Mostrando entradas con la etiqueta Christophe Honoré. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Christophe Honoré. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de septiembre de 2024

Marcello mío (2024)




Título original: Marcello mio
Director: Christophe Honoré
Francia/Italia, 2024, 120 minutos

Marcello mío (2024) de Christophe Honoré


Inclasificable en la misma proporción que la mayor parte de títulos que integran la filmografía del francés Christophe Honoré, Marcello mio (2024) bebe de fuentes tan diversas como la comedia, el musical o la ficción documental. Aunque es, por encima de todo, el homenaje personalísimo de una hija al padre y actor mítico cuyo centenario se conmemora estos días. Hasta el extremo de que Chiara termina por adoptar la personalidad de quien, además de su apellido y unos inconfundibles rasgos faciales, le transmitió también la pasión por el arte interpretativo.

A este respecto, se da la circunstancia de que muchos de los miembros del reparto se interpretan a sí mismos, lo cual no hace sino incrementar la sensación de que todo queda en familia. Así pues, Catherine Deneuve encarna a la madre que ve con preocupación la deriva que gradualmente toman los acontecimientos, en un juego en el que intervienen por igual la nostalgia y la atracción obsesiva hacia la figura paterna.



Al mismo tiempo, la puesta en escena de Honoré acentúa el carácter histriónico de un personaje que, al resucitar en pleno siglo XXI, pierde su aureola de latin lover para adoptar un aire más chaplinesco. De ahí que al emular el icónico baño en la Fontana di Trevi de La dolce vita (1960) la policía lo detenga como si de un loco se tratase.

A fin de cuentas, la transmutación que lleva a cabo Chiara, por más que ella se meta en el personaje, ni siquiera logrará convencer a Stefania Sandrelli durante el transcurso de un peculiar espacio televisivo en el que compiten diversos dobles o versiones de Mastroianni. Y es que, en definitiva, la película aspira a ser una especie de exploración tragicómica en torno a temas como la construcción de la identidad, determinados fantasmas familiares o el legado artístico sin que tampoco llegue a quedar muy claro cuál de ellos sería el más determinante.



domingo, 5 de mayo de 2019

Les chansons d'amour (2007)




Título en español: Las canciones de amor
Director: Christophe Honoré
Francia, 2007, 91 minutos

Les chansons d'amour (2007) de Christophe Honoré


Comienzan los títulos de crédito —apenas los apellidos de los miembros del equipo, en letras blancas, mayúsculas— exactamente de la misma forma que en su última película: Plaire, aimer et courir vite. Lo cual nos lleva a pensar más bien en una autocita que no en la supuesta voluntad vintage, por parte de Christophe Honoré, de la que hablábamos hace unos días. Conjetura que, más adelante, acaba por corroborar la escena en la que los tres protagonistas comparten cama.

Les chansons d'amour es lo que se diría un musical atípico, muy en la línea del François Ozon de 8 mujeres (2002), donde también participaba la actriz Ludivine Sagnier, que aquí interpreta el papel de Julie. Aunque asimismo podría recordar, en menor medida, a la española El otro lado de la cama (2002), de Emilio Martínez Lázaro, y su secuela Los 2 lados de la cama (2005). Sin embargo, la puesta en escena de Honoré resulta menos teatral que la de Ozon y mucho más profunda que la de las comedias de Martínez-Lázaro.

Los protagonistas de Domicilio conyugal (1970) de Truffaut
también leían en la cama

De hecho, el referente más explícito es bastante anterior en el tiempo: nada más y nada menos que Les parapluies de Cherbourg (1964) de Jacques Demy que, si bien era íntegramente cantado, se dividía en tres partes con el mismo título que las del presente filme: "Le départ", "L'absence", "Le retour".

