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domingo, 21 de abril de 2024

El romance del Aniceto y la Francisca (1967)




Director: Leonardo Favio
Argentina, 1967, 63 minutos

El romance del Aniceto y la Francisca (1967)


Segundo largometraje dirigido por el argentino Leonardo Favio, El romance del Aniceto y la Francisca (1967) fue la adaptación de un cuento, «El cenizo», de Jorge Zuhair Jury, hermano del cineasta. Y como ya sucediera en su anterior trabajo, la genial Crónica de un niño solo (1965), de nuevo se servía del blanco y negro para filmar una historia protagonizada por seres que habitan en los márgenes de un mundo cuya sordidez, sin embargo, no es óbice para que la cámara sepa captar la belleza de los rostros, de los gestos, de los ambientes.

En ese orden de cosas, el Aniceto (un portentoso Federico Luppi en los inicios de su carrera actoral) encarna la figura de galán arrabalero acostumbrado a subsistir con lo que obtiene en las peleas de gallos gracias al "Blanquito", su adorado campeón. Aunque las cosas no siempre salen a pedir de boca y, después de convivir durante un tiempo con la cándida Francisca (Elsa Daniel), otra mujer se cruzará en su camino para arrastrarlo irremisiblemente a la perdición.



De todos modos, sería exagerado calificar a Lucía (María Vaner) de femme fatale, ya que en realidad es el propio Aniceto el que se complica la vida por culpa de su carácter posesivo. Así pues, casi podría decirse que, en un acto de justicia poética, el destino se venga de él por haber preferido la voluptuosidad de Lucía a los buenos sentimientos de la pobre Francisca, a quien no duda en echar de casa sin contemplaciones.

Con una prolijidad en los planos que dota a la película de un tempo minuciosamente pausado y una banda sonora con música de Vivaldi que pudiera recordar a los maestros de la Nouvelle Vague francesa, Favio es capaz de condensar la historia en apenas una hora de metraje sin que sobre ni falte nada. Sitúa los hechos en la provincia de Mendoza, de donde era oriundo, para ir desgranándolos mediante distintas fases ("De cómo se encontraron", "Comienzo de la tristeza"...) que sucesivamente aparecen sobreimpresas en pantalla. Hasta que al final, cuando la desesperación de Aniceto le lleve a cometer una tontería, todo concluya con un desenlace acorde con el perdedor que siempre ha sido.

Un plano muy a lo Godard


lunes, 21 de diciembre de 2020

Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995)




Director: Agustín Díaz Yanes
España/Méjico/Francia, 1995, 104 minutos

Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995)
de Agustín Díaz Yanes


Mucho antes de que se pusiera de moda el término empoderamiento, el título de esta ópera prima era ya en sí mismo toda una declaración de principios: Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, un thriller al más puro estilo Hollywood, sangriento y con narcotraficantes mejicanos de por medio, pero rodado en Madrid… El hasta entonces guionista Agustín Díaz Yanes daba el salto a la dirección con un largometraje protagonizado por Victoria Abril y en el que también tuvieron papeles destacados Pilar Bardem y el argentino Federico Luppi.

Buen conocedor de las convenciones del género, Díaz Yanes se sirve de recursos típicos del cine negro clásico como, por ejemplo, cuando hace que Gloria (Victoria Abril) perfore el suelo de un apartamento para acceder al botín que hay en la peletería del piso de abajo. Procedimiento harto expeditivo que el espectador avezado recordará haber visto en Rififi (1955) de Jules Dassin.



En otras ocasiones, en cambio, caso de la violenta escena inicial, se percibe la impronta de referentes mucho más modernos, como el Tarantino de Reservoir Dogs (1992), si bien pasada por un tamiz tauromáquico que es una de las señas de identidad de la película y que tal vez explique por qué un bolígrafo puede utilizarse con la misma mortífera destreza que un estoque.

