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viernes, 6 de septiembre de 2024

Soldados de Salamina (2003)




Director: David Trueba
España, 2003, 119 minutos

Soldados de Salamina (2003) de David Trueba


Fue en el verano de 1994, hace ahora más de seis años, cuando oí hablar por primera vez del fusilamiento de Rafael Sánchez Mazas. Tres cosas acababan de ocurrirme por entonces: la primera es que mi padre había muerto; la segunda es que mi mujer me había abandonado; la tercera es que yo había abandonado mi carrera de escritor. Miento. La verdad es que, de esas tres cosas, las dos primeras son exactas, exactísimas; no así la tercera. En realidad, mi carrera de escritor no había acabado de arrancar nunca, así que difícilmente podía abandonarla. Más justo sería decir que la había abandonado apenas iniciada.

Javier Cercas
Soldados de Salamina

¿Qué es un héroe? La protagonista de Soldados de Salamina (2003) no sólo se plantea dicha pregunta a sí misma, sino que la hace extensiva a sus alumnos universitarios, tal vez con el afán de hallar una respuesta que le dé la clave de la investigación que está llevando a cabo en torno a un oscuro episodio de la Guerra Civil e incluso, en último término, de sus más hondas inquietudes íntimas y personales.

Precedida del enorme éxito editorial de la novela, la adaptación cinematográfica de David Trueba introducía algunos cambios sustanciales respecto al texto de Javier Cercas, sobre todo en lo que se refiere a la condición femenina del personaje central, Lola (Ariadna Gil), que en el libro, siguiendo un juego típicamente cervantino, era el propio Cercas. Tampoco queda ni rastro del escritor Roberto Bolaño, si bien el estudiante mejicano Gastón (Diego Luna) cumple un papel remotamente parecido. También Conchi (María Botto) adquiere mayor protagonismo, aparte de una dimensión más frívola al convertirla en vidente televisiva con inclinaciones lésbicas.



Lo que sí se mantiene bastante, y es un gran acierto, es esa mezcla entre ficción y documental que entronca directamente con el carácter metaficcional de la novela. Así pues, además de una trama en la que Ramon Fontserè encarna al falangista Rafael Sánchez Mazas, se incluye al mismo tiempo el testimonio de personas reales, entre ellos el de Chicho Sánchez Ferlosio, fallecido pocos meses después del estreno de la película y que relata las particulares condiciones en las que tuvo lugar el fusilamiento fallido de su padre.

Magnífica fotografía de Aguirresarobe y banda sonora a base de piezas del estonio Arvo Pärt. En cambio, del montaje y puesta en escena, quizá lo menos logrado sean los insertos que en ocasiones pretenden subrayar determinados aspectos o directamente facilitar su comprensión por parte del espectador. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando Miquel Aguirre (Lluís Villanueva) hace notar a Lola que el libro Yo fui asesinado por los rojos, de Jesús Pascual, se editó en 1981, momento en el que se aprovecha para incluir fugazmente unas imágenes del 23F y así establecer una conexión entre la intentona golpista y la ideología del autor. Minucias, totalmente comprensibles desde una óptica comercial, que quedan compensadas a partir del momento en el que cobra protagonismo la figura de Miralles (Joan Dalmau) y la incógnita a propósito de cuál pudo ser la causa de que un jovencísimo miliciano optase finalmente por no disparar y así salvarle la vida a Sánchez Mazas.



viernes, 21 de septiembre de 2018

La aparición (2018)




Título original: L'apparition
Director: Xavier Giannoli
Francia, 2018, 144 minutos

La aparición (2018) de Xavier Giannoli


Tras dirigir comedias más o menos amables como Quand j'étais chanteur (2006, que aquí se tituló Chanson d'amour) o Madame Marguerite (2015), el francés Xavier Giannoli se atreve ahora con un insípido dramón sobre apariciones marianas que no parece haber convencido a nadie.

Vincent Lindon, en un papel que puede recordar por momentos al del cooperante que interpretara en Les chevaliers blancs (2015) de Joachim Lafosse, se mete en la piel de un periodista de investigación, atormentado por una vivencia traumática de su pasado como corresponsal de guerra en Oriente Medio, a quien el Vaticano encarga que averigüe qué hay de cierto en torno a toda la parafernalia que se ha montado en una pequeña aldea alrededor de una muchacha (Galatéa Bellugi) que asegura haber visto a la Virgen.



Los inacabables interrogatorios, viajes, entrevistas... llevados a cabo por la comisión que lidera Jacques Mayano (Lindon) acabarán arrojando algo de luz sobre una confusa historia personal cuyas aristas son sublimadas sirviéndose como pretexto de la religión de un modo remotamente similar a lo acontecido en Lourdes a mediados del siglo XIX. De hecho, es uno de los objetivos del filme: desenmascarar a los charlatanes que se aprovechan de la fe ajena, al mismo tiempo que se exploran los límites de la trascendencia.

