Mostrando entradas con la etiqueta Bulle Ogier. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bulle Ogier. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de agosto de 2022

El valle (1972)




Título original: La vallée
Director: Barbet Schroeder
Francia, 1972, 106 minutos

El valle (1972) de Barbet Schroeder


Dos son las ocasiones en que los legendarios Pink Floyd colaboraron con el cineasta francés Barbet Schroeder. De la primera de esas películas, More (1969), ambientada en la Ibiza de los hippies, ya tuvimos ocasión de hablar hace algunos años. La otra, titulada sencillamente La vallée (1972), narra el viaje iniciático de unos occidentales que se adentran en las profundidades de Papúa Nueva Guinea en busca de las tierras vírgenes de un misterioso valle "más allá de las nubes" (Obscured by Clouds, séptimo álbum de estudio de la banda británica, recogía las diez canciones de la banda sonora).

Puede que el contenido de la cinta, transcurrido medio siglo desde su estreno, haya quedado un tanto obsoleto en lo concerniente al misticismo de unos jóvenes cuya aspiración de dar con algo semejante al Paraíso en la Tierra se nos antoja hoy más bien ingenua. En todo caso, es el innegable valor documental de las imágenes lo que sigue manteniendo vivo el interés de un filme en el que participaron los Mapuga y otras tribus aborígenes.

La cantante y actriz Valérie Lagrange en el papel de Hermine


Por lo demás, Viviane (Bulle Ogier) y el resto de expedicionarios responden al perfil de europeos desencantados con un modo de vida excesivamente apegado a los bienes materiales y en el que sienten que ya no encajan. Por eso practican el amor libre y por eso mismo parten rumbo a las regiones inexploradas de las montañas en un viaje sin retorno que, además de ayudarles a dejar atrás su pasado, les permita hallar también la iluminación interior.

He ahí el motivo por el que no sólo conviven durante varios días con los indígenas, sino que participan asimismo de sus rituales con motivo de un festival organizado conjuntamente por varios clanes de la zona. Y así, la burguesa Viviane, esposa del cónsul francés en Melbourne, se irá olvidando de las exóticas plumas y máscaras con las que solía comerciar para, en lugar de ello, adentrarse paulatinamente en la pureza de un mundo tan primitivo como auténtico.



sábado, 15 de mayo de 2021

El discreto encanto de la burguesía (1972)




Título original: Le charme discret de la bourgeoisie
Director: Luis Buñuel
Francia, 1972, 102 minutos

El discreto encanto de la burguesía (1972)


Escribimos cinco versiones diferentes del guion. Había que encontrar su justo equilibrio entre la realidad de la situación, que debía ser lógica y cotidiana, y la acumulación de inesperados obstáculos que, no obstante, no debían parecer nunca fantásticos o extravagantes. El sueño vino en nuestra ayuda, e, incluso, el sueño dentro del sueño. Por último, me sentí particularmente satisfecho de poder dar en esta película mi receta del Dry-Martini.

Luis Buñuel
Mi último suspiro
Traducción de Ana Mª de la Fuente

Un grupo de personas que, sin que haya un impedimento visible, no logran llevar a cabo lo que se proponen. He ahí el planteamiento básico de varios títulos de la filmografía buñueliana, siendo los más célebres El ángel exterminador (1962) y el filme que ahora nos ocupa. En el caso de Le charme discret de la bourgeoisie (1972) los deseos fallidos se reducen básicamente a dos: cenar y consumar el acto sexual. Como se ve, actividades vinculadas, en términos freudianos, al principio de placer y a las que las constantes pesadillas que atenazan a los personajes añaden, por contraste, el principio de realidad, que es el otro gran pilar de la teoría psicoanalítica.

Tanto Buñuel como Jean-Claude Carrière explicaron en múltiples ocasiones cuál había sido el origen de su inspiración: el productor Serge Silberman (1917–2003) había invitado a varios amigos a cenar a su casa, olvidando que en esa misma fecha él ya tenía otro compromiso. De modo que cuando los comensales acudieron a la cita se encontraron con la esposa del anfitrión, que tampoco había sido prevenida, a punto de irse a dormir. La escena, por cierto, aparece recreada tal cual al principio de la película.



