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sábado, 1 de agosto de 2020

Un rodaje en el campo (1994)




Título original: Un tournage à la campagne
Directores: Jean Renoir y Alain Fleischer
Francia, 1936-1994, 85 minutos

Un rodaje en el campo (1994) de Jean Renoir y Alain Fleischer

La compleja trayectoria de estos materiales que Renoir filmó en el verano del 36, concretamente entre el 27 de junio y el 15 de agosto de aquel año, merece un breve comentario explicativo antes de comenzar. De entrada, porque la película resultante no se estrenaría comercialmente, en una versión inacabada de apenas cuarenta minutos, hasta una década después, una vez finalizados los avatares de la Segunda Guerra Mundial. Une partie de campagne, adaptación del relato homónimo de Maupassant, figura, desde entonces, entre los títulos más señalados de la filmografía de su autor y aun de la historia del cine.

Pero resulta que, todavía en 1994, la Cinémathèque Française presentó la selección que Alain Fleischer llevara a cabo a partir de diversas tomas descartadas, material que había sido depositado en dicha institución por el productor Pierre Braunberger en abril de 1962.



Queda, por tanto, claro que, con las imperfecciones propias de lo que no deja de ser un ensayo, Un tournage à la campagne ofrece la posibilidad de asistir a la génesis de una obra maestra, al tiempo que aporta una información extraordinaria sobre los métodos de trabajo de Renoir y su equipo (entre cuyos miembros figuraban, por cierto, y en calidad de asistentes, los futuros cineastas Jacques Becker y el italiano Luchino Visconti).

Una sucesión interminable de claquetas que preceden el inicio de cada escena, generalmente con los comentarios en off, de aprobación o condenatorios, del director, a través de la cual se irá esbozando la jornada dominical de una familia parisina dispuesta a solazarse a orillas de un riachuelo que parece surgido del universo pictórico de Renoir padre. Virtudes públicas y vicios privados de unos burgueses aparentemente decorosos cuya hipocresía quedará, sin embargo, en evidencia cuando la madre (Jane Marken) y la hija (Sylvia Bataille) se dejen seducir por los oportunistas Henri (Georges D'Arnoux) y Rodolphe (Jacques B. Brunius).


viernes, 31 de agosto de 2018

La gran ilusión (1937)




Título original: La grande illusion
Director: Jean Renoir
Francia, 1937, 109 minutos

La gran ilusión (1937) de Jean Renoir

Clásico entre clásicos, La gran ilusión de Renoir está en la base de muchas otras películas que vendrían después. Desde las tentativas de evasión por parte de presos minuciosamente entregados a excavar un túnel valiéndose de las herramientas más rudimentarias —The Great Escape (1963) de John Sturges o The Shawshank Redemption (1994) de Frank Darabont— hasta los alegatos pacifistas de Chaplin (el globo terráqueo de Hynkel en The Great Dictator iguala en patetismo poético al geranio del capitán von Rauffenstein) y Kubrick (el culto a la jerarquía militar por parte de los oficiales de Paths of Glory y la repulsa que ésta acabará suscitando en el coronel interpretado por Kirk Douglas se asemeja un tanto a la relación entre Boeldieu y su homólogo alemán). Más evidente aún, el embrión de la célebre escena de "La Marsellesa" en Casablanca (1942) estaba ya en la cinta de Renoir, así como el actor Marcel Dalio (Rosenthal), quien años más tarde sería el crupier del Rick's Café. Incluso el travestismo de Some Like It Hot (1959) hace acto de presencia cuando algunos internos organizan un número de vodevil para divertirse.

Y es que estamos hablando de palabras mayores: el presidente Roosevelt solicitó una proyección privada en la Casa Blanca; Goebbels declararía objetivos prioritarios a exterminar lo mismo al director que a su obra; que finalmente sería el primer filme extranjero en optar al Óscar a la mejor película. ¿Qué tiene La gran ilusión para haber llegado a generar tantas expectativas desde el mismo momento de su estreno?



