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sábado, 19 de noviembre de 2022

Los ases buscan la paz (1955)




Director: Arturo Ruiz-Castillo
España, 1955, 83 minutos

Los ases buscan la paz (1955)


Cuenta la leyenda que el antiguo estadio de Les Corts se quedó pequeño gracias a Ladislao Kubala (1927-2002), si bien lo cierto es que el mencionado recinto, hoy desaparecido, ya se llenaba antes de que el futbolista húngaro fichase por el Barça. En todo caso, la anécdota refleja con precisión hasta dónde llega la aureola mítica que rodea la figura de uno de los jugadores que más honda huella dejaron en el club azulgrana, cuya camiseta defendería entre 1950 y 1962. Tanto es así que, apenas unos años después, el delantero fue objeto de un curioso biopic titulado Los ases buscan la paz (1955).

El diseño del cartel de la película, con el nombre del jugador en mayúsculas, destacado en rojo y entre signos de admiración, no deja lugar a dudas sobre cuál era el verdadero reclamo a la hora de promocionar un producto en el que, en realidad, se hablaba poco de fútbol y mucho de política. A este respecto, el director Arturo Ruiz-Castillo plantea la historia en unos términos inequívocamente anticomunistas, subrayando la condición de víctima de una estrella sobre la que aún se cierne el veto de las autoridades deportivas húngaras.



Sin embargo, y desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, la cinta responde a la fórmula habitual de un subgénero en el que, además de la vertiente dramática, lo mismo tenían cabida las habilidades balompédicas del ídolo homenajeado, con imágenes de archivo de sus encuentros contra varios equipos españoles, entre ellos el Valencia, que breves apuntes coreográficos a cargo de una jovencísima Irán Eory, quien interpreta el papel de Érika.

El caso es que Kubala no lo hace nada mal como intérprete (por lo menos, no actúa peor que sus compañeros de reparto) y los episodios más sobrecogedores de su accidentado periplo hasta recalar en Barcelona, previo paso por Viena y Roma, tienen una réplica hasta cierto punto cómica en el personaje de Antonio Ozores, una especie de ruso apátrida que huyó con él de Budapest junto con el decadente Barón von Schauffer (Mariano Asquerino) y la ya mencionada bailarina cíngara. Toda una disparidad de elementos, no siempre en consonancia, pero que, por ello mismo, daban como resultado un filme capaz de entretener a espectadores de muy diversa índole.



sábado, 23 de febrero de 2019

El arte de no casarse (1966)




Directores: Jorge Feliu y José María Font
España, 1966, 95 minutos

El arte de no casarse (1966) de Feliu y Font


Hace algunos meses (concretamente en julio de 2018) ya tuvimos ocasión de comentar la otra película que, junto con ésta, forma el peculiar díptico que llevaron a cabo los catalanes Jordi Feliu y Josep Maria Font-Espina en torno al siempre controvertido mundo del matrimonio. Lo que entonces dijimos sirve, en buena medida, para El arte de NO casarse, aunque, tratándose de nuevo de un filme de episodios, vale la pena incidir en aquellos aspectos que hacen de él un impagable documento histórico.

Sin duda, aventurarse por los nada halagüeños vericuetos del franquismo sociológico puede acarrear un severo dilema de conciencia al más pintado de entre los millennials (se han descrito, incluso, casos de urticaria aguda) y la abundante literatura médica al respecto corrobora, con inusitada unanimidad, hasta qué punto el enfrentarse, a día de hoy, con este tipo de cine suele arrojar un balance terrible, tanto para la cinta en cuestión como, sobre todo, para las nuevas hornadas de espectadores, que ya no pillan ni la mitad de alusiones a un tiempo y a una realidad felizmente pasados.

No caigamos, sin embargo, en el error de masacrar El arte de no casarse porque, vista al trasluz del sentir actual, se nos aparece como un alegato machista y misógino de mal gusto: las situaciones de sus cuatro episodios, llevadas al extremo de la parodia, aportan cuantiosos datos a propósito de las fantasías que ofuscaban o excitaban el pensamiento de una generación (la del landismo) cuyo estrecho horizonte vital venía predeterminado por lo que las autoridades militares y eclesiásticas dictaban en lo tocante al sexto mandamiento.

Dibujos de Mingote que preceden a cada uno de los episodios


Véase, si no, lo que llega a decir todo un licenciado en derecho, el personaje que interpreta Alfredo Landa en "El no de las niñas", primero de los cuatro capítulos de que consta la película: "En nuestro país existen montones de leyes que defienden a las mujeres solteras que se suponen víctimas de los hombres. Ya lo creo, ¡no faltaba más! ¡Pero ni un solo artículo, señores, ni uno solo defiende al hombre que se ve atacado, asediado, bloqueado por las mujeres! Bueno, quizá tenga razón la ley, porque, en realidad, en nuestro país, no hay señoritas solteras. ¡Qué va! Eso es utopía. Lo único que hay son... señoritas casaderas. Señoritas casaderas que viven resentidas y odiando ferozmente a los hombres. Hasta que pescan a uno. Luego, ¡ah!, luego..., luego lo ignoran para el resto de su vida."

Desde luego, no hay que perder de vista que estamos ante una comedia. Pero no menos cierto es que, entre bromas y veras, se dejan caer perlas que, como la anterior, dibujan con claridad meridiana un tipo de humor basado en ridiculizar lo socialmente establecido, ya sea desde la óptica de un joven de provincias; la del apocado heredero de un marqués moribundo ("Réquiem"); la del dueño de una tienda de ultramarinos a la pesca de alguna sueca durante los quince días de sus vacaciones de invierno ("La última tarde de consolación") o la de un pueblerino holgazán que logra ser el mantenido de varias criadas haciéndose pasar por cabo de infantería ("El soldadito").