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domingo, 12 de julio de 2026

Winnipeg, el barco de la esperanza (2026)




Directores: Beñat Beitia y Elio Quiroga
España/Argentina/Chile, 2026, 78 minutos

Winnipeg, el barco de la esperanza (2026)

¿Te acuerdas, Rafael?
                               ¿Federico, te acuerdas
debajo de la tierra,
te acuerdas de mi casa con balcones en donde
la luz de junio ahogaba flores en tu boca?

La heroica iniciativa auspiciada por el poeta Pablo Neruda, a la sazón cónsul especial de Chile en Francia en tiempos de la Guerra Civil (y, como tal, máximo impulsor de fletar un buque que evacuase, rumbo a América, a miles de exiliados republicanos), sirve de trasfondo histórico en la cinta de animación Winnipeg, el barco de la esperanza (2026). Un proyecto, coproducción entre España, Chile y Argentina, que adapta la novela gráfica de Laura Martel.

Codirigida por Beñat Beitia y Elio Quiroga, la trama se centra básicamente en dos personajes: Víctor, un sindicalista viudo, y su pequeña hija Julia. Ambos, tras la caída de Barcelona en enero del 39, seguirán un accidentado periplo hasta cruzar la frontera francesa. De hecho, es a través de la mirada inocente de Julia que se reconstruyen los terribles acontecimientos que posteriormente, cuando esa niña sea ya una anciana, le contará ella misma a su nieto en forma de flashback.



A nivel formal, nos hallamos ante una propuesta estética que combina la animación tradicional con paletas cromáticas muy bien diferenciadas. En ese sentido, los tonos plomizos, grises y ocres predominan en el tramo español, así como en los campos de internamiento en Francia, transmitiendo una evidente opresión física y emocional, mientras que algunos estallidos de luz y de color aparecen a medida que el carguero avanza por el océano, con destino a Valparaíso, simbolizando el renacimiento de la esperanza.

Sin embargo, no se puede describir el verdadero impacto de esta obra sin hacer referencia a la épica banda sonora compuesta por Diego Navarro. Y es que su música funciona como auténtico hilo conductor de las imágenes. Es por eso que, en los momentos de mayor amargura, la melancolía de las cuerdas subraya el dolor del exilio, mientras que, ya hacia el final, las notas se vuelven luminosas, evocando la cálida acogida que esperaba, al otro lado del mundo, a aquellos más de dos mil expatriados.



sábado, 25 de octubre de 2025

Correspondencia (2020)




Directoras: Carla Simón y Dominga Sotomayor
España/Chile, 2020, 20 minutos

Correspondencia (2020)


La chilena Dominga Sotomayor (Santiago, 1985) y la catalana Carla Simón (Barcelona, 1986) dialogan en Correspondencia (2020) mediante sendas cartas filmadas en las que una y otra abordan el tema de sus respectivos ancestros. Así pues, si la segunda de ellas lamenta el reciente fallecimiento de su abuela (la última que le quedaba viva), la primera opta por mostrar imágenes de archivo de su madre, en un spot electoral que jamás llegaría a emitirse, y de su abuela, protagonista de un corto en blanco y negro que también quedó inédito.



Aparte de reflexionar en torno al paso inevitable del tiempo y el sentimiento de pérdida que ello conlleva, las dos mujeres ahondan en algunas de sus preocupaciones más íntimas. Carla Simón aprovecha para incluir la única filmación que conserva de su madre biológica, al tiempo que se pregunta que habrá heredado de ella y de su madre adoptiva. La finca repleta de melocotoneros en la que vemos a esta última remite a Alcarràs (2022), la que sería la siguiente película de la directora. Sotomayor, en cambio, aporta imágenes de las protestas populares en un país en el que, después de haber soñado durante años con la ansiada democracia, se hace evidente que aún perduran demasiadas cosas del régimen militar.



lunes, 26 de agosto de 2024

El baile de la Victoria (2009)




Director: Fernando Trueba
España, 2009, 127 minutos

El baile de la Victoria (2009) de Fernando Trueba


Antes de soltar al joven Ángel Santiago, el alcaide pidió que se lo trajeran. Vino con el desgaire y la belleza brutal de sus veinte años, la nariz altiva, un mechón de pelo caído sobre la mejilla izquierda, y se mantuvo de pie desafiando a la autoridad con la mirada. Los granizos del temporal golpeaban contra los vidrios tras las rejas y deshacían la gruesa capa de polvo acumulado.

