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viernes, 11 de julio de 2025

Traidor a su patria (1956)




Título original: The Rack
Director: Arnold Laven
EE.UU., 1956, 100 minutos

Traidor a su patria (1956) de Arnold Laven


Un joven oficial del ejército norteamericano (Paul Newman) regresa a casa tras haber pasado dos años prisionero en un campo de trabajos forzados norcoreano. Su hermana (Anne Francis) y su padre (Walter Pidgeon) lo acogen afectuosamente mientras poco a poco se recupera de sus secuelas, pero todo da un vuelco inesperado cuando las autoridades militares lo acusan de haber colaborado con el enemigo.

El rasgo distintivo más notable de The Rack (1956) no reside tanto en la intriga de un misterio, sino en la exploración profunda de la psique de su protagonista. A través de los interrogatorios en el tribunal que dirime el caso, la película indaga en las horribles condiciones del cautiverio y las torturas tanto físicas como psicológicas a las que éste fue sometido. A este respecto, no se trata de justificar el colaboracionismo, sino de comprender la inmensa presión que puede llevar a un hombre al límite de su resistencia.



El personaje de Paul Newman constituye, sin duda alguna, el ancla emocional de la cinta. Su interpretación del capitán Hall es matizada y poderosa, puesto que consigue transmitir la angustia, la vergüenza, la confusión y, en última instancia, la dignidad rota de quien, en principio, estaba llamado a ser un héroe nacional. Se trata, por tanto, de un papel exigente que exige vulnerabilidad y fuerza a partes iguales, algo que Newman aporta con una convicción que hace presagiar sus futuras grandes actuaciones en la pantalla. En ese sentido, aquí ya se vislumbraba su capacidad para interpretar personajes complejos y moralmente ambiguos.

Si bien la estructura del guion, a cargo de Stewart Stern a partir de un telefilme de Rod Serling, puede parecer un poco teatral debido a sus orígenes televisivos, lo cierto es que la idea de fondo que lo sustenta sigue siendo relevante a día de hoy por lo que tiene de recordatorio de que la guerra no sólo deja cicatrices físicas, sino también profundas heridas psicológicas que a menudo son incomprendidas por aquellos que no las han experimentado. Así pues, la película también ofrece una crítica sutil a la forma en que la sociedad juzga a sus soldados sin comprender plenamente los horrores a los que éstos deben enfrentarse.



domingo, 23 de marzo de 2025

El hombre de Alcatraz (1962)




Título original: Birdman of Alcatraz
Director: John Frankenheimer
EE.UU., 1962, 149 minutos

El hombre de Alcatraz (1962) de J. Frankenheimer


Si no fuese porque el personaje central de Birdman of Alcatraz (1962) existió realmente, pudiera pensarse que la idea de un recluso aficionado a la ornitología nació de la imaginación sutil de algún guionista de Hollywood. Porque qué mejor metáfora de lo que supone el cautiverio que la de un hombre condenado a cadena perpetua por doble asesinato que, sin embargo, logra encontrarle un sentido a su vida a través de las aves, símbolo de la libertad.

A este respecto, la dirección de John Frankenheimer subraya el carácter claustrofóbico de la historia mediante una puesta en escena eminentemente teatral en la que el protagonista se encuentra tan enjaulado como los gorriones y demás pájaros que cría en su celda. Una historia verídica, basada en la biografía de Robert Franklin Stroud (1890-1963), quien falleció un año después del estreno de la película sin que las autoridades federales le hubiesen permitido verla.



De todos modos, parece ser que el verdadero señor Stroud no resultaba tan afable en la vida real como el adusto preso al que interpreta magistralmente Burt Lancaster, merecedor por su papel, auténtico recital de contención dramática, de una candidatura al Óscar, así como del BAFTA y de la Copa Volpi en Venecia. Sea como fuere, lo cierto es que asistir a la evolución del convicto, viéndolo trabajar en la soledad de su celda, produce un insólito placer en el espectador, que se siente partícipe de sus progresos.

