Título original: The X Files: Pilot Episode
Director: Robert Mandel
EE.UU., 1994, 48 minutos
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| Expediente X: episodio piloto (1994) |
Hay formatos audiovisuales cuya trascendencia va más allá de los límites estrictamente artísticos. Tal sería el caso de míticas producciones televisivas que, como La dimensión desconocida o Star Treck, provocaron un fenómeno fan que perdura hasta nuestros días. La última de dichas sagas habría sido Expediente X (1993-2018), serie escrita y promovida por Chris Carter, y de la que llegaron a emitirse once temporadas, además de dar pie a dos secuelas cinematográficas.
Todo un éxito de público que arrancaba en 1994 con un episodio piloto en el que ya estaban presentes algunas de las constantes que definen la esencia de su imaginario, desde la tensión sexual no resuelta entre la pareja protagonista hasta la figura incómoda del misterioso "Hombre que fuma", pasando por esa continua aura conspiranoica en torno a los supuestos secretos de una hipotética agenda oculta por parte de la Administración norteamericana y que, en definitiva, constituye su rasgo más distintivo.
Aunque a la hora de la verdad (que, tal y como recordaba el célebre eslogan de la serie al inicio de cada capítulo, "está ahí fuera"), las supuestas abducciones que investigan los agentes Mulder (David Duchovny) y Scully (Gillian Anderson) no pasan de simple macguffin al más puro estilo hitchcockiano. De hecho, es ahí donde radica el mérito de una serie que supo leer muy bien el nuevo contexto geopolítico surgido tras el fin de la Guerra Fría diciéndole a los espectadores lo que éstos querían oír.
Así pues, el piloto (cuya dirección corrió a cargo de Robert Mandel), más que una mera presentación de personajes, sentaba las bases conceptuales y estéticas de un fenómeno cultural. Una dinámica, entre el escepticismo metódico de Scully y la fe obsesiva de Mulder, que no sólo genera una química magnética inmediata, sino que establece un duelo filosófico que definirá toda la serie. Y es que al conjugar con maestría una atmósfera opresiva y claustrofóbica con la paranoia institucional propia del nuevo orden mundial, Chris Carter entregaba una hora de televisión soberbia e intrigante que establecería el modelo maestro para los formatos de misterio y ciencia ficción de décadas posteriores.

















