Antonio Skármeta
El baile de la Victoria

Como buen ciudadano del mundo que es, el cineasta Fernando Trueba posee una filmografía que remite a los distintos países en los que ha dirigido o ambientado sus películas. Así pues, El baile de la Victoria (2009), adaptación de la novela homónima de Antonio Skármeta que obtuvo el Premio Planeta en 2003, es un filme genuinamente chileno pese a que en su momento representase a España en la correspondiente edición de los premios Óscar.

La historia que narra, si bien gira en torno a un atraco, contiene altas dosis de un cierto realismo poético cuyos personajes responden a perfiles que se salen de lo convencional. Ángel, por ejemplo, al que da vida Abel Ayala, destila entusiasmo en cuantas cosas hace y dice, por más disparatados que puedan parecer sus proyectos. Lo cual no impide, sin embargo, que termine contagiando dicha ilusión a la silenciosa bailarina Victoria (Miranda Bodenhöfer) y hasta a un tipo a priori tan distinto a él como el experto en cajas fuertes (en reventarlas, se entiende) Vergara Grey (Ricardo Darín).



Tal vez porque ambos están recién salidos de la cárcel, y porque los dos anhelan una estabilidad familiar que la vida les ha negado hasta la fecha, lo cierto es que entre ellos acaba naciendo la conexión necesaria para embarcarse en uno de los golpes más descabellados que se hayan visto jamás. Pero soñar es gratis y la suerte suele favorecer a los audaces. O no.

En suma, el guion de Trueba y su hijo Jonás (coescrito en colaboración con el propio Skármeta, quien aparece, además, en un breve cameo como crítico especialista en ballet) explora el lado más humano de los perdedores para adentrarse en los entresijos de unas relaciones definidas por una lealtad rayana en la adoración, como la del taxista cubano Wilson (Mario Guerra) o la del ya mencionado Ángel, que tienen a Vergara en un pedestal. Aunque también se apunta, como no podía ser menos tratándose de una sociedad aún marcada por los atropellos cometidos durante la dictadura pinochetista, el alto precio que pagan las almas inocentes cuando viven inmersas en un sistema corrupto.



sábado, 10 de agosto de 2019

El Chacal de Nahueltoro (1969)




Director: Miguel Littín
Chile, 1969, 89 minutos

El Chacal de Nahueltoro (1969)
de Miguel Littín


Mítico es un adjetivo que se queda corto a la hora de indicar la importancia que tuvo El Chacal de Nahueltoro, hace justo medio siglo, dentro del entonces emergente Nuevo Cine Chileno. Sobre todo porque la historia que relata, con un estilo deliberadamente documental, estaba basada en un caso verídico que conmocionó a la opinión pública del país andino: el brutal asesinato de una mujer y sus cinco hijos a manos de un individuo, tosco y primario, llamado José del Carmen Valenzuela Torres.

De nada sirvió que el "buen hombre" aprovechara el tiempo de reclusión para instruirse y aprender un oficio ni que se elevasen peticiones de indulto al entonces presidente, Jorge Alessandri: después de pasar treinta y dos meses encarcelado en la prisión de Chillán, sería sentenciado a muerte y, acto seguido, mandado fusilar por un pelotón de la Gendarmería el 30 de abril de 1963.



