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martes, 7 de noviembre de 2023

Saben aquell (2023)




Director: David Trueba
España, 2023, 117 minutos

Saben aquell (2023) de David Trueba


Que un madrileño como David Trueba, con la que está cayendo, se aventure a rodar una película en catalán pone de manifiesto la altura moral de un tipo cuyo criterio queda muy por encima de según qué prejuicios. Aunque el idioma no debería ser nunca lo más relevante cuando los asuntos que se narran poseen suficiente fuerza por sí mismos. Y eso es precisamente lo que ocurre con Saben aquell (2023), biopic a propósito de Eugenio que elude la tentación de limitarse al carácter cómico del personaje para, en cambio, profundizar en el drama interior del hombre público.

Si después de la transmutación que lleva a cabo David Verdaguer, impecable en su forma de encarnar al célebre humorista, no le conceden el Goya al mejor intérprete masculino, quedará por completo probada la absurdidad de los premios cuando éstos no van a parar a su justo merecedor. El caso es que su tono de voz, así como la imperturbabilidad con la que adorna al protagonista, producen la ilusión de estar frente al auténtico Eugenio, aquél que arrasaba a principios de los ochenta vendiendo casetes con sus chistes.



Sin embargo, el meollo de la trama no reside tanto en la faceta artística de alguien que iba para joyero antes de que el destino le llevase por otro camino muy distinto, sino la historia de amor que le unió a Conchita (Carolina Yuste) cuando ambos decidieron formar el dúo musical Els dos. Y no es que obtuvieran precisamente un éxito rotundo con sus canciones. Fue más bien que al respetable, a veces tan cruel, le gustaron más las ocurrencias del barbudo circunspecto sempiternamente vestido de negro, hasta el extremo de convertirlo en un fenómeno de masas.

Hay un momento, hacia el final, en el que Eugenio sentencia que ha sido un mal padre, un mal hijo, un mal hermano y, sobre todo, un mal marido. Sentimiento de culpa que contrasta vivamente con la inmensa popularidad que adquiere a partir de sus incursiones televisivas en espacios como el Un, dos, tres... responda otra vez (genial el cameo de Paco Plaza haciendo de Chicho Ibáñez Serrador) o el magacín de Mónica Randall, que se interpreta a sí misma en otra fugaz aparición. De lo cual se deduce, por irónico que parezca, hasta qué punto lo profesional acabó interfiriendo en la estabilidad personal y familiar de un individuo bastante más frágil de lo que, a simple vista, su imagen pudiera dar a entender.



sábado, 3 de octubre de 2020

Amanece, que no es poco (1989)




Director: José Luis Cuerda
España, 1989, 110 minutos

Amanece, que no es poco (1989)
de José Luis Cuerda


De llevarse a cabo una encuesta para dilucidar cuál sería la película más extravagante en toda la historia del cine español, es muy probable que dicho "honor" le correspondiera a la inefable Amanece, que no es poco (1989). Su director y guionista, el albaceteño José Luis Cuerda, nos dejaba en febrero de este año, legando para la posteridad una docena de largometrajes de ficción (más algún que otro trabajo televisivo), de entre los que éste sea, quizá, el que más a menudo ha merecido la etiqueta de filme de culto. En realidad, Cuerda ya venía ensayando la comedia coral desde su debut en la gran pantalla con Pares y nones (1982), una típica trama desenfadada de enredo amoroso a varias voces. Planteamiento al que, un año más tarde, con la realización del telefilme Total (1983), añadiría ese genuino toque campestre tan característico de buena parte de su filmografía, consolidado posteriormente gracias al éxito de la adaptación cinematográfica de El bosque animado (1987).