Probablemente, Renoir acertó a tomar el testigo de Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, 1930) de Lewis Milestone, pero sólo en lo tocante al mensaje antimilitarista, llevando a cabo una verdadera proeza: un filme ambientado en la Primera Guerra Mundial que no contiene ni un solo combate. Y, lo que es más importante, demostrando que lo bélico no está reñido con el sentido del humor. Hombre de una inteligencia considerable, sus diálogos prefiguran la posterior causticidad de, pongamos por caso, un Billy Wilder. Baste mencionar, al respecto, el irónico silogismo mediante el que Boeldieu minimiza los inconvenientes de su condición de prisionero: "Un campo de golf es para jugar al golf. Una cancha de tenis es para jugar a tenis. Un campo de prisioneros es para escaparse..."

Aunque lo verdaderamente revolucionario de La gran ilusión es cómo Renoir opta por contagiar a sus personajes el espíritu fraterno del Frente Popular, por aquel entonces en el poder. Así pues, y en contraste con el clasismo obsoleto que defiende von Rauffenstein (Erich von Stroheim), los reclusos franceses se muestran solidarios entre ellos a pesar de poseer distintos orígenes sociales, de modo que el judío Rosenthal comparte con los demás los paquetes de comida que le envían sus familiares. Pero lo curioso del caso es que Renoir demuestra una enorme valentía al huir de los estereotipos imperantes, haciendo que sean personajes en los que a priori no cabría esperar actitudes altruistas los que nos sorprendan y viceversa: pese a hacer gala de un esnobismo aparente, Boeldieu no dudará ni un segundo en sacrificarse para que se salven sus hombres; la alemana Elsa (Dita Parlo) acoge en su granja a los dos fugitivos en lugar de delatarlos... Es, curiosamente, el obrero Maréchal (Jean Gabin) quien, en ocasiones, manifiesta una intransigencia considerable: como cuando le confiesa a Rosenthal que no acaba de sentirse cómodo con Boeldieu, de quien siente que todo les separa, o en el momento de la huida, cuando, disponiéndose a dejar tirado a su compañero, aquejado de una lesión en el pie, la letra de la canción que entona le hará sentir remordimientos de su repentino antisemitismo, al recordar que fue precisamente el pobre Rosenthal quien le socorrió en prisión cuando a él le faltaron los víveres.


domingo, 8 de julio de 2018

La golfa (1931)














Título original: La chienne
Director: Jean Renoir
Francia, 1931, 91 minutos

La golfa (1931) de Jean Renoir

Que Renoir era un cachondo mental lo demuestra el uso que hace de la ironía en sus películas, en especial en aquellas que el cineasta rodó en Francia durante la década de los años treinta. En La chienne, por ejemplo, adaptación de una novela de Georges de La Fouchardière (1874–1946) que Fritz Lang volvería a llevar a la pantalla años después con el título de Perversidad (Scarlet Street, 1945), asistimos a un cruel espectáculo en el que no se tiene la más mínima conmiseración hacia ninguno de los personajes que protagonizan la historia.

De entrada, el poco (o nada) agraciado Legrand (Michel Simon) padecerá las burlas de sus compañeros de oficina y, más tarde, las humillaciones de una temible esposa que ni comprende ni respeta su afición por la pintura. De ahí que acabe refugiándose en los brazos de Lucienne (la malograda Janie Marèse), aunque ése será el mayor sarcasmo de todos, ya que a la joven, subyugada por su chulo Dédé, no la mueve el amor sino el interés material.



En realidad, los guiñoles del prólogo ya nos habían advertido que "lo que vamos a ver no es ni un drama social ni tampoco una comedia moral, por lo que la película no pretende demostrar absolutamente nada". Razón de más para considerar una cruel broma del destino el hecho de que Legrand acabe mendigando por las calles de París junto al brigadier chusquero Godard (Roger Gaillard), primer esposo de Adèle (Magdeleine Bérubet), que prefirió hacerse pasar por muerto en la Gran Guerra para huir de su mujer y no de la contienda...