Y así, se van sucediendo las situaciones sin un nexo preciso que permita verbalizar cuál es el vínculo entre todas ellas, más allá de una insistencia recurrente (y casi obsesiva) a propósito de la muerte. A este respecto, hasta en cuatro ocasiones aparecen fantasmas en los sueños de los protagonistas, entre los cuales la difunta madre (interpretada por Amparo Soler Leal) del niño y futuro oficial del ejército que aborda a las mujeres en un salón de té para contarles su historia.

Circunstancias, a cuál más asombrosa, que denotan el gusto de don Luis por recrearse, una y mil veces, en la transgresión iconoclasta de la religión y el poder. De ahí la presencia de un obispo (Julien Bertheau) con vocación de jardinero y dispuesto a vengarse del asesino de sus padres (sobre el que dispara a bocajarro), militares que fuman marihuana antes de iniciar unas peligrosas maniobras en los alrededores de la casa o hasta un embajador (Fernando Rey) que trafica con cocaína. Manifestaciones, en su mayor parte, de una violencia soterrada que termina aflorando a pesar del encanto burgués de los protagonistas, quienes, sin rumbo fijo ni causa que los impulse, deambulan en silencio por una carretera secundaria cuyo destino nadie conoce.



domingo, 10 de febrero de 2019

Tramposos (1984)




Título original: Tricheurs
Director: Barbet Schroeder
Francia/Alemania/Portugal, 1984, 94 minutos

Tramposos (1984) de Barbet Schroeder


Trotamundos como es él, Barbet Schroeder acabaría recalando en la isla de Madeira para narrar la insólita relación entre Elric (adicto a la ruleta al que da vida el siempre atribulado Jacques Dutronc) y Suzie, rubia buscavidas, encarnada por Bulle Ogier, que se dejará arrastrar por la pasión ludópata de su amante. En cierta manera, su historia recuerda un poco a la que Jacques Demy relatara en La baie des anges (1963), sólo que aquí los roles se invierten, siendo él quien ejerce de seductor corruptivo, amén de que Tricheurs, como su propio título indica, tiene más de picaresca que de frenético melodrama romántico.

Ambientado en el célebre complejo hotelero diseñado por Niemeyer, el filme (adaptación del libro autobiográfico de Steve Baës, quien también colaboró en el guion e interpreta al director del establecimiento de juego) se enmarca en el trepidante subgénero de los "revienta" casinos, en la línea de las andanzas de Gonzalo García Pelayo, inmortalizadas por Eduard Cortés en The Pelayos (2012), aunque sin alcanzar el glamur en la saga Ocean's... de los Clooney, Damon y Pitt dirigidos por Steven Soderbergh.



Un simple paquete de tabaco esconde el enrevesado mecanismo mediante el que Suzie logra controlar a distancia (y a placer) la bola de la ruleta. El resto es pan comido, si no fuera porque los responsables del local enseguida desconfían de la inusual racha de buena suerte que parece acompañar a la pareja.

Y para que se note que se trata de una coproducción a tres bandas, además de alguna frase en portugués en boca del crupier y sus amigos, los compinches de los protagonistas reniegan en alemán, aparte de que Suzie y Elric volarán hasta Francia, adonde, con el dinero obtenido de sus fructíferas apuestas, sueñan retirarse en un vetusto castillo.


sábado, 2 de febrero de 2019

El venerable W. (2017)




Título original: Le vénérable W.
Director: Barbet Schroeder
Francia/Suiza, 2017, 100 minutos

El venerable W. (2017) de Barbet Schroeder


El realizador Barbet Schroeder culmina su trilogía sobre el mal con esta crónica en torno a la inquietante figura de Ashin Wirathu, líder budista de Myanmar (la antigua Birmania) y fundador del movimiento islamófobo 969. Otra vuelta de tuerca aún más despiadada, si cabe, habida cuenta de que en sus anteriores documentales quedaba meridianamente clara, desde un principio, la perversidad del dictador ugandés Idi Amin Dada o del abogado Jacques Vergès, mientras que en el caso que nos ocupa cabría esperar la no violencia que, al menos aparentemente, predica el budismo.