Un padre y un hijo (profesor en la universidad de Oklahoma) que viajan en moto con sidecar, un pastor mandinga que da placer sexual a las esposas de los aldeanos, un borracho que se desdobla sin darse cuenta, un guardia civil con acento catalán, el hortelano que dedica una sentida oda a la calabaza, el maestro que enseña la lección a ritmo de góspel, disidentes soviéticos que asisten al alzamiento de ostia en la misa de doce, intelectuales que plagian a Faulkner, una asamblea de mujeres que decide quiénes se presentan a puta, adúltera y marimacho en las elecciones municipales... Situaciones, a cuál más insólita, que explicarían por qué se ha abusado tanto del término surrealista a la hora de intentar definir (o, por lo menos, clasificar en alguna categoría conocida) el peculiar sentido del humor presente en los diálogos de Amanece, que no es poco. "Parece lo de siempre, pero es lo nunca visto...", advertía su eslogan publicitario (véase, más arriba, el cartel de la película). En efecto, quien decidiere aventurarse por los vericuetos de este microcosmos carpetovetónico descubrirá que ni las acciones ni lo que dicen sus múltiples personajes resulta tan absurdo como, en principio, cabría esperar.



Hay, en primera instancia, una impronta netamente berlanguiana, heredera del modelo establecido a partir de ¡Bienvenido, Míster Marshall! (1953). De hecho, no sólo el reparto está constituido por la misma generación de secundarios (los irrepetibles "Saza", Manuel Alexandre, Chus Lampreave, Cassen...), sino que el personaje del alcalde (Rafael Alonso), con el recibimiento multitudinario que la población dispensa al "munícipe por antonomasia" y las palabras que éste dirigirá después a los exaltados vecinos que se congregan en la plaza del pueblo, remiten inevitablemente al discurso que Pepe Isbert pronunciaba desde el balcón consistorial de Villar del Río. La diferencia, sin embargo, estriba en el hecho de que, si en los cincuenta se entonaba aquello de "¡Americanos, os saludamos con alegría!", ahora el alcalde pilla por la solapa al portavoz de los "futuros líderes que ejerzan el poder omnímodo" (Gabino Diego) para espetarle un áspero: "¡A mí no me jodáis vosotros los americanos!"

Por otra parte, y aunque en menor grado, se aprecia, asimismo, una ligera nota italianizante en detalles como los hombres que brotan de la tierra o en medio de un campo de coles (caso del personaje interpretado por Ferran Rañé), así como por la afición a levitar de algunos parroquianos, elementos, ambos, que ya estaban presentes en Miracolo a Milano (1951) de De Sica. Con todo y con eso, lo que acaba predominando, y que su director desarrollará ampliamente en las posteriores Así en el cielo como en la tierra (1995)Tiempo después (2018), es la sátira local: una forma sutil (o no tan sutil) de parodiar la idiosincrasia nacional, en clave manchega, que la imperante obsesión por lo políticamente correcto haría inviable en un panorama como el actual. Aun así, y a la espera de esclarecer si todos somos contingentes, lo que sí queda meridianamente fuera de toda duda es que la capacidad de reírse de uno mismo sigue siendo, hoy más que nunca, necesaria.



lunes, 6 de enero de 2020

Morir en San Hilario (2005)




Directora: Laura Mañá
España, 2005, 95 minutos

Morir en San Hilario (2005) de Laura Mañá


Más contenida que Sexo por compasión (2000), aunque igualmente deudora del universo de lo real maravilloso, Morir en San Hilario tenía quizá menos de García Márquez y más de Juan Rulfo. En ese sentido, siendo célebre el pueblo en el que transcurre la acción por su cementerio, la referencia a la mítica Comala parece más que evidente. Y no porque sus habitantes sean fantasmas, sino porque el lugar ni siquiera aparece en los mapas. 

Una confusión se encargará del resto: a "el piernas" (Lluís Homar), prófugo de la justicia más bien torpe que se ha fugado con cien millones, lo toman por Germán Cortés, pintor nonagenario que fallece, antes de lo previsto, en el tren que lo lleva a San Hilario para cumplir con su última voluntad... Un hombre que se acaba transformando en otro por el amor de una mujer (Ana Fernández). Una metamorfosis que llevará al rudo gánster a interesarse por la pintura y hasta a la confección de un mural "abstracto".



