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sábado, 9 de diciembre de 2017

Mariquilla Terremoto (1939)




Director: Benito Perojo
España/Alemania, 1939, 100 minutos

Mariquilla Terremoto (1939)


Falta de recursos y ávida de medios, la precaria industria nacional tuvo que ingeniárselas para sacar provecho de la coyuntura bélica durante los duros años de la contienda civil. En semejante contexto, y a pesar de tantas penurias materiales, no faltaron elementos avispados para concebir la Hispano Film Produktion, productora con sede en Berlín que alumbró hasta nueve títulos de variada índole: los largometrajes de ficción Carmen la de Triana (1938), El barbero de Sevilla (1938), Suspiros de España (1939), Mariquilla Terremoto (1939) y La canción de Aixa (1939); así como los documentales de propaganda El azote del mundo, ¡Arriba España!, España heroica y Héroes en España. Todo ello muy bien recreado, huelga decirlo, por Fernando Trueba en La niña de tus ojos (1998) y, a nivel historiográfico, por el murciano Manuel Nicolás Meseguer en su monografía Hispano film produktion: Una aventura españolista en el cine del Tercer Reich (1936-1944), publicada recientemente en la colección Hispanoscope de la editorial Shangrila.

Hechas las debidas presentaciones, centrémonos ahora en el más telúrico de los títulos arriba mencionados: Mariquilla Terremoto. Original de los hermanos Álvarez Quintero, este sainete costumbrista basaba su encanto en un andalucismo de cartón piedra puesto al servicio de Estrellita Castro. Lo curioso del caso es que, a diferencia de otros filmes surgidos de dicha factoría, éste resulta menos "racial" a partir del momento en el que se cruza en el camino de la protagonista un pintor que se la lleva consigo a París. Pico de oro no le falta al tal Carlos (Antonio Vico) y será interesante ver hasta qué punto congenian el bohemio y la salerosa sevillana.

"Oda a la sardina": en una buhardilla bohemia de París


Otro de los elementos destacables son los diálogos, si bien ahí el mérito haya tal vez que achacárselo a don Joaquín y a don Serafín. Cualquiera sabe... En todo caso, es digno de encomio el gracejo del retratista a la hora de vender sus cuadros, en la plaza pública de Las Canteras, acuciado por la urgencia de reunir el dinero suficiente que los lleve, a él y a la futura artista, hasta la Ciudad de las Luces:

CARLOS: ¡Atención! ¡Orejas! ¿Cuánto dinero miserable vais a dar por esta maravilla? ¡Miradlo bien! ¡Miradlo bien! ¡Es un verdadero Goya! ¡La copia de un fresco! [Refiriéndose a sí mismo].
UN LUGAREÑO: ¡Tres pesetas!
CARLOS: ¿Tres pesetas? ¡Por tres pesetas quiere que le dé el fresco en pleno verano!

Pura dilogía... Lo mismo que al degustar unas míseras sardinas junto a sus camaradas de fatigas en una buhardilla parisina:

CARLOS: ¡Venga, sirve vino!
BOHEMIO: ¡Sirvo vino! Vino por aquí, vino por allá... ¿Y usted? ¿Vino?
MARIQUILLA: ¡Vine porque éste se empeñó!

Cine de evasión en el que ni una sola referencia a la guerra se deja oír, por más que los carteles de la exitosa gira emprendida por Mariquilla den a entender que la acción se desarrolla entre 1938 y 1939. Habría sido excesivo tratándose de una historia amable, típica, por otra parte, de la literatura de folletín, en la que el acceso a la fama de una humilde huérfana no es más que el pretexto para aparentar una normalidad que brillaba por su ausencia en la vida real.

Estrellita Castro como Mariquilla: diálogo con el espejo

domingo, 15 de octubre de 2017

La patria chica (1943)




Director: Fernando Delgado
España, 1943, 77 minutos

La patria chica (1943) de Fernando Delgado


Justo después de Fortunato, película que ya tuvimos ocasión de comentar aquí hace algunas semanas, el director Fernando Delgado acometía el proyecto de La patria chica, musical folclórico al servicio de Estrellita Castro basado en un asunto original de los hermanos Álvarez Quintero y con partitura de Ruperto Chapí.

