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domingo, 19 de noviembre de 2023

El tambor del Bruch (1948)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1948, 72 minutos

El tambor del Bruch (1948) de Iquino


Para tratarse de una película rodada en la España de finales de los cuarenta, lo cierto es que El tambor del Bruch (1948) contiene una inusual cantidad de símbolos propios de la identidad catalana. Tal sería el caso, por ejemplo, del Virolai, que los insurrectos somatenes entonan al pie de Montserrat, con la imagen de la Moreneta sobreimpresa en pantalla. O aquel infeliz que, a punto de ser fusilado por los franceses, levanta su puño en alto para proferir un elocuente "Visca l'independència!" (se supone que la española, pero ahí queda ese pequeño apunte en lengua vernácula).

A todo esto, conviene no perder de vista que Iquino, además de prolífico director y productor, sería también el primero en atreverse con el catalán al incluir algunas escenas en dicho idioma en El Judas (1952). Aparte de que incluso anteriormente, en La familia Vila (1950), había filmado a los protagonistas bailando sardanas en el parque de la Ciudadela. Detalles que demuestran la querencia del cineasta por su terruño, si bien no pasó nunca de la nota folclórica y superficial.



Sin embargo, el hecho de que la cinta que nos ocupa recree uno de los episodios más célebres de la guerra contra el invasor napoleónico no deja de ser un pretexto que sirve de trasfondo para el idilio entre Montserrat (Ana Mariscal) y Blas (Carlos Agostí). En todo caso, la leyenda sería de nuevo revisitada posteriormente por otros realizadores como el Jorge Grau de La leyenda del tambor (1981), con Jorge Sanz de protagonista, o, más recientemente, Bruc: El desafío (2010) de Daniel Benmayor, con un intenso Juan José Ballesta en el papel principal.

Por lo demás, huelga decir que los acontecimientos aquí descritos, por más sabor local que les diera Iquino, están contados en clave franquista, ofreciendo una visión de los traicioneros afrancesados en la que no resulta difícil vislumbrar un sospechoso parecido con aquellos republicanos a los que el Régimen culpaba de todos los males. Lectura interesada de un mito que los títulos de crédito iniciales no dudan en calificar en estos términos: "Al amparo de la santa montaña de Montserrat, esperan los patriotas al invasor con una agresiva hostilidad que, al pasar los años, ha de quedar grabada como gesta heroica en el glorioso libro de la historia de España".



martes, 8 de agosto de 2023

El paseíllo (1968)




Directora: Ana Mariscal
España, 1968, 100 minutos

El paseíllo (1968) de Ana Mariscal


Si, como suele admitirse, el carácter es el destino, los dos aspirantes a torero que protagonizan El paseíllo (1968) parecen condenados a llevar trayectorias por completo opuestas. Porque si uno es interesado y seductor, el otro peca de ingenuo y buena gente. Una disparidad de talantes que a la postre resultará decisiva cuando José María y Agustín deban hacer frente a las numerosas adversidades de su oficio.

Enésima incursión de Ana Mariscal en el mundo de la tauromaquia, la última película por ella dirigida abordaba, sin embargo, de pleno lo que en títulos anteriores había sido apenas una referencia tangencial. Circunstancia que confiere a la cinta una cierta aura crepuscular acorde con el meteórico ascenso de unos simples maletillas que irán dejándose las ilusiones por el camino conforme se adentren en los entresijos de la profesión taurina.



Lo curioso del reparto reside en el hecho de que, junto a grandes actores de renombre como Alfredo Mayo, fueron dos diestros cordobeses, Agustín Castellano “El Puri” y José María Montilla, quienes se interpretaban a sí mismos en los papeles principales. Acompañados, en las numerosas escenas de archivo, por los también matadores Pedro Mengual "El Carloteño" y Victoriano Valencia, quien venía de participar, dos años antes, en otro filme de Ana Mariscal: Los duendes de Andalucía (1966).

Precisamente, en su línea de personajes socialmente marcados, la realizadora se mete en la piel de Gloria, una prostituta entrada en años que regenta un bar de alterne y que, rindiéndose a los encantos del gallardo José Mari, pondrá a su disposición veinte mil pesetas, aparte de recomendarlo a un amigo suyo de Madrid. En cambio, Agustín, más noble en sus principios e incapaz de aprovecharse de las mujeres, optará por abrirse camino a base de esfuerzo, contando con el apoyo incondicional de su amigo el Tato (Venancio Muro) y de su novia Carmen (María Kosty), pero expuesto al mismo tiempo a todo tipo de contrariedades.



lunes, 7 de agosto de 2023

Vestida de novia (1967)




Directora: Ana Mariscal
España, 1967, 98 minutos

Vestida de novia (1967) de Ana Mariscal


Como si de un espectáculo de varietés se tratara, los números musicales de Vestida de novia (1967) van desfilando uno tras otro, a veces sin que vengan muy a cuento ni tengan excesiva relación con la trama. Lo cual tampoco tiene nada de extraño si se considera que se trata de una fórmula que su directora, la hoy reivindicada Ana Mariscal (1923-1995), puso en práctica en diversas ocasiones. Tal fue el caso, por ejemplo, de Los duendes de Andalucía (1966) e, incluso antes, de Feria en Sevilla (1962), donde el protagonismo ya había recaído sobre un afeminado Pedrito Rico que representaba en sí mismo toda una provocación para la censura franquista.

A este respecto, el colorido estridente de la cinta que nos ocupa (con dirección de fotografía de Valentín Javier y decorados de Augusto Lega) pone de manifiesto el gusto de la realizadora por un tipo de puesta en escena que anticipa en muchos años la estética habitual de tantísimos filmes de Almodóvar. Basta echar un vistazo a los títulos de crédito iniciales, escritos a mano sobre cartulinas de distintas tonalidades, para reconocer un estilo visual que el manchego convertiría varias décadas después en inconfundible marca de fábrica.

