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viernes, 18 de enero de 2019

El extraño caso del doctor Fausto (1969)




Director: Gonzalo Suárez
España, 1969, 82 minutos

El extraño caso del doctor Fausto (1969)
de Gonzalo Suárez

En el fulgor del alba el mundo ya se ofrece, 
y en el bosque resuena la vida de mil voces, 
jirones de niebla se deslizan por los valles, 
pero hasta las gargantas llega la luz del cielo, 
y los tallos y ramas, con nuevos bríos, brotan 
del abismo profundo donde, sumidos, dormían; 
también un color tras otro se dibuja en el fondo, 
donde tremosas perlas manan de hojas y flores; 
¡todo un paraíso va formándose en torno a mí!

Johann Wolfgang von Goethe
Fausto (II parte, vv. 4686–4694)
Traducción de Pedro Gálvez

Estaba la prodigiosa década de los sesenta a punto de tocar a su fin, cuando Gonzalo Suárez hizo frente al que terminaría siendo su segundo largometraje (el estreno de Aoom, que, en un principio, estaba destinado a ocupar dicha posición, se acabó retrasando, sin embargo, por problemas de financiación). A caballo entre el barroquismo psicodélico y la exuberancia del arte pop, lo onírico y lo dionisíaco, El extraño caso del doctor Fausto rezuma la hilaridad consustancial de la Escuela de Barcelona, pese a que en determinados momentos también puede recordar al Cinema Novo brasileño, a la Nouvelle Vague francesa o incluso hasta al Pasolini de Edipo rey (1967).

Es, por decirlo brevemente, un puro ejercicio de diletantismo militante, experimental, naif y gamberro a partes iguales: la quintaesencia de lo que supuso el cine no narrativo, pero también una sucesión de elementos recurrentes en el universo creativo de su director, desde las aves exóticas de los títulos de crédito (por cierto, del todo falsos, ya que ninguno de esos técnicos intervino en la filmación), que ya estaban presentes en su libro de relatos Trece veces trece (1964) o la jirafa, que reaparecerá años más tarde en Remando al viento (1988).



Luego están las curiosidades del rodaje, tan accidentado y caótico como el propio contenido de la película. Esteve Riambau, presente esta tarde en el coloquio posterior a la proyección en la Filmoteca de Catalunya, apuntaba varias coordenadas topográficas: el filme se rodó en Barcelona (en el piso que Gonzalo Suárez tenía en la calle Amigó y en otro que le alquiló a Eduardo Mendoza y que quedaría destrozado), en Palamós (cerca de la vivienda de Alberto Puig Palau, quien interpreta a Fausto) y en Madrid, donde Charo López prepara un hediondo brebaje. El violinista que aparece fugazmente en alguna de las escenas domésticas es el padre del cineasta.

Insiste Riambau en que El extraño caso... es un relato fantástico al revés, puesto que, en lugar de partir de la realidad para desembocar en una quimera, Suárez subvierte dicho esquema hasta el extremo de cerrarlo con una pirueta no exenta de ironía: todo ha sido un sueño, tal vez la enajenación mental transitoria de un anodino padre de familia llamado, como el protagonista de su novela Doble Dos (1974), Octavio Beiral. Curioso punto y final para un proyecto que estaba previsto que formase parte de las "diez películas de hierro" que jamás llegarían a rodarse. La publicidad de la época la presentaba como "el cine del futuro", al tiempo que advertía: "Película realizada con la técnica de los sueños. No piense: suéñela despierto".


viernes, 14 de diciembre de 2018

Liberxina 90 (1970)




Director: Carlos Durán
España, 1970, 85 minutos

Liberxina 90 (1970) de Carlos Durán


Pues, como no podían hacer Victor Hugo, los miembros de la Escuela de Barcelona se dedicaron sistemáticamente a hacer Mallarmé... Tal y como sucede con la práctica mayoría de filmes surgidos al calor de aquel movimiento, Liberxina 90 responde, punto por punto, a unos parámetros experimentales de los que hoy muchos abominan. En cualquier caso, la exposición LIBERXINA, Pop y nuevos comportamientos artísticos, 1966-1971, que podrá verse en el Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC) hasta el 22 de abril del año que viene, toma su nombre de esta película del malogrado Carlos Durán.