Segunda película hablada, tras Hay que purgar a Bébé, que dirigía Renoir, La golfa destaca por su peculiar uso del sonido directo, captado en plena calle a través de un complejo y pesado equipo en el que se intentaba amortiguar el ruido de las bocinas y los motores de los coches con la ayuda de mantas, colchones y otros elementos de similar factura.


martes, 25 de abril de 2017

Las películas de mi vida, por Bertrand Tavernier (2016)




Título original: Voyage à travers le cinéma français
Director: Bertrand Tavernier
Francia, 2016, 190 minutos



Cuando Bertrand Tavernier visitó Barcelona en junio del año pasado, le había quedado pendiente mostrar la que de momento es su última película: un monumental "viaje a través del cine francés", de más de tres horas de duración, cuyo preestreno oficial ha tenido lugar esta tarde/noche en la Filmoteca de Catalunya. Y el propio realizador, acompañado de Esteve Riambau, ha introducido el acto, precisamente hoy que cumple setenta y seis años.

Por el tono apasionado de sus palabras se desprende que para Tavernier pocas experiencias debe de haber más satisfactorias que la puramente cinematográfica. Desde la primera película que recuerda que le impactó (Dernier atout de Jacques Becker) hasta la última que comenta en su documental: Les choses de la vie (1970) de Claude Sautet. Todo en él destila un amor desaforado hacia el medio de expresión que supuso su educación sentimental, en el Lyon de finales de los cuarenta y, tiempo después, en un París en el que su vida girará en torno a la cinémathèque y a otras salas ya desaparecidas.

Se disculpa por las omisiones (a fin de cuentas, el suyo es un periplo profundamente personal) y de entre la pléyade de estrellas objeto de su atención destaca una en particular: la de aquel Jean Gabin que fue capaz de comprometerse hasta las últimas consecuencias con los valores del Frente Popular. Hay también palabras de elogio para Jean-Pierre Melville, al que pinta como un personaje tan entrañable como estrafalario. No así Renoir, quien a pesar de su genialidad parece ser que coqueteó con el régimen de Vichy.

Durante el rodaje en la biblioteca de la Fundación Jérôme Seydoux-Pathé


Mención especial merecen los compositores de bandas sonoras, cuyo trabajo, a menudo injustamente olvidado, se reivindica aquí como uno de los puntales del cine francés. Así pues, los nombres de Georges Auric (en opinión de Tavernier, precursor de Morricone en partituras como El salario del miedo), Arthur Honegger, Antoine Duhamel, Georges Delerue... irán desfilando para dar cumplida noticia de lo más granado de sus respectivas filmografías. Aunque el cineasta considere a Joseph Kosma (1905–1969) el más francés de todos, a pesar de haber nacido en Hungría.

Y ante tanto derroche de erudición cinéfila uno no tiene más remedio que preguntarse: ¿hasta cuándo habrá que esperar a que alguien se digne a hacer algo similar con el cine español...?

Tavernier en el solar que ocupó la casa de sus padres en Lyon

domingo, 8 de enero de 2017

El crimen de Monsieur Lange (1936)












Título original: Le crime de Monsieur Lange
Director: Jean Renoir
Francia, 1936, 80 minutos



¿Qué tendría 1936 cuando dos películas estrenadas justo ese año, de dos de los cineastas más importantes de la historia, acaban con una pareja avanzando de espaldas hacia el horizonte? De entrada, una efervescencia social y política que sugirió la misma metáfora a Chaplin y a Renoir a la hora de expresar en imágenes la idea de esperanza.

Podría pensarse que el final de Modern Times se inspira en el de Le crime de Monsieur Lange (¿acaso no plagió Chaplin la cadena de montaje de À nous la liberté de René Clair?), aunque el mes exacto que separó el estreno de cada una (24 de enero la francesa y 25 de febrero la producción americana) no parece tiempo suficiente para ello.



En todo caso, y al margen de la coincidencia, el largo flashback mediante el que Valentine (Florelle) relata a la concurrencia los motivos por los que Amédée Lange (René Lefèvre) mató al perverso Batala (Jules Berry) no deja de ser una forma irónica de justificar el asesinato de un patrón en tiempos del Frente Popular. A fin de cuentas, la historia que conocemos es la versión que da la muchacha de lo ocurrido y, por tanto, susceptible de ofrecer un punto de vista interesado en el que se alteren sensiblemente los hechos con tal de salir impunes de la acusación. Lo curioso es que ni a los parroquianos que la escuchan ni a nosotros mismos parece importarnos demasiado, de manera que se da por sentado que realmente Batala cometió tales y tantas tropelías que su muerte queda más que justificada en un acto de justicia poética.