Su argumento, de tan manido, se resume en pocas líneas: un empresario parisino, interpretado por Juan Calvo, que responde al aciago nombre de Monsieur Renard ("zorro" en francés), se desplaza hasta Sevilla para contratar un cuadro flamenco y llevárselo en tren a su país. Tras haber hecho lo propio en Zaragoza con una rondalla de joteros, llegada a París tres días antes, la compañía al completo se reúne en la Fonda España, regentada por el orondo Romeu (Manuel Requena). Pero Renard, acuciado por las deudas, se da a la fuga dejándolos en la estacada.



Ante lo desesperado de su situación, Pastora recurrirá al pintor José Luis (Salvador Soler) antiguo novio para el que solía posar en la capital andaluza. De hecho, existe la posibilidad de que Míster Blay (un rico extranjero al que da vida Félix de Pomés) compre por una importante suma un retrato suyo. Pero al contemplar al natural la belleza de la modelo se olvidará enseguida del cuadro... Lo cual no sólo hace peligrar el dinero que les permitiría volver a España, sino que genera una fuerte rivalidad entre el acaudalado varón y el mañico Mariano (Pedro Terol), quien de tanto reñir con Pastora se ha enamorado perdidamente de ella.

Típica producción Cifesa, La patria chica pretendía aprovechar la fama de la obra adaptada aunando en un solo filme dos modelos de probado éxito: el andalucismo de comedias como Suspiros de España (Benito Perojo, 1939) y el toque aragonés de Nobleza baturra (Florián Rey, 1935). Añadiendo, por otra parte, el patrioterismo tan en boga en el cine franquista. No en vano, la fonda adonde recalan los personajes se llama España con toda la intención, ya que en ella se reúnen coterráneos de diversas regiones de la geografía nacional, como el pintor Españita (Salvador Rapallo), ausente durante quince años de su Cádiz natal. Recurso que, poco tiempo después, se pondría de nuevo en práctica en La nao Capitana (Florián Rey, 1947), donde un barco rumbo al nuevo mundo con tripulantes de distinta procedencia cumplía similar función que el mencionado hotel.


sábado, 14 de enero de 2017

Torbellino (1941)




Director: Luis Marquina
España, 1941, 96 minutos

Torbellino (1941) de Luis Marquina


Aunque se rodó en los Estudios Trilla-Orphea de Barcelona, la historia narrada en Torbellino (1941) se sitúa en Sevilla y en Madrid. Estamos en los primeros cuarenta, época en la que los receptores de radio eran aparatosos armatostes en el interior de un mueble de caoba, alrededor del que se agolpaba toda la familia. Fuente principal de entretenimiento, la música, las retransmisiones deportivas o los noticieros centraban la atención de los oyentes en los oscuros años de la autarquía.

Son varias las películas españolas que reflejan la importancia de la que gozaba el medio radiofónico en aquel entonces, siendo la más conocida Historias de la radio (José Luis Sáenz de Heredia, 1955). Menos célebre, pero igualmente interesante, es este Torbellino que protagonizó Estrellita Castro en 1941 bajo las órdenes de Luis Marquina.



El pedante director de Radio Iberia, don Segundo Izquierdo (Manuel Luna) pretende ofrecer una programación integrada única y exclusivamente por ópera, recitales poéticos y contenidos culturales de buen tono. Eternamente parapetado tras un ridículo monóculo, hace caso omiso de los consejos del prometido de su prima Luz, Juan (Manolo Morán), quien le recomienda que también introduzca música popular que satisfaga los gustos del público. En realidad, Segundo, un vasco de lo más terco, siente una honda aversión hacia todo lo folclórico, en especial si viene de Sevilla.

