Mostrando entradas con la etiqueta Charles Chaplin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Charles Chaplin. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de agosto de 2022

Los estimulantes (1967)




Título original: Stimulantia
Directores: Hans Abramson, Hans Alfredson, Arne Arnbom, Ingmar Bergman, Tage Danielsson, Jörn Donner, Lars Görling, Gustaf Molander, Vilgot Sjöman
Suecia, 1967, 105 minutos

Los estimulantes (1967)


Lo más granado de la cinematografía sueca se dio cita en Stimulantia (1967), película de episodios (ocho en total) en torno a la idea genérica de las cosas que nos proporcionan placer. Ni que decir tiene que cada cineasta, tanto en la presentación previa de los cortos como en su propio desarrollo, afronta el reto desde ópticas muy distintas, si bien acaba prevaleciendo una cierta visión humorística, cuando no sarcástica, a propósito del tema. A continuación desglosamos los títulos y sinopsis de cada segmento.

1. El descubrimiento ("Upptäckten"), de Hans Abramson

Tras dejar claro que son el sexo y las drogas lo que él entiende por "estimulantes", el director opta por viajar a su infancia como homenaje al hombre que divirtió a tantas generaciones: Charlie Chaplin. Aparte de imágenes de archivo pertenecientes a una visita que el cómico, ya septuagenario, realizó a Suecia, Abramson se traslada a Londres en busca del barrio que vio nacer al genial artista. Sin embargo, el tiempo y el progreso han borrado su recuerdo y ya casi nadie sabe dónde se encuentra Pownall Terrace.

2. Érase una vez dos amantes... ("Det var en gång två älskande..."), de Jörn Donner

Donner se propone llevar a cabo una película pornográfica fuera de lo común: una pareja se instala en la habitación de un hotel. Ella (Harriet Andersson) le dedica todo tipo de cuidados a su chico (bañarlo, afeitarlo, cepillarle los dientes...), pero cuando ambos ya están limpios, él prefiere resolver una jugada de ajedrez en lugar de ir a la cama.



3. Confrontaciones ("Konfrontationer"), de Lars Görling

Después de hacer referencia a una intrincada teoría del filósofo Wittgenstein acerca del lenguaje, Görling sitúa la acción de su episodio en el circuito automovilístico de Le Mans.

4. Daniel, de Ingmar Bergman

Contrariamente a lo que cabría esperar, la aportación de Bergman es una de las más sencillas de la película: grabaciones domésticas en las que la cámara capta la vida cotidiana de su hijo de cuatro años. Según confiesa él mismo en la presentación del episodio, para el célebre cineasta sueco nada hay más estimulante que el rostro de Daniel.

5. Birgit Nilson, de Arne Arnbom

La popular cantante de ópera que da título a este fragmento ha proporcionado cuantiosas veladas placenteras a su público. En esta ocasión, la soprano interpreta una de las especialidades de su repertorio: el aria "Mild und leise wie erlächelt" de Tristán e Isolda.



6. Los beneficios de la castidad ("Dygdens belöning"), de Hans Alfredson y Tage Danielsson

Basada en un relato de Balzac, la historia expone el caso de una joven lavandera que dice haber sido violada por uno de sus clientes. Afligida, la muchacha acude a casa de un viejo abogado en busca de asesoramiento jurídico.

7. El collar ("Smycket"), de Gustaf Molander

El plato fuerte de la película lo protagonizan la mítica Ingrid Bergman y el bergmaniano Gunnar Björnstrand. Se trata de una adaptación del memorable relato de Maupassant en el que una mujer pierde el valioso collar que le han prestado para asistir a un baile. A consecuencia de esta fatal circunstancia, tanto ella como su marido pasarán varios años abrumados por los intereses derivados de haberle comprado otro collar a la propietaria. 