Valiéndose del Festival de Cine de Viña del Mar como plataforma, Littín pretendía denunciar, en clave determinista, las consecuencias del analfabetismo y de la sordidez del ambiente sobre un tipo predestinado a ser un criminal porque jamás recibió «enducación de naiden» [sic]. Aunque, más allá de la polémica suscitada por la película, lo cierto es que el filme favoreció que la figura del Chacal se beneficiase de una cierta adoración popular, que incluye hasta peregrinaciones a su sepultura cada primero de noviembre.

Curiosamente, el cine español también ha abordado el tema de la pena de muerte desde posiciones muy similares a las de El Chacal de Nahueltoro. Lo había hecho en 1963 con la ya clásica El verdugo, de Luis García Berlanga. Y volvería a incidir, a finales del franquismo, con el documental Queridísimos verdugos (1977) de Basilio Martín Patino. Asimismo, por el tratamiento, entre crítico y tremendista, del asunto, conecta también de pleno con otros dos filmes protagonizados por homicidas: El asesino de Pedralbes (1979), de Gonzalo Herralde, y la más reciente Arropiero, el vagabundo de la muerte (2008), de Carles Balagué. Títulos, todos ellos, que, como No matarás (1988), del polaco Kieślowski, abundan en la idea de que la pena capital no es más que un atroz rito de muerte tan cruel como inútil.


domingo, 25 de marzo de 2018

Una mujer fantástica (2017)




Director: Sebastián Lelio
Chile/Alemania/España/EE.UU., 2017, 100 minutos

Una mujer fantástica (2017)


Un simple detalle nos revela la esencia de Una mujer fantástica: la policía interroga a la protagonista tras producirse el óbito de su pareja; a la pregunta de si habían mantenido relaciones sexuales justo antes del fallecimiento, ella parece incomodarse, mira fijamente a la inspectora y, después de una breve pausa, responde simplemente: "No me acuerdo". Y al espectador, que sabe que sí que intimaron, porque lo ha visto, le queda definitivamente claro que el pudor de Marina (Daniela Vega) es sincero, puesto que ella siente la pregunta como una intromisión en su vida privada.

Merecidísimo Oscar a la mejor película de habla no inglesa, multipremiada en Berlín, Goya a la mejor producción iberoamericana... Una mujer fantástica posee, además, un tempo pausado que se nos acaba contagiando, un poco como la canción de Alan Parsons que le sirve de leitmotiv. Desde las cataratas de Iguazú en los créditos iniciales hasta la taquilla vacía en la sauna Finlandia, desde la fiesta de cumpleaños en el restaurante chino hasta la interpretación del aria de Händel que cierra el filme, todo encaja a la perfección en la que es, sin duda, una de las sensaciones del año.

Orlando y Marina bailando, mientras de fondo suena "Time"


Un alegato contra la intolerancia que sabe huir, sin embargo, de los clichés al uso para adentrarse en lo más profundo de las relaciones humanas. Quizá por ello, y a pesar de su ambientación chilena, la historia narrada por Sebastián Lelio y su coguionista Gonzalo Maza tiene vocación universal: allá donde haya personas con un mínimo de sensibilidad, seres humanos que padecen la incomprensión ajena a causa de su orientación sexual o por haber nacido en el cuerpo equivocado, la película producirá un certero efecto balsámico.

Que roza lo sobrenatural en uno de sus momentos culminantes (nos estamos refiriendo a la escena del crematorio), cuando parece que Marina percibe la presencia del finado Orlando (Francisco Reyes), con cuya familia, empero, no lo va a tener nada fácil, toda vez que la ven, con la excepción del hermano, como a una intrusa. Aunque ella, que no sólo es "la mujer fantástica", sino, sobre todo, una mujer valiente, hará prevalecer su pundonor.

Marina y la Diabla

viernes, 26 de enero de 2018

Chile, una galaxia de problemas (2010)




Director: Patricio Guzmán
Chile, 2010, 35 minutos



A pocos días de la visita de Ken Loach a la Filmoteca de Catalunya, ayer y hoy le tocaba el turno a otro cineasta igualmente comprometido: el documentalista chileno Patricio Guzmán, una de las personalidades que más se ha destacado en la lucha por la recuperación de la memoria histórica en su país, al que define como "una cosa rara".

