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martes, 1 de septiembre de 2020

La fuente de la vida (2006)




Título original: The Fountain
Director: Darren Aronofsky
EE.UU./Canadá, 2006, 97 minutos

La fuente de la vida (2006)
de Darren Aronofsky

Puede que The Fountain sea una película desmesuradamente ambiciosa y hasta cierto punto fallida, pero ello no debería ser óbice para que suscite la admiración de cualquier cinéfilo que se precie. Como los delirios apocalípticos de Terry Gilliam o las divagaciones metafísicas de Terrence Malick, el filme de Aronofsky se adentra en las profundidades del tiempo y del espacio entrelazando tres historias unidas por el denominador común del afán de inmortalidad.

Un conquistador español del siglo XVI que viaja al interior de la jungla en busca de la Fuente de la eterna juventud; un investigador médico empeñado en salvar a su mujer de la enfermedad terminal que ésta padece; una especie de yogui bajo el Árbol de la vida al que hostigan sus propios fantasmas antes de partir rumbo a los confines del cosmos.



Abordar una empresa de tal magnitud en la era del mainstream supone, sin lugar a dudas, una proeza digna de encomio. Sobre todo a partir del momento en que el millonario proyecto inicial, que debían haber protagonizado Brad Pitt y Cate Blanchett, es cancelado por la Warner para retomarlo, pocos años después, ya con un presupuesto mucho más ajustado y Hugh Jackman y Rachel Weisz en los roles principales.

Un periplo desbordante desde la oscuridad hasta la luz cuyo significado último conecta el pasado remoto de los mayas con los arcanos recónditos del universo. Filigranas, estas últimas, para las que, en lugar de costosos efectos especiales, se prefirió la belleza microscópica de una reacción química provocada en la probeta de un laboratorio.


miércoles, 26 de agosto de 2020

Réquiem por un sueño (2000)




Título original: Requiem for a Dream
Director: Darren Aronofsky
EE.UU., 2000, 102 minutos

Réquiem por un sueño (2000)
de Darren Aronofsky

Por razones que llevaría largo rato dilucidar, los cambios de década, de siglo y hasta de milenio suelen comportar nuevas modas que, en el terreno artístico, se traducen en obras icónicas. Y Réquiem por un sueño —estrenada, al igual que Memento de Christopher Nolan, en el año 2000— es de las que marcan época. Algunos de sus logros expresivos o de puesta en escena los hemos visto después en títulos bastante recientes y tan exitosos como Joker (2019) o Clímax (2018). La primera (y oscarizada) cinta toma prestada de ésta la fantasía de alguien que, como consuelo frente a una realidad degradada, se imagina participando en un espacio televisivo del que es la estrella; en cambio, la cinta francesa de Gaspar Noé coincide con su modelo hollywoodense en mostrar, desde un punto de vista subjetivo, lo que pasa por la cabeza de un consumidor de sustancias estupefacientes.

En esto último, precisamente, reside el mayor logro cinematográfico del lenguaje empleado por Darren Aronofsky en la película que nos ocupa. A este respecto, Requiem for a dream es un recital de creatividad expresiva a la hora de sugerir las cosas sin enseñarlas abiertamente, sobre todo cuando se trata de los efectos secundarios ocasionados por la ingesta de drogas: primerísimos y fugaces planos del elemento fluyendo por las venas, un algodón absorbiendo el preciado líquido, una pupila que se dilata… Toda una exhibición estilística cuyo objetivo primordial se resume en transmitir el progresivo deterioro físico y mental de los protagonistas.



Y lo mismo podría decirse de dividir la pantalla en dos o de la frenética ejecución de la banda sonora que las cuerdas del Kronos Quartet llevan a cabo: por descabelladas que fuesen, las ilusiones de Harry (Jared Leto), Marion (Jennifer Connelly), Ty (Marlon Wayans) y hasta la frustrada señora Goldfarb (Ellen Burstyn) merecieron esta oración fúnebre en formato fílmico alucinógeno que es ya hoy un clásico moderno.

Y es que el afán por perder peso de la madre, aunque sea tomando anfetaminas, junto a su obsesiva dependencia de la telebasura, acabará dando pie a un insólito paralelismo intergeneracional: lejos de oponerse, padres e hijos comparten en este caso una misma insatisfacción vital de fatales consecuencias. La constatación de que el sueño americano, si es que alguna vez fue real, produce monstruos antes de saltar pulverizado por los aires.