Sin embargo, y en clara oposición a dichos elementos de tradición gansteril, se percibe, asimismo, un apunte metafísico en esa lucha interna que sostiene Eduardo (Federico Luppi) en su particular pulso con Dios, e incluso una nota social en el personaje de doña Julia (Pilar Bardem), antigua líder comunista venida a menos que aún conserva el retrato de la Pasionaria colgado en las paredes de su casa.



domingo, 8 de octubre de 2017

El laberinto del fauno (2006)




Director: Guillermo del Toro
Méjico/España/EE.UU., 2006, 118 minutos

El laberinto del fauno (2006)


A la ya prevista visita para esta tarde de Guillermo del Toro a la Filmoteca se unía, a última hora y para sorpresa de los asistentes, el actor Sergi López. De modo que han sido ambos quienes finalmente han presentado El laberinto del fauno, la película con la que triunfaron hace ya más de una década.

Valiéndose de un tono distendido y con profusión de tacos, el director mejicano ha explicado que, siendo muy pequeño, su abuela lo inició en los misterios del pecado original. Algo que él no llegó a comprender muy bien, pero que supuso que le pusieran chapas en las plantas de los pies como pequeña mortificación que le restase años de permanencia en el Purgatorio. Aunque el verdadero litigio, entre madre y abuela, comenzó cuando la primera descubrió lo que le habían hecho...



Por esas mismas fechas comenzó a leer revistas de cine, lo que le llevaría a idear sus propios efectos especiales caseros, que filmaba con una cámara de Súper-8. Luego recibiría las enseñanzas de su mentor, Emilio García Riera, historiador del cine mejicano e hijo de una exiliada republicana, de donde tal vez le viniese el interés por situar la película hoy presentada en la inmediata posguerra.

Por su parte, Sergi López ha recordado cómo, durante el rodaje, del Toro le increpaba cada vez que se le escapaba el acento catalán: "¡Otra vez el fuet!" Señal de que es un director que está pendiente de todo. De hecho, le convenció para interpretar al pérfido Vidal durante una comida, en la que, sin haber escrito aún el guion, le contó la historia con todo lujo de detalles.



Más anécdotas: el Hombre Pálido debía, en un principio, tener una cara hiperrealista de viejo. Pero en el último momento tuvo la genial ocurrencia de sustituirla por las manos con ojos, decisión que acarreó no pocas discusiones con los catalanes David Martí y Montse Ribé, quienes finalmente ganarían el Oscar al mejor maquillaje. Y en cuanto al sonido, tan importante en esta película como lo que se ve en pantalla, recuerda del Toro que dedicaron toda una pista al chirriar del cuero de Vidal en botas y demás elementos de su atuendo.

Bromea sobre el próximo estreno de su nueva peli, La forma del agua: "A finales de enero estará en los cines (y a finales de diciembre en el eMule...) Pero no: ¡ustedes véanla en pantalla grande, que es lo mejor! Aunque éste es un argumento patético, que después nadie cumple..."



En fin: comienza la proyección. Todo un mundo de fantasía procedente de los cuentos de hadas, mezclado con el contexto histórico de los maquis y la represión franquista. Aunque, a nivel historiográfico, el rigor es relativo, puesto que los uniformes que lucen los oficiales no son exactamente los reglamentarios de aquella época: diríase que, en aras de sublimar lo que de sueño y de pesadilla tiene El laberinto del fauno, se optó por estilizar detalles que, como éste, le habrían dado un toque excesivamente realista.

Lo cual nos lleva a preguntarnos si es más cierta la vida que lleva Ofelia (Ivana Baquero) junto a su madre (Ariadna Gil) que la que intuye en una dimensión paralela habitada por ninfas, engendros y otros prodigios. Los oficinistas grises, siempre prontos a quedarse en la superficie de las cosas, dijeron en su momento que todo era una ensoñación de la niña para huir de la sordidez del ambiente que la rodea. Craso error, que ni todo es tan evidente ni las cosas son tan fáciles: ¿y si resultase que el mundo real es el que se esconde bajo tierra y las penurias derivadas de la Guerra Civil apenas un mal sueño? Tal vez por eso a Guillermo del Toro le gusta citar una frase de Kierkegaard que resume a la perfección el desenlace de su película: «El tirano muere y su reino termina; el mártir muere y su reino comienza.»