En Chile, una galaxia de problemas indagaba hasta qué punto se ha avanzado en materia educativa o en la modernización del ejército. Y el resultado no puede ser más desolador: ni los militares han dejado de lado sus prerrogativas ni la juventud está recibiendo una formación sólida que garantice el conocimiento exacto de lo que ocurrió durante la dictadura.

Uno de los testimonios más reveladores es el de un ex alto cargo de las fuerzas armadas, partidario de poner en valor tanto el dolor de las víctimas como el de los oficiales que se vieron obligados a cumplir tan terribles órdenes. O también el de la psicóloga que detalla el tipo de pacientes que han ido desfilando por su consulta en los últimos años, la mayoría de ellos procedentes de las clases populares y absolutamente traumatizados por las torturas que padecieron.


Chile, la memoria obstinada (1997)




Director: Patricio Guzmán
Canadá/Francia, 1997, 59 minutos

Chile, la memoria obstinada (1997)


Hay un momento de Memoria obstinada que refleja como pocos el valor expresivo que el montaje puede llegar a tener en el cine: vemos unas imágenes del Estadio Nacional de Chile en 1973, con los militares apuntando a los presos allí encerrados, y, acto seguido, se pasa al mismo estadio muchos años después durante la celebración de un partido entre Colo-Colo y otro rival. Tal y como sucedía en el inicio de Tiempos modernos, donde Chaplin hacía que un rebaño de ovejas precediese a la entrada de los obreros a su fábrica, aquí se da a entender hasta qué punto el fascismo ha perfeccionado sus métodos, puesto que si la primera secuencia muestra a unos hombres dispuestos a dar la vida por unos ideales, en la segunda vemos a unos jóvenes dispuestos a morir por su equipo de fútbol... Curiosa perversión de las sociedades modernas, en la que los poderes fácticos han logrado alienar a las masas a través del deporte.

Casi veinte años después del golpe de estado pinochetista, Patricio Guzmán volvía al lugar de los hechos con la finalidad de localizar a varias de las personas que estuvieron junto al presidente Allende durante el asalto al Palacio de la Moneda y que ya aparecían en su mítico documental La batalla de Chile.

Resultado: un país amnésico cuyas heridas distan aún de haber cicatrizado y en el que aquel viejo documental continúa inédito. De ahí que sea proyectado en las facultades universitarias, donde una juventud bastante despolitizada (cuando no abiertamente favorable a la intervención militar) lo recibe con disparidad de opiniones. Conmueve, eso sí, comprobar que algunos estallan en lágrimas al ser conscientes de lo que supuso el gobierno de la Unidad Popular y la brutal represión que vino inmediatamente después. Una parte de su propia historia que les había sido arrebatada y por la que muchos de los participantes siguen aún desaparecidos.


miércoles, 12 de abril de 2017

Tres Tristes Tigres (1968)




Director: Raúl Ruiz
Chile, 1968, 100 minutos

Tres tristes tigres (1968) de Raúl Ruiz


A pesar de la coincidencia de títulos, nada tiene que ver el primer gran éxito de la filmografía de Raúl Ruiz con la novela homónima del cubano Guillermo Cabrera Infante. En el caso que nos atañe, el célebre trabalenguas fue utilizado por el actor y dramaturgo ocasional Alejandro Sieveking para bautizar la obra de teatro en la que luego se inspiraría el filme Tres tristes tigres.

Un poco en la línea de la Noche de vino tinto de Nunes, los protagonistas de esta película deambulan por los antros de la capital chilena en un ambiente etílico en el que los unos se enganchan a los otros con la vana esperanza de medrar. Algo totalmente ridículo si se tiene en cuenta que, en el fondo, no son más que parásitos.

