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domingo, 18 de marzo de 2018

Blow-Up (Deseo de una mañana de verano) (1966)




Título original: Blow-up
Director: Michelangelo Antonioni
Reino Unido/Italia/EE.UU., 1966, 111 minutos

Blow-Up (1966) de Michelangelo Antonioni


Tarde ideal para volver a ver Blow-up: domingo, primavera incipiente, algunas gotas de lluvia... Y al otro lado de la pantalla: Londres, mediados de los sesenta, la espalda desnuda de Vanessa Redgrave, un relato de Cortázar y la música jazz de Herbie Hancock o el rock de los Yardbirds (con Jimmy Page y Jeff Beck, en una célebre escena, hacia el final de la película, destrozando su guitarra en plena actuación).

Segundo trabajo en color, tras El desierto rojo, de un Antonioni que rodaba por vez primera en inglés y fuera de su país, Blow-up supuso la máxima expresión de la cultura pop, con sus largos silencios (característicos del estilo del director italiano) puestos ahora al servicio de un atractivo estallido visual. Es el comienzo de las top model glamurosas, de la escena underground, representados en la película por nombres propios como los arriba indicados o una rubia Jane Birkin que poco después se trasladaría a París para asociar definitivamente su destino al de Gainsbourg. También por esa turbamulta de jóvenes mimos que recorre las calles en confusa algarabía y que protagonizará un peculiar partido de tenis.



Cinematográficamente hablando, Blow-up fue un curioso experimento que se vería recompensado con la Palma de Oro en Cannes: cómo investigar un posible crimen con el único auxilio de la cámara fotográfica, escudriñando y ampliando (de ahí el título) la frondosa espesura de los parques londinenses. Un verdor tras el que se ocultan secretos y misterios, la intuición de algo terrible que apenas se llega a concretar. Un primer eslabón sin el que no habrían existido obras posteriores como Blade Runner (1982) o Tren de sombras (1997) de José Luis Guerín.

Más que película de culto, Blow-up ha quedado como uno de esos títulos icónicos que definen a la perfección una época, la efervescencia de un momento irrepetible, quizá tan difícil de retener como las siluetas espectrales que Thomas (David Hemmings) escruta entre las profundidades de un fotograma que su objetivo captó al azar en una tarde como la de hoy, pero de hace medio siglo...


jueves, 18 de enero de 2018

Les jours où je n'existe pas (2002)




Título original completo: Le Château de Hasard : Aura été : Les jours où je n'existe pas
Título en castellano: El Castillo del Azar: Habrá sido: Los días que no existo
Director: Jean-Charles Fitoussi
Francia, 2002, 114 minutos



Como a los personajes de Italo Calvino, al protagonista de Les jours où je n'existe pas le sobreviene una particularidad que lo convierte en el símbolo central de una parábola sobre las carencias del hombre contemporáneo. Así, por ejemplo, si en El caballero inexistente el guerrero Agilulfo, dentro de cuya armadura no hay nada, representa la vacuidad del individuo moderno, el Antoine de la ópera prima de Fitoussi, que sólo existe uno de cada dos días, plantea toda una serie de implicaciones metafísicas alrededor de la propia existencia y del azar que marcarán el resto de la producción fílmica del cineasta, hasta el punto de darle a toda ella el título genérico de Le Château de Hasard.

También hay algo de Julio Cortázar en el hecho de que los personajes de la historia que el tío (Luís Miguel Cintra) le explica a su sobrino salten de la ficción para irrumpir en la realidad del relato, un poco en la línea de cuentos como Continuidad de los parques. Con todo, parece ser que la verdadera fuente de inspiración de Fitoussi no partió ni de la obra del argentino ni de la del italiano al que aludíamos en el primer párrafo, sino de una novela corta de Marcel Aymé (1902-1967).



En realidad, si Les jours où je n'existe pas recuerda a algo es a las películas de Eugène Green, con cuyo estilo comparte no pocas similitudes: esa cadencia sosegada, repleta de tiempos muertos y silencios cotidianos; el uso puntual de la música clásica; la rigidez de los actores (la mayoría de ellos, por cierto, no profesionales) a la hora de decir el texto, con la mirada perdida en el vacío y pasando bruscamente del plano al contraplano… En fin, esos rincones del París más monumental, con sus cementerios y sus abundantes referencias literarias (en el buen sentido de la palabra) hacen pensar indefectiblemente en el mundo del realizador francés de origen americano.

También es fácil acordarse de Paulo Branco o de Manoel de Oliveira viendo el ritmo acompasado con el que Fitoussi capta el día a día de los personajes (si bien esa sensación de tiempo detenido está asimismo presente en el cine del ya mencionado Green). Lo cual, por otra parte, no es de extrañar, ya que, de hecho, tanto Sintra como Antoine Chappey trabajaron a las órdenes del centenario realizador portugués. Por último, cuando el protagonista visita su propia tumba y decide enterrarse él mismo parece cumplirse uno de los sueños de Buñuel, quien en el último párrafo de Mi último suspiro llega a decir: “Una confesión: a pesar de mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, acercarme hasta un quiosco de periódicos y comprar unos cuantos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, pegándome a las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, al abrigo tranquilizador de la muerte”.