Menos acentuada, pero igualmente destacable, es la influencia ejercida por Truffaut: aparte de la sonoridad de sus respectivos nombres, el personaje de Ismaël Bénoliel tiene algo de aquel Antoine Doinel que creció a lo largo de tantos filmes del director de Los cuatrocientos golpes, un poco como Louis Garrel o el resto de actores (Romain Duris o Vincent Lacoste) que en alguna ocasión han ejercido de trasunto de Honoré. En cualquier caso, la ya mencionada secuencia del trío parece remitir a Domicilio conyugal (1970) o incluso a Jules et Jim (1962), de las que podría considerarse una curiosa puesta al día.


viernes, 3 de mayo de 2019

Non ma fille, tu n'iras pas danser (2009)




Título en español: No, hija mía: tú no irás a bailar
Director: Christophe Honoré
Francia, 2009, 105 minutos

Non ma fille, tu n'iras pas danser (2009)
de Christophe Honoré


Adentrarse en las escabrosas interioridades que pueblan el extravagante universo de Christophe Honoré lo mismo puede acarrear repulsa visceral que adhesiones inquebrantables, dependiendo de lo convencional que sea el espectador. Porque si hay una constante en la filmografía del cineasta francés es su continuo empeño en dinamitar la institución familiar en tanto que fuente de vínculos potencialmente perversos entre sus miembros.

Enfoque que no es exclusivo, ni mucho menos, del director de Ma mère (2004), sino que puede encontrarse en un puñado de películas que el cine galo ha producido en lo que llevamos de siglo y aun puede que antes. Títulos como: Un air de famille (1996) de Cédric Klapisch, Nue propriété (2006) de Joachim Lafosse o la más reciente Custodia compartida (Jusqu'à la garde, 2017) de Xavier Legrand.



Non ma fille, tu n'iras pas danser plantea la disyuntiva en la que se haya inmersa Léna (Chiara Mastroianni): separada y madre de dos niños, deberá decidirse entre si seguir los dictados de su propio instinto o, en cambio, acabar acatando la rutina que el sentido común parece reservar para las mujeres que se encuentran en su misma tesitura. Situación que, por si no fuera suficiente, se ve agravada cuando Léna decide pasar unos días junto a sus padres y hermanos (a cuál más neurótico) en la casa que éstos tienen en Bretaña.

Indecisa y voluble, no puede decirse que Léna sea precisamente un dechado de virtudes. Hay determinados momentos en los que, como sucedía con el personajes de Gena Rowlands en A Woman Under the Influence (1974) de John Cassavetes, casi casi se podría dudar incluso de su salud mental, abrumada por la inesperada presencia del ex marido, el flirteo con el joven Simon (Louis Garrel) y unos padres gamberros cuya falta de tacto la supera por completo.


martes, 30 de abril de 2019

Vivir deprisa, amar despacio (2018)




Título original: Plaire, aimer et courir vite
Director: Christophe Honoré
Francia, 2018, 132 minutos

Vivir deprisa, amar despacio (2018)
de Christophe Honoré


Plaire, aimer et courir vite arranca con unos créditos en los que, un poco a la antigua usanza, apenas se consigna el apellido de los distintos profesionales que han trabajado en la película: Chevrin, Hymans, Honoré... Primer indicio de una cierta voluntad vintage que se respira a lo largo de todo el filme, cuya acción se sitúa en 1993, y motivo por el que la pareja protagonista se conoce durante la proyección de un título tan significativamente asociado a aquella época como El piano de Jane Campion.

También la sombra del sida planea amenazadora sobre el relato, recuerdo de la epidemia que fue y del estigma que marcó a toda una generación. Porque, entre bromas y veras, con su habitual estilo desenfadado, Christophe Honoré hace balance de lo que supuso su juventud en aquel París de los noventa, al que llegó siendo un muchacho de provincias dispuesto a dejarse deslumbrar por el encanto de la ciudad de las luces y los placeres de la vida mundana.



Arthur (Vincent Lacoste) es su alter ego en la ficción, motivo por el que el director proyecta sobre el personaje algunas de sus obsesiones más recurrentes, como cuando, al visitar el cementerio de Montmartre, le hace sentarse junto a la tumba de François Truffaut (1932-1984) o la del dramaturgo Bernard-Marie Koltès (1948-1989), de quien después se citarán unas palabras en algún momento del diálogo.

