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viernes, 27 de enero de 2023

Un desafío para Robin Hood (1967)




Título original: A Challenge for Robin Hood
Director: C.M. Pennington-Richards
Reino Unido, 1967, 96 minutos

Un desafío para Robin Hood (1967)


De nuevo la Hammer recurría al mito de Robin Hood, aunque esta vez dándole un enfoque más acorde con los nuevos tiempos. Así pues, Barrie Ingham (1932-2015) encarna a un Robin con patillas y flequillo yeyé cuyas desavenencias familiares lo empujarán a refugiarse en el bosque. Curiosamente, su atuendo se aleja un tanto del típico bandido con leotardos verdes y perilla para mostrarse como un hombre corriente, aunque dotado, eso sí, de la misma pericia de siempre en el manejo del arco y las flechas.

Correcta en cuanto a vestuario y puesta en escena, A Challenge for Robin Hood (1967) respondía, sin embargo, a los parámetros de una producción de bajo presupuesto que se esfuerza en disimular (con bastante acierto, todo hay que decirlo) las carencias propias de una cinta tan modesta como exquisita. A fin de cuentas, fue esa misma fórmula la que con tantísimo éxito explotó la compañía cinematográfica inglesa en su célebre serie de filmes de terror gótico.



El guion de Peter Bryan, innovador respecto a las múltiples aproximaciones al personaje que lo precedieron, explora los orígenes del noble de ascendencia normanda, miembro del ilustre linaje de los De Courtenay, que acabará convirtiéndose en defensor de los oprimidos tras verse implicado en una falsa acusación de asesinato que sobre él hacen recaer su pérfido primo Roger (Peter Blythe) y el no menos malévolo Sheriff de Nottingham (John Arnatt).

Aunque no todo es tan solemne y, aparte de escenas de acción excelentemente filmadas o el consabido idilio con la delicada Marian (Gay Hamilton), también habrá tiempo para momentos de mayor comicidad, como el combate campestre a base de pastelazos que sigue a una breve aparición del siempre divertido Alfie Bass (las tartas del cual son requisadas por Robin y los suyos). No obstante, quien borda ese mismo registro es el actor James Hayter, el cual volvía a meterse en la piel del glotón fraile Tuck después de haber interpretado al mismo personaje varios años antes en Los arqueros del rey (The Story of Robin Hood and His Merrie Men, 1952).



martes, 28 de enero de 2020

Siempre llueve en domingo (1947)




Título original: It Always Rains on Sunday
Director: Robert Hamer
Reino Unido, 1947, 92 minutos

Siempre llueve en domingo (1947)
de Robert Hamer


Un prófugo recién escapado del penal encuentra refugio en casa de Rose Sandigate (Googie Withers), su antigua amante, ahora felizmente casada con un hombre quince años mayor que ella. La mujer, temerosa de la reacción del fugitivo, pero también de lo que pueda pensar su propia familia, decide esconderlo aun arriesgándose a que las autoridades la acusen posteriormente de ser cómplice del susodicho.

Al mismo tiempo, el algo engreído Morry Hyams (Sydney Tafler), propietario de una tienda de discos y saxofonista en una sala de fiestas, mantiene un affaire con la hija menor de los Sandigate pese a que su esposa, que de tonta no tiene ni un pelo, es perfectamente consciente del "sax appeal" (sic) de su marido. De hecho, cuando se le hinchan las narices y decide cortar por lo sano, la buena señora se planta en el dancing club para detallarle a su joven rival las miserias del supuesto Adonis, desde la bolsa de agua caliente que hay que ponerle en la cama todas las noches hasta los calzoncillos que exige que le laven a mano.



Por el realismo de sus ambientes populares recreados en estudio (los Ealing, para más señas), It Always Rains on Sunday (1947) se avanza en casi dos décadas a determinados planteamientos del Free cinema de los Anderson, Reisz, Richardson y compañía. En ese aspecto, los hampones del East End londinense o un entorno ferroviario reforzado, en las escenas de mayor acción, con la ayuda de maquetas conforman el paisaje predominante en el que transcurre la trama, marcada, en su recta final, por la persecución del evadido Tommy (John McCallum) a manos de la policía.