8. La negra en el armario ("Negressen i skåpet"), de Vilgot Sjöman

El más surrealista de los episodios tiene lugar en el domicilio de un matrimonio que, como todas las mañanas, se levanta para ir al trabajo. Lo sorprendente es que una misteriosa joven habita en el interior de un ropero. ¿Será real? ¿Es una ilusión? En cualquier caso, el marido se las promete muy felices cuando su esposa se marcha a la oficina y él se queda solo en el apartamento.



miércoles, 8 de enero de 2020

El gran dictador (1940)




Título original: The Great Dictator
Director: Charles Chaplin
EE.UU., 1940, 125 minutos

El gran dictador (1940) de Charles Chaplin


¿Qué decir, sin caer en obviedades, de un clásico tan rotundo e incuestionable como éste? Porque Chaplin es al cine lo que a la música fue Mozart: esencia de un arte que, para alcanzar su cima, no precisa de grandes ingredientes —ya sea en forma de brochadas o de sartenazos— más allá de la innata vis cómica de un genio.

Con El gran dictador, Charlot abraza definitivamente su vertiente sonora, pese a que no renuncia a resucitar al eterno vagabundo en algunas escenas, metamorfoseado ahora en humilde barbero judío. Sin embargo, es la parodia del máximo dirigente nazi lo que representa el motor de la acción: "Hitler me ha copiado el bigote", parece ser que dijo el artista, aunque, en estos casos, ya se sabe que lo que no es tradición es plagio. Y esta película, como todo lo relacionado con su creador, nació predestinada a convertirse en leyenda.

"Emperor of the World..."

Son varios los momentos del filme que quedarán para la posteridad y citarlos es casi innecesario: Astolfo Hynkel jugando a su antojo con el globo terráqueo; él y Napaloni compitiendo por alargar sus respectivas sillas unos centímetros más que la de su homólogo; el alemán macarrónico del líder de Tomania, capaz de hacer temblar hasta a los micrófonos… Nada nuevo, en realidad, o que no estuviera ya presente en anteriores entregas claplinescas (la Nonsense song del punto culminante de Tiempos modernos, por ejemplo, se basaba en esa misma habilidad de hacerse entender aun utilizando palabras inventadas).

Por último, todo lo que se diga es poco para encomiar el memorable discurso final en el que, rompiendo la cuarta pared, el actor se olvida durante unos instantes de que lo es para, con la mirada fija en la cámara, interpelarnos a base de diatribas tan elocuentes como: “Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado y sentimos muy poco…” O incluso: “Luchemos por el mundo de la razón. Un mundo donde la ciencia, donde el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad.” Ni que decir tiene que semejante invectiva pacifista fue prohibida en medio mundo (en España, de hecho, no se estrenaría hasta abril de 1976…), razón más que suficiente para corroborar la fuerza de unas palabras que, hoy como ayer, mantienen intacto su ímpetu arrolladoramente humanista.


jueves, 15 de junio de 2017

Umberto D. (1952)




Director: Vittorio De Sica
Italia, 1952, 85 minutos



Certe cose avvengono perché non si sa la grammatica: tutti ne approfittano degli ignoranti...


A priori, la soledad del individuo en el seno de las sociedades modernas puede parecer un tema de rabiosa actualidad cuando su alcance es, en cambio, universal y del todo intemporal. De lo que se desprendería una lectura a veces pesimista y a ratos cauta, eso va a gustos: no es que la precarización avance al galope: es el mundo el que ha sido siempre precario.

Umberto D. fue la primera película que vi en la Filmoteca (hace de esto ya diecisiete años) y cada vez que la revisito experimento de nuevo la misma insondable ternura hacia el pensionista Ferrari y su fiel perrito Flike. Y ni el perro era tal (porque parece ser que se utilizaron diversos animales durante el rodaje) ni el anciano ni la cándida Maria actores profesionales. La sensación de realidad, sin embargo, es enorme, lo cual convierte al filme en una suerte de documento histórico: la crónica de aquellos jubilados que, como el padre del propio De Sica (que se llamaba Umberto y no es casualidad), se veían obligados a malvivir con una mísera renta tras toda una vida de servicio a los demás.