Massiel interpretando el tema "Di que no"


Y qué decir de la heteróclita mezcolanza de artistas que aquí se dan cita. Porque, aparte del ya mencionado Pedrito Rico (quien interpreta a la típica promesa que intenta abrirse camino en el mundo de la canción), también actúan Massiel (antes de su victoria eurovisiva) y el conjunto yeyé Los Flecos: curiosa miscelánea, un poco pillada por los pelos si se quiere, pero que permite adentrarse en un terreno más melodramático, sobre todo a través de la relación entre la cantante y el apuesto Carlos (Juan Luis Galiardo), compositor y atormentado prometido de la misma.

En definitiva, y a pesar de que el planteamiento —una empresaria cazatalentos, la propia Ana Mariscal, empeñada en que su protegido Juan de los Reyes (Rico) triunfe en América— pudiera considerarse un calco de su anterior colaboración cinematográfica, la susodicha Feria en Sevilla (1962), lo cierto es que la película no deja de tener un particular encanto como producto kitsch al servicio de una estrella moderadamente transgresora, capaz de entonar "Tatuaje" y otros éxitos de León, Quintero y Quiroga dándoles un inequívoco aire gay.



domingo, 6 de agosto de 2023

Los duendes de Andalucía (1966)




Directora: Ana Mariscal
España, 1966, 108 minutos

Los duendes de Andalucía (1966) de Ana Mariscal


A diferencia de lo que ocurría en Feria en Sevilla (1962), en la que lo musical primaba por encima de lo argumental, el planteamiento de Los duendes de Andalucía (1966) ni siquiera llega a conferir un protagonismo relevante a los artistas que en ella intervienen, sino que se queda en una categoría más de tipo documental. Así pues, la trama, mínima, presenta a un periodista francés de madre uruguaya (Sancho Gracia) al frente de una particular road movie cuya compañera de viaje es una niña pizpireta, de nombre Carmelita, interpretada, nada más y nada menos, que por una Maribel Martín en los inicios de su carrera.

Entre los lugares que visitan los personajes a lo largo de su recorrido cabe destacar el Museo Taurino de Córdoba, donde el guía que los atiende hace especial hincapié en los objetos personales de Manolete, y, en esa misma ciudad, el Museo Julio Romero de Torres, con Rafael Romero de Torres Pellicer, hijo del pintor, haciendo los honores. Ya en Sevilla, Randi (Marie France) tendrá ocasión de admirar los cuadros de Zurbarán.



Aparte de una banda sonora a base de temas interpretados por Juanito Valderrama, Los Tonys o Los Estudiantes, la cinta incluye las actuaciones, entre otros, de figuras de la talla de Porrina de Badajoz (1924-1977), La Paquera de Jerez (1934-2004) o La Tomata (1942-2007), siendo esta última la bailaora que aparece inmortalizada en el cartel de la película. Asimismo, el diestro Victoriano Valencia, una de las personalidades destacadas que encabezan el reparto, ofrece una corrida en la Maestranza.

Por último, son los elementos más cotidianos los que quizá posean un mayor interés testimonial, como por ejemplo el incendio de una caseta en la Feria o la figura, hoy ya bastante diluida, de los maletillas, esos jóvenes, aspirantes a torero, que Simon Legrand (Sancho Gracia) recoge en un par de ocasiones en su descapotable. Aspectos que conforman, esta vez sin la aparición estelar de la directora, uno de los títulos más peculiares de la filmografía de Ana Mariscal.



sábado, 5 de agosto de 2023

Feria en Sevilla (1962)




Directora: Ana Mariscal
España, 1962, 86 minutos

Feria en Sevilla (1962) de Ana Mariscal


Pese a que su padre insiste vehementemente en hacer de él una figura del toreo, al joven Rafael sólo le interesa triunfar en el mundo del espectáculo. Entre otras cosas porque posee una voz privilegiada que fascina a cuantos le escuchan cantar. Y así, acompañado de sus inseparables Pepillo (Ángel Ter) y el gitanito Agustín (Juan Salazar, Porrinas hijo), se lanza a la aventura para ver si logra hacerse un hueco en el panorama artístico de la capital andaluza.

Puede que el argumento de Feria en Sevilla (1962) resulte un tanto anodino desde el punto de vista cinematográfico, aunque ya se sabe que este tipo de productos solían estar al servicio del astro de turno que los protagonizaba. Que en este caso no era otro sino Pedrito Rico (1932-1988), «El Ángel de España», como lo apodaron aquí y, sobre todo, en Argentina, adonde cosechó un éxito tan notable que Buenos Aires llegaría a convertirse en su residencia habitual.



Huelga decir que los números musicales incluidos en la cinta destacan por encima de la propia acción, siendo los temas más remarcables (con música del maestro Solano y letra de Ochaíta y Valerio) una versión del "Porón-pon-pon" ligeramente distinta a la popularizada por Manolo Escobar o "La de la Calle Pureza", interpretada en un lujoso escenario por Conchita Bautista, quien da vida a una estrella ya consagrada que responde al sonoro nombre de Cruz de los Reyes.