De modo que Juan ideará, junto con la aspirante a estrella de la copla Carmen Moreno, un plan que permita lanzar su carrera y salvar a Radio Iberia de la quiebra. En el camino se destapará, asimismo, el complot de un empleado que conspira a favor de la competencia y, cuestión inevitable, Segundo Izquierdo (que vive en el 2º izquierda: ¡qué "chispa"!) caerá rendido a los pies de la joven, al tiempo que aprende a ser menos serio y más flamenco.



Si vamos al fondo de lo que se muestra en Torbellino, no queda más remedio que admitir lo simplista y un tanto perverso de los presupuestos a partir de los cuales se construye su guion: la cultura como sinónimo de aburrimiento, el vasco como personaje rarito, estirado e intolerante al que hay que reeducar, lo andaluz como fuente de alegría... En definitiva, la imagen conformista y carente de todo espíritu crítico que desde el régimen interesaba inocular en los espectadores a través de sus retinas.

sábado, 29 de octubre de 2016

El barbero de Sevilla (1938)




Director: Benito Perojo
España/Alemania, 1938, 99 minutos

El barbero de Sevilla (1938) de Perojo


El barbero de Sevilla es una de las películas que en plena Guerra Civil se rodaron en el Berlín nazi con actores españoles y equipo técnico alemán y que sesenta años más tarde serían evocadas en La niña de tus ojos de Fernando Trueba. El argumento, un pastiche inspirado en los personajes de Beaumarchais y en la ópera homónima de Rossini, quizá sea lo de menos, toda vez que la finalidad de este tipo de cine era meramente la evasión: enredos palaciegos, elegantes bailes en lujosos salones rococó (donde lo mismo suenan el Minuetto de Boccherini que la Pequeña serenata nocturna de Mozart), empolvadas pelucas, refinamiento dieciochesco... pero también los ambientes populacheros de un casticismo de cartón piedra que encarna a la perfección la gitana interpretada por Estrellita Castro. A lo que sólo faltaría añadir el gracejo del Bartolo compuesto por Miguel Ligero para obtener el trinomio infalible: ópera, coplas y humorismo.

Un sentido del humor que reflejan los diálogos, trufados de pareados ("Para mí es dicha y honor besar la mano a una flor", dirá el Conde de Almaviva), y secundarios como Alberto Romea, quien da vida al glotón don Basilio:

BARTOLO: El Conde de Almaviva está en Sevilla y, si no está, llegará de un momento a otro. Tantos detalles he pescado, que ya estoy frito. ¿Quiere usted más? 
DON BASILIO: [con la boca llena] ¿Pescado y frito? 
BARTOLO: Sí. 
DON BASILIO: Bueno, que me traigan una barca. 
BARTOLO: ¿Pero usted no piensa más que en comer?

Y, mientras tanto, el pícaro Fígaro (Roberto Rey) lo mismo afeitará barbas que arrancará muelas, escribirá cartas en verso y hará las veces de simpático alcahuete.

"-¿Y si yo fuera a verte? ¿Qué pasaría?
-Que a lo mejor no canto de la alegría".
Roberto Rey y Estrellita Castro

lunes, 21 de diciembre de 2015

Los hijos de la noche (1939)




Directores: Benito Perojo/Aldo Vergano
España/Italia, 1939, 104 minutos

Los hijos de la noche (1939)


Aquello de "Siente un pobre a su mesa" levantó no poco revuelo cuando Luis García Berlanga se permitió caricaturizar dicho lema franquista, destinado en un principio a tranquilizar conciencias, en su comedia Plácido (1961). Muchos años antes, sin embargo, el mismo régimen daba ya muestras de la misma obsesión caritativa al auspiciar el musical cómico Los hijos de la noche, rodado en 1939 en los estudios Cinecittà de Roma en coproducción con la Italia fascista de Benito Mussolini. Saliendo como estaba España de una cruenta guerra civil, eran habituales este tipo de películas fruto de la colaboración con la industria cinematográfica de las potencias del Eje, entonces países "amigos". Suspiros de España (1939) sería otro ejemplo célebre, rodada en la Alemania nazi y parodiada muy posteriormente por Fernando Trueba en La niña de tus ojos (1998).