Su dignidad de viejo profesor impedirá al señor Umberto
ejercer la mendicidad

Tiene, por otro lado, un evidente toque Chaplin en esa concepción humanista de los problemas que afectan al hombre anónimo, víctima de la indiferencia ajena y delicadamente entrañable en su patetismo. Así pues, tanto la escena inicial (con los antiguos empleados públicos manifestándose por las calles de Roma para exigir un aumento en las ya escasas retribuciones que perciben) como la final (el señor Umberto alejándose por un camino mientras juega con Flike) remiten directamente a Tiempos modernos (1936). Y no quedaría ahí la posible conexión, sino que hasta la banda sonora de Alessandro Cicognini recuerda a la partitura que el cómico inglés compusiera para dicha película.

Mucha "culpa" de todo ello la tiene el colosal Cesare Zavattini, autor de éste y de la mayoría de guiones neorrealistas de De Sica. Aunque a nivel formal, el realizador tampoco le iba ciertamente a la zaga. Estamos, sin duda, ante un poeta: esos niños que corretean por el parque mientras el abuelo y el perro se pierden en la distancia son el futuro, la esperanza en un mundo mejor, la certeza de que, a pesar de sus imperfecciones y de los muchos sinsabores habidos y por haber, aún no está todo perdido.

Chaplin (centro) junto a Vittorio De Sica

viernes, 6 de noviembre de 2015

Tiempos modernos (1936)




Título original: Modern Times
Director: Charles Chaplin
EE.UU., 1936, 87 minutos

Tiempos modernos (1936) de Charles Chaplin

Argumento:

Charlot trabaja en una fábrica apretando tornillos en una cadena de montaje. Pero un día padece un ataque de nervios a consecuencia del estrés que le provoca su trabajo. Comienza entonces a apretar narices en vez de tornillos y termina sembrando el caos antes de que puedan controlarlo y echarlo a la calle. Una vez recuperado, es encarcelado, ya que lo acusan injustamente de encabezar una manifestación. Tras su estancia en prisión, se encuentra con que la vida en la calle es bastante más difícil. Entonces, intenta que lo vuelvan a encerrar echándose la culpa del robo de una barra de pan cometido por una huérfana hambrienta y a la que rescata de las autoridades que quieren enviarla a un orfanato. Los dos acaban juntos, sobreviviendo como pueden, y Charlot prueba suerte en varios empleos, perdiéndolos rápidamente. El vagabundo vuelve a trabajar en la fábrica como ayudante de mecánico. Pero la fábrica cierra a causa de una huelga y de nuevo el protagonista es detenido, acusado de haber “atacado” a un policía durante unos disturbios. Al salir de la cárcel, se encuentra con que la huérfana ha encontrado trabajo en un café en el que los camareros cantan y le promete buscarle trabajo también a él. El vagabundo es un camarero malísimo aunque, al mismo tiempo, divierte mucho a los clientes. Pero entonces llegan los encargados del orfanato e intentan llevarse a la chica. Los dos consiguen escapar. En la secuencia final, ambos pasean por un camino. La chica comienza a llorar, pero el vagabundo la anima a no perder la esperanza y se alejan juntos hacia el horizonte.


Comentario:

El largometraje de crítica social Modern Times (Tiempos Modernos) fue dirigido, escrito y protagonizado por Charles Chaplin en 1936. La película retrata las condiciones desesperadas de empleo que la clase obrera tuvo que soportar en la época de la Gran depresión (crisis del capitalismo, paro masivo, hambre, disturbios, huelgas, cierre de empresas, suicidios, falta de esperanza, desigualdades, intolerancia…) condiciones que fueron consecuencia, en la visión dada por la película, del éxito de la industrialización y la producción en cadena. Sin embargo, el personaje de Charlot no critica al sistema capitalista sino que quiere formar parte de él. Esto se puede apreciar en varias escenas de la película, como por ejemplo cuando sueña cómo sería su vida en una lujosa mansión de la época. Tiempos modernos puede utilizarse, por tanto, como documento histórico para conocer cómo era la vida en aquellos tiempos de crisis. En la película también interviene Paulette Goddard (por aquel entonces, pareja de Chaplin en la vida real). Incluso se muestran escenas de tipo futurista de la fábrica en la que trabaja Charlot que podrían considerarse una parodia evidente del film Metrópolis de Fritz Lang.