Muchos son, en definitiva, los momentos que vale la pena destacar de una cinta tan sumamente memorable como la que nos ocupa, ya sea la relación de Stroud con sus carceleros (en especial aquél que le recuerda que él también es una persona, digna, por tanto, de que le den las gracias cuando es preciso), las continuas tensiones con el alcaide (Karl Malden), el ascendiente enfermizo de una madre sobreprotectora (Thelma Ritter) o el curioso idilio que mantiene con Stella Johnson (Betty Field), fruto de una intensa labor académica que termina por llamar la atención de la comunidad científica más allá de los estrechos límites de un centro penitenciario de alta seguridad.



jueves, 2 de abril de 2020

Esmeralda, la zíngara (1939)




Título original: The Hunchback of Notre Dame
Director: William Dieterle
EE.UU., 1939, 117 minutos

Esmeralda, la zíngara (1939) de William Dieterle


La gitana bailaba. Hacía girar su pandereta en la punta de un dedo y la arrojaba al aire, bailando zarabandas provenzales. Ágil, ligera, festiva y sin sentir el peso terrible de la mirada que caía a plomo sobre su cabeza desde la torre de la catedral de Nuestra Señora.

Victor Hugo
Nuestra Señora de París
Traducción de Javier Costa Clavell

Una película que comienza con la invención de la imprenta tiene por fuerza que ser una gran película. Aunque la historia que cuente se haya llevado tantas veces a la pantalla y sea tan de dominio público que ya difícilmente pueda sorprender a nadie. Sin embargo, la versión del año 39 de The Hunchback of Notre Dame se gestó en un contexto sociopolítico de tal relevancia que muchos aspectos de su particular enfoque se explicarían por la situación convulsa que estaba atravesando el mundo en aquel preciso instante.

Siendo alemán, el director William Dieterle no podía permanecer ajeno al ascenso del nazismo en su país de origen y de ahí el enfoque libertario que le dio a un filme que, a fin de cuentas, no deja de ser un alegato en favor de las minorías étnicas, los discapacitados y hasta de la libertad de pensamiento. Para ello se tomó algunas licencias, como el hecho de suprimir el personaje de la reclusa, con lo que Esmeralda (que en la novela de Victor Hugo representa que había sido raptada, siendo una niña, por unos bohemios venidos de Egipto) pasaba a ser verdaderamente gitana. Asimismo, y a diferencia de lo que ocurre en el libro, el rey Luis XI (Harry Davenport) deja de ser un monarca intrigante para convertirse en un tipo afable que le da un aire al presidente Roosevelt.



Decíamos ayer (o antes de ayer) que la relación entre Quasimodo y Esmeralda responde al arquetipo de la bella y la bestia, del mismo modo que, seis años antes, había ocurrido con King Kong y Fay Wray. Pero, con todo y con eso, el jorobado alberga en su interior una ternura que la fealdad de su físico impide que los demás puedan ver. Si no es la hermosa zíngara (una debutante Maureen O'Hara de apenas diecinueve primaveras) en la célebre escena en que él se encuentra en la picota tras padecer escarnio público y ella, como una nueva Magdalena frente a una especie de Cristo, es la única que siente piedad y se digna a ofrecerle un poco de agua.

Foreigners! You came yesterday. We come today. Cuando los centinelas de la guardia real impiden el paso a los refugiados que intentan entrar en París, resulta imposible no pensar en los miles de desplazados que iba a provocar la guerra que justo en aquellos momentos daba comienzo en Europa. Como evidente es el paralelismo que se establece entre el oscurantismo que encarna Frollo (Cedric Hardwicke), temeroso de que la imprenta difunda ideas subversivas entre la plebe, y el advenimiento del fascismo. En fin: se dice que la secuencia en la que el jorobado toca las campanas desaforadamente para su adorada zíngara se filmó el mismo día en que daba comienzo la contienda. Y que el actor Charles Laughton, haciendo caso omiso de las indicaciones de Dieterle, no pudo reprimir el dar rienda suelta a su exasperación, con lo que el berrinche quedó inmortalizado, pasando a la posteridad como una de las imágenes icónicas de un filme inolvidable.


jueves, 30 de agosto de 2018

Grupo salvaje (1969)




Título original: The Wild Bunch
Director: Sam Peckinpah
EE.UU., 1969, 145 minutos

Grupo salvaje (1969) de Sam Peckinpah


¿Cuántos tiros se llegan a disparar en Grupo salvaje? ¿Mil? ¿Dos mil? ¿Un millón? En cualquier caso, es casi seguro que la cinta debe de figurar en el Libro Guinness de los récords por éste o algún otro asunto parecido. En el plano estrictamente cinematográfico, baste decir que sobran presentaciones para lo que es ya hoy un clásico incontestable en su género, lo que dio en llamarse y se sigue llamando wéstern crepuscular.

