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sábado, 1 de febrero de 2025

El cáliz de plata (1954)




Título original: The Silver Chalice
Director: Victor Saville
EE.UU., 1954, 142 minutos

El cáliz de plata (1954) de Victor Saville


Es un péplum plúmbeo que arrastra, además, el estigma de haber sido repudiado por su actor protagonista, un Paul Newman que, descontento con su propia actuación, abominaba públicamente de la película que había representado su debut en la gran pantalla. No obstante, y vista con la suficiente perspectiva y objetividad necesaria, conviene señalar que tampoco está tan mal. Por lo menos en lo que a decorados y dirección artística se refiere. En ese sentido, el trabajo del ruso Boris Leven (1908-1986), en colaboración con Howard Bristol, destaca por el inusual minimalismo de una escenografía absolutamente estilizada.

Sea como fuere, lo cierto es que ni el argumento ni el resto de The Silver Chalice (1954) en su conjunto resultan especialmente atractivos tratándose de un género que demandaba mayores dosis de dramatismo. Se trata, por así decirlo, de una propuesta que le deja a uno frío, como si quienes la realizaron no hubiesen acertado a infundirle la necesaria dosis de pasión, a pesar del formato cinemascope y de la excelente banda sonora compuesta por Franz Waxman.



Newman, por su parte, ferviente defensor del método interpretativo que le habían inculcado en el Actors Studio, discrepaba por completo del modo en que el británico Victor Saville, a la sazón director de la cinta, pretendía que éste se metiese en la piel de un esclavo griego, de nombre Basil, al que encargan la difícil tarea de modelar el rostro de Cristo y de los apóstoles.

Aun así, el filme, adaptación de la novela homónima de Thomas B. Costain, publicada en 1952, obtuvo dos candidaturas a los Premios Óscar, así como un Globo de Oro para Newman, quien estuvo acompañado en el reparto por Virginia Mayo en el papel de Helena (al igual que una jovencísima Natalie Wood), la italiana Pier Angeli (Débora), con quien volvería a coincidir posteriormente en Marcado por el odio (1956), y Jack Palance como Simón el Mago, especie de charlatán a lo Rasputín que pretende hacerse pasar por un nuevo Mesías.



domingo, 28 de julio de 2024

Superman II: El montaje de Richard Donner (2006)




Título original: Superman II: The Richard Donner Cut
Directores: Richard Donner/Richard Lester
EE.UU./Reino Unido, 1980-2006, 116 minutos

Superman II: El montaje de Richard Donner (2006)


Tras el rotundo éxito de Superman (1978) y habiendo ya rodado el 75% de la segunda parte, el bueno de Richard Donner (1930-2021) fue despedido a causa de desavenencias creativas con unos productores (los célebres Salkind, padre e hijo) que no dudaron en reemplazarlo por Richard Lester. Práctica de lo más habitual en Hollywood, por cierto, donde eso de echar al director a mitad de un proyecto vendría a ser el equivalente de lo que ocurre en Europa con los entrenadores de fútbol. El caso es que muchos años después, y ante el auge que de nuevo cobrara el personaje debido al estreno de Superman Returns (2006) de Bryan Singer, los estudios promovieron que saliese a la luz aquel primer montaje de Superman II: La aventura continúa (1980) que en su día se vio bruscamente interrumpido.

El resultado, sin ser nada del otro mundo, aporta, sin embargo, ligeros cambios respecto a la versión que se estrenó en cines a principios de la década de los ochenta. Así pues, ni el protagonista visita la Torre Eiffel ni tampoco recibe los consejos de su madre (Susannah York), sino que, en su lugar, es el propio Marlon Brando quien ejerce ese rol, tal y como en principio estaba previsto (de hecho, las desproporcionadas exigencias económicas del actor motivaron que su parte fuese inicialmente descartada).

Christopher Reeve y Marlon Brando durante una pausa del rodaje


Aunque el cambio más significativo se encuentra al final (Supermán girando alrededor del globo terráqueo hasta que logra que el tiempo retroceda): una idea que Donner tenía pensada para la secuela, pero que finalmente fue incluida por la Warner como desenlace de la primera parte, de modo que el director's cut incluye de nuevo dicho metraje.