Y como suele ser habitual en las películas por ella dirigidas, Ana Mariscal se reserva un breve papel, ya hacia el final de la trama, concretamente el de una bella cazatalentos que, ante la imposibilidad de contratar a Cruz, propondrá una suculenta oferta a Rafael para que actúe en el circuito de teatros que posee en América y para la televisión. Declaración de intenciones por parte de una cineasta que, bajo la apariencia bobalicona de esta comedia repleta de tópicos (subrayada por la presencia en el reparto de un Miguel Ligero que lo mismo hace de turco que de representante artístico un tanto trilero), ensalzaba la figura de un artista, Pedrito Rico, hostigado durante el franquismo por su condición de homosexual.



viernes, 4 de agosto de 2023

¡Hola, muchacho! (1961)




Directora: Ana Mariscal
España, 1961, 85 minutos

¡Hola, muchacho! (1961) de Ana Mariscal


Drama propagandístico auspiciado por las fuerzas vivas del tardofranquismo, la acción de ¡Hola, muchacho! (1961) transcurre en un marco espaciotemporal cuyos valores esenciales giran en torno a la familia, el trabajo y los dictados del nacionalcatolicismo. Su directora, la hoy redescubierta Ana Mariscal, vuelve a interpretar un papel de mujer descarriada (en realidad una simple madre soltera, algo escandaloso en aquel contexto), si bien el protagonismo recae sobre Juan (Carlos Casaravilla, doblado por la cavernosa voz de Teófilo Martínez), un altivo mecánico de motores de aviación al que los máximos dirigentes de su empresa envían a Córdoba para que realice un cursillo organizado por la Universidad Laboral de la ciudad andaluza.

Más que por su argumento típicamente folletinesco, el principal interés de la cinta reside en cómo la cámara capta la monumentalidad de una arquitectura al servicio de los ideales del Régimen, escenario donde los estudiantes desfilan alegremente con ordenada disciplina militar y se someten a las exigencias de unos frailes dominicos que, como en el caso del magnánimo padre Germán (Antonio Casas), ejercen la docencia en aquellas aulas.



Ni que decir tiene que la moralina hace acto de presencia a cada momento, deslizando consignas encaminadas a reforzar los valores autóctonos, por ejemplo cuando uno de los preceptores lanza aquello tan reaccionario de que "De la generosidad de nuestro esfuerzo y de nuestra formación, depende el futuro de la patria". Así, al menos, lo creían algunos y ese espíritu de camaradería se halla presente de principio a fin de una película tal vez olvidable, sí, pero que constituye al mismo tiempo un interesante documento de época.

Cabe añadir, por último, que la tormentosa relación padre-hijo entre Juan y el resentido David (Manuel Franch) adquiere tintes melodramáticos que la vehemente partitura del argentino Isidro B. Maiztegui no hace sino reforzar hasta casi convertir la trama en un sólido duelo generacional donde unos y otros, jóvenes y viejos, se verán forzados a dejar de lado su respectivo orgullo para terminar haciendo una apología un tanto descafeinada de las virtudes familiares.



sábado, 29 de julio de 2023

La quiniela (1960)




Directora: Ana Mariscal
España, 1960, 84 minutos

La quiniela (1960) de Ana Mariscal


«—¿Trae algo nuevo el periódico? —Sí, la fecha...» Los diálogos de La quiniela (1960) están repletos de réplicas que, como la que encabeza estas líneas, evidencian un humor blanco de lo más entrañable. Como encantadora resulta la figura de Ana Mariscal (1923-1995), actriz y cineasta que el próximo 31 de julio hubiese cumplido cien años. Su filmografía como directora, nunca lo suficientemente reivindicada, había arrancado con la comedia de ambientación madrileña Segundo López, aventurero urbano (1953), primero de una decena larga de títulos entre los que destacan Con la vida hicieron fuego (1959) o El camino (1964), adaptación cinematográfica de la novela homónima de Miguel Delibes.

Entre bromas amables y situaciones de lo más ocurrente, el trasfondo futbolístico de la cinta que nos ocupa deja entrever, sin embargo, uno de los rasgos habituales en cualquier sociedad subdesarrollada: la obsesión por salir de pobre. En ese sentido, llama poderosamente la atención el hecho de que su protagonista, un venerable ancianito que responde al nombre parlante de don Cándido Palomo y García (Joaquín Roa), viva por completo ajeno a la pasión por el deporte rey de cuantos le rodean, hasta que un compañero de trabajo, el oportuno Olmedilla (Erasmo Pascual), le pide que le ayude a rellenar el boleto para los partidos del próximo domingo.



Aunque no es el fútbol la única manía que aparece aquí descrita, gracias al magistral guion de Agustín Valdivieso con diálogos adicionales de Tono de Lara y Luis Ligero, sino que también queda patente la adicción de la joven Elisita (Isana Medel) a las novelas románticas y a los seriales radiofónicos. Una ensoñación recurrente, encarnada por el apuesto Leonardo Mendoza (Rafael Durán), cuyo origen más plausible cabría buscarlo en el afán escapista de quien ansía evadirse de la cruda realidad diaria. La misma que obliga a la sufrida doña Elisa (Rafaela Aparicio) a hacer malabarismos para poder llenar la cesta de la compra en un mercado donde la gente se agolpa en torno a un puesto porque una señora (¡cosa insólita!) está comprando carne...

Por otra parte, la propia Ana Mariscal se reserva un pequeño papel, concretamente el de la solterona Berta, mujer en principio condenada a una existencia gris en la modesta casa de huéspedes regentada por don Cándido, pero a la que la vida tal vez depare una última oportunidad. En todo caso, el penúltimo plano de la película, una mano que sube el volumen del televisor a través del cual se está retransmitiendo un partido, denota una gran audacia (quien vea la escena y su contexto entenderá por qué) por parte de una directora avanzada a su tiempo.



sábado, 22 de abril de 2023

Un hombre va por el camino (1949)




Director: Manuel Mur Oti
España, 1949, 82 minutos

Un hombre va por el camino (1949)


Debutaba Manuel Mur Oti en la dirección de largometrajes con una historia, escrita por él mismo, cuyos rasgos principales denotan ya la intensa personalidad de un cineasta que había de destacar en su doble faceta de creador especialmente dotado para el melodrama y retratista de personajes femeninos que responden al perfil, nada común para la época, de mujer fuerte. Sin embargo, y por paradójico que parezca, Un hombre va por el camino (1949) alude desde su propio título a la solitaria efigie de un simpático trotamundos que se planta un buen día en la cima de Monte Oscuro para dar un giro a su destino y al de una joven viuda llamada Julia (Ana Mariscal).