Cuando ya se le daba por muerto, Peckinpah en Estados Unidos y los italianos del espagueti en Europa demostraron que aún quedaba un amplio margen por explorar, no tan estilizado ni apolíneo como la senda marcada por los Ford, Hawks y demás deidades de la época dorada, sino más brusco y estéticamente mugriento. Probablemente, fue Lang, merced a la fisicidad con que filmara las refriegas entre pistoleros en películas como Rancho Notorius (1952), uno de los primeros en sentar las bases de lo que sería la posterior evolución del género.



Que Peckinpah, sabedor de que el progreso que trajo consigo el siglo XX era, en buena medida, incompatible con el aura romántica del lejano oeste, no dudará en trasladar al Méjico del desierto de Sonora, espacio mítico donde aún se mantenían intactas aquellas esencias y, por ende, idóneo para prolongar la larga tradición de enfrentamientos suicidas entre clanes rivales.

En el caso de The Wild Bunch ello implica traiciones entre antiguos compañeros, y de ahí los ajustes de cuentas que habrán de dirimir las facciones lideradas por Deke (Robert Ryan) y Pike (William Holden), así como una manifiesta corrupción a todos los niveles (político, económico, militar...) encarnada en la figura del General Mapache (Emilio Fernández) y su amplia cohorte de prosélitos y soldaderas. De todo lo cual resulta un cóctel, sin duda, explosivo, pero cuya pólvora, por mor de su ya mencionado carácter decadente, irá aderezada con unas gotas de comicidad, que se manifiesta, por ejemplo, en escenas como la de la ametralladora desbocada.


viernes, 16 de febrero de 2018

El bígamo (1953)




Título original: The Bigamist
Directora: Ida Lupino
EE.UU., 1953, 80 minutos

El bígamo (1953) de Ida Lupino


Película acertijo a partir de un dilema moral, El bígamo (1953) parte del presente para, a través de un largo flashback, ponernos en antecedentes de por qué Harry Graham (interpretado por Edmond O'Brien) ha terminado llevando una doble vida. En realidad, dicho planteamiento sitúa al espectador en la tesitura de tener que juzgar la conducta de un hombre que, en realidad, actúa movido por la enorme soledad que preside su vida de viajante comercial. 

Y, aunque a priori enjuiciar a un bígamo parecería muy fácil, el veredicto final acaba conduciéndonos a una disyuntiva de muy difícil solución, que Mister Jordan (Edmund Gwenn) no dudará en expresar en voz alta: "No puedo entender mis sentimientos hacia usted: le desprecio y, al mismo tiempo, le compadezco. Ni siquiera quiero estrechar su mano, y sin embargo, casi le deseo suerte."



La estructura narrativa de The Bigamist plantea algunas similitudes con otra película protagonizada por Edmond O'Brien algunos años antes: D.O.A., dirigida por Rudolph Maté en 1949 y que aquí se tituló Con las horas contadas. Exponía la historia de un hombre que llega moribundo a un hospital diciendo que lo han envenenado ('Death On Arrival' o 'Ingresar cadáver' sería la traducción de las siglas del título original). El resto de la película consistía en reconstruir sus pasos hasta ese preciso instante, con la incógnita de si finalmente se salvaría o no.

Ya desde el título, en El bígamo se nos hace saber que Graham está casado con dos mujeres a la vez, por lo que el factor sorpresa al estilo de la muy posterior Up in the Air (Jason Reitman, 2009) desaparece. No es eso lo que aquí se busca, sino todo lo contrario: más que el morbo folletinesco, lo que se está sacando a la palestra es un caso de conciencia que nos interpela ante la necesidad de comprender la frustración que generan las sociedades modernas en el individuo.


jueves, 6 de julio de 2017

El hombre que mató a Liberty Valance (1962)




Título original: The Man Who Shot Liberty Valance
Director: John Ford
EE.UU., 1962, 123 minutos

El hombre que mató a Liberty Valance (1962)


Recuerdo la primera vez que vi El hombre que mató a Liberty Valance: fue en el cine Méliès de la calle Villarroel, un sábado por la tarde, de esto hará ya casi quince años (si no más...). Por aquel entonces, para mí el cine eran solamente Hitchcock, Billy Wilder, Mankiewicz, Cuckor, Preminger y toda la retahíla de directores que completan la nómina del Hollywood clásico. Con John Ford en un lugar destacado, por supuesto.

