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lunes, 5 de julio de 2021

La mala educación (2004)




Director: Pedro Almodóvar
España, 2004, 106 minutos

La mala educación (2004) de Almodóvar


Más oscuro que otros filmes de su director, La mala educación (2004) representa un auténtico ajuste de cuentas con la infancia traumática que le tocó vivir al manchego en un colegio religioso. En ese sentido, un cierto aire de resentimiento se deja sentir de continuo flotando en el ambiente, lo cual no favorece en absoluto el perfecto desarrollo de la trama. De hecho, el final mismo, resuelto mediante paneles explicativos, denota más bien precipitación a la hora de concluir una historia que transcurre en diferentes planos de realidad: el relato "La visita", la adaptación cinematográfica del mismo, la propia reconstrucción de los hechos (relatados por uno u otro personaje).

Por lo demás, Almodóvar se mantiene fiel a su particular método de trabajo para escribir la película, por lo que resulta relativamente fácil reconocer elementos que retoma de guiones anteriores. Por ejemplo, la presencia (no acreditada) de Leonor Watling, una de las protagonistas de Hable con ella (2002), en un pequeño papel. O un más que evidente paralelismo con el planteamiento original de La ley del deseo (1987), filme cuyo protagonista, interpretado por Eusebio Poncela, se parecía enormemente al Enrique Goded (Fele Martínez) de La mala educación.



Tal vez lo más sobresaliente, en su conjunto, son las interpretaciones, comenzando por un soberbio Gael García Bernal al que secundan los no menos notables Javier Cámara, Daniel Giménez-Cacho y, sobre todo, Lluís Homar encarnando al atormentado señor Berenguer: magnífico elenco de actores a cuya maestría se suma, en el apartado técnico, la extraordinaria banda sonora de Alberto Iglesias y la fotografía de José Luis Alcaine.

A diferencia de otros títulos de su extensa filmografía, en los que se esboza un universo esencialmente femenino, el Almodóvar de La mala educación planteaba un escenario cuyos integrantes son, en su mayoría, hombres, ya sean gais, travestis o transexuales. Circunstancia, ésta, nada casual, teniendo en cuenta la enorme carga autobiográfica de una cinta concebida con el firme propósito de exorcizar los fantasmas fruto de un sistema educativo basado en la represión.



viernes, 8 de enero de 2021

Los amantes del Círculo Polar (1998)




Director: Julio Medem
España/Francia, 1998, 112 minutos

Los amantes del Círculo Polar (1998) de Julio Medem


Ana y Otto son palíndromos. Como Medem. También esta película empieza y acaba con el azul gélido de las tierras árticas. Tonalidad que, por cierto, impregna de principio a fin la fotografía de Los amantes del Círculo Polar (1998) hasta convertirse en la concreción visual de una historia que gira en torno a elementos tan dispares como el azar, los amores imposibles o la familia. Sus protagonistas, los ya mencionados Ana (Najwa Nimri) y Otto (Fele Martínez), se persiguen incansablemente a través del espacio y el tiempo hasta recalar en una pequeña ciudad finlandesa.

Todo parece posible, todo acaba estando conectado, en esta cinta escrita y dirigida por un cineasta que huye del realismo ramplón para refugiarse en otro mundo, su universo particular, profundamente marcado por las experiencias iniciáticas de la infancia y la primera adolescencia, esa región de aviones de papel, padres divorciados y hermanastros que van en busca del sol de medianoche.



Poco importa que los dos sigan trayectorias completamente distintas, que cada cual tenga sus propias relaciones o que les separen miles de kilómetros de distancia: ambos están unidos desde que eran unos críos y por mucho que pasen los años el destino los volverá a juntar, aunque sea en Laponia bajo las circunstancias más adversas.