Aunque, dada la condición de barbudo de Luis (Fernando Nogueras), así como su aversión hacia el trabajo manual, cabría preguntarse si en realidad se trata, según la terminología en boga por aquellos años, de un simple "vago o maleante" o si, por contra, estamos ante un antiguo republicano depurado por el Régimen y, por ende, incapacitado para ejercer su antigua profesión. Sospechas que el espectador baraja a lo largo del relato y que va sucesivamente descartando (por ejemplo, cuando el caminante revisa la biblioteca del difunto Enrique y declara su disconformidad con el darwinismo) hasta llegar a un sorprendente desenlace melodramático marca de la casa.



No faltan, asimismo, otros elementos que serán una constante en la ulterior filmografía del cineasta, como el entusiasmo con el que se muestran las tareas campestres, ya sea en escarpados terruños de labrantío o bien durante la siega de parcelas rebosantes de trigo candeal, así como las habladurías que suscita entre los vecinos de Tierra Vieja (y en especial entre sus ancianas arpías) la presencia en el lugar del misterioso forastero que se ha instalado junto a una mujer sola y la hija de ésta.

Pese a la poca verosimilitud del planteamiento inicial, Mur Oti compensa las posibles carencias del libreto con una soberbia puesta en escena cuyas principales bazas residen en la magnificencia del paisaje (los exteriores se filmaron en el leonés valle de Riaño, hoy desaparecido, en su mayor parte, bajo las aguas del pantano), la impecable fotografía en blanco y negro de Manuel Berenguer y una emotiva partitura, a cargo del maestro Jesús García Leoz, que subraya el carácter conmovedor de los hechos que aquí se refieren.



lunes, 1 de junio de 2020

Morena Clara (1954)




Director: Luis Lucia
España, 1954, 91 minutos

Morena Clara (1954) de Luis Lucia


¿Remake o parodia? Bien mirado, esta nueva versión, en desvaído Gevacolor, de Morena Clara, el clásico de 1936 que protagonizara Imperio Argentina a las órdenes de Florián Rey, tenía un poco de ambas cosas. Sobre todo por ese ocurrente introito histórico en el que se repasa la evolución del pueblo gitano desde el Egipto del faraón Ramsés XLV, "de la vigesimotercera dinastía de los Ptolomeos", hasta nuestros días y que, burla burlando, contiene algún que otro comentario abiertamente racista.

Como cuando se detiene en plena Edad Media, coincidiendo con un episodio en el que doña Berenguela, encaramada en lo alto de un torreón y molesta por la prolongada ausencia de su marido (quien se había largado a las Cruzadas dieciocho años antes por no aguantarla), lanza un jarro de agua fría sobre un grupo de ufanos bailaores, origen, según revela la voz en off de Fernando Fernán Gómez, de "la incompatibilidad con la ducha que desde entonces distingue a los calés" ¡Toma ya!



Evidentemente, no debe juzgarse una cinta estrenada a mediados de los cincuenta según los valores vigentes hoy en día. Más que nada porque se corre el riesgo de condenar injustamente lo que en su momento pasó por comedia amable y aun musical folclórico. En cuyo reparto, por cierto, repetían dos de los actores del elenco original: Miguel Ligero, de nuevo como Regalito (si bien ahora, transcurridos veinte años, ya no como hermano, sino en el papel de tío de la protagonista) y Manuel Luna, que cedía su puesto de fiero fiscal al mencionado Fernán Gómez para interpretar al venerable juez don Elías.

Al margen de los tópicos tan cuestionables que explota el filme (la mayoría en torno a la idea de que los gitanos son ladrones, gandules y simpáticos) o una cierta caricatura de la España de pandereta, lo cierto es que el mensaje de fondo no deja lugar a muchas dudas: el amor, que todo lo puede, acaba redimiendo a ambos protagonistas, de modo que Enrique será menos adusto, mientras que Trinidad (Lola Flores), previo aprendizaje trabajando como empleada doméstica en casa del susodicho, será capaz de comportarse (o por lo menos de vestirse) igual que una paya, como si de una versión cañí del mito de Pigmalión se tratase.


domingo, 8 de marzo de 2020

Con la vida hicieron fuego (1957)




Directora: Ana Mariscal
España, 1957, 77 minutos

Con la vida hicieron fuego (1957)
de Ana Mariscal


Más que por sus méritos cinematográficos, que también los tiene (sobre todo tratándose de un filme dirigido por la actriz y realizadora Ana Mariscal), el interés de Con la vida hicieron fuego radica especialmente en su particular modo de abordar el siempre espinoso tema de la Guerra Civil. Toda una osadía en pleno franquismo —compensada, eso sí, con el heroico rescate del Cristo de los Navegantes— que, a buen seguro, hubo de condicionar lo que, según los estándares de la época, solía ser el normal desarrollo de una producción al uso.

Es muy probable que a ello obedezca la apariencia entrecortada que, en términos generales, se percibe a lo largo de un relato, adornado con apuntes vagamente documentales del folclore astur, en cuyo metraje debieron de cebarse las tijeras de la censura. O lo forzado de algunas líneas de los diálogos, intercaladas, sin duda, para justificar el sesgo ideológico de los personajes: "Fuimos una generación trágica. Encendimos el fuego a nuestro alrededor y ahora... debemos reconocerlo, nos sentimos como supervivientes del incendio." O bien: "Son cosas de la guerra. Sí. Vivimos en un incendio que todos hemos provocado, y estamos haciendo fuego con nuestras propias vidas..."