Tiempos modernos fue un filme a caballo entre el cine mudo y el sonoro. Se incluyeron bastantes efectos sonoros en la película, como música, cantantes y voces procedentes de radios y altavoces así como la actividad de la maquinaria. Al final del film puede incluso escucharse brevemente la voz de Charles Chaplin, que canta una versión de la canción de Léo Daniderff "Je cherche après Titine", pero con una letra sin sentido, conocida como Nonsense song, cuyos sonidos tratan de parecerse a una mezcla de francés e italiano, con alguna palabra reconocible en inglés.

Fotografía tomada durante el rodaje de Tiempos modernos
Charles Chaplin:

Charles Spencer Chaplin Jr., (Walworth, Londres, 16 de abril de 1889 – Corsier-sur-Vevey, Suiza, 25 de diciembre de 1977) no sólo destacó como actor sino que también lo hizo como director, guionista, productor y compositor. A través de sus casi 90 películas mudas y sonoras llegó a convertirse en la figura más representativa del cine mudo, el cual le dio su fama mundial y la consideración de uno de los grandes genios de la historia del cine. Sus películas están llenas de imágenes clásicas tan conocidas como su propio personaje. Su hija, Geraldine Chaplin, también es actriz.

El personaje en torno al cual construyó gran parte de su carrera cinematográfica, y que le dio fama universal, fue el del vagabundo (The Tramp, en inglés; Charlot, en español, italiano y francés): un hombre de maneras refinadas y la dignidad de un caballero, vestido con una estrecha chaqueta, pantalones de bombacho y zapatones, un sombrero bombín, un bastón y un característico bigotito. Su inconfundible caminar oscilante, una exagerada emotividad sentimental, y un desencanto melancólico frente a la falta de piedad y a la injusticia en la sociedad moderna, le hicieron símbolo de la opresión humana, en particular en las clases sociales más modestas.

Aunque cueste reconocerlo sin su atuendo habitual de Charlot,
 he aquí a Charles Chaplin (1889-1977)

domingo, 18 de octubre de 2015

El precio de la fama (2014)




Título original: La rançon de la gloire
Director: Xavier Beauvois
Francia/Suiza/Bélgica, 2014, 110 minutos

El precio de la fama (2014) de Xavier Beauvois


Suiza. Navidad de 1977. En su exclusiva mansión dieciochesca de Vevey, a orillas del lago Leman, agoniza el genial Charlie Chaplin. Aunque la muerte del artista sugerirá una ocurrente idea a Eddy (Benoît Poelvoorde), quien deberá convencer a Osman (Roschdy Zem) para que sea su cómplice.



Basada en un hecho real, El precio de la fama es una comedia negra que narra la chapucera intentona de un par de amigos desesperados por resolver, de una vez por todas, su precaria situación económica. Eddy es el "cerebro" de la trama: tras varios años en prisión, al recuperar la libertad es hospedado por Osman en una modesta roulotte. Osman es un emigrante argelino que vive con su hija Samira, a la espera de que su mujer sea intervenida de una delicada operación de cadera. Y no es que le hagan mucha gracia los planes de su amigo Eddy, que digamos. Pero como este le salvó la vida no le queda más remedio que acabar echándole un cable "por cuestión de principios".



El espíritu de Charlot está muy presente en un film en el que, de hecho, intervienen algunos miembros de la familia Chaplin. Se diría que el actor y director francés Xavier Beauvois hubiese querido, por momentos, combinar el sarcasmo de Monsieur Verdoux (1947) con la melancolía de Candilejas (1952). No era fácil, pues, la pirueta que Beauvois pretendía llevar a cabo y de ahí que la crítica se haya encarnizado con su película, la cual, pese a todo, fue candidata al León de oro en la penúltima edición del Festival de Venecia.