Apenas una pupila, en la que asoma una lágrima incipiente, le basta al director para dar a entender el vínculo que une a estas dos almas. Y aunque Ana y Otto perciban cosas distintas ante unos mismos hechos, el carácter cíclico de la existencia los llevará a reincidir con la obstinación de quienes nacieron predestinados a dejarse guiar por la casualidad.



sábado, 14 de marzo de 2020

Abre los ojos (1997)




Director: Alejandro Amenábar
España/Francia/Italia, 1997, 117 minutos

Abre los ojos (1997) de Alejandro Amenábar

Si no fuera porque, a priori, Alejandro Amenábar y Mateo Gil parecen dos tipos cuyos referentes están a años luz de nuestro Siglo de Oro, se diría que a la hora de escribir el guion de Abre los ojos tuvieron en mente La vida es sueño de Calderón de la Barca. Porque a su protagonista, César (Eduardo Noriega), le ocurre un poco lo mismo que al Segismundo calderoniano, quien, tras haber pasado un tiempo en la corte del rey de Polonia, vuelve a despertar en la torre que había sido su prisión desde que naciera.

¿Qué es verdad qué es mentira...? Lo único cierto es que, al plantear la existencia de realidades paralelas, la película que nos ocupa se avanzaba en dos años a Matrix (1999), si bien su estilo bebe menos de la ciencia ficción y muchísimo del thriller. Tiene, asimismo, algo de El hombre elefante (1980) de David Lynch o incluso de Los ojos sin rostro (1960) de Georges Franju, probablemente más por azar que no por voluntad expresa de sus creadores.



Sin embargo, las continuas alusiones a los sueños o a la criogenización sitúan el relato en una tesitura que llega a poner en tela de juicio los límites de la realidad hasta hacernos dudar de nuestra propia existencia. A este respecto, el imperativo del título supone una invitación a cuestionarse desde una nueva óptica todo aquello que nos rodea, máxime cuando la ciencia hace ya tiempo que demostró cuán poco fiables son las percepciones sensoriales.

Queda, al margen de su potente carga filosófica, una historia de amor imposible: la de un joven que se enamora perdidamente de una chica que sólo existe en su vida onírica (Penélope Cruz); o que ve cómo una intrusa (Najwa Nimri), procedente de sus pesadillas más recurrentes, usurpa la personalidad de aquélla hasta desconcertar a César y al propio espectador a propósito de cuál es la auténtica. ¿Y si todos nosotros no fuésemos más que imágenes de un mundo imaginario? Al borde del abismo, desde lo alto de la Torre Picasso, o en plena Gran Vía madrileña, inusualmente desierta, César podría decir con Segismundo aquello de: "el vivir sólo es soñar; / y la experiencia me enseña / que el hombre que vive sueña / lo que es hasta despertar..."


viernes, 3 de noviembre de 2017

Lágrimas negras (1998)




Directores: Ricardo Franco y Fernando Bauluz
España, 1998, 104 minutos



ISABEL: Me gustas mucho, pero todavía tengo miedo. 
ANDRÉS: Miedo, ¿por qué? Yo no voy a hacerte ningún daño. 
ISABEL: Lo que me da miedo es que el daño te lo acabe haciendo yo a ti…

Hay algo inquietante en Lágrimas negras. Tal vez porque su director y alma mater del proyecto, Ricardo Franco, falleció en pleno rodaje con apenas cuarenta y ocho años; tal vez porque Fernando Bauluz, su ayudante y responsable de acabar la película, moriría en 2004 a los cincuenta y tres; quizá por la enfermiza historia de amor autodestructivo que cuenta; a lo mejor por el áspero laconismo que transmite su título...

En cualquier caso, el malditismo fue uno de los elementos que Ricardo Franco cultivó a lo largo de su carrera, desde Pascual Duarte (1976) o Los restos del naufragio (1978), pasando por las tribulaciones de los Panero en Después de tantos años (1994), hasta desembocar en el triángulo de La buena estrella (1997). Vidas marginales la mayor parte de ellas, marcadas por la locura en varios casos, a las que Lágrimas negras venía a añadirse como lánguido canto del cisne.