Con precisión quirúrgica, Le vénérable W. analiza las circunstancias que se dan cita en la convulsa realidad que azota al país asiático desde que, en 2007, diese inicio la denominada Revolución del Azafrán a través de las protestas encabezadas por los propios monjes, quienes representan el 30% de la población. Levantamiento popular contra el aumento del precio de los carburantes decretado por el gobierno militar y que, debido a sus reivindicaciones de carácter social, sería neutralizado, años más tarde, desde el seno de algunos monasterios mediante el discurso abiertamente racista de Wirathu.



Diatribas contra la minoría rohinyá de religión musulmana, a los que se acusa de querer adueñarse del país y de acabar con la "pureza de la raza" (sic), que han calado como la pólvora entre amplios sectores de la sociedad birmana. Resultado: un genocidio en toda regla que amenaza con que se repitan las atrocidades ya cometidas por los jemeres rojos en la vecina Camboya.

Aunque, según confesaba Schroeder en el coloquio posterior a la proyección, el señor W. no ha quedado del todo descontento con la imagen que de él se ofrece en el filme. A lo mejor ello es debido al hecho de que Wirathu, financiado y promovido por la junta militar que detenta el poder en Myanmar, ve en la película el vehículo ideal para que su discurso fructifique en Europa. A fin de cuentas, lo que opina Marine Le Pen a propósito de los musulmanes no difiere gran cosa... Y es que, bromea divertido Schroeder (quien decidió rodar este documental para reencontrarse con la espiritualidad budista que lo sedujo durante su juventud), él ya hace tiempo que dejó de tener fe en sus antiguos ideales, ni siquiera respecto a la admiración que un día sintió hacia los anarquistas que hicieron la revolución en la Barcelona del 36. "¡No tendrá ideales", apostilla Riambau, "pero sí un puñado de buenas películas que veremos a lo largo de las próximas semanas!"


viernes, 1 de febrero de 2019

Maîtresse (1976)




Director: Barbet Schroeder
Francia, 1976, 112 minutos

Maîtresse (1976) de Barbet Schroeder


La Filmoteca de Catalunya comienza el mes de febrero con una interesantísima retrospectiva dedicada al cineasta francés Barbet Schroeder. Bueno: lo de francés hay que matizarlo, ya que, tal y como él mismo explicaba esta tarde en la conversación que ha mantenido con Esteve Riambau, nació en Irán de padres alemanes (aunque su madre, que había huido de los nazis, se negó rotundamente a enseñarle la lengua de Goethe) y pasó su infancia en Colombia, por lo que habla perfectamente el castellano.

Barbet Schroeder y Esteve Riambau dialogan en la Filmoteca


Coordenadas biográficas que tal vez expliquen el carácter aventurero de un director que lo mismo es capaz de rodar en un recóndito poblado de Papúa Nueva Guinea (La Vallée, 1972) que jugarse la vida adentrándose en los azarosos dominios de los narcos en La virgen de los sicarios (2000). Y cuya obra ha transitado frecuentemente entre la ficción y el documental, dejando, en este último terreno, excepcionales retratos de controvertidos personajes como el dictador de Uganda Idi Amin (1974), el poeta Charles Bukowski (1985), el abogado Jacques Vergès (2007) o el monje budista Ashin Wirathu (2017).



Pero la película con la que se abre el ciclo es Maîtresse (1976), una historia de amour fou protagonizada por la mujer de Schroeder (la misma Bulle Ogier que hoy, pasado y mañana interpretará en el Lliure de Barcelona Amour impossible junto a Maria de Medeiros) y un jovencísimo Gérard Depardieu que poco después se pondría a las órdenes de Bertolucci para rodar Novecento.

Maîtresse, palabra que en francés posee significados tan opuestos como 'amante' o 'maestra', podría haber sido un filme marcado por la morbosidad de su temática (la historia de un delincuente de poca monta que se enamora perdidamente de una dominatriz sadomasoquista) y acabar encasillado en el mismo género que El último tango en París (1972), El portero de noche (1974) o cualquiera de los exagerados excesos del polaco Andrzej Zulawski. Sin embargo, la mirada imparcial de Schroeder no juzga en ningún momento la conducta de sus personajes, logrando que la contundencia visual de algunas escenas —por ejemplo, el sacrificio de un caballo en el matadero, eco de Le sang des bêtes (1949) de Franju— no sean tanto un descenso a los infiernos, sino el mero contexto en el que se desarrolla la relación entre Olivier y Ariane.