Por desgracia, el malditismo que habitualmente rodea el legado de quienes, a finales de la década de los sesenta y primeros setenta, se atrevieron a imaginar un cine innovador desde el seno de la barcelonesa Gauche divine termina por traducirse, con demasiada frecuencia, en la invisibilidad de un buen puñado de títulos que hoy merecerían ser reivindicados como capítulo esencial de nuestro patrimonio fílmico.

William Pirie junto a Romy en un chiringuito de la Barceloneta

Porque imaginar una droga en forma de gas con la propiedad de hacer que las masas piensen por sí mismas era (y, en buena medida, sigue siendo) un planteamiento tan inaudito como revolucionario. En ese sentido, el guion coescrito por el propio Carlos Durán y Joaquim Jordà planteaba un escenario entre futurista y distópico que apenas difiere del de Fata/Morgana (1966), filme mítico del mismo período que dirigiera Vicente Aranda a partir de un relato de Gonzalo Suárez.

Las localizaciones iniciales de Liberxina 90 pueden hacernos pensar en el Antonioni de Il deserto rosso (1964) y, sobre todo, de L'eclisse (1962) cuando, posteriormente, la acción se traslade a una fría barriada de bloques de pisos. También hay algo del Godard de La Chinoise (1967) en la escena en la que los protagonistas lanzan proclamas subversivas desde el salón de su apartamento mientras de fondo suena una canción de Pau Riba. En fin, huelga decir que la censura franquista, tras un kafkiano y tortuoso procedimiento, impuso que se cortase la copia que se proyectó en el Festival de Venecia para, por último, acabar condenando la cinta a un ominoso ostracismo del que ya nunca se recuperaría.


domingo, 28 de enero de 2018

Dante no es únicamente severo (1967)




Directores: Jacinto Esteva y Joaquim Jordà
España, 1967, 75 minutos

Dante no es únicamente severo (1967) de Jacinto Esteva y Joaquim Jordà


Se ha repetido tantas veces aquello de que "Como no nos dejan hacer Victor Hugo, hagamos Mallarmé", que al final se ha terminado por considerar que la Escuela de Barcelona fue apenas un pecado de juventud de cuatro hijos de papá ociosos, acaso una gamberrada de la que conviene avergonzarse: craso error. Cualquiera que se acerque libre de prejuicios a una película como Dante no es únicamente severo forzosamente habrá de rendirse a la evidencia de que la verdadera vanguardia no era sólo la de Godard y compañía, sino sobre todo ésta.



Y no aparece en un momento cualquiera: además de la antesala del mayo francés y del Verano del Amor en San Francisco, 1967 es el año en el que se publican el primer álbum de Pink Floyd (The Piper at the Gates of Dawn) y el Sgt. Pepper's de los Beatles. Es decir: la contracultura llega a su auge, inundando de mensajes Pop tanto la publicidad como el arte en general. Y todo ese ambiente de ruptura generacional se respira (valga la sinestesia) en las imágenes filmadas por Esteva y Jordà.



También la Barcelona que capta su objetivo es el centro neurálgico de todo ese movimiento en lo que al Estado Español se refiere, vía de entrada (siempre que la censura lo permitiese) de nuevas tendencias por lo general mal asimiladas cuando no abiertamente rechazadas por el gran público. La capital catalana era, por aquel entonces, una especie de París de andar por casa en el que convivieron los novelistas sudamericanos del boom con la Gauche Divine de Boccaccio.

En su afán por contar historias, Serena Vergano encarna a una
especie de Scheherezade posmoderna

Pero lo curioso del caso, volviendo a Dante no es únicamente severo, es que aparte de las influencias confesas (hacia el final, Serena Vergano repasa la cartelera puntuando algunos títulos exhibidos en cines como el Comedia, el Alexandra y otros hoy, por desgracia, desaparecidos) se aprecia en determinados momentos un afán evidente de retomar el espíritu surrealista del Buñuel de Un chien andalou. Los continuos insertos de una operación de córnea así parecen indicarlo, de la misma manera que la metamorfosis de la mujer en otras es asimismo bastante buñueliana, con la salvedad de que Ese oscuro objeto del deseo es diez años posterior... ¿Simple coincidencia o pudo el genio de Calanda haberse inspirado en estos jóvenes diletantes? Poco importa: lo significativo es la conexión intelectual, la similar actitud iconoclasta que les llevó, en diferentes circunstancias históricas, a adoptar soluciones visualmente parecidas.