) de Jonathan Glazer, aquí productor ejecutivo, la vida continúa como si tal cosa mientras, a escasos kilómetros, los misiles impactan sobre los pocos edificios que aún permanecen en pie en la franja de Gaza.
En última instancia, Naza representa una crítica feroz contra la complicidad (o el silencio) de las potencias occidentales y un doloroso recordatorio de que los derechos humanos pierden todo su sentido cuando se aplican con doble rasero. A este respecto, sorprenden unas antiguas declaraciones del propio Netanyahu en las que aporta una definición de terrorismo que coincide, punto por punto, con su actual política de guerra. De modo que, al mostrar cómo las antiguas víctimas del Holocausto han terminado por ejecutar o validar actos de carácter genocida en Gaza, Abraham y Szor entregan un testimonio histórico devastador que nos advierte de la mayor de las tragedias humanas: que haber sufrido la peor de las atrocidades no necesariamente inmuniza a un pueblo contra la posibilidad de cometerla.
















