viernes, 5 de mayo de 2017

Céline y Julie van en barco (1974)




Título original: Céline et Julie vont en bateau: Phantom Ladies Over Paris
Director: Jacques Rivette
Francia, 1974, 193 minutes

Céline y Julie van en barco (1974)


Tres horas y cuarto de metraje no son aptas para todos los paladares. Sobre todo si la película es de Jacques Rivette. De modo que, al final (y es, ciertamente, una lástima), cada proyección de Céline et Julie vont en bateau se puede acabar convirtiendo en una prueba de resistencia para ver quién es el que aguanta más. Efectivamente: esta tarde en la Filmoteca se ha vuelto a repetir el típico goteo de usuarios que, impacientes o aburridos, van desfilando antes de tiempo. Bueno, ¿y qué? Los que se han quedado hasta el final han aplaudido, que la peli bien lo merece.

Singular entre los singulares, Rivette ideaba en esta ocasión una trama protagonizada por dos excéntricas mujeres (Dominique Labourier y Juliet Berto), capaces de volar con la imaginación y gracias a unos caramelos alucinógenos. He ahí el "barco" al que alude el título y que no es más que el viaje hacia una realidad paralela en la que tiene lugar la trágica historia de unos burgueses que acabarán sacrificando a la niña Madlyn. Así que Céline y Julie prolongan la ingesta de los caramelos de colores para visualizar distintos momentos de dicha trama.

Dominique Labourier (izquierda) y Juliet Berto


Aunque llegado el punto álgido de la historia, que siguen como quien se sienta frente al televisor, ambas deciden meterse dentro para rescatar a la pobre criatura de una muerte cruel. Para lo cual echarán mano del libro de magia que Julie siempre lleva con ella.

Fresca, jovial y espontánea, Celine y Julie van en barco (1974) reúne los mejores ingredientes del cine de Rivette. Los mismos que hicieron de él un cineasta peculiar dentro de la Nouvelle vague. Tanto, que no dudaba en incluir a sus actores como coguionistas de sus filmes, toda vez que muchas escenas se basan precisamente en la improvisación.

De izquierda a derecha:
Marie-France Pisier, Barbet Schroeder y Bulle Ogier

martes, 18 de abril de 2017

Le pont du Nord (1981)




Título en español: El puente del Norte
Director: Jacques Rivette
Francia, 1981, 129 minutos

Le pont du Nord (1981) de Jacques Rivette


Arranca el ciclo dedicado a Jacques Rivette en la Filmoteca de Catalunya. Y lo hace con la presencia de Bulle Ogier, la actriz que más veces trabajó a sus órdenes. En la presentación previa a la proyección de Le pont du Nord, nos aporta algunas claves para entender mejor el filme: la pareja de mujeres protagonista, madre e hija en la vida real, vendría a ser una especie de don Quijote (Baptiste) y Sancho Panza (Marie) en el París previo a la llegada al poder de François Mitterrand: ayer como hoy, puntualiza Ogier, todo período de interregno conlleva sus propias corruptelas y zonas oscuras.

Arbitrariedades del poder que Rivette tradujo en imágenes mediante la metáfora de un sangriento juego de la oca en el que ambas mujeres se verán involucradas. Porque a pesar de lo estrambótico de la puesta en escena, Marie ha pasado varios años en prisión por pertenencia a una peligrosa banda armada, mientras que Baptiste arremete con furia quijotesca contra las vallas donde se exhiben determinados carteles publicitarios, verdaderos "gigantes" en toda sociedad capitalista que se precie.



Acaba la proyección y se abre el turno abierto de preguntas. Un espectador (argentino, a juzgar por su acento) se interesa sobre el porqué Rivette eligió el Libertango y el Violentango de Astor Piazzolla como música incidental. Y la respuesta no puede ser más sorprendente: "Alguien había olvidado el vinilo en los estudios donde se llevaba a cabo el montaje y se echó mano de él porque era lo único que había en ese momento. Pero una vez montada la película, y en vista de que el resultado funcionaba, se decidió mantenerlo." El azar, siempre el azar... De hecho, Ogier ya nos había prevenido, al ofrecernos sus claves para comprender Le pont du Nord, que el filme sigue una estructura en la que se producen distintos encuentros casuales.