Imponente, por otra parte, la banda sonora de Michel Legrand: todo un lujo, viniendo de un veterano que ha sabido ilustrar las imágenes con la elegancia habitual en él. Se incluye, por cierto, algún guiño al respecto: en el televisor que Eddy regala a Osman y Samira aparecen cantando, durante unos segundos, Catherine Deneuve y Françoise Dorléac en un célebre número de Les demoiselles de Rochefort. Y, como todo el mundo sabe, la música del film de Jacques Demy la compuso también Legrand, aparte de que la Deneuve es la madre de Chiara Mastroianni, quien precisamente interpreta el papel de la circense Rosa en El precio de la fama.

Por último, atención a quienes no hayan visto todavía la película y sean dados a abandonar la sala antes de que acaben los créditos finales: una pequeña sorpresa nos hará ver que, ayer como hoy, todavía hay quien emula a Eddy y Osman...

domingo, 5 de julio de 2015

Luces de la ciudad (1931)




Título original: City Lights
Director: Charles Chaplin
EE.UU., 1931, 87 minutos




Para muchos, Luces de la ciudad es la mejor de las películas que realizara Chaplin, quizá por su delicadeza a la hora de mostrar la tierna relación que une a la violetera ciega con el vagabundo. Fue, en todo caso, la primera experiencia de Chaplin en el cine sonoro, algo a lo cual era, por cierto, bastante reacio. Creyendo que se trataba de una moda pasajera, se fue resistiendo todo lo que pudo hasta que no le quedó más remedio que rendirse a la evidencia. De todas maneras, su adaptación fue gradual: comenzó con efectos sonoros y musicales y no sería hasta 1940, fecha de estreno de El gran dictador, que rodase una película casi íntegramente dialogada.

Fiesta en casa del multimillonario


De cómo se burlaba Chaplin de las talkies (o películas habladas) hay un muy buen ejemplo al inicio de Luces de la ciudad: el alcalde y una ilustre dama de la alta sociedad se disponen a inaugurar un grupo escultórico; pero, llegado el momento de los 'discursis', lo que se escucha en lugar de sus pomposas palabras es un ridículo ronroneo, bastante explícito de lo que pensaba Chaplin sobre el escaso valor de la palabra frente a la imagen.

Probando suerte como boxeador


Aun así, supo sacarle un notable partido a los efectos sonoros desde el punto de vista de la comicidad. Por ejemplo, cuando, durante el transcurso de la fiesta en casa del millonario, Charlot se traga un silbato y, como consecuencia, chifla cada vez que tose. Aunque, respecto a los gags de Chaplin, a pesar de su innegable genialidad, un examen detallado de los mismos demuestra que a menudo recurría a las mismas ingeniosidades. Como en el caso de la silla que se retira justo en el momento en el que alguien está a punto de sentarse: además de en Luces de la ciudad, vemos la misma broma en El circo (1928) y en El gran dictador (1940). Sea como fuere, lo que queda claro es que a partir de Tiempos modernos (1936) la sensación de déjà vu se acentúa progresivamente en los films de Chaplin.

En fin, con o sin autoparodia, con o sin plagio de la banda sonora, quedarán para el recuerdo los acordes de la música del maestro Padilla en esta, según los títulos de crédito iniciales, entrañable "comedy romance in pantomime" que fue City Lights.


Con Virginia Cherrill
Estropeando la inauguración
Haciendo de barrendero
Salvando a Harry Myers

miércoles, 1 de julio de 2015

El circo (1928)




Título origial: The Circus

Director: Charles Chaplin
EE.UU., 1928, 69 minutos

El circo (1928) de Charles Chaplin


Los muchos avatares que siempre acucian al vagabundo le llevan, en esta ocasión, a trabajar en un circo cuyo propietario y maestro de ceremonias no cesa de humillar a su hijastra por no estar a la altura en su número de amazona. En realidad, se ceba con ella porque acude poco público al espectáculo y se desfoga haciéndole pagar los platos rotos. Charlot se convertirá en el payaso involuntario de la gala, aunque gracias a su carisma las gradas volverán a llenarse. La muchacha, de todas formas, se ha fijado en un apuesto funámbulo...

