Título original: Nuit et brouillard
Director: Alain Resnais
Francia, 1956, 33 minutos
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| Noche y niebla (1956) de Alain Resnais |
La brutalidad de las imágenes de Nuit et brouillard (1956) permanece por fuerza en la memoria de todo aquel que haya visto el cortometraje de Alain Resnais. Entre otras cosas porque el realizador francés se limitó a montar fragmentos de las filmaciones llevadas a cabo por las fuerzas aliadas en el momento de su irrupción en los campos de exterminio nazi. Montañas de cadáveres que, procedentes en su mayoría de Auschwitz, sirvieron, según indica la voz en off de Michel Bouquet, para fabricar tejidos con las cabelleras, papel con la piel e incluso jabón con la grasa corporal... En ese sentido, los numerosos efectos personales de los reclusos (zapatos, gafas, pasaportes...) colman hasta los topes los almacenes de unas instalaciones que, diez años más tardes, son apenas una ruina macabra.
En tan sólo media hora de metraje, Resnais articula una meditación sobre el horror, el olvido y la responsabilidad colectiva que redefinió los límites del cine documental. Su rasgo más característico a nivel formal reside en una estructura bicromática y temporal, donde se alternan dos universos visuales desgarradores. Por una parte, el presente (en color) corresponde al material filmado en 1955 en los campos abandonados de Auschwitz-Birkenau y Majdanek. Se trata de trávelins lentos y serenos que muestran campos verdes, un cielo despejado y estructuras ruinosas devoradas por la hierba. En cambio, el pasado (en blanco y negro) se corresponde con material de archivo rodado por las autoridades nazis o las tropas aliadas de liberación que revela el verdadero alcance de la construcción de la máquina del terror, las deportaciones masivas en vagones de carga y la realidad insoportable del genocidio.
Este contraste crea una tensión incómoda que subraya la aterradora facilidad con la que la naturaleza y el paso del tiempo sepultan el recuerdo de la barbarie, lo cual anticipa en cierto modo la noción de banalidad del mal que Hannah Arendt expondría años más tarde a propósito del juicio a Adolf Eichmann. Así pues, el valor de la película se mantiene intacto pese a las siete décadas transcurridas desde su estreno. De hecho, el plano final de Resnais alerta de que el monstruo del fascismo no ha desaparecido por completo, sino que únicamente duerme bajo el pasto de esos mismos campos.
En definitiva, Resnais no retrata el exterminio como un brote de locura o maldad abstracta, sino como el producto de una infraestructura industrial y burocrática implacable. De hecho, su cortometraje documenta minuciosamente la logística del horror: los planos arquitectónicos de las barracas, la organización de los trenes, los sistemas de clasificación por colores e insignias y el reciclaje sistemático de pertenencias en lo que constituye un monumento audiovisual a la vigilancia constante contra la indiferencia.
















