Con todo, el planteamiento inicial (un antiguo combatiente que, tras largos años fuera de España, regresa a su aldea natal) haría fortuna en lo sucesivo, sirviendo de punto de arranque en las posteriores y muy notables España otra vez (1969) y El amor del capitán Brando (1974), con la única salvedad, huelga decirlo, de que tanto Jaime Camino como Jaime de Armiñán optaron, en sus respectivas películas, por otorgarle el protagonismo a un republicano, mientras que aquí, aun tratándose de un hombre afable, Quico (Jorge Rigaud) había pertenecido al bando nacional.

De vuelta en su idílica aldea asturiana, el marino, que ha pasado quince años en "países jóvenes" de Sudamérica, llega con renovado ímpetu para darse de bruces con su propio pasado: recuerdos que el espectador tendrá ocasión de conocer pormenorizadamente a base de largos flashbacks y que reabren heridas que Quico creía cerradas. Especialmente doloroso es el reencuentro con Armandina (Ana Mariscal), viuda de un su amigo que murió en el frente y con la que le une una incómoda tensión amorosa no resuelta. Como también parece embarazosa la atracción que el viejo olmo siente hacia la turgente Isabelita (Malila Sandoval), muchacha grácil que despierta en él el recuerdo de aquella novia suya a la que en su día fusilaron por republicana.


sábado, 11 de enero de 2020

Un día perdido (1955)




Director: José María Forqué
España, 1955, 82 minutos

Un día perdido (1955) de José María Forqué

Tres monjas se hacen cargo de un neonato abandonado, con la intención de encontrar a su madre o, en su defecto, de llevarlo a la inclusa. Típico argumento folletinesco sin mayor aliciente que las celebridades que trabajaron en la película, desde las actrices Ana Mariscal o Elvira Quintillá, el irrepetible Pepe Isbert, la dirección de Forqué y hasta una aparición fugaz de José Luis López Vázquez, por aquel entonces un simple figurinista que hacía sus pinitos en el mundo de la interpretación.

Hay, quizá, a tenor de la relativa novedad que suponía filmar en exteriores, un segundo elemento de interés en las escenas rodadas en ese Madrid popular del Rastro, con sus calles atestadas de gente en los aledaños de la Plaza de Cascorro. A este respecto, la odisea de las religiosas a bordo del taxi del afable don Paco (Isbert) permite, de paso, ofrecer una panorámica de la ciudad con parada en los almacenes Galerías Preciados o el local de varietés donde actúa una jovencísima Lina Canalejas.



El objetivo de la cinta, sin embargo, no era ni convertirse en documento de época ni coquetear con el musical (aunque se incluya un par de canciones), sino dorarle la píldora a un espectador al que debían quedarle muy claras las bondades de la paternidad y de la vida en familia: "Cásate, échate obligaciones encima. Verás cómo te las arreglas para ganar más. El mejor camino, el matrimonio. Un hombre solo, por mucho que gane, es dinero perdido. Y no os asusten los hijos. Que es bien cierto que todos nacen con un pan bajo el brazo". Se lo dice el señor Roca (Félix Dafauce) al díscolo Andrés (Virgilio Teixeira), pero en realidad es el respetable el que debe tomar buena nota para cuando salga del cine y se reincorpore a la vida cotidiana.

Aunque Noel Clarasó, el autor del guion, no da puntada sin hilo, de modo que el trío de hermanitas de la caridad, a cuál más compasiva y bondadosa, cumple la indisimulada misión de hacernos creer que los miembros de la Iglesia católica viven entregados al socorro del prójimo las veinticuatro horas del día. Propaganda sin ambages con la que no sólo se reprendía a la madre descarriada (Elena Barrios) capaz de abandonar a su vástago, sino que, sobre todo, el nacionalcatolicismo extendía sus tentáculos ávido de captar adeptos para la causa.


domingo, 10 de junio de 2018

El camino (1963)




Directora: Ana Mariscal
España, 1963, 91 minutos

El camino (1963) de Ana Mariscal


Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba el curso de los acontecimientos, aunque lo acatara como una realidad inevitable y fatal. Después de todo, que su padre aspirara a hacer de él algo más que un quesero era un hecho que honraba a su padre. Pero por lo que a él afectaba…

Miguel Delibes
El camino

Aunque menos conocida que La tía Tula (1964) de Miguel Picazo, El camino refleja con certera sagacidad la vida en una pequeña aldea castellana durante el franquismo. Su directora, Ana Mariscal, se las vio y se las deseó para sacarla adelante, pero la censura y un contexto social eminentemente masculino en el que aún se fruncía el ceño ante la nada frecuente situación de que fuese una mujer quien se situara tras las cámaras se confabularon para que el filme apenas tuviese carrera comercial.

Luego está también el hecho de que el docto Unamuno siempre gozó de mejor prensa entre algunos sectores de la crítica que no un Miguel Delibes salido, a fin de cuentas, de las filas del Régimen. En cualquier caso, la homónima adaptación cinematográfica de su novela atenúa el hecho de que el protagonista rememora sus recuerdos de infancia la noche antes de marcharse a estudiar a la ciudad: según el guion coescrito por José Zamit y la propia Mariscal, son las travesuras de Daniel y sus inseparables Moñiga y Tiñoso el centro de interés.



Quizá por ello, por tratarse de una película con niños, se opta con demasiada frecuencia por el uso del primer plano para captar la expresión de sus rostros, con especial predilección, como es natural, por José Antonio Mejías (Daniel el Mochuelo), aunque seguido de cerca por la entonces rapaza Maribel Martín (La Uca), futura actriz, productora y esposa de Julián Mateos.

