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domingo, 23 de diciembre de 2018

Páginas del libro de Satán (1920)




Título original: Blade af Satans bog
Director: Carl Theodor Dreyer
Dinamarca, 1920, 157 minutos

Páginas del libro de Satán


Valiéndose de una estructura narrativa similar a la empleada cuatro años antes por D.W. Griffith en Intolerancia (1916), Dreyer afrontaba su tercer largometraje con la firme voluntad de indagar en las argucias de las que el maligno lleva valiéndose toda la vida para inmiscuirse en los asuntos humanos. Y lo hizo escogiendo cuatro momentos estelares de la historia: el prendimiento de Jesucristo, la Inquisición española en la Sevilla renacentista, el proceso a María Antonieta y, por último, la invasión bolchevique de Finlandia durante la guerra civil de 1918.

Al analizar cada uno de dichos episodios es fácil darse cuenta de que Blade af Satans bog contiene, en esencia, algunos de los motivos que el cineasta danés desarrollará en el posterior transcurso de su dilatada carrera cinematográfica. Así, por ejemplo, podríamos reconocer al Johannes de Ordet (1955) en el aletargado Jesús del primer acto o relacionar a las brujas de Dies irae (1943) con los inquisidores sevillanos del segundo.



Se trata, sin duda, de un filme de factura ampulosa y grandilocuente, marcado por los excesos del monumentalismo que por aquel entonces hacía furor a uno y otro lado del Atlántico, pero que estaba llamado a ejercer una notable influencia sobre directores como Benjamin Christensen, danés al igual que Dreyer y autor, poco después, de la excelsa La brujería a través de los tiempos (Häxan, 1922), así como de otros títulos que denotan una clara predilección por los argumentos de temática demoníaca: El circo del diablo (1926) o Seven Footprints to Satan (1929), ambas rodadas en Hollywood.

El Altísimo había sentenciado al ángel caído con estas severas palabras: "Proseguirás tu obra malvada entre los hijos de los hombres. Habitarás entre ellos. Tomarás su forma. Les tentarás para que actúen en contra de mi voluntad. Cuando uno caiga en la tentación, la maldición que está sobre ti se prolongará en cien solsticios. Por contra, cuando alguien se te resista, tu sentencia será acortada mil años. ¡Vete y continúa tu obra maléfica!" Y, así, el diablo irá adoptando sucesivamente la apariencia de Fariseo, Gran inquisidor, furibundo jacobino o Rasputín comunista para poner de manifiesto la escasa fe que merece la condición humana, únicamente salvada, a última hora, por el sacrificio que la casta Siri (Clara Wieth Pontoppidan) está dispuesta a consumar por su patria en el capítulo final de estas Páginas del libro de Satán.


El amo de la casa (1925)




Título original: Du skal ære din hustru
Director: Carl Theodor Dreyer
Dinamarca, 1925, 107 minutos

El amo de la casa (1925) de Dreyer


Hace falta ser un genio de las proporciones de Dreyer para iniciar una película con semejante advertencia: "Ésta es la historia de un marido consentido, una clase extinta en nuestro país, pero que aún existe en el extranjero..." Ironía rayana en el más ácido sarcasmo si se tiene en cuenta la universalidad (entonces como, desgraciadamente, ahora) de las actitudes machistas que pretende criticar El amo de la casa.

Estamos, pues, ante una obra con mensaje a la antigua usanza. Algo así como la puesta al día de aquel teatro neoclásico dieciochesco que, como quien no quiere la cosa, doraba la píldora para que el espectador se fuese de la sala habiendo aprendido la lección que, más tarde, habría de reproducir en su vida cotidiana.

Viktor (Johannes Meyer), el escarmentado "amo de la casa"


Tenía que ser la civilizada Dinamarca, tierra de avances y medidas pioneras en el ámbito social, el país cuya boyante cinematografía alumbrase, en aquel remoto 1925, un filme en el que se obliga al protagonista masculino, tirano recalcitrante hasta que las mujeres del hogar se alían contra él, a admitir: "¡Qué estúpidos somos los hombres! Sólo por traer el sueldo a casa, pensamos que ya está todo hecho, mientras nuestras esposas hacen tres veces nuestro trabajo y no reciben un sueldo, sino reproches y malas caras".

En realidad, es la artera Mads (Mathilde Nielsen) la responsable de urdir una estrategia en la que no resulta difícil percibir el eco de aquella Lisístrata ateniense, concebida por el comediógrafo Aristófanes en el siglo V a. C., que, desde el proscenio, arengaba a las demás mujeres para que se declarasen en huelga sexual. Y aunque la táctica de la anciana no llegue al radicalismo de la heroína griega, lo cierto es que, ocultándole durante un tiempo el paradero de la sumisa Ida (Astrid Holm), Viktor dejará de ser un zángano insufrible, con lo que la esposa regresa finalmente al redil donde el mismo "sabio y viejo reloj" de péndulo en forma de corazón que aparecía en el plano final de Páginas del libro de Satán (1920) parece que quiera cantar con su reanudado tictac la buena nueva: "¡Ida ha vuelto! ¡Todo va bien!"