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jueves, 25 de marzo de 2021

Pilar Guerra (1926)




Director: José Buchs
España, 1926, 63 minutos

Pilar Guerra (1926) de José Buchs


En el norte de España, a orillas del mar Cantábrico, se encuentra el pintoresco (e imaginario) pueblo de Aráceli. Su joven maestra, Pilar Guerra (interpretada por María Antonieta Monterreal), mantiene una relación afectiva con Luciano (Juan de Orduña), el hijo del alcalde. Aunque el orgulloso e intransigente don Javier (Modesto Rivas) se opondrá tajantemente a la unión en matrimonio de su primogénito con una simple profesora, por lo que recurre a sus influencias para que a ella la envíen a otro destino. 

Sin embargo, una vez en Madrid, Pilar no podrá incorporarse a su nueva plaza, ya que Ramona (María Comendador), la vieja y fiel criada que ha cuidado de ella desde que, siendo apenas una niña, se quedó huérfana, cae gravemente enferma, por lo que la muchacha se ve obligada a sobrevivir posando como modelo (ocupación más bien deshonrosa en aquella época) para el escultor Ángel Roberto (Rafael Calvo).



Basada en la novela homónima de Guillermo Díaz-Caneja, Pilar Guerra (1926) contiene un cierto e insólito feminismo avant la lettre (véase, por ejemplo, la escena en que la heroína se atreve a plantarle cara al cacique hasta el punto de echarlo de casa) que, muy probablemente, fue la razón de que la película, pese a la modernidad de su planteamiento, en el que el amor triunfa por encima de los convencionalismos sociales, pasara desapercibida en el momento de su estreno.

Hoy, debidamente reconstruida bajo los auspicios de Filmoteca Española y gracias, sobre todo, al tesón de Luciano Berriatúa, la cinta nos ofrece un fresco inestimable a propósito de los salones de la alta sociedad en un momento de la historia de España en el que se estaban fraguando los cambios que, en apenas unos años, cristalizarían en la proclamación de la Segunda República. De ahí el carácter independiente de la protagonista, una mujer fuerte (sintomáticamente apellidada Guerra) dispuesta a luchar contra todas aquellas adversidades que se presenten en su camino.



lunes, 17 de abril de 2017

Aventuras de don Juan de Mairena (1948)




Director: José Buchs
España, 1948, 97 minutos



Corría la primera mitad del siglo diez y nueve... A partir del año 1831, la impopularidad de Fernando VII se destacó con las más agudas y turbulentas aristas. El reconocimiento de doña Isabel como princesa de Asturias, no admitido por el infante don Carlos, el cruel sistema de represiones y la inestabilidad de los Gobiernos crearon un ambiente turbio y tenebroso entre cuyas sombras se fortalecieron las conspiraciones, surgiendo entre ellas algún tipo romántico y audaz semejante a este sevillano don Juan de Mairena, cuyas aventuras sirven de tema para la presente película.

Contrariamente a lo que pudiera pensarse, el don Juan de Mairena que da título a esta película nada tiene que ver con el apócrifo profesor creado por Antonio Machado algunos años antes. En este caso, más que por su sabiduría, el apuesto protagonista interpretado por Roberto Rey destaca debido a una intrepidez y rectitud a prueba de bombas. Y como acostumbra a suceder con el héroe arquetípico en multitud de ocasiones, este don Juan lleva una doble vida: respetable prócer en la Sevilla decimonónica y, a la vez, bandolero enmascarado valedor de la causa liberal.



Este último detalle poco o nada tiene de inocente: a fin de cuentas, no hay que olvidar hasta qué punto la censura franquista gustaba servirse del pasado para justificar la existencia del Régimen en el presente. Y, claro, que un partidario de Torrijos y detractor de Fernando VII sufragase los dispendios liberales mediante ingresos obtenidos a través de actividades delictivas no dejaba de ser una forma de demonizarlo, por más simpático que se lo pinte después. No es el único elemento de este tipo que puede hallarse en el guion: Jacobo (Manrique Gil) es caracterizado, por ejemplo, como un pérfido usurero de perilla puntiaguda. Además de ser uno de los antagonistas de la historia, como severo tutor de la pobre Isabel (Lolita Vilar), su ocupación y nombre ponen de manifiesto el origen hebreo del personaje, de lo que se deduce, en este caso, un contubernio más judaico que masónico. Al que cabría añadir, como dato igualmente significativo, el hecho de que el menos fiel de los bandidos que integran la partida de Mairena sea apodado precisamente El Rojo...

Por lo demás, y según era costumbre en el cine español de los años cuarenta y cincuenta, Aventuras de don Juan de Mairena respondía al patrón de película construida con elementos autóctonos a partir de esquemas típicos del wéstern americano. Así pues, aparte de los ya mencionados bandoleros, no podían faltar los números musicales folclóricos de inspiración flamenca ni las persecuciones a caballo ni, menos aún, el criado gracioso que sirve de contrapunto cómico a su señor, en esta ocasión el saleroso Curro Cañas encarnado por el actor Antonio Ibáñez.

Roberto Rey (don Juan) y Lolita Vilar (Isabel)