Lo más interesante, sin embargo, de El camino son esas callejas de Candeleda y Arenas de San Pedro, municipios ambos del Valle del Tiétar (Ávila), así como la instantánea de beatas perpetuamente enlutadas (caso de La Guinduilla: Julia Caba Alba), maestros comidos por las moscas (impecable el enjuto don Moisés que compone el siempre efectivo José Orjas), chismorreos tras los visillos (especialidad de La Leporida: María Isbert), brutales apodos, falsos milagros, escenas censuradas en el cine recreativo del pueblo y un párroco (Joaquín Roa) armado de sotana y flemática paciencia. Y, por encima de todo, la magistral escena (minuto 54) en la que las fuerzas vivas de la aldea le pegan fuego al proyector, formando un cuadro alrededor de la hoguera de innegable inspiración cervantina y que recuerda al de los antiquijotes quemando los libros del hidalgo manchego.


sábado, 18 de noviembre de 2017

Pacto de silencio (1949)




Director: Antonio Román
España, 1949, 83 minutos

Pacto de silencio (1949) de Antonio Román


ISABEL: ¡Pero qué horrible es todo esto! 
JOHN: De nuestra firmeza en los momentos difíciles depende el fin de todo. Prométeme ser fuerte...

Vi por vez primera Pacto de silencio hará cosa de diez años y recuerdo que, ya entonces, me llamó poderosamente la atención a causa de diversos motivos. En primer lugar, por su impactante escena inicial: un vigoroso bombardeo, recreación bastante acertada de la batalla de Dunkerque (no en vano, el montaje corrió a cargo de Antonio Isasi-Isasmendi). También por el verismo, en la secuencia siguiente, de los escombros, admirable trabajo del decorador Juan Alberto Soler. Pero, sobre todo, debido a su aspecto general de thriller al modo británico, centrado en la particular historia de un miembro de la Resistencia francesa. ¿Cómo era esto último posible tratándose de una película rodada en pleno franquismo?

La respuesta hay que buscarla en la fecha de estreno: para 1949, tras la caída de los regímenes fascistas en toda Europa, comenzaba a ser urgente planificar el lavado de imagen por parte del franquismo que desembocaría, ya en la década siguiente, en su alianza estratégica con EE.UU. A nivel cinematográfico, dicha operación se haría visible en julio de 1950 con el reestreno de Raza (ahora rebautizada como Espíritu de una raza), nueva versión del filme bélico de Sáenz de Heredia, en la que desaparecían los saludos con el brazo en alto y otros símbolos por el estilo, para convertir lo que fuese apología del totalitarismo en una cinta de propaganda anticomunista. Por lo que no es de extrañar que, un año antes, Pacto de silencio preparara el terreno que propiciase el acercamiento ideológico con el amigo americano.

Isabel durante el juicio. Curiosamente, la actriz Ana Mariscal
había formado parte del reparto de Raza

De ahí la sorprendente situación de que su protagonista, el Mayor John Brand (interpretado por el italiano Adriano Rimoldi), fuese un miembro de la Armada Británica casado con una española que vive en La Plana de Vic. Más asombrosa, si cabe, por el hecho de que, tras intercambiar su identidad con la de un cadáver en Dunkerque, Brand es reclutado por los partidarios de de Gaulle en un Argel cuyo café recuerda irremediablemente al de Casablanca (1942) y que su antagonista sea un espía alemán (aunque ni su nacionalidad ni el término nazi se lleguen a pronunciar, como por otra parte es lógico, ni una sola vez).

Isabel (Ana Mariscal), junto a Carlos (Conrado San Martín)

En su momento, Pacto de silencio fue recibido como un filme influido por el neorrealismo italiano, opinión que, visto hoy, puede resultar del todo sorprendente, si bien es cierto que su director, Antonio Román, no sólo fue un cinéfilo atento a las novedades que de aquel país llegaban, sino que, además, prefirió que los actores de Pacto de silencio no usaran maquillaje. En cualquier caso, Román debió guardar un buen recuerdo de esta producción (rodada en los Estudios Trilla de Barcelona y, parcialmente, en Navarra, a partir de una idea del crítico Alfonso Sánchez), puesto que en 1963 llevaría a cabo un remake con el mismo título, ambientado ahora en la guerra de independencia argelina.

Isabel y John (Adriano Rimoldi) en el Hotel Miramar

sábado, 3 de junio de 2017

Jeromín (1953)




Director: Luis Lucia
España, 1953, 91 minutos

Jeromín (1953) de Luis Lucia


1554: España domina el orbe. Sus invencibles banderas se despliegan agitadas por un viento de victoria. Son las banderas del emperador Carlos I. Con el fuego de nuestras bombardas y culebrinas y el filo resplandeciente de las picas de nuestros tercios, la historia de España llevó a sus páginas una interminable letanía de nombres gloriosos: Flandes, Nápoles, Túnez, Sajonia, Provenza, Argel. Las victorias se sucedían al son de los clarines y al redoble de los tambores. Y sus ecos atravesaban el mundo, estremecido bajo aquel trueno de gloria. Todo cedía ante el arrojo de los infantes, la bravura de sus capitanes y el ímpetu de la caballería española. Carlos I fue el brazo armado de la cristiandad. Sus hazañas convirtieron en imperio la unidad lograda por los Reyes Católicos. Y bien pudo decirse de él que podía cruzar Europa de confín a confín pisando tierras de su soberanía. Y para dominar aquel imperio, el más grande que conocieron los siglos, las mocedades de España habían salido a la gran aventura del mundo. Los hombres hacían la guerra. Los niños jugaban a la guerra.

¡Madre del amor hermoso! Dime de qué presumes y te diré de qué careces... Sólo en un país tan abismalmente depauperado y hundido en las penurias de la dictadura militar más ignominiosa se podía practicar semejante ejercicio de retórica enfática y huera. Las glorias que nunca fueron al servicio del espíritu nazi-anal...

Pero lo que más miedo da es pensar que dicho discurso iba especialmente dirigido al público juvenil, encarnado en la película por ese niño que responde al nombre de Jeromín y que habla como un adulto, destila el ardor guerrero de sus mayores y que representa el prototipo de paladín fervoroso fanáticamente identificado con la causa que tanto le interesaba difundir al régimen.