Que fue una obra rematada por otro se nota en lo irregular de su desarrollo, en la premura que transmiten determinadas escenas (y, ciertamente, ya tuvo mucho mérito el que pudiese acabarse y ser estrenada, cosa que no siempre está garantizada tratándose del cine español). Con todo, el paso del tiempo hace que esas costuras sean más evidentes, lo cual le añade, por otra parte, un cierto encanto crepuscular a la película.

Respecto a la relación a tres bandas que se establece entre Andrés (Fele Martínez), Alicia (Elena Anaya) e Isabel (Ariadna Gil), le falta la intensidad que el director había logrado obtener de los actores en su anterior trabajo, donde las actuaciones de Jordi Mollà, Antonio Resines y Maribel Verdú rayaban lo excepcional. Aunque de poco sirve especular, puesto que lo que hubiera sido capaz de conseguir Ricardo Franco de haber dirigido íntegramente Lágrimas negras quedará para siempre en la nómina de lo que pudo haber sido y no fue.


viernes, 31 de julio de 2015

Tesis (1996)




Director: Alejandro Amenábar
España, 1996, 125 minutos

Tesis (1996) de Alejandro Amenábar


Redonda le salió la jugada al director y productor José Luis Cuerda con Tesis. Se trataba de apadrinar a un joven talento para, rodeándolo de los medios necesarios, auparlo hasta lo más alto y renovar así el panorama cinematográfico español. Ante el escaso interés que suscitaba el cine nacional entre las nuevas generaciones de espectadores, urgía buscar un revulsivo que atrajese a los jóvenes a las salas para ver algo más que americanadas.

Y el elegido fue Alejandro Amenábar. Con apenas 23 años y tres cortometrajes en su haber, supo "ofrecer al público lo que el público quería ver". La frase, por cierto, la pronuncia el pérfido Jorge Castro (Xabier Elorriaga) en su conferencia ante los alumnos en el paraninfo de la Complutense. También José Luis Cuerda, quien interpreta un breve papel de profesor en la misma facultad, da por finalizada su clase con un "¡...y haber si van ustedes más al cine!"

Ángela (Ana Torrent) prepara un cuestionario
con la ayuda de Chema (Fele Martínez)


¿Qué es lo que gustó de Tesis? Probablemente sus diálogos: Chema (el también debutante Fele Martínez) representa a las mil maravillas al típico universitario friki y asocial, siendo ello debido, en buena medida, a su forma de hablar, reflejo de lo que realmente se escucha en la calle. Casi lo mismo podría decirse de Bosco (Eduardo Noriega) quien personifica al pijo guaperas de la facultad, pero que puede tener una lengua terrible cuando se lo propone. Por otra parte, el público español también quedó gratamente complacido con un thriller de suspense al estilo de los de Hollywood de toda la vida, pero fabricado con unos elementos que resultaban mucho más cercanos a sus referentes culturales.

El discurrir de los años le ha dado a Tesis un valor añadido: el de permitirnos recordar aquellos viejos tiempos (parecen más lejanos de lo que realmente son) del VHS, en los que aún no se había generalizado el uso de internet ni de los móviles de última generación. Sin duda, esta historia (con cintas secretas guardadas en subterráneos como si se tratase de los incunables de El nombre de la rosa) hoy en día, con todo o casi todo a nuestro alcance con un simple clic, ya no sería posible.

Por último, y ya más como curiosidad de cara al cinéfilo, poder contar en la misma película con Ana Torrent (la niña de El espíritu de la colmena, 1973), Miguel Picazo (el director de La tía Tula, 1964), José Luis Cuerda (director de las míticas El bosque animado, 1987, y, sobre todo, Amanece, que no es poco, 1989) o Xabier Elorriaga, todos ellos personalidades destacadas de la historia del cine de nuestro país, suponía un espléndido augurio para un joven cineasta con un brillante porvenir ante sí.

Eduardo Noriega interpreta a Bosco Herranz