Hasta aquí todo muy bien, pero... El uso (y abuso) de la música del estonio Arvo Pärt, considerada antaño el non plus ultra de la sofisticación con ínfulas místicas y convertida, a fuerza de recurrir a ella, en manido subterfugio, confiere al conjunto un hálito preciosista que impide ir al fondo de la cuestión. Así pues, las pesquisas del afligido Mayano quedarán finalmente relegadas a un cúmulo de imágenes al ralentí, como el plano en el que el plumón con el que Anna (Bellugi) y las monjas rellenan colchones sale despedido del interior de la sala en la que la joven ha sufrido un desvanecimiento.


sábado, 18 de noviembre de 2017

Knight of Cups (2015)




Director: Terrence Malick
EE.UU., 2015, 118 minutos

Knight of Cups (2015)


Cualquiera de los comentarios que hacíamos ayer sobre To the Wonder servirían ahora para referirnos a Knight of Cups, lo cual viene a confirmar hasta qué punto resulta reiterativo el estilo de Terrence Malick. Porque de nuevo, como en el filme anterior, decidió rodar sin guion, dejando que los actores improvisaran a partir de unas mínimas indicaciones aportadas por el director. Es decir: más paseos descalzos a orillas de la playa, más recorridos errabundos por inhóspitos desiertos de conmovedora belleza y la sempiterna voz en off de los personajes entre temibles rascacielos de apocalípticas megalópolis superpobladas. En una palabra: más de lo mismo.

E idéntica voluntad de mostrarse como el gurú de una mística tan imprecisa como fascinante para según quién. En esta ocasión, la historia (si la hay) gira en torno a Rick, una descarriada estrella en cuya piel se ha metido el galés Christian Bale. El hombre, dejándose seducir por el lujo y la lujuria, será arrastrado hacia una tentadora vorágine de suculentos placeres que los ambientes más exclusivos de Los Ángeles y de Las Vegas ponen a su alcance. Una existencia desordenada y vacía en la que las fiestas y los excesos se suceden con el mismo ritmo frenético que las mujeres de irresistible hermosura. Como él mismo dirá en un momento determinado: "I spent 30 years... not living life... but ruining it... for myself... and others... I can't remember... the man... I wanted to be..."

Nancy (Cate Blanchett), una de las conquistas de Rick (Christian Bale)


La música, pilar esencial sobre el que Malick erige la majestuosa estructura catedralicia de la mayor parte de su filmografía (por lo menos, de la más reciente), vuelve a gozar aquí de un protagonismo indiscutible que se prolonga a lo largo de las casi dos horas de metraje. Composiciones de Ralph Vaughan Williams, del polaco Wojciech Kilar, de Arvo Pärt (¡cómo no!) y hasta de Grieg, cuya célebre "Muerte de Ase" (extraída de la suite Peer Gynt) contagia su hondo patetismo a las imágenes.

Sin embargo, todas esas melodías ya eran notables de por sí: a Malick únicamente le corresponde el dudoso mérito de haberse servido de ellas. Del mismo modo que vuelve a contar con una nómina de actores y actrices de altísimo nivel dispuestos a prestarse a sus caprichos (a tanto ha llegado su renombre de cineasta magistral): Antonio Banderas, Cate Blanchett, Natalie Portman, la voz de Ben Kingsley... Aunque, visto lo visto, el resultado dista mucho de ser una obra de arte duradera (y que nos perdonen sus partidarios, que seguro que son tantos como detractores). Francamente: el Terrence Malick que era capaz de tardar hasta veinte años en levantar un proyecto nos parecía más atractivo. Desde luego, el malditismo tiene mucho gancho...

Isabel Lucas

viernes, 17 de noviembre de 2017

To the Wonder (2012)




Director: Terrence Malick
EE.UU., 2012, 112 minutos



Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos... (Mateo 22:14)

Travelín hacia delante, travelín hacia atrás, tomas en ligero contrapicado, rayos de sol a través de las hojas de los árboles, personajes filmados de espaldas mientras caminan entre la hierba dejándonos oír su voz interior... La obstinación de Terrence Malick en recurrir sistemáticamente a los mismos recursos expresivos para captar lo que de sublime hay en la existencia genera en el espectador dos posibles reacciones, si bien opuestas, ambas perfectamente argumentables: para unos su cine es la quintaesencia de lo profundo, de una espiritualidad rozando el panteísmo que el director es capaz de aprehender mediante imágenes a pesar de su inefable complejidad; para otros, en cambio, los mismos elementos suponen una insufrible retahíla de lugares comunes tan gratuitos como superficiales...

