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domingo, 10 de octubre de 2021

Maravillas (1981)




Director: Manuel Gutiérrez Aragón
España, 1981, 95 minutos

Maravillas (1981) de Manuel Gutiérrez Aragón


Extraña mezcla de elementos aparentemente inconexos, Maravillas (1981) ocupa un lugar destacado en la filmografía de Manuel Gutiérrez Aragón. Por lo menos en la de los inicios de una carrera como director que estará marcada por ese tono, un tanto sui géneris, entre onírico y de cuento de hadas. La protagonista de la película es una joven adolescente (interpretada por Cristina Marcos) que vive a caballo entre dos mundos absolutamente dispares: por una parte, están los colegas de su edad (el Pirri y su hermana, Quique San Francisco, Miqui Molina...), siempre coqueteando con los típicos ambientes marginales del cine quinqui; por otra, un grupo de viejos judíos sefardíes que ya desde bien pequeña deciden apadrinarla.

Asimismo, la figura del padre (Fernando Fernán-Gómez) resulta por completo extravagante, teniendo en cuenta que se trata de un individuo plenamente sometido a la autoridad de Maravillas. Hasta el extremo de que se ve obligado a pedirle dinero a su hija a todas horas (cuando no a robárselo) como si el menor de edad fuese él y no ella. Y es que el viudo, que se pasa la mayor parte del día leyendo revistas eróticas y al que los padrinos hebreos de la chica tratan con absoluta condescendencia, apenas saca nada del obsoleto estudio fotográfico que un día acogió a las más altas eminencias del momento.



La imagen recurrente de Maravillas caminando sobre el abismo, con Madrid a sus pies, se repite en varias ocasiones a lo largo de la película, dando lugar a una potente metáfora visual en la que confluyen diversos temas simultáneamente. "Lo más importante en esta vida es no tener miedo", le dice su tío Salomón el mago (Francisco Merino) el día en el que la niña, vestida de blanco, cruza por vez primera el pretil de la terraza a cambio de un anillo que será su regalo de comunión.

El personalísimo universo de Gutiérrez Aragón da como resultado una obra inclasificable que ni es comedia ni drama, aunque contenga elementos de ambos géneros. Así, por ejemplo, la escena del confesonario, en la que, amparándose en el secreto de confesión, el Pirri declara abiertamente ante el sacerdote (Emilio Rodríguez) varias de sus pillerías, resulta muy divertida. O el hecho de que todo un juez (José Manuel Cervino) le pregunte al chaval si lleva encima algo de costo para fumar. Y, sin embargo, por muchos gags que contenga, la lección o enseñanza que se deduce de esta historia no puede ser más amarga: "Se vive como se sueña: solos".



sábado, 7 de abril de 2018

Mamá es boba (1997)




Director: Santiago Lorenzo
España, 1997, 84 minutos

Mamá es boba (1997) de Santiago Lorenzo


En este país tenemos la mala costumbre de inventar las cosas para que luego no trasciendan. Y, así, Miguel Mihura cometió la osadía de dejar que sus Tres sombreros de copa aguardasen muertos de risa durante veinte años en un cajón para que, al cabo de dos décadas, fuese a parar a Ionesco la gloria de haber sido el "creador" del teatro del absurdo...

Viendo Mamá es boba hemos tenido un poco la misma sensación: ¿así que lo que propone ahora el francés Bruno Dumont ya lo hacía Santiago Lorenzo en el 97? Esas actuaciones rayanas en la caricatura, cuando no abiertamente bufas; ése recrearse en aspectos sórdidos de la condición humana, como el acoso escolar que padece Martín, el niño protagonista, o la mofa cruel que los responsables de Teleaquí orquestan para burlarse de sus padres; ese ambiente provinciano en el que, en definitiva, transcurre la acción... Elementos, todos ellos, que muy bien podrían formar parte de las recientes P'tit Quinquin (2014), Ma Loute (2016) o Jeannette, l'enfance de Jeanne d'Arc (2017), pero que ya estaban presentes en el primer largometraje de este realizador vizcaíno.



Y, claro: ya se sabe cómo funcionan estas cosas. Ni Mamá es boba (1997) ni Un buen día lo tiene cualquiera (2007) gozaron de la comprensión del público o de la crítica. Que atreverse a filmar historias de semejante calibre queda muy bien en un francés, pero ¡podre del director español que decida adentrarse por estos vericuetos...! De hecho, Lorenzo es cada día más escritor y menos cineasta (se conoce que un punto de vista tan imaginativo como el suyo es mejor recibido a través de las páginas de una novela que no plasmándolo sobre la pantalla).

Dice la voz en off de Martín: "Mis padres siempre hacen el ridículo allá donde van. Siempre me da vergüenza de ellos..." Palabras que tal vez expliquen por qué el niño no habla nunca con nadie, refugiándose en la confección de figuritas con gomas de borrar. De lo cual se deduce un riquísimo mundo interior, en el que el chaval se aísla huyendo del entorno hostil en el que tanto él como su familia viven inmersos.