Lo cual nos viene de perlas para terminar recordando que fue precisamente un poeta, el inmortal Jacques Prévert, quien colaboró en la escritura del guion de este clásico del cine francés por el que no pasan los años.


viernes, 5 de febrero de 2016

Toni (1935)




Director: Jean Renoir
Francia, 1935, 81 minutos

Toni (1935) de Jean Renoir


Inspirándose en el idílico mundo rebosante de mojigatería de Marcel Pagnol, Jean Renoir supo sin embargo crear un filme de bellas imágenes a partir de las pasiones de los inmigrantes italianos y españoles que vivían y trabajaban en el Midi francés. A pesar de las interpretaciones más bien maniqueas de los actores, de la (vista desde hoy) un tanto rudimentaria puesta en escena y de la candorosa historia que narra, Toni (1935) sigue siendo una película que se adelantó en diez años al neorrealismo. Porque Renoir es mucho Renoir y decir Renoir es casi tanto como decir CINE, con las mayúsculas de quien posee el don del humanismo. De hecho, el verismo de Toni coincide con un dato en apariencia anecdótico pero altamente revelador: Luchino Visconti fue uno de los ayudantes de dirección que trabajó en el rodaje, lo cual podría explicar que más tarde, de regreso a su país, aplicase en sus primeros filmes lo que junto a Renoir aprendió. 

En todo caso, la estructura circular de Toni presenta a unos obreros italianos que llegan en tren a su destino, cantando alegremente como lo harán los que tomen el relevo en el plano final. La historia se repite y quizá otros Tonis tengan mejor suerte que el Antonio Canova protagonista que acabamos de ver sucumbir inútilmente. Quedarán para el recuerdo, sin embargo, escenas de belleza indeleble, como la despechada Marie (Jenny Hélia) remando sobre las aguas que reflejan nítidamente su trágica silueta o la ardiente Josefa (la mejicana Celia Montalván) empuñando el revólver que la liberará del odioso patrón...





viernes, 15 de enero de 2016

Esta tierra es mía (1943)




Título original: This Land Is Mine
Director: Jean Renoir
EE.UU., 1943, 103 minutos

Esta tierra es mía (1943), de Jean Renoir


Segunda película oficial de Renoir en Hollywood (la primera había sido Aguas pantanosas en 1941) o tercera si se tiene en cuenta su aportación no acreditada en Mi encantadora esposa (Bruce Manning, 1943). En el caso de que fuera necesario etiquetar de alguna manera el contenido de Esta tierra es mía deberían utilizarse palabras como colaboracionismo, Resistencia, ocupación, valentía...

Lejos de su Francia natal por motivos obvios, el director pretende con este filme poner su grano de arena en la lucha contra el nazismo y el gobierno de Vichy, resultante de la firma del armisticio con los alemanes el 22 de junio de 1940. Se trata, sin duda, de uno de los episodios más vergonzantes de la historia de aquel país y a Jean Renoir le duele ver cómo el mariscal Pétain ha creado un régimen de marcado perfil autoritario.

Con este contexto, se comprenderá por qué el maestro de escuela Albert Lory (Charles Laughton) es un hombre apocado bajo la influencia castradora de su madre: simboliza a todos aquellos ciudadanos de la zona "libre" del Estado Francés que no han sido capaces de rebelarse contra una autoridad que ha entregado la nación al enemigo. Es muy significativa, al respecto, la escena que muestra a Lory llorando en el refugio antiaéreo durante un bombardeo, puesto que con ella se pretende subrayar la cobardía de quien debiera dar ejemplo de entereza frente a sus alumnos.

Charles Laughton y Maureen O'Hara

Sin embargo, la evolución posterior de los hechos pondrá a Albert en la tesitura de tener que sacrificarse por el bien de la comunidad. En uno de los finales más emotivos del cine de aquel periodo, junto con el de El gran dictador, Albert Lory acabará leyendo en clase la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Acto seguido será conducido frente al pelotón de fusilamiento... Pero el suyo es un sacrificio cargado de esperanza, porque en los cien minutos que dura la película se ha obrado el milagro en pantalla y el que era un vulgar pusilánime es ahora un héroe para la causa, como lo serán todos aquellos que vean su historia en todo el mundo.