Raúl Ruiz la rodó pensando en ofrecer la otra cara del mundo edulcorado que se mostraba en Ayúdeme Ud., compadre, musical propagandístico al servicio del gobierno democristiano de Frei. De hecho, son varias las canciones en común que pueden escucharse tanto en una como en otra película. Como aquella de la rana, en la que, un poco avanzando lo que ocurrirá más tarde con Amanda, Tito y Lucho, se van gradualmente añadiendo personajes a la letra.



Cortínez y Engelbert, en el coloquio posterior al pase, han ayudado a contextualizar cómo se gestó Tres tristes tigres. De entrada, Ruiz se vio casi obligado a inventarse el personaje de Luis Úbeda, inexistente en la pieza teatral, para no dejar fuera del elenco al actor Luis Alarcón, toda vez que, a consecuencia de una pelea entre los miembros de la compañía, Nelson Villagra (Tito) no debía participar, en un primer momento, en la filmación. O el hecho de que a partir de la mitad del metraje, aproximadamente, las acciones se irán repitiendo, pero ya en unas condiciones mucho más depauperadas. O las genialidades del cámara argentino Diego Bonacina. Por último, Verónica Cortínez aprovecha para señalar el efecto que originariamente se pretendía causar en el espectador con el fundido a negro final, tras ver a Tito deambulando, a primera hora de la mañana, por uno de los callejones de peor reputación de Santiago: allí mismo se encontraba el cine en el que se estrenó la película, de modo que los espectadores, al salir de la sala de proyección, debían incorporarse a la misma realidad de los personajes.

En esa misma línea, Engelbert comenta cómo en la célebre escena en la que Tito le da una paliza a Rudi (Jaime Vadell) se encuentra en germen el gusto por la violencia del fascismo, algo que enlaza con lo que ya se dijo ayer a propósito de Ayúdeme usted, compadre y de si las imágenes reflejaban o no una sociedad enferma. En cualquier caso, dice Cortínez, algún crítico de la época celebró el hecho de que se patease al patrón, lo cual sería ya un indicador de la desazón social que se vivía en el Chile de dicho período. Quizá por ello, Ruiz pidió a Bonacina que, en esa escena en concreto, se echase encima de los actores hasta el punto de que prácticamente debían sacudírselo de encima. Indicación que el loco camarógrafo (el calificativo lo añade Cortínez) siguió al pie de la letra.


La maleta (1963)




Director: Raúl Ruiz
Chile, 1963, 20 minutos



Durante mucho tiempo se creyó perdido el primer cortometraje que dirigiera el chileno Raúl Ruiz (Raoul, a partir de su exilio francés). Pero tras ser redescubierto en 2008, el propio Ruiz se prestó a añadirle ese runrún de fondo que acompaña las acciones sin diálogo de los actores.

En la cuarta, y última, sesión del seminario que durante estos días han protagonizado Verónica Cortínez y Manfred Engelbert en la Filmoteca catalana, presentaban hoy La maleta como preámbulo al largometraje Tres tristes tigres.

En previsión de lo críptico que en ocasiones puede resultar el cine de Ruiz, Engelbert ha hecho notar a los asistentes que el personaje central va en busca de su propia identidad (algo habitual, por otra parte, en la cinematografía del chileno). De ahí que la acción, desdoblada en dos hombres distintos, se repita un día tras otro en el mismo cuarto cochambroso de una casa de huéspedes.

Asimismo, el estudioso alemán ha aclarado que, antes de convertirse en un corto, La maleta fue una pieza teatral del propio Ruiz llevada a las tablas y dirigida, en pequeño formato experimental, por el mismísimo Víctor Jara.


martes, 11 de abril de 2017

Ayúdeme usted, compadre (1968)




Subtítulo: Una canción para todos
Director: Germán Becker
Chile, 1968, 105 minutos

Ayúdeme usted, compadre (1968) de Germán Becker


La Filmoteca de Catalunya dedica estos días un ciclo a revisar el cine chileno de los años sesenta, por lo que Verónica Cortínez y Manfred Engelbert se han desplazado hasta Barcelona para comentar, al cabo de cada proyección, los filmes seleccionados. En la tarde de hoy le ha tocado el turno a uno de los títulos más taquilleros de la historia en el país andino: el musical Ayúdeme usted, compadre, dirigido en 1968 por Germán Becker, a la sazón jefe de propaganda y mano derecha del entonces presidente de la nación, el democristiano Eduardo Frei Montalva. De ahí procede, huelga decirlo, la visión idealizada que ofrece de Chile como el mejor de los mundos posibles.