Cuando, en el último plano, despeje y vuelva a brillar el sol, se desvanecerán también los nubarrones que momentáneamente han empañado el horizonte vital de Rose durante unas horas: ella habrá revivido una vieja pasión tan tentadora como nociva, pero, a cambio, recupera la comprensión y el cariño del esposo que trajo la estabilidad a su vida.


miércoles, 11 de septiembre de 2019

El baile de los vampiros (1967)




Título original: Dance of the VampiresThe Fearless Vampire Killers or Pardon Me, but your teeth are in my neck
Director: Roman Polanski
Reino Unido/EE.UU., 1967, 108 minutos

El baile de los vampiros (1967) de Roman Polanski


Entre otras muchas cosas, Dance of the Vampires (rebautizada en Estados Unidos con el más prolijo título de "Los intrépidos asesinos de vampiros o disculpe, pero sus dientes están en mi cuello") fue la película gracias a la cual Polanski conoció a Sharon Tate. También supuso la incursión del cineasta polaco en un género, el de la parodia de los filmes de terror, que un año más tarde (y ya con mayor seriedad) abordaría sin tintes de comedia en La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968).

Desde un buen comienzo, con el legendario león de la Metro transfigurándose en el dibujo animado de un draculín de tez verdosa, se da a entender que la lógica interna del relato que está a punto de empezar consiste, precisamente, en la subversión de los tópicos tradicionalmente asociados a las cintas cuya acción transcurre en Transilvania: gélidos paisajes nevados, castillos rebosantes de telarañas, ristras de ajos por doquier, lugareños suspicaces, ataúdes que sirven de lecho (o de trineo, según se tercie) y estacas afiladas con el objetivo de atravesar el corazón de algún endriago.



A este respecto, poco importa que la pareja protagonista sea tan patosa que a duras penas pueda afrontar con garantías de éxito la misión científica que los conducirá hasta el interior de la morada del Conde von Krolock (Ferdy Mayne): ni el estrambótico profesor Abronsius (Jack MacGowran) ni su joven ayudante Alfred (Roman Polanski) han sido concebidos, como personajes, con otro objetivo distinto al de producir la carcajada del espectador.

He ahí donde radica el mérito de una puesta en escena que acierta a identificar cuáles son los elementos definitorios del género, pero sin llegar a ridiculizarlos plenamente. En ese sentido, resultan, quizá, mucho más extravagantes algunas producciones surgidas de la factoría Corman por aquellas mismas fechas y rodadas, como Dance of the Vampires, en estudio, si bien exentas del tono moderadamente elegante y de la inteligencia que el tándem Polanski-Brach supo conferir a este clásico del cine de finales de los sesenta.


sábado, 28 de mayo de 2016

Oro en barras (1951)




Título original: The Lavender Hill Mob
Director: Charles Crichton
Gran Bretaña, 1951, 78 minutos

Oro en barras (1951) de Charles Crichton

Esta divertida comedia, producida por los estudios Ealing, en torno a las andanzas de unos ladronzuelos aficionados que pretenden robar un cargamento de lingotes de oro se alzaría finalmente con el BAFTA al mejor filme británico en el 52 y el Óscar al mejor guion, escrito por T.E.B. Clarke (1907–1989), un año más tarde. La típica historia del golpe perfecto, pacientemente planeado por un gris empleado del Banco de Inglaterra que se acabará aliando con un fabricante de souvenirs compañero de pensión (el Balmoral Private Hotel), y que el propio Holland (Alec Guinness) explica a un "conocido" durante un largo flashback en el curso de una velada desde Brasil.

Fundir las barras para fabricar con el oro reproducciones de la Torre Eiffel que se enviarán después a la capital francesa es una ingeniosa manera de sacar el botín del país. Pero a veces las cosas se tuercen por el motivo más tonto: un grupo de adorables niñas en viaje de fin de curso a París, unos empleados de aduana de lo más tiquismiquis... Para acabar en una memorable persecución por las calles de Londres, más propia de Los autos locos de Pierre Nodoyuna y el perro Patán.

Entre los detalles a retener de Oro en barras destaca poderosamente la fugaz aparición de una jovencísima Audrey Hepburn en los albores de su carrera.

De izquierda a derecha: el director de fotografía
 Douglas Slocombe (1913-2016), Audrey Hepburn y Alec Guinness

También, aunque más a nivel anecdótico, vale la pena recordar que el título original de la película (algo así como "La mafia de Lavender Hill"; esto es: una célebre calle de Battersea, en el sur de Londres) sirvió para bautizar al grupo musical canadiense Lavender Hill Mob, que publicaría un par de álbumes a finales de los setenta, con un sonido muy en la línea de la ELO de Jeff Lynne.