Del contenido del filme poco más se puede añadir: apenas una sucesión de estampas, a cuál más pintoresca, machaconamente punteadas por el sonsonete ampuloso y solemne de la mayor parte de personajes. Sí que convendría, quizá, llamar la atención sobre el hecho de que en al menos un par de ocasiones se deja escuchar un cierto eco quijotesco. Ya en la primera escena, la chiquillería comandada por el futuro Juan de Austria (Jaime Blanch) hace el amago de conquistar una ciudadela imaginaria (en realidad, un grupo de molinos manchegos). Más tarde, el protagonista, habiéndose encomendado ya a la buena fortuna de los caminos, irá a topar con el Retablo de la Farsa de Maese Rodrigo, compañía de cómicos de la legua que lo ordenarán caballero para, acto seguido, mantearlo como a un pelele. De modo que Goya, Sancho y el hidalgo de la triste figura acaban confluyendo en un Jeromín que, en ese momento preciso de la trama, tiene también algo de Lazarillo. Aunque para Quijote, nadie mejor que Diego Ruiz (Antonio Riquelme), escuálido soldado fanfarrón y mentor del hijo bastardo de Carlos V.



Y, sí: los decorados de Luis Pérez Espinosa y Gil Parrondo, así como la ambientación histórica de Manuel Comba y Eduardo Torre de la Fuente (en especial el vestuario, diseñado por Peris Hermanos) son dignos de mención.

sábado, 21 de enero de 2017

La princesa de los Ursinos (1947)




Director: Luis Lucia
España, 1947, 97 minutos


"¡Láa, la-la-la-lá, la-láaaa!"

La princesa de los Ursinos (1947) de Luis Lucia


No hemos pretendido hacer historia (nombres fechas y recuentos de batallas), sino reflejar el ambiente espiritual de España en un momento del siglo XVIII. 
Luis XIV de Francia, el "Rey Sol", acaba de lograr que su nieto ocupe el trono de España con el título de Felipe V. No se conforma con este triunfo. Quiere más y su ambición le enfrenta con el carácter español indómito, independiente, forjado en siglos de lucha y para quien los Pirineos ni han desaparecido ni desaparecerán jamás. 
Entre realidad y fantasía conoceréis un famoso duelo diplomático cuyas vicisitudes silencia la historia.


*           *           *

1948 fue el año de la llegada a España del pequeño Juan Carlos de Borbón y Borbón, un niño de apenas diez años de edad que, con los años, estaba llamado a ser... amante de Bárbara Rey. Quizá por ello (por su llegada, digo), las autoridades franquistas consideraron oportuno que el público debía comenzar a familiarizarse con la dinastía borbónica y sus inicios en suelo hispánico.

De modo que, manos a la obra, Carlos Blanco escribió el guion y Cifesa puso toneladas de cartón piedra, yeso y pelucas, muchas pelucas con rizos, rulos y demás bagatelas vagamente dieciochescas. Luis Lucia dirigiría el cotarro (con Rovira Beleta de ayudante). Y, tomando como pretexto un personaje histórico, Marie-Anne de La Trémoille, princesa de los Ursinos (París, 1641 – Roma, 5 de diciembre de 1722), fue concebida una superproducción que nada tenía de histórica. Puesto que el objetivo era más bien utilizar el pasado para justificar el presente.

En ese aspecto, los diálogos contienen afirmaciones inequívocamente falangistas. Como cuando el embajador Goncourt (interpretado por José María Lado) dice aquello de: "Hay entre los españoles, por espíritu de raza, un decidido propósito a no dejar que nadie les imponga sus destinos." Lo de "espíritu de raza", por cierto, acabaría sirviendo para rebautizar cierta película de Sáenz de Heredia...

Así que la tal princesa es enviada a Madrid con el objetivo de que Felipe V (Fernando Rey: ¡qué bárbaro, con ese apellido estaba predestinado a hacer o de monarca o de vedette del destape!) no olvide jamás que él es francés y "que los Pirineos desaparezcan efectivamente: que Francia y España formen una sola nación de dos cuerpos." Una sola nación, pero con la capital en Versalles (se entiende). Y, ¿por qué tanta insistencia en ver una amenaza en el país vecino? Pues porque tras el fin de la Segunda Guerra Mundial el régimen de Franco temía la injerencia de las democracias occidentales. De ahí que el concepto de independencia se repita hasta la saciedad.

Ya sólo faltaba el galán cantarín de turno, en este caso Roberto Rey (vaya, hombre: ¡otro bárbaro con apellido de amante palaciego!), para que enamorase a la princesa y le hiciese "comprender España", echando por tierra los planes del pérfido gabacho.




*           *           *

...pero el espíritu de Luis Carvajal, valor y audacia al servicio de la independencia patria, no ha muerto. ¡Vive!... Y vivirá siempre en el corazón de los españoles.

martes, 5 de abril de 2016

Segundo López, aventurero urbano (1953)




Directora: Ana Mariscal
España, 1953, 81 minutos

Segundo López, aventurero urbano (1953)


En esta pacífica ciudad, nació Segundo López. Aquí pasó los primeros 47 años de su vida, dedicándose a jugar al tute, al julepe y a la rana; a la contemplación del paisaje extremeño y a emborracharse de vez en cuando para matar el aburrimiento. Jamás trabajó en nada este hombre bueno, analfabeto y sentimental porque pasó toda la vida al amparo de su madre, de quien acaba de heredar una modesta frutería. Segundo López, traspasó su industria, desprendiéndose con ello de lo único que todavía le ligaba a su pueblo. Y un buen día, sin pensarlo siquiera, emprendió el primer viaje de su vida...