Vuelta a ver al cabo de tanto tiempo (en un DCP impecable: parece que el viejo irlandés haya dirigido las escenas esta mañana para proyectarlas por la tarde en la Filmoteca) uno tiende a verle los defectos. En realidad la película sigue siendo la misma obra maestra: es más bien nuestra mirada la que ya no es tan inocente.



Se nota que para el 62 tanto Ford como la pareja Wayne - Stewart eran estrellas venidas a menos, como lo demuestra esa factura tan televisiva de una producción rodada íntegramente en estudio, con sonido directo y en blanco y negro. Lo cual no impide la brillante puesta en escena de un guion soberbio, rematado por la sorpresa final que da sentido al título y al largo flashback del veterano senador Ransom Stoddard.

Que ya no se hacen películas así huelga decirlo, pero es que ni la industria del cine ni el propio mundo son como entonces. The Man Who Shot Liberty Valance es ahora parte de la leyenda, un western magnífico que quedará como ejemplo destacado de la genialidad de quienes lo hicieron. Añadir algo sobre él es una osadía de lo más absurdo: tiene mucha razón Maxwell Scott (el veterano redactor del periódico local, interpretado por Carleton Young) cuando, hacia el final, dice aquello tan memorable de "This is the West, sir. When the legend becomes fact, print the legend...".


viernes, 30 de septiembre de 2016

Doble vida (1947)












Título original: A Double Life
Director: George Cukor
EE.UU., 1947, 104 minutos

Doble vida (1947) de George Cukor

Un actor está dividido en dos partes al actuar. Ustedes recordarán la forma en que lo explicaba Tommaso Salvini: "un actor vive, llora, ríe, en el escenario, pero al llorar y reír observa sus propias lágrimas y alegría. Esta doble existencia, este equilibrio entre la vida y la interpretación es lo que crea el arte".

Como ven ustedes, esta división no hace ningún daño a la inspiración. Por el contrario, la una alienta a la otra. Por otra parte, también en la vida real llevamos una doble existencia. Pero eso no nos impide vivir y experimentar emociones fuertes.

Constantin Stanislavski
La construcción del personaje
Traducción de Bernardo Fernández

Cualquiera diría que la cita de Stanislavski que precede a estas líneas fue escrita expresamente pensando en la película que ahora nos ocupa. Porque es precisamente esa doble existencia de la que habla el teórico ruso la que inspiró al matrimonio de guionistas Ruth Gordon y Garson Kanin la escritura de una historia que es a la vez un homenaje a la profesión de actor y a los riesgos que comporta. 

En el caso del Anthony John que de forma tan magistral encarna Ronald Colman (y que le valió el Óscar) se rompe dicho equilibrio hasta el punto de que su propia personalidad se ve totalmente invadida por el arrollador ímpetu de Otelo. No es que se meta en el personaje: es el personaje el que se mete en él. Tanto es el brío del celoso moro de Venecia y de los héroes shakespearianos en general, como quedaría patente en años sucesivos con las periódicas incursiones que hiciera en el universo del vate inglés Orson Welles, otro portento de la naturaleza.

Aunque Colman no fue la primera opción para protagonizar A double life: antes que él, habían rechazado el papel Laurence Olivier y Cary Grant. De modo que, a pesar del respeto que le imponía interpretar un clásico, supo aprovechar una ocasión que acabaría valiéndole el reconocimiento de la Academia.

Otro de los atractivos de Doble vida es ver a Shelley Winters en los inicios de su carrera. De hecho, su recreación de la camarera Pat Kroll la catapultaría a la fama. También aparece fugazmente Betsy Blair, pese a carecer de diálogo. Del resto del reparto destacan la sueca Signe Hasso (Brita) y Edmond O'Brien como Bill Friend.

Mezclar los celos enfermizos de un arquetipo de la literatura universal con el competitivo mundo de Broadway más la compleja psicología de una estrella de los escenarios es sin duda un acierto, aparte de una auténtica bomba de relojería que acaba dando pie a todo un tour de force pasional e interpretativo: el del beso de la muerte.