Como se observa en este programa de mano, el film no solo
se ambienta en época navideña sino que se estrenó
coincidiendo con esas fechas


El filme que nos ocupa, adaptación de una comedia de Leandro Navarro y Adolfo Torrado con diálogos adicionales del mismísimo Miguel Mihura, fue protagonizado por Estrellita Castro en el papel de la Inglesita y "el as de la pantalla española" (así reza en los títulos de crédito iniciales) Miguel Ligero. La trama, acompañada por la música de (entre otros) Jesús Guridi, es de lo más simple: Navidad. Mientras los ricos burgueses se regocijan en opíparos banquetes, un grupo de míseros pedigüeños se refocila con lo poco que tiene.

El punto de vista adoptado, sin embargo, es el de los parias: no hay más que reparar en que la película arranca en plena Misa del gallo, con Estrellita Castro cantando una súplica al niño Jesús para que la acorra en la adversidad. Lo cual es una forma, por otra parte, de desmarcarse de la burguesía degenerada y decadente subrayando que la Inglesita y los suyos, aunque pobres, son honrados.

Diez minutos largos transcurren hasta que, tras las dos canciones iniciales interpretadas por los pobretones, se da protagonismo al diálogo, ya en la cena de gala. Y, para mayor contraste, se realiza mediante un brindis que no tiene desperdicio: ahí se hace evidente la mano de Mihura, por lo absurdo de las palabras de don Francisco, que se dirige a la atónita concurrencia diciendo que debe matar un toro (??) o una vaca (???). Charo recibe a continuación una lujosa pulsera de diamantes, pero al espectador le ha quedado claro que don Francisco es un personaje de lo más tronado.

Acto seguido volvemos al otro extremo: seis cabezas menesterosas, filmadas en plano Nadir, se reúnen expectantes en torno a la billetera que ha robado Currichi, dejando patente la voluntad de Perojo de incorporar a su narrativa elementos visuales ligeramente vanguardistas. Pero poco dura la alegría en casa del pobre: el billete que contiene es falso, con lo que, a pesar de la euforia y el chotis, el suculento ágape se desvanece en cuestión de segundos para, acto seguido, ser expulsados de la taberna de Venancio y devueltos a la cruda realidad de chabolas, hambre y chinches.

Piruli y la Inglesita registrando la billetera de don Francisco


Tras un frustrado intento inicial de sustraerle la cartera a don Francisco (Alberto Romea), ambos bandos llegarán a un acuerdo de conveniencia. Tres de los desharrapados se instalarán en la mansión del susodicho con la finalidad de hacerse pasar por sus hijos y así continuar engañando a su hermana doña Irene (Hortensia Gelabert), que ha estado enviándole cuatro mil dólares mensuales a don Francisco desde EE.UU. a cuenta de sus supuestos sobrinos y que ahora regresa al cabo de veintidós años.

Puede imaginarse la cantidad de equívocos que generará esta farsa, con el divertido trío de pícaros intentando aparentar lo que no son y su a marchas forzadas proceso de aprendizaje, asistidos por el mayordomo Severo (nunca mejor dicho, con semejante nombre).

De izquierda a derecha: Pedro Fernández Cuenca (Severo),
Miguel Ligero (Currichi), Estrellita Castro (Inglesita) y Julio Peña (Piruli)


Ya en la imponente mansión de la calle Velázquez, Perojo volverá a dar rienda suelta a su inventiva: uso de la cámara rápida (adelante y atrás, el trío protagonista sube y baja las escaleras), la ropa y los zapatos relucientes que cobran vida y se desplazan hasta acabar colocados en sus nuevos dueños o la imagen de Estrellita Castro reflejada en varios espejos al tiempo que entona una de sus canciones.

En resumidas cuentas, ni en el año 39 estaba el horno patrio para muchos bollos ni Los hijos de la noche es Les enfants du paradis, pero, con todo y a pesar de lo superficial del rancio y paternalista mensaje que de ella se desprende (ni rastro de explicaciones ahondando en las posibles causas de la pobreza: basta una tía ricachona para redimir a los tres hampones), la película alberga sorpresas que están sin duda esperando a ser redescubiertas.