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domingo, 2 de agosto de 2026

Yo maté (1957)




Director: Josep Maria Forn
España, 1957, 70 minutos

Yo maté (1957) de Josep Maria Forn


"Lo que leen vuestros hijos es más importante que lo que comen". Curiosa forma de comenzar una película, con esa advertencia encabezando la historia de un crío que dedica la mayor parte de su tiempo a devorar tebeos y novelas de quiosco (de las que se valoran en función de la cantidad de muertes que haya en ellas). De ahí que Jorge (Pepito Moratalla) decida tomarse la justicia por su cuenta cuando el cascarrabias de don Matías (Emilio Fábregas) amenaza con desahuciarlos a él y a su madre si ésta no le paga el alquiler. Ultimátum que cobra aún más fuerza ante la posibilidad de que la pobre mujer vaya a la cárcel.

Independientemente del tono moralizante (tal vez impuesto por la censura) que impera ya desde el primer plano, Yo maté (1957) destaca por el protagonismo que se le otorga a la mirada infantil. Ingenuidad que, desde el punto de vista de los niños, impregna cada una de las acciones que protagonizan, dotando al relato de un aire de inocencia que constituye su principal atractivo en tanto que narración de aventuras en clave ligeramente policíaca.



Ópera prima del realizador catalán Josep Maria Forn (1928-2021), los escasos setenta minutos de su metraje contienen algunas de las constantes que iban a estar presentes a lo largo de una filmografía caracterizada por su particular forma de abordar los dilemas morales y la realidad inmediata. Buen ejemplo de ello son los escenarios ruinosos en los que transcurre parte de los hechos, como la fábrica abandonada que el sagaz Capitán Cinco Duros (Eugenio Testa) ha convertido en su residencia.

Con todo y con eso, el planteamiento de la película, a partir de un guion de Manuel Bengoa y el propio Forn, resulta de una ambigüedad enorme. Así pues, escenas de alto contenido poético, como la liberación de las palomas, alegoría del inconformismo de los chiquillos frente a las normas de los adultos, contrastan con un discurso subyacente según el cual "es mejor jugar a la pelota que leer esos papelotes que os sorben el seso". Palabras estas últimas del comisario (Manuel Gas) y que serán subrayadas por él mismo justo antes del desenlace: "Por comodidad, por desidia, por egoísmo abandonamos nuestros deberes permitiendo lecturas y espectáculos que son para los chicos peores que veneno".



martes, 20 de agosto de 2024

Piso de soltero (1964)




Director: Alfonso Balcázar
España, 1964, 78 minutos

Piso de soltero (1964) de Alfonso Balcázar


Dos elementos flotan en el trasfondo de Piso de soltero (1964): la obsesión por las mujeres y el problema de la vivienda. Dos factores, dicho sea de paso, que se repiten de forma insistente en buena parte de las comedias producidas durante el tardofranquismo y que obedecen a circunstancias sociológicas harto complejas, pero que podrían resumirse, a su vez, en la inflexible represión en materia sexual impuesta por la moral nacionalcatólica y, por otra parte, en la pertinaz carestía, cuasi endémica, que siempre (entonces más) se ha estilado por estos pagos.

A pesar de lo arriba expuesto, la cinta que nos ocupa no deja de ser un típico producto de los Estudios Balcázar (muy barcelonés en su ambientación, por tanto), amable en cuanto a humor y situaciones se refiere, si bien destila ese machismo estructural tan de la época que hace que los personajes masculinos, sobre todo la pareja protagonista, se derrita cada vez que se cruza con alguna moza de buen ver, preferiblemente turistas extranjeras. Razón por la cual les urge disponer de un pisito para llevar a sus ligues.



El guion de Jaime de Armiñán y el propio Alfonso Balcázar plantea un claro contraste entre el porte aristocrático, aunque no tenga ni un duro, del distinguido Santos Alvarado (Alberto Closas) y el carácter más de comparsa de Emiliano (Cassen). Opuestos en cuanto a elegancia, pero complementarios en lo que a picaresca se refiere, claro está, ya que ambos son consumados expertos en el "arte" de dar el sablazo.

Aparte de sus pintorescos exteriores (la Sagrada Familia, el Tibidabo, el puerto...) y el interior de lo que parece ser el Palau Güell, algunas escenas tienen lugar en un tablao flamenco en el que actúa Malena (Pilar Cansino) y donde hasta su novio (Cassen) se atreve ocasionalmente a enfundarse el traje de faralaes. Aunque el espacio más codiciado será, por razones obvias, un modesto apartamento que el marqués sin blanca y su particular escudero se agencian con la complicidad de un joven trompetista llamado Enrique (Pepe Rubio).



viernes, 5 de junio de 2020

La bella Lola (1962)




Director: Alfonso Balcázar
España/Francia/Italia, 1962, 111 minutos

La bella Lola (1962) de Alfonso Balcázar


En su libro Paco Pérez-Dolz, el camí de l'ofici (Pòrtic/Filmoteca de Catalunya, primera edición: octubre de 2007), Ferran Alberich revela el siguiente episodio a propósito del filme que nos ocupa: "Antes de que finalizase el rodaje, Sara Montiel echó fuera del plató a Alfonso Balcázar porque no le gustaba cómo estaba dirigiendo la película. Era una situación sumamente peculiar, si tenemos en cuenta que el director era también el productor. Fue la misma Sara Montiel la que escogió a Paco Pérez-Dolz para que acabase la película. […] Todos colaboraron para que las cosas salieran lo mejor posible, sobre todo el director de fotografía, Mario Montuori. El resto del rodaje transcurrió sin ningún problema. Sara se comportó como si no hubiera pasado nada: llegaba a la hora, hacía caso de las indicaciones del nuevo director y no puso ninguna pega a la planificación de los números musicales, que eran bastante diferentes de los que ella estaba acostumbrada a hacer." [Traducción de Paulino Rodríguez]

Que la Montiel era una mujer de armas tomar queda meridianamente claro tras anécdotas como la anterior. Una diva a la altura de los personajes que solía interpretar en el cine y a la que no le temblaba el pulso si tenía que enfrentarse con cualquier mandamás que se le pusiera por delante. De ahí ese hieratismo que transmite a la pantalla, quizá el rasgo más característico de una actriz que más que actuar levitaba.



Filme de una conseguida ambientación decimonónica, el guion de La bella Lola (1962), coescrito por Jesús María de Arozamena, Miguel Cussó y José María Palacio, era, no obstante, una versión oficiosa e indisimulada de La dama de las camelias hecha a la medida de su protagonista, quien interpreta hasta once números musicales distintos. Una de aquellas coproducciones entre varios países, fruto del tesón del clan Balcázar, que deja entrever el poderío de un imperio (modesto, pero imperio al fin y al cabo) que tenía, sin embargo, los días contados.

En efecto, esta película fue la última que se filmó en los míticos Estudios Orphea de Barcelona, devorados, apenas un mes después de concluido el rodaje, por un incendio cuyas causas nunca llegarían a esclarecerse del todo y que acabó marcando el declive de la producción cinematográfica en la ciudad.