Sin embargo, otros referentes al margen de los estrictamente literarios parecen adivinarse en el guion de Laura Mañá, desde el recibimiento dispensado en la estación del pueblo a su próximo difunto por la comitiva de don Mariano (Ulises Dumont), y que hace pensar de inmediato en la de ¡Bienvenido, Míster Marshall! (1953), hasta ese villorrio medio espectral medio necrófilo perdido en mitad de la nada cuyos habitantes disfrutan de una paz que recuerda a la del Shangri-La de Lost Horizon (Frank Capra, 1937) o a la de la disparatada Amanece, que no es poco (José Luis Cuerda, 1989).

Rodada en la provincia de Jujuy (Argentina), los vecinos de San Hilario se expresan, no obstante, con una mezcla de acentos que denota su heteróclita procedencia. Forman, quizá sin ser muy conscientes de ello, una especie de secta a la que en breve llegará un intruso, como ocurría en Único testigo (Peter Weir, 1985), que termina haciendo suyos unos usos y costumbres que comportarán su propio sacrificio en aras de la supervivencia de la comunidad, pero también que se deshiele el corazón de la viuda Esther.


viernes, 27 de diciembre de 2019

La vida empieza hoy (2010)




Directora: Laura Mañá
España, 2010, 90 minutos

La vida empieza hoy (2010) de Laura Mañá


-Abuelo, ¿por qué son tan complicadas?
-Porque les hablamos poco...

La tercera entrega de este monográfico que estamos dedicando a Laura Mañá nos permite fijar ya algunas constantes en su filmografía como directora. Por ejemplo, un interés manifiesto hacia el sexo, entendido como necesidad básica y saludable que requiere, por tanto, de grandes dosis de pedagogía para evitar y/o sobreponerse a los peligros de cualquier tipo de represión. O, en claro contraste (por aquello del eros y thánatos), la obsesión por la muerte y los estragos de la senectud. Por último, una defensa continua y destacada de los derechos de la mujer, sin que ello comporte animadversión alguna hacia los hombres.

De todo ello hay un poco en La vida empieza hoy, escrita en colaboración con Alicia Luna y excelente muestra de hasta qué punto una comedia coral puede ser dinámica, pero también reivindicativa. Porque sus protagonistas, la mayoría pertenecientes a la denominada tercera edad (que es ese eufemismo con el que evitamos pronunciar la palabra vejez), reclaman —¿o, más bien, nos recuerdan?— que la libido sigue viva más allá de los setenta.



Y, en clara oposición a Juanita (Pilar Bardem), Herminia (Sonsoles Benedicto) o Julián (Osvaldo Santoro), se hallan los familiares de éstos, incapaces, en muchos casos, de concebir que sus padres, antes que ancianos, siguen siendo personas que sienten y aman. Aunque hay otros, caso de Pepe (Lluís Marco), que primero tienen asuntos pendientes que resolver consigo mismos, ya sea porque necesitan aprender a desenvolverse en su recién estrenada condición de jubilados, ya sea porque, con el pretexto de cuidar de los nietos, han descuidado su relación de pareja durante demasiado tiempo.

Animando al personal está Olga (Rosa Maria Sardà), esa profesora espontánea y desenvuelta que anima a sus veteranos alumnos del cursillo de sexología a que se reserven veinte minutos diarios para practicar alguna actividad que les resulte placentera. Unos optarán por entablar una nueva relación con alguna septuagenaria de buen ver o por establecer complicidades con un nieto adolescente; otros, por zamparse tres raciones de tarta de chocolate. Aunque la más original, a este respecto, es la siempre díscola Juanita, dispuesta a separarse de su marido difunto y hasta a marcharse de este mundo en autobús.





viernes, 26 de julio de 2019

El payaso y el Führer (2007)