"Bodrio elefancíaco" fue alguno de los calificativos que la prensa local le dedicó en el momento de su estreno, lo cual pone de manifiesto el rechazo frontal suscitado entre buena parte de la crítica así como desde los sectores de la izquierda radical. De hecho, fue el cineasta Raúl Ruiz quien contribuiría definitivamente a estigmatizar el filme aplicándole el adjetivo fascista.

Y ciertamente hay en él una innegable exaltación de las esencias patrias, de una chilenidad de postal en apariencia inocente, pero que, al son de las canciones de moda en aquel entonces, no sirve sino para hacer apología del militarismo más recalcitrante. En opinión de Cortínez, ello no es óbice para rescatar del olvido una película que hasta ahora nadie se tomó la molestia de analizar en profundidad y que, a la vista del giro que tomarían los acontecimientos a raíz del ascenso de Allende al poder y, sobre todo, del golpe militar de Pinochet en el 73, aporta un testimonio esencial de cómo era la sociedad chilena anterior a la dictadura.

Protesta enérgicamente Octavi Martí, subdirector de la Filmoteca, argumentando que lo único que se aprecia en Ayúdeme Ud., compadre es un país enfermo. Tan enfermo como la España que convirtió en éxito comercial las comedias de Manolo Escobar. A su juicio, la mayor parte de escenas, con una presencia notable de las tropas nacionales, prefiguran lo que pocos años después será la promoción del estamento castrense y la consiguiente escalada de la violencia en el seno de un país fuertemente convulso. Aparte de que el repertorio de canciones es tan empalagoso como solía serlo el del Festival de San Remo o el de la Canción del Mediterráneo por estos lares... Y eso sin contar con programas de televisión como Escala en HI-FI, de similar factura y con un gusto parecido por ese sentido del humor tan chabacano en el que abundan los chistes sobre aragoneses (sic).

Puntualiza Engelbert: respecto a la presencia de paradas militares y otros tipos de desfiles hay que tener en cuenta que en Latinoamérica, desde principios del XIX, el ejército era visto como garante de la lucha por las libertades, sobre todo frente a la amenaza del colonialismo español. Algo que con el paso del tiempo cambiaría y que el alemán compara con la evolución que en su propio país sufrieron las asociaciones estudiantiles universitarias, vinculadas en sus inicios con el honor y la democracia y, cien años después, con el nacionalsocialismo. Además, cabe preguntarse por qué desde la izquierda no se rodó un musical equivalente, teniendo en cuenta la profusión de artistas comprometidos que ya se hallaban en activo desde mediados de aquella década (Víctor Jara, Quilapayún, Inti-Illimani, Violeta Parra...) Esta última, pese a su conocida filiación comunista, sí que aparece fugazmente en Ayúdeme usted, compadre, así como letras de Neruda. Más aún: Becker, quizá en un afán de hacerse eco de todas las facciones, incluye un número con mapuches, algo insólito para la época, y también claras referencias a Chacabuco, cuna de la independencia (y, por una ironía del destino, sede asimismo de un campo de concentración ya en época de Pinochet).

Y, para colmo, los técnicos que trabajan en esta superproducción son los mismos profesionales que rodarán con los jóvenes del nuevo cine chileno. Se hace necesario, pues, contextualizar debidamente una película que, a pesar de la burda socarronería de Los Perlas (algo así como el equivalente chileno de Tip y Coll, salvando las distancias) y de su aparente falta de hilo conductor, contiene elementos que pocos años después habrían sido del todo impensables.