Por lo demás, la relación entre Lois Lane (Margot Kidder) y su idolatrado superhombre adquiere en esta entrega un carácter más íntimo, toda vez que la intrépida reportera del Daily Planet llega a descubrir la verdadera identidad de Clark Kent (Christopher Reeve). No obstante, el hecho de que la pareja se permita un romántico receso en el Polo Norte es aprovechado por los tres malignos kriptonitas, con el General Zod (Terence Stamp) a la cabeza, para derrocar al mismísimo Presidente en la Casa Blanca y aliarse con el oportunista Lex Luthor (Gene Hackman). Menos mal que en el cine todo es posible (y todo tiene remedio) y los buenos siempre acaban por derrotar a los malos.



jueves, 12 de mayo de 2016

12 hombres sin piedad (1957)




Título original: 12 hombres sin piedad
Director: Sidney Lumet
EE.UU., 1957, 92 minutos

12 hombres sin piedad (1957) de Sidney Lumet


Tras haber iniciado una prometedora carrera en la televisión en 1952, Sidney Lumet daba el salto a la gran pantalla cinco años más tarde dirigiendo la adaptación de 12 hombres sin piedad. Su exitosa versión de la pieza teatral de Reginald Rose, coproducida bajo los auspicios de Henry Fonda y coronada con tres nominaciones a los Óscars, supuso un hito en el cine de temática jurídica al saber plasmar con sutil profundidad psicológica los entresijos de un jurado popular que debe dictar veredicto sobre la inocencia o culpabilidad de un acusado.

John Savoca


Claro que con la carita de bueno que tiene el pobre chaval es el espectador el primero en convencerse de que de ninguna manera pudo haber matado a su padre. Existen "dudas razonables" al respecto, expresión que se hará servir no pocas veces a lo largo de la película para poner de manifiesto que nadie debería ser condenado de entrada sin antes analizar detalladamente todos los pormenores del caso. La situación de partida es muy sintomática al respecto: once contra uno, donde el único que aboga por darle una oportunidad al chico se verá en la difícil tesitura de persuadir al resto.

Henry Fonda


Pero nada es imposible cuando el encargado de tan ardua tarea es Henry Fonda: impertérrito ante la intolerancia de los demás, el hombre del traje blanco se los irá ganando uno a uno en un alarde de argumentación dialéctica que acaba por seducir hasta al colérico Lee J. Cobb. En realidad, este último no es más que la víctima de un retorcido mecanismo de compensación consecuencia de la frustrante angustia que le genera el ser repudiado por su propio hijo, lo que hará que proyecte toda su rabia sobre el acusado.

Lee J. Cobb


En realidad, el verdadero tema de la película no es tanto el receso de un jurado popular durante sus deliberaciones sino la importancia que dicha institución posee como garante de la democracia americana. En esos mismos términos se expresará uno de los personajes, concretamente un inmigrante de origen europeo (interpretado por el checo George Voskovec, 1905–1981), consciente de la trascendencia de la decisión que acaben tomando. Por eso también Davis (Henry Fonda) arrebatará indignado la hoja de papel de quienes intentaban pasar el rato jugando al tres en raya o cortará en seco a aquellos que pretendían contar chistes. Y de igual forma reaccionarán los que se niegan a que la reunión se convierta en un debate sobre béisbol o sobre los respectivos trabajos que ejercen en la vida cotidiana.

Cada uno de estos hombres responde a un perfil muy determinado y es curioso cómo las cámaras irán siguiendo sus rostros con un uso del primer plano más propio del lenguaje televisivo que del cinematográfico, algo que, asimismo, viene favorecido por el hecho de que la acción se desarrolle en un espacio cerrado del que no tienen escapatoria posible hasta que lleguen a un acuerdo por unanimidad.

Joseph Sweeney


Cuando por último, y habiendo cesado ya de llover, abandonen el edificio y veamos en el plano final cómo descienden las escaleras del palacio de justicia para seguir cada cual su camino, algo habrá cambiado en sus vidas, puesto que no solo han modificado el destino del muchacho acusado sino que, sobre todo, han modificado su propio punto de vista.