Título original: El pallasso i el Führer

Director: Eduard Cortés
España, 2007, 95 minutos

El payaso y el Führer (2007) de Eduard Cortés


Soy el payaso, y mi misión es convertir la tristeza humana en alegría. Soy el payaso, y mi deber es —no importa lo que yo mismo sienta hacer olvidar a los demás sus penas y desgracias. La pista me espera siempre. Soy el payaso, y no tengo derecho a quejarme si siento hambre, ni a llorar en el caso de perder uno de los míos, ni a acompañarle en su último viaje. Soy el payaso, y debo reír, incluso cuando llora mi corazón.

Charlie Rivel
Pobre payaso (1971)
Traducción de Ebbe Traberg

Estrenada en el Teatre Nacional de Catalunya dentro del proyecto T6, la pieza Uuuuh! (2005), del dramaturgo Gerard Vázquez, obtuvo un sonado éxito de crítica y público que se vería recompensado con el Premio Butaca al mejor texto teatral en 2006, amén de quedar finalista al Premio Max de las Artes Escénicas en 2007. De ahí el interés del productor Xavier Atance en adaptar la obra a la pequeña pantalla y convertirla en un telefilme dirigido por Eduard Cortés.

El origen escénico de El pallasso i el Führer se pone enseguida de manifiesto por su reducido elenco de actores, así como por las réplicas brillantes de los diálogos. Un convincente Ferran Rañé se mete en la piel del célebre Charlie Rivel, acompañado por Jordi Martínez (Witzi) y Pere Arquillué (Golo) en el rol de partenaires. Manel Barceló, en cambio, es el inquietante Krauss, líder de la Gestapo cuyo instinto sanguinario no impide unas ciertas y toscas veleidades artísticas.

"¡Uuuuh!"

Ignoramos si Josep Andreu, nombre real de Charlie Rivel (1896–1983), llegó a actuar alguna vez para Hitler. De ser cierto, sorprende que no diga nada en sus memorias (de las que arriba citamos un fragmento), aunque a veces, y sobre todo tratándose de un tema tan controvertido, hay silencios que resultan muy reveladores. Lo que sí es del todo verídico, y él mismo se encarga de relatarlo en las páginas de Pobre payaso, es que se vio obligado a permanecer en suelo alemán durante buena parte de la contienda.

En líneas generales, Eduard Cortés logra dotar a la película de la emoción necesaria a la hora de exponer unos hechos tan sumamente conmovedores, aunque, puestos a ponerle alguna pega, puede que a El pallasso i el Führer le sobren las imágenes de archivo en blanco y negro, así como las habituales indicaciones de tipo histórico que, tanto al principio como al final, pretenden contextualizar lo que el espectador ya sabe o puede deducir perfectamente a partir de las situaciones expuestas.


lunes, 2 de julio de 2018

Formentera Lady (2018)




Director: Pau Durà
España, 2018, 85 minutos

Formentera Lady (2018) de Pau Durà


Ante todo, debo confesar que han sido motivos extracinematográficos (musicales, concretamente) los que me han movido a ir a ver Formentera Lady, debut en el largometraje del actor (y ahora director) Pau Durà. Y es que la película que nos ocupa toma su nombre del título de una canción de los británicos King Crimson, incluida en Islands (1971), el que fuera cuarto álbum de estudio de la banda. No es que Pepe Sacristán esté muy creíble en el papel de viejo jipi trasnochado, aunque su personaje asegure serlo "hasta el forro de los huevos", pero el solo hecho de que se mencionen en los diálogos los nombres de Robert Fripp y Peter Sinfield ya es motivo suficiente para reseñar una cinta que se dio a conocer en el último Festival de Málaga.