Es una voz en off la que nos pone en situación: Segundo ha pasado su vida en una aldea cacereña de la que recién ha salido por vez primera tras haber heredado una modesta fortuna de su madre. Es, por lo tanto, alguien totalmente ajeno a la capital, hecho del que se derivan no pocos equívocos. De hecho, sólo alguien tan inocente como él podía hallar su alma gemela en un golfillo: "El Chirri". Él y Segundo se convertirán en uña y carne, aunque el muchacho opte por robarle la cartera al poco de haberse conocido. Porque la picaresca, pasada por el tamiz de Valle-Inclán, está también muy presente en este Madrid de pensiones cochambrosas que a duras penas se resiste a salir de la posguerra.

Debut en la dirección de la actriz Ana Mariscal (1923–1995) y filme particular donde los haya, Segundo López, aventurero urbano presenta a un quijotesco dúo que protagonizará las más delirantes correrías por Madrid al ritmo estridente de la música de organillo. Ninguno de los dos, por cierto, era actor profesional, ni el rústico Severiano Población ni mucho menos "El Chirri", lo cual aporta a la película una frescura y una credibilidad notables.

Pero la de Segundo es una huida hacia adelante: no sabemos muy bien de qué, si bien lo cierto es que allá adonde va no le importa despilfarrar su dinero invitando a unos y a otros. De hecho, como le dirá al mozo de carga al descender del tren a su llegada a la estación, él viaja "con lo puesto".

Curiosamente, nada más llegar a uno de los puntos céntricos de la ciudad es enseguida abordado por un fotógrafo buscavidas (Tony Leblanc) que no dudará en aprovecharse de la afabilidad del aldeano para, mediante el consabido sablazo, desayunar a su costa. No es la única personalidad cinematográfica que interviene en la película: Carlos Fernández Cuenca, Manuel Mur Oti y el novelista Leocadio Mejías (guionista del filme) también cuentan con pequeños cameos. Incluso la propia Ana Mariscal se reserva uno de los papeles más entrañables: el de la muchacha enferma de la que se apiadarán Segundo y "El Chirri" y que aporta un bello toque poético en un ambiente en el que la sordidez y el esperpento son las notas dominantes.

sábado, 6 de febrero de 2016

Raza (1942)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España. 1942, 102 minutos

Raza (1942) de José Luis Sáenz de Heredia


El denominado cine de cruzada quedaba oficialmente inaugurado, como si de un pantano se tratase, con el estreno de Raza el cinco de enero del 42. De todos es sabido que el guion de un filme tan sumamente rancio fue escrito por Franco bajo el pseudónimo de Jaime de Andrade, lo cual no resulta del todo sorprendente a juzgar por lo ampuloso de las no pocas proclamas profascistas que contienen los diálogos: más que actuar en una película, da la impresión de que los actores estén dando un mitin.

De todos modos, ya que sería tan fácil cargarse una cinta como esta por lo inasumible de la ideología que hay detrás de ella, vale la pena al menos detenerse a comentar algunos aspectos de lo que hoy en día debe ser visto como un documento histórico que posee el interés de ayudarnos a conocer qué motivaciones y mitos alentaban al bando nacional.

En primer lugar, la decisión de que el filme se titulase Raza no solo apunta, como sería lógico pensar, en la dirección marcada por la exaltación aria del fascismo sino que posee unas connotaciones más amplias, habida cuenta de que ya desde 1913 se celebraba el 12 de octubre bajo la denominación de Día o Fiesta de la Raza. De esta manera se pretendía no tanto justificar el alzamiento nacional (que también) sino sobre todo enaltecer la esencia de unos valores, presentes a uno y otro lado del océano, que se consideraba que habían sido puestos en peligro en especial durante la República, pero también previamente. Por eso la acción arranca en 1898, justo antes de la guerra de Cuba, y no en 1936. Se pretende así subrayar que el mal viene de antiguo y la forma de demostrarlo es crear una familia, los Churruca, en cuyo seno, a pesar de ser depositaria de unas hondas virtudes añejas, se ha ido incubando la misma inquina que años más tarde asolará a todo el país. 

Esa mala voluntad la encarna en la película Pedro, personaje inspirado claramente en Ramón Franco, el hermano republicano del Caudillo. Hay que reconocer el acierto de los encargados del casting al elegir al niño que interpreta a Pedro Churruca durante su infancia (Ángel Martínez), ya que se parece enormemente a José Nieto, el actor que lo interpretará de adulto. Lo que ya no resulta tan inteligente es el modo de marcar que él es el malo y su hermano José (Alfredo Mayo) el bueno. Si este último es guapo y obediente, Pedro es interesado, tacaño y violento: método de lo más burdo para dejar bien a las claras que los futuros republicanos son malvados de nacimiento. Concepción maniquea que volverá a repetirse al final de la película con la precipitada e inverosímil conversión de Pedro. Por cierto que este mismo procedimiento (el de mostrar al hijo rojo/descarriado como un niño que ya era rarito de pequeño) lo utilizaría también Edgar Neville dos décadas después en Mi calle, aunque esa es otra historia.

El resto es pura propaganda hueca: la exacerbada valentía castrense de cartón piedra, la apología del espíritu de sacrificio, el elogio del deber inquebrantable y demás monsergas no evidencian más que un acentuado masoquismo que a la postre se revelaría rotundamente ineficaz, toda vez que en 1950, y ya en la tesitura de querer aliarse con EE.UU., se reestrenó la película con nuevo título (Espíritu de una raza) y habiendo eliminado del metraje los saludos fascistas y algunos diálogos de los que ahora no convenía presumir. De modo que lo que dos lustros antes fue encomio de los valores totalitarios pasaba a ser por arte de magia (y por falta de escrúpulos) un alegato anticomunista. Desde luego, esto sí que es una transición y lo demás son tonterías.