Algo similar es lo que acontece con Louise Martin (Maureen O'Hara): ha malgastado su tiempo en una relación con George Lambert, un hombre estirado y pedante que acabará delatando a su hermano (hemos visto a George Sanders interpretar a ese tipo esnob en incontables ocasiones). Cuando, demasiado tarde, sea consciente de la inocencia de Albert, Louise estallará en lágrimas, pero la lucha habrá ganado otra adepta.

Del estrambótico Mayor Erich von Keller (Walter Slezak) baste decir que su rígido brazo postizo hace pensar en el que, años más tarde, el actor Fernando Delgado lucía en La prima Angélica (1974) escayolado y haciendo un forzado saludo fascista.

El mítico Alfonso Sánchez dijo de Jean Renoir que "siempre se adelantó varios años al cine de su tiempo. [...] El amor al hombre preside toda su obra. En los filmes de Renoir todos los personajes tienen sus problemas, pequeños o grandes. [...] Inserta el drama personal en el contenido social, participa en todos sus sentimientos, obliga al espectador a inmiscuirse en los personajes. [...] Su sentido visual revoluciona la realización clásica. [...] Renoir es por sí mismo la iniciación al cinema moderno" (Iniciación al cine moderno, volumen I, Editorial Magisterio Español, Colección Novelas y cuentos, 112, Madrid, 1972, páginas 24, 25, 27 y 29).

Jean Renoir (1894-1979)

viernes, 4 de septiembre de 2015

Elena y los hombres (1956)




Título original: Elena et les hommes
Director: Jean Renoir
Francia/Italia, 1956, 95 minutos

Elena y los hombres (1956).
Los hombres no son más que marionetas en sus manos.


En las comedias de Jean Renoir suele respirarse un cierto aire ácrata, como si lo que realmente se pretendiera no fuera tanto entretener al espectador sino dinamitar los cimientos de los valores burgueses. Así sucede en, por ejemplo, La règle du jeu (1939), Una partida de campo (1936), La carroza de oro (1952) y tantas otras.

En el caso de Elena y los hombres lo que se pone en práctica es un hábil juego de vodevil ambientado en el París de la Belle époque, en el cual hasta tres pretendientes distintos se rifarán los amores de la bella e impetuosa princesa polaca Elena Sokorowska (Ingrid Bergman).

Los personajes entran, salen, se persiguen, gritan, ríen... al compás exultante de las bandas militares que amenizan los desfiles del 14 de julio. La muchedumbre aclama a este o a aquel general. Y en un clima de euforia continua, la princesa va flirteando ahora con uno ahora con otro, dejándose galantear y enloqueciéndolos a todos.

Con el general François Rollan (Jean Marais) Elena se acercará a los entresijos del poder e incluso a una tentativa de golpe de Estado, aunque finalmente "sucumba" a los encantos del conde Henri de Chevincourt (Mel Ferrer).

En lo referente al plano técnico, Renoir delegó la dirección de fotografía en su sobrino Claude. Quizá porque todo queda en familia, lo cierto es que el colorido de las imágenes, unido al vestuario diseñado por Rosine Delamare y Monique Plotin, hace que tengamos la impresión en no pocas escenas de encontrarnos frente a un lienzo de Pierre Auguste, el patriarca del clan.

La banda sonora corrió a cargo del compositor de origen húngaro Joseph Kosma, del que hablábamos hace unos días por su participación en Calle Mayor de Bardem, y que ya había trabajado a las órdenes de Renoir en títulos emblemáticos como El crimen de Monsieur Lange (1936), La gran ilusión (1937) o La Marsellesa (1938).

Uno de los atractivos destacables de la película es la intervención, en un breve papel, de la musa de los existencialistas: la cantante Juliette Gréco, quien da vida a la gitana Miarka e interpreta la canción "O Nuit", con musica de Kosma y letra del propio Jean Renoir.

Ingrid Bergman y Mel Ferrer