"Adonde no pueda llevar estas alpargatas todo el año es difícil que me vean el pelo", le dirá Samuel a su nieto en algún momento. Porque el abuelo Sammy detesta el Continente casi tanto como las responsabilidades; y verse, de la noche a la mañana, con un niño a su cargo trastoca sus planes de irse de gira con los colegas: en tiempos, este hombre (hoy anciano decrépito) parece ser que fue una leyenda del banyo. Casi tanto, al menos según los créditos finales, como el propio Pau Durà con el ukelele: el director, por cierto, se reserva una breve aparición en forma de padre primerizo a quien Samuel se abraza efusivamente durante una de sus estancias en el hospital.



El paso del tiempo y los estragos que causa será, pues, otro de los temas abordados. Y no sólo por la dolencia coronaria que aqueja al protagonista, sino que ello se hará evidente a medida que éste vaya visitando a sus antiguos amores por toda la isla. De hecho, una amiga de Sammy y de la que fue su pareja padece los síntomas de lo que tiene toda la pinta de ser alzhéimer o demencia senil: Samuel, incapaz de llevarle la contraria, se presta a seguirle la corriente como si su hija Anna (Nora Navas) aún tuviese siete años.

Pero tiene unos cuantos más y serios problemas con la justicia. Amén de un niño que se llama Marc (Sandro Ballesteros): formalito y obediente en un principio, el crío se hartará de que los adultos se lo vayan pasando como si de una carga engorrosa se tratase. Lo cual acaba dando pie a una situación que el cine ha explotado en infinidad de ocasiones, siendo Kramer contra Kramer (1979) de Robert Benton uno de los ejemplos canónicos al respecto, si bien es obvio que Pau Durà también se ha inspirado en otra fuente más antigua y radicalmente distinta: More (1969), el hoy filme de culto, con banda sonora de Pink Floyd, que Barbet Schroeder rodó en la Ibiza de finales de los sesenta.


viernes, 23 de febrero de 2018

Pont de Varsòvia (1989)




Título en español: Puente de Varsovia
Director: Pere Portabella
España, 1989, 85 minutos

Pont de Varsòvia (1989) de Pere Portabella


Intentar traducir en palabras las películas de Pere Portabella puede ser tan sencillo o tan complejo (como todas las cosas, esto es según se mire) como definir qué es la lluvia o el mar o la brisa agitando las ramas de los árboles. Porque el cineasta catalán filma como quien respira, con una naturalidad sólo al alcance de los más grandes.

La Barcelona que aquí vemos es la ciudad inmediatamente anterior a los Juegos Olímpicos del 92, es decir, la impulsada por el alcalde Maragall y su campaña Posa't guapa ('Ponte guapa'). Un espacio urbano presidido por la elegancia del Pabellón Mies van der Rohe y en cuya majestuosa magnificencia se recrea la cámara de Portabella con el mismo detenimiento que dedica a la fachada de edificios quizá no tan emblemáticos, pero no menos interesantes (caso de la actual sede de la Fundación Tàpies).



Comentaba el director en la presentación previa de esta tarde en la Filmoteca que su cine no obedece a un planteamiento aristotélico de causa y efecto (en realidad, no es la primera vez que le oímos decir esto). De hecho, Pont de Varsòvia carece de un argumento definido y, aunque en esta ocasión se sirvió de actores profesionales (algo no muy frecuente en su filmografía), las escenas inconexas que la forman son apenas una parodia de situaciones que van desde la concesión de un premio literario a un novelista de éxito (Jordi Dauder) hasta la noticia de un submarinista que fue absorbido por un hidroavión y posteriormente arrojado sobre un bosque en llamas. También hay lugar para la música de su habitual colaborador Carles Santos, al que vemos dirigiendo una composición propia encaramado en un andamio frente al escaparate de la chocolatería Fargas en el carrer del Pi.