Jacques (Pierre Deladonchamps) representa, en cambio, el desencanto de la madurez y, por ende, al Honoré de hoy en día: el que echa la vista atrás para, lejos de lamentarse por los errores del pasado, proclamar a los cuatro vientos lo que dice la letra de "Les gens qui doutent", una vieja canción de Anne Sylvestre (incluida en la banda sonora) que parece escrita a propósito para la ocasión: « J'aime ceux qui paniquent / Ceux qui sont pas logiques / Enfin, pas 'comme il faut' [...] Même s'ils passent pour des cons ».


domingo, 28 de abril de 2019

17 fois Cécile Cassard (2002)




Título en español: 17 veces Cécile Cassard
Director: Christophe Honoré
Francia, 2002, 105 minutos

17 fois Cécile Cassard (2002) de Christophe Honoré


En 71 fragmentos de una cronología al azar (1994), Michael Haneke tomaba como referencia una serie de instantes, aparentemente inconexos, con los que construía un mosaico tan gélido como turbador. En realidad, si uno va tirando del hilo hasta llegar, en última instancia, al primero que concibió semejante manera de contar una historia, es muy probable que topáramos con Stefan Zweig (1881-1942), autor de novelas como Veinticuatro horas de la vida de una mujer (1929) o los relatos históricos de Momentos estelares de la humanidad (1927).

Sin llegar a tanto, Christophe Honoré se valió de un recurso más o menos parecido en su ópera prima, esbozo de una joven viuda que, bajo el elocuente título de 17 fois Cécile Cassard, recorría lo más significativo de la trayectoria vital de la protagonista.



Con su banda sonora a base del típico guitarreo de finales de los noventa —entonces el no va más, pero que hoy suena un tanto obsoleto— la película tiene un no sé qué de onírico, a veces incluso de fantasmal. Cécile (Béatrice Dalle) deja atrás un hijo y el ambiente provinciano de su ciudad para adentrarse en el terreno desconocido de las pensiones herrumbrosas y los callejones malolientes.

Un entorno, el de los barrios bajos de Toulouse, en el que habitan seres tan desamparados como ella y que, en lo sucesivo, se van a convertir en sus amigos inseparables: Matthieu (Romain Duris), Erwan (Ange Ruzé), Lucas... Aunque no todo es tan sórdido: también hay lugar para el humor. En ese aspecto, resulta memorable la parodia que se marca Matthieu cuando se atreve a remedar un conocido número musical de la Lola (1961) de Jacques Demy.


sábado, 27 de abril de 2019

Mi madre (2004)




Título original: Ma mère
Director: Christophe Honoré
Francia/Portugal/Austria/España, 2004, 110 minutos

Mi madre (2004) de Christophe Honoré


Provocadoramente amoral, Ma mère plantea una puesta en escena que, a nivel visual, desciende, por vía directa, del Pasolini de Saló o los 120 días de Sodoma (1975). Desprovista, eso sí, de cualquier connotación de tipo político. Y es que, en los inicios de su carrera, el francés Christophe Honoré aspiraba a convertirse en una suerte de enfant terrible, digno heredero de los planteamientos más rupturistas de la Nouvelle vague.

Incomodar al espectador, poner a prueba su paciencia hasta conseguir, en algunos casos, que éste abandone la sala, parece ser el objetivo de una película que recurre a tabúes como el incesto o la necrofilia para desafiar los prejuicios de la moral pequeñoburguesa. Eso es, al menos, lo que se ha vivido esta tarde en la sala Laya de la Filmoteca de Catalunya, una de las sedes del D'A y responsable de la retrospectiva que, en el marco de dicho festival, se le dedicará al director hasta el próximo mes de mayo.



Rodada en Canarias, Ma mère parece la síntesis de dos filmes clásicos de la cinematografía francesa: por una parte, la estrecha relación existente entre Pierre (Louis Garrel) y Hélène (Isabelle Huppert) recuerda enormemente a la de madre e hijo en El soplo al corazón (Le souffle au cœur, 1971) de Louis Malle; por otra, contiene determinados elementos vagamente sadomasoquistas que bien podrían entroncar con la estética de Maîtresse (1976) de Barbet Schroeder.

En todo caso, y habida cuenta de que en los próximos días comentaremos buena parte de su filmografía, dejémoslo, de momento, en que Honoré es simplemente Honoré, un cineasta controvertido, tal vez discutible e incluso irregular, pero que, y eso está fuera de dudas, no suele dejar a nadie indiferente. Podemos dar fe.