En cualquier caso, lo que resulta innegable es que desde El árbol de la vida (2011) dicho lirismo se ha ido acentuando en su caligrafía. Un estilo pretendidamente poético que tiene como consecuencia más inmediata el relegar el guion a un segundo plano en aras de una mayor vehemencia. El único inconveniente es que renunciar a un hilo argumental sólido acarrea (y, de hecho, así sucede en To the Wonder) que los actores acaben improvisando frente a la cámara una suerte de danza vacía al compás de las otrora sofisticadas (y, hoy en día, trilladísimas) partituras de Górecki o Arvo Pärt.



Digámoslo bien alto y bien claro: la genialidad que antaño demostraran Kubrick o Visconti reutilizando cinematográficamente la música de los Strauss o de Mahler no aparece por parte ninguna en esta película. Su director se encuentra, sin lugar a dudas, entre los que perciben la llamada de un sentimiento sobrehumano que va más allá de lo tangible, pero ni es ni podrá ser jamás uno de los elegidos.

Son diversos los elementos que vendrían a corroborar una afirmación tan tajante como la anterior: la gratuidad de hacer hablar a los personajes en diversos idiomas; el americano que se deja deslumbrar por las maravillas del París monumental o del monte Saint-Michel; una forma de rodar, en definitiva, que quiere ser excelsa, pero que se asemeja peligrosamente al lenguaje publicitario de los anuncios televisivos. Lo cual no impide, sin embargo, que Javier Bardem sea capaz de componer un sacerdote unamuniano sumamente interesante o que aquí y allá se logren hallazgos visualmente poderosos, como aquella bola de cristal que Ben Affleck hace girar sobre una mesa y que constituye una metáfora precisa y cautivadora de lo que de cósmico tiene la obra de Malick.


domingo, 29 de enero de 2017

Mia madre (2015)




Director: Nanni Moretti
Italia/Francia/Alemania, 2015, 106 minutos

Mia madre (2015) de Nanni Moretti


Ha muerto Emmanuelle Riva, la anciana de Amour y la muchacha de Hiroshima mon amour. Y la noticia me pilla casualmente viendo una historia sobre la muerte de una madre. O mejor dicho: sobre la dificultad de asumir su decrepitud e inminente desaparición. Margherita Buy se despierta en mitad de la noche y encuentra el piso inundado. ¿Pero esta escena no la había filmado ya Haneke en Amour...?

Conforme avanza Mia madre vuelvo a tener algún ligero déjà vu: las secuencias oníricas me hacen pensar en Fellini, concretamente en . Así como el hecho de que asistamos al rodaje de un filme dentro de otro filme, cuya directora atraviesa una crisis personal y creativa. Pero todo ello no es óbice para que la película me emocione. A fin de cuentas, es público y notorio que Nanni Moretti (ya saben: ese señor italiano con barba que suele sentarse en los bancos de los parques para hablar de su familia) es un consumado maestro a la hora de contar historias que nos toquen la fibra.



En ese sentido, la información que se nos suministra para hacer creíbles las situaciones se irá dosificando con suma habilidad: la hija que olvida su libro de latín en casa; Ada (Giulia Lazzarini) preguntando por la función sintáctica de una palabra; antiguos alumnos que desean pasar a verla; la abuela enseñando a traducir a la nieta; Margherita queriendo saber adónde irán Lucrecio, Tácito y tanto saber acumulado cuando su madre ya no esté... Pinceladas sabiamente introducidas aquí y allá para construir unos personajes creíbles en torno a la figura materna. Sin duda, son muchos los años que lleva Moretti sentándose en los parques para hablar de su familia: tantos, que ni él mismo recuerda cuántos. Y si, encima, la música elegida para la banda sonora es de Arvo Pärt, la emotividad estará más que asegurada.

Pero, además de lágrimas, hay también sonrisas en Mia Madre, en especial cuando interviene el italoamericano John Turturro, quien interpreta a un histriónico y algo divo Barry Huggins: aparentemente, el típico actor de Hollywood fanfarrón e incapaz de aprenderse su texto de empresario en Noi siamo qui, la película sobre la lucha obrera que está rodando Margherita, pero aquejado, en realidad, de una dolencia neuronal hereditaria que le impide recordar las cosas a corto plazo. Su personaje actúa de contrapeso cómico frente al duelo de Margherita y su hermano Giovanni (el propio Moretti) ante la inmediata defunción de la madre.



P.D.: También ha fallecido John Hurt: tal vez tendremos ocasión de hablar de ello si Moretti filmase algún día un Mio padre...