Amante de las imágenes insólitas, Portabella no duda en mostrar el interior de la lonja de pescado al son de las notas del Tristán e Isolda wagneriano. O a La Fura dels Baus destrozando un vagón del metro de Berlín. Se atreve, incluso, con un cuadro viviente al estilo de la puesta en escena que Godard llevara a cabo en Passion (1982): concretamente, se trata del célebre Baño turco de Ingres. Todo suma, en definitiva, en un proyecto cuya subvención pública superó, según confesión del propio cineasta, el presupuesto inicialmente previsto, si bien la carrera comercial del filme gozó de una cierta repercusión internacional, llegando a ser presentado en el MoMA con el beneplácito de Scorsese.


miércoles, 6 de diciembre de 2017

Si te dicen que caí (1989)




Director: Vicente Aranda
España, 1989, 113 minutos

Si te dicen que caí (1989) de V. Aranda


Cuenta que al levantar el borde de la sábana que cubría al abogado, revivió en la cenagosa profundidad de pantano de sus ojos abiertos un barrio de solares ruinosos y tronchados geranios cruzado de punta a punta por silbidos de afilador; un remoto espejismo traspasado por el aullido azul de la verdad. Y que a pesar de las elegantes sienes plateadas, la piel bronceada y las sortijas de oro que aún lucía el cadáver, le reconoció; que todo habían sido espejuelos, dijo, en aquel tiempo y aquellas calles, incluido este trapero que al cabo de treinta años alcanzaba su corrupción final enmascarado de dignidad y dinero.

Juan Marsé
Si te dicen que caí

Que Juan Marsé alcanzó su plenitud como novelista con la publicación de Si te dicen que caí es tan cierto como que intentar llevar semejante novela a la pantalla era una empresa casi suicida, habida cuenta de la naturaleza proteica del texto. Ya se sabe: lo que funciona (o se tolera) por escrito no necesariamente da buenos resultados cuando se traduce en imágenes. Pero no vamos nosotros a ahondar ahora en la polémica de si las adaptaciones cinematográficas de la obra de Marsé son buenas, malas o regulares, que ya se ha encargado el propio autor de hacerlo asiduamente. Baste decir que enfrentarse con una historia coral, ramificada en diversas subtramas a lo largo de casi cuatrocientas páginas, y plagada de continuos saltos temporales no era tarea fácil.

Eso y que este Aranda no era ya aquella joven promesa de Fata Morgana o La novia ensangrentada, sino el viejo libidinoso de pelo blanco obsesionado con filmar hasta el último poro del cuerpo de Victoria Abril. De modo que lo que fue novela experimental a lo Faulkner, de alto contenido político, merecedora de un premio internacional, publicada en Méjico en 1973 (y prohibida por la censura franquista hasta tres años más tarde) se convertía, en sus manos, en poco menos que una confusa maraña de personajes y escenas eróticas.

Sarnita (Juan Diego Botto, centro) y sus compañeros de aventis


Tiene, eso sí, el atractivo de ver a los hermanos Botto (María y Juan Diego) cuando eran apenas unos críos, muy al principio de sus respectivas carreras. O comprobar cómo determinadas leyendas urbanas de la posguerra, que en su día conmovieron a la ciudad condal, han seguido siendo recreadas incansablemente por la literatura y el cine hasta llegar a nuestros días. Es el caso del crimen de la prostituta Carmen Broto o de las andanzas del maqui Facerías atracando meublés, aquí encarnado por Lluís Homar en el claro trasunto que es el personaje de Palau y retomado, años más tarde, por Roger Casamajor en el docudrama de Carles Balagué La casita blanca (2002). Aunque es otro Carles (Sabater: el malogrado vocalista del dúo Sau) quien interviene en un pequeño papel en dicha escena.

Estraperlistas, cines de barrio y cartillas de racionamiento: en definitiva, el universo de Marsé. Constantes que marcaron su infancia y, por ende, su narrativa y que en Si te dicen que caí se hallan presentes una vez más, con el habitual eco de fondo de alguna copla de Concha Piquer. Ambiente que, a pesar de las limitaciones arriba indicadas, sí que acertó a recrear Vicente Aranda en la película.