Haciendo de autómata junto al carterista

Chaplin construía sus películas a base de gags. En el caso de El circo los más célebres son, por ejemplo, el del bebé que comparte su bollo con el hambriento (y aprovechado) trotamundos; o la escena en la que se refugia en el laberinto de los espejos; o, incluso, cuando se hace pasar (con increíble verosimilitud, por cierto) por autómata en la feria. También es de vital importancia dentro de la trama el momento en el que Charlot camina sobre la cuerda floja, manteniendo en vilo a la concurrencia.

En la cuerda floja

Durante el rodaje, se proclamó un aparatoso incendio en los estudios que acabó con parte del material ya filmado, por lo que hubo que rehacer algunas de las escenas. Chaplin, además, debió superar no pocos problemas personales, como una crisis nerviosa que le obligó a guardar reposo durante un tiempo antes de finalizar la producción de un filme cuyo presupuesto casi alcanzó el millón de dólares y que en 1929 recibiría un Óscar especial por "la universalidad y por el genio de Chaplin como autor, actor, director y productor".

El número estrella de la función: "Platos rotos"

El circo fue la última película verdaderamente muda de Chaplin: Luces de la ciudad y Tiempos modernos también lo son al carecer de diálogos, aunque ya incluyen música y efectos sonoros. Aun así, cuando en 1968 se llevó a cabo la reposición de la película se le añadió la banda sonora compuesta por el octogenario Chaplin y una canción interpretada por él mismo que acompaña los créditos e imágenes iniciales ("Swing little girl") de conmovedora belleza ligeramente decadente.

Durante el rodaje de la escena final
La muchacha hambrienta

domingo, 15 de febrero de 2015

La quimera del oro (1925)




Título original: The Gold Rush
Director: Charles Chaplin
EE.UU., 1925, 69 minutos

La quimera del oro (1925)


De entre todas sus películas, La quimera del oro era quizá la preferida de Chaplin. Así lo afirmó en más de una ocasión. En 1942 realizaría, incluso, una versión sonorizada de la misma que incluía su propia voz como narrador de la historia. La quimera del oro es también la película que contiene dos de los números más célebres de Charlot. Uno es el de la bota que, debido a la acuciante hambre que padecen los dos buscadores de oro, se ven obligados a cocinar para, acto seguido, tener que comérsela. En realidad, la bota estaba hecha de regaliz y Chaplin rodaría de esa escena hasta 63 tomas distintas, pues a tal extremo llegaba su perfeccionismo. El otro gag por el que es recordado el filme es aquel en el que, sentado a una mesa preparada para celebrar la Nochevieja, el protagonista improvisa un baile con dos panecillos pinchados en sendos tenedores. Sencillamente genial. Tal fue el éxito que, cuenta la leyenda, cuando se mostró por vez primera la película en Berlín el público obligó al proyeccionista a rebobinar para verla de nuevo.

Aun así, The Gold Rush contiene otros momentos no menos memorables y que, sin embargo, se han visto eclipsados por la fama alcanzada por los otros dos. Por ejemplo, cuando "el buscador solitario" intenta ganarse un sobresueldo limpiando la nieve acumulada en la entrada de un comercio. Palada tras palada, la retira hechándola a sus espaldas, sin advertir que, de esta manera, está taponando el portal de la tienda contigua. Pero no importa: así tiene un pretexto para embolsarse otra propina y repite la misma acción con similar torpeza. Con todo, cuando descubre que el tercer umbral obstruido es el de la prisión local, lanza la pala al suelo y se marcha de allí precipitadamente. Y qué decir de la cabaña al filo del precipicio: otro instante sumamente divertido.

Entre los pormenores del accidentado rodaje, hay dos especialmente destacables: el primero es que, ya empezado este, Chaplin hubo de cambiar a la actriz protagonista (Georgia Hale sustituyó a Lita Grey), con lo que tuvo que reiniciar la filmación. El motivo no fue otro sino el embarazo de Lita Grey: para evitar ser acusado por abuso de menores, Chaplin se vio obligado a casarse con ella precipitadamente. La segunda de las anécdotas es que los 2500 extras que hacen de buscadores de oro en Alaska eran, en realidad, mendigos a los que se pagó un sueldo diario para que encarnaran dicho papel. Detalles como estos contribuyen todavía más, si cabe, a hacer de La quimera del oro un clásico con MAYÚSCULAS de la historia del cine.


domingo, 1 de febrero de 2015

Una mujer de París (1923)




Título original: A woman of Paris (A drama of Fate)
Director: Charles Chaplin
EE.UU., 1923, 78 minutos

"The Public Will Fight To See This!"

