Mostrando entradas con la etiqueta Anna Magnani. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Anna Magnani. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de diciembre de 2024

Bellísima (1951)




Título original: Bellissima
Director: Luchino Visconti
Italia, 1951, 114 minutos

Bellísima (1951) de Luchino Visconti


El argumento aparentemente cómico de Bellissima (1951) deja traslucir, sin embargo, una profunda amargura cuyo origen no es otro sino la misma miseria sobre la que se sustenta el propio concepto de neorrealismo. Así pues, a la hilaridad inicial de los diálogos a grito pelado en los que la Magnani era una consumada experta, con su niña de la mano, a todas horas arriba y abajo en busca de una oportunidad que la catapulte al estrellato, irá gradualmente sucediéndole el desconsuelo de quien constata que, más que una fábrica de sueños, lo que se esconde tras las paredes de Cinecittà es simple y llanamente una farsa.

A decir verdad, Bellissima podría perfectamente subtitularse "Madre coraje", habida cuenta de hasta qué punto saca pecho el personaje de Anna Magnani con tal de defender a su hija, apenas una criatura inocente en un mar de tiburones, durante el duro proceso de selección para participar en la película de Blasetti Oggi, domani, mai. Incluso se "deja" embaucar por el charlatán de turno (Walter Chiari), un guaperas de tres al cuarto que promete recomendar a la cría a cambio de dinero. Naturalmente, el muy jeta destinará lo recaudado a comprarse una Lambretta…



Pero es en los pequeños detalles en los que conviene fijarse con tal de captar la verdadera esencia de un filme repleto de matices genuinamente autóctonos, definitorios de una época marcada por las severas condiciones económicas de la posguerra. La señora que hace ganchillo, sentada en un rincón, mientras las aspirantes al papel ensayan pasos de ballet; la camiseta imperio del sudoroso marido; la cochambre de los patios de vecinos; el vocerío de las porteras lenguaraces... son sólo algunos ejemplos de una lista interminable.

Curiosamente, en ese universo cotidiano de ilusiones desmedidas y estrecheces diarias el protagonismo recae íntegramente sobre la mujer, ya se trate de la madre abnegada, la chiquilla candorosa o la actriz otoñal (Tecla Scarano) que malvive dando lecciones. A fin de cuentas, la fascinación por el cine americano que manifiesta reiteradamente Maddalena Cecconi (mirando una escena de Río Rojo o al escuchar la voz de Burt Lancaster) encierra también una evidente crítica social respecto a las difíciles condiciones de vida de la clase obrera, ansiosa de evasión, pero también de ofrecer a sus hijos un futuro mejor por la vía fácil del glamur que se intuye al otro lado de la pantalla.



domingo, 6 de marzo de 2022

Mamma Roma (1962)




Director: Pier Paolo Pasolini
Italia, 1962, 106 minutos

Mamma Roma (1962) de Pier Paolo Pasolini


¿Una película de Pasolini o una película de la Magnani? La cuestión, probablemente, no admite una única respuesta, ya que Mamma Roma (1962) son, de hecho, dos filmes en uno. Por una parte, el otrora poeta, reconvertido en cineasta un año antes, afrontaba su segundo largometraje, tras el inesperado éxito de Accattone (1961), con mayor ambición en lo que a perfeccionamiento técnico se refiere. De ahí que, además de su habitual gusto por muchachos de la calle de rostro expresivo, Pasolini requiriese como protagonista los servicios de una gran diva que le proporcionase la proyección internacional necesaria de cara a su participación en el Festival de Venecia.

El resultado fue una obra maestra, excelentemente fotografiada en blanco y negro por Tonino Delli Colli, en torno a una mujer y madre, verdulera de día y prostituta de noche, lenguaraz como ella sola, que se desvela por conseguir que su hijo Ettore deje de lado las malas compañías y se ponga a trabajar. Sin embargo, la carga simbólica del personaje no acaba ahí, puesto que el sobrenombre de Mamma Roma la convierte en personificación de aquellos mismos ambientes marginales tan del gusto del director.



Muchos son los detalles que la fuerza visual de las imágenes hará perdurar en la memoria del espectador sensible a la belleza al modo pasoliniano: los sobacos sin depilar de Bruna (Silvana Corsini), las bocas desdentadas de unos y otros, los restos de un acueducto entre los bloques de viviendas de un barrio obrero, el interno de un hospital penitenciario que recita de memoria un pasaje de la Divina comedia, los planos frontales de Anna Magnani hablando a cámara, sus disertaciones caminando en plena noche junto a posibles clientes, el atípico convite nupcial con cerdos pululando a los pies de los invitados y canciones difamatorias improvisadas sobre la marcha...

En todo caso, el principal juego iconográfico que aquí se plantea deja entrever una evidentísima alegoría cristiana cuya fuente de inspiración más reconocible pudieran ser la Pietà de Miguel Ángel o el Cristo yacente de Mantegna. Curiosa aproximación, en clave pretendidamente marxista, a los problemas cotidianos de una masa social desclasada y sin mayor anhelo que vivir al día.



domingo, 2 de febrero de 2020

Roma (1972)




Director: Federico Fellini
Italia/Francia, 1972, 120 minutos

Roma (1972) de Federico Fellini


¿Qué siento cuando oigo la palabra "Roma"? Me lo he preguntado con frecuencia, y más o menos lo sé. [...] Roma es una ciudad horizontal, de agua y de tierra, tumbada, y por tanto es la plataforma ideal para llevar a cabo vuelos fantásticos con la tranquilidad que procura un cordón umbilical que se mantiene firmemente anclado a lo concreto. Puesto que Roma es una madre, la madre ideal, porque es indiferente.

Federico Fellini
La dulce visión
Traducción de Regina López Muñoz

Basta una sola palabra para llenar la pantalla durante los títulos de crédito iniciales: el poder evocador de Roma alcanza hasta la recóndita Rímini, donde un hito medio derruido por la desidia y el tiempo marcaba la distancia que separaba al villorrio de la capital del Estado. Una vez más en primera persona, nos cuenta Fellini cómo el maestro de escuela, emulando a César, hacía cruzar el Rubicón a sus discípulos. Recuerdos remotos de una infancia marcada por la retórica fascista que el cineasta rememora, al cabo de los años, entremezclados de nostalgia y de leyenda.

Roma representa para Fellini, y aun para tantos hombres de su generación, el rito iniciático de cualquier joven que, recién llegado de la provincia, aspira a labrarse una carrera no sin antes degustar los placeres ocultos (y a menudo prohibidos) que le aguardan en la urbe milenaria. Memorias tristes de lupanares sórdidos o bulliciosos patios de vecinos en los que la algarabía de sus residentes se confunde, aquí y allá, con fragmentos de algún discurso del Duce, retransmitido con efusiva pompa por la radio oficial.



Son también los inmundos locales de varietés, cuyo espectáculo más sugestivo no radica tanto en las mediocres actuaciones que se suceden monótonamente sobre el escenario, sino en un patio de butacas habitado por camorristas ávidos de jarana a costa de los pobres comediantes o, si se tercia, hasta de la propia concurrencia que abarrota la sala.

Anécdotas y remembranzas que culminan en el éxtasis del onírico desfile de modas para la curia pontificia al completo, con la aparición estelar, cual Deus ex machina, del Santo Padre. Secuencia que a menudo ha eclipsado el verdadero espíritu de la película: ¿qué queda de la Ciudad eterna? ¿Son esos jóvenes melenudos que ocupan sus plazas y con los que conversa el director los nuevos romanos? ¿Qué destino inquietante aguarda a la atronadora horda de motoristas que invade sus calles en la última escena?