Son varios los asistentes que preguntan sobre el oficio de actriz. En su época, Bulle Ogier tuvo la suerte de poder participar activamente en el proceso de rodaje, hasta el punto de que Rivette decidió incluirla, junto con su hija, como coguionistas del filme. Ello se debe a que era un director que gustaba de basar su trabajo en la improvisación. Como esas estrafalarias llaves de karateca que la malograda Pascale (fallecería de un infarto apenas tres años después, el día antes de cumplir 26 años) ejecuta en el tramo final de Le pont du Nord. Mucho han cambiado las cosas desde entonces, aunque la francesa se muestra cauta a la hora de opinar, tal vez debido a la moderación que conlleva la experiencia, tal vez a causa de que son casi las once y media de la noche cuando se da por concluida la sesión.


domingo, 27 de noviembre de 2016

Cita en Bray (1971)




Título original: Rendez-vous à Bray
Director: André Delvaux
Francia/Bélgica/Alemania, 1971, 90 minutos

Cita en Bray (1971) de André Delvaux


Nominada en Chicago y en Berlín, ganadora del prestigioso Premio Louis Delluc, Rendez-vous à Bray logra transmitir fielmente la languidez decadentista del relato de Julien Gracq (1910–2007) en el que se basa. A medio camino entre lo onírico y lo tangible, el belga André Delvaux (1926–2002) acertó a crear la atmósfera necesaria para una película cuyo protagonista es citado por un íntimo amigo en una destartalada mansión que bien podría ser la de Psicosis o, sobre todo, la Manderley de Rebeca. Pero el joven luxemburgués Julien Eschenbach (Mathieu Carrière) sólo encontrará allí a una misteriosa sirvienta de turbadora belleza (Anna Karina).

Visualmente, el filme recrea no pocos elementos de la estética del cine mudo: los títulos de crédito, los fundidos en los que el marco del encuadre se cierra sobre el personaje enfocado o la música de piano, por ejemplo. De hecho, Julien trabaja como pianista en una sala de proyecciones cinematográficas, incluyéndose algunas secuencias de Juve contre Fantômas (1913) de Feuillade.



La banda sonora, con piezas de Brahms o César Franck, también contribuye a ralentizar el tempo y así hacer patente la melancolía que preside la existencia de unos personajes que viven a escasos kilómetros del frente donde tiene lugar la Iª Guerra Mundial. Es el mismo ambiente provinciano y opresivo que Truffaut retratará, años más tarde, en La habitación verde (1978).

Así pues, bastarán los continuos flashbacks de Julien, rememorando la época en la que él, Jacques (Roger Van Hool) y Odile (Bulle Ogier) llevaban una vida ociosa y feliz antes del conflicto, para acabar de materializar la apariencia de ensoñación del filme, puesto que saltando del presente al pasado se contribuye a desdibujar la frontera entre ilusión y realidad.

Delvaux en pleno rodaje

sábado, 11 de julio de 2015

Maquillages (1971)




Director: Barbet Schroeder
Francia, 1971, 12 minutos

Este cortometraje de contenido antropológico fue sin duda montado a partir del material filmado por Barbet Schroeder y su equipo en Papúa-Nueva Guinea durante el rodaje de El valle (1972). Apenas contiene tres escenas distintas, acompañadas por los escuetos comentarios de una voz en off, en las que intervienen los miembros de una tribu de papúes.

En la primera de ellas, los nativos (mirando a la cámara con cara de pocos amigos y con sus cuerpos enteramente recubiertos de lodo amarillo en señal de luto) van llegando por un camino en pequeños grupos hasta concentrarse todos en un claro del bosque, visiblemente apesadumbrados.

La segunda muestra a tres "hombres de barro", de la tribu de los Asaro, llevando a cabo una danza ritual con sus típicas máscaras de espíritus deformes que deben servir para asustar al enemigo.

Por último. asistimos a una sesión de maquillaje en la que hombres y mujeres pintan la totalidad de sus rostros con colores estridentes y diseños altamente sofisticados.

Una escena de La Vallée (1972) con Bulle Ogier y varios hombres de barro
Un fotograma de Maquillages (1971)