Título original: Train Dreams
Director: Clint Bentley
EE.UU., 2025, 102 minutos
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| Sueños de trenes (2025) de Clint Bentley |
Trasladar a la pantalla el relato homónimo de Denis Johnson (1949-2017) parecía a priori una tarea difícil por lo conciso de su lírica, pero el director Clint Bentley y el guionista Greg Kwedar logran en Train Dreams (2025) adaptar con maestría la textura del tiempo y la memoria. Y es que, lejos del efectismo del wéstern tradicional, la película se adentra en la vida del leñador Robert Grainier (Joel Edgerton) para erigir un emotivo homenaje a esas existencias anónimas que presenciaron el vertiginoso nacimiento del siglo XX.
Ambientada en los vastos bosques de Idaho, la cinta (nominada a cuatro premios Óscar) aborda el conflicto entre la naturaleza indomable y el avance ensordecedor de la modernidad. En ese sentido, la espléndida fotografía del brasileño Adolpho Veloso, apoyada en una paleta terrosa y luz natural, captura el polvo, la madera y el barro con precisión casi palpable. A esto se suma la delicada banda sonora de Bryce Dessner y un diseño sonoro donde el crujir de los abetos y el silbato lejano de las locomotoras dialogan constantemente con la soledad del protagonista.
Por otra parte, el anclaje emocional de la trama recae en un magnífico Joel Edgerton, cuya interpretación de Grainier destaca por su contención absoluta. Así pues, el actor canaliza la tragedia y el desgaste físico a los que debe hacer frente a través de microgestos y miradas perdidas, evitando de este modo cualquier sobreactuación. Acompañado por la presencia luminosa de Felicity Jones como su esposa Gladys, el reparto secundario aporta la realidad humana de una frontera habitada por seres vulnerables que intentan encontrar su lugar en el mundo.
Con una estructura que evoca el fluir de la memoria, narrada en off por Will Patton, la película utiliza los trenes como símbolo del progreso destructivo y de la erosión de un modo de vida primitivo. De ahí que, sin caer en moralismos ni artificios dramáticos, Bentley confíe en la intuición del espectador para darle sentido a los numerosos silencios de su puesta en escena. El resultado es una bella elegía cinematográfica, a medio camino entre la literatura de Thoreau y el trascendentalismo de, por ejemplo, Terrence Malick, que demuestra cómo en ocasiones los relatos más profundos suelen encontrarse en los márgenes de la gran Historia oficial.


















