Una mujer de París (1923)


A woman of Paris
 (1923) fue el primer trabajo de Charles Chaplin para la United Artists, la productora de la que fue socio fundador junto a otros grandes de Hollywood. También fue la primera película que Chaplin dirigió sin actuar en ella, lo cual podría explicar que (a pesar del eslogan que precede a estas líneas) no obtuviera el habitual éxito de taquilla de sus demás títulos, ya que al gran público le costaba imaginar un filme de Chaplin sin Chaplin. Aun así, se cree que quizá es él quien interpreta fugazmente a uno de los operarios en la estación de tren.

La cinta narra la historia de la joven Marie Saint-Clair (Edna Purviance) y su novio Jean Millet (Carl Miller), vecinos ambos de una pequeña aldea francesa y que planean marcharse juntos a la Ciudad de las Luces para allí contraer matrimonio. La noche en que tienen previsto coger el tren, el padre de Jean fallece repentinamente, lo cual impide al joven acudir a la estación; ello tendrá como consecuencia que, sin que conozca los motivos de la ausencia de su prometido, Marie parta sola rumbo a París.



Un año más tarde, ella se ha convertido en la amante de un millonario, Pierre Revel (interpretado por el mítico Adolphe Menjou). En una ocasión es invitada a una fiesta, pero se equivoca de dirección y se topa con Jean, quien ahora es pintor, y éste le pide pintarle un retrato. Marie observa que Jean luce un brazalete negro y le pregunta que por quién lleva luto, momento que el muchacho aprovechará para contarle que su padre murió, siendo ésta la razón por la que no pudo emprender el viaje con ella. Acto seguido, le confesará que aún la ama.

Días después, Marie escucha por casualidad una conversación entre Jean y la madre de éste en la que él afirma no querer realmente casarse con ella. Marie regresa con Pierre y, al saberlo, Jean se suicida de un disparo. Finalmente, Marie regresa al campo, donde vivirá con la madre de Jean, cuidando huérfanos. Un día, montada en la parte trasera de una carreta junto a algunos de los niños, se cruzará en un camino con un lujoso descapotable en el que viaja Pierre, sin que ninguno de los dos lo advierta, mientras Pierre le explica a su chófer con su acostumbrada indiferencia no saber nada de Marie desde hace tiempo...


sábado, 31 de enero de 2015

El chico (1921)




Título original: The kid
Director: Charles Chaplin
EE.UU., 1921, 50 minutos

El chico (1921) de Charles Chaplin


Una joven soltera (Edna Purviance) acaba de dar a luz a un hijo no deseado. Con todo el dolor de su alma, decide dejar al niño dentro del elegante automóvil de una familia acomodada, junto a una breve nota en la que suplica que se hagan cargo de la criatura. Pero un par de ladrones que roban el coche abandonan al bebé en la esquina de un barrio pobre. Es allí donde lo encuentra un despreocupado e inocente vagabundo (Charlie Chaplin), quien, pese a que en varias ocasiones intenta deshacerse de semejante responsabilidad, se compadece de él y decide adoptarlo y asumir su educación.

El niño (Jackie Coogan), que recibirá el nombre de John, y su padre adoptivo sobreviven mediante divertidas pillerías, viviendo pobremente en un suburbio pero a la vez tranquilos y felices.

La madre, que con los años se ha convertido en una célebre y adinerada artista, intenta aplacar en parte el constante pesar por haber abandonado a un hijo, y suele visitar los suburbios para repartir juguetes entre los niños más necesitados; entre ellos está su chico. Cuando Edna descubre casualmente la nota que Chaplin había guardado tras tanto tiempo como única prueba de los orígenes de John, se da cuenta de que se trata del mismo niño que perdió. Finalmente, la madre y el niño se reencuentran y Chaplin es amistosamente recibido en la lujosa mansión.