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lunes, 23 de junio de 2025

Del amor y de la muerte (1977)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1977, 82 minutos

Del amor y de la muerte (1977) de Giménez Rico


Se hace difícil no interpretar en clave alegórica una película sobre un señor feudal estrenada en la España de la Transición. En ese sentido, Del amor y de la muerte (1977) contiene los elementos necesarios para leer entre líneas lo que Miguel Madrid y José Luis García Sánchez, autores del guion, se propusieron tal vez al idear la historia del viejo don Diego (Antonio Ferrandis) y su no menos abusivo heredero Gonzalo (Simón Andreu). Vamos: que el paralelismo con el ya difunto caudillo y las fuerzas reaccionarias de su entorno debió resultar diáfano para algunos espectadores de aquel entonces.

En ese mismo orden de cosas, el joven Rodrigo (Pedro Mari Sánchez), vilipendiado por los gerifaltes del lugar, pudiera verse como un trasunto de la joven democracia española, amenazada por múltiples peligros, o incluso del flamante monarca que llevaba un par de años ocupando la jefatura del Estado. De ahí que su metódica e inflexible venganza final, en la que el pastor liquida mediante espada, hacha o flechas a quienes le ofendieron en el pasado, tenga mucho de ajuste de cuentas como el que habría supuesto en el 77 la ruptura democrática contra los excesos de la dictadura franquista.



La presencia en el reparto de la siempre tentadora Amparo Muñoz, una de las actrices fetiche del cine de la Transición y que se hallaba en el momento álgido de su carrera, aporta al conjunto un toque sensual, inevitable, por otra parte, en una cinematografía inmersa en pleno proceso de liberación tras cuatro décadas de censura recalcitrante. Erotismo que, en el caso de La Polaca, cuyo papel de molinera presenta bastantes aristas, adquiere una dimensión mucho más perversa.

Ecos de tragedia griega, en la que se mezclan lo incestuoso y el afán de revancha, en el marco de una historia propia del romancero viejo rodada en localizaciones de Guadalajara y Albacete. Por eso la acción arranca y acaba con el mismo plano general de una era donde se trilla el grano y las palabras de un juglar que por allí cruza recitando sus versos: "De ella nació un rosal blanco, / de él nació un espino albar. / Crece el uno, crece el otro: / los dos se van a juntar / y las ramas que se alcanzan / fuertes abrazos se dan. / Y las que no se alcanzaban / no dejan de suspirar. / El amo, lleno de envidia, / ambos los mandó cortar. / El galán que los cortaba / no cesaba de llorar. /  De ella naciera una garza, / de él un fuerte gavilán: / juntos vuelan por el cielo, / juntos vuelan par a par".



sábado, 24 de febrero de 2024

Camada negra (1977)




Director: Manuel Gutiérrez Aragón
España, 1977, 89 minutos

Camada negra (1977) de Gutiérrez Aragón


Un grupo de hermanastros que lo mismo atacan librerías que interpretan canto gregoriano son liderados por una especie de madrina ya entrada en años que los alecciona y les obliga a comerse los guisos que cocina para ellos. Tal sería, a grandes rasgos, el argumento de Camada negra (1977). Sin embargo, lo que podría parecer una extraña alegoría con aires de cuento macabro, se presta, no obstante, a una lectura perfectamente lógica en el contexto de la convulsa transición política que siguió a la muerte del general Franco.

Así pues, esa camarilla de macarras que en la ficción se deja dominar por los dictados de la vieja Blanca (María Luisa Ponte) tendría su correlato real en los pistoleros que, por aquellos mismos días, sembraban el terror en pleno centro de Madrid al masacrar a los abogados laboralistas de Atocha. Huelga decir que la película, pese a haber sido premiada en el Festival de Berlín, sufrió los envites de la censura, que prohibió durante meses su exhibición pública, y que, una vez estrenada, fue objeto de múltiples ataques por parte de grupúsculos de extrema derecha.



Concebida entre Borau y Gutiérrez Aragón, como ya hicieran previamente en la mítica Furtivos (1975), la cinta responde al clima de crispación que se respiraba en una sociedad a caballo entre dos mundos antagónicos: la patria moribunda de los viejos falangistas ("¡que entre unos y otros me estáis crucificando viva!", se lamentará amargamente Blanca en varias ocasiones) y un esperanzador régimen democrático de ansiadas libertades cuya fragilidad es simbolizada por el personaje de Rosa (Ángela Molina).

Dentro de ese mismo discurso metafórico, el impetuoso Tatín (José Luis Alonso) vendría a representar a los herederos del fascismo, más alborotadores que otra cosa, mientras que el maquiavélico José (Joaquín Hinojosa), bastante más ladino en sus intenciones, sería, por el contrario, el trasunto de una vieja guardia que, cambiándose de chaqueta, aspira a conservar intactos sus privilegios de clase cuando se consolide el nuevo escenario político y social.



martes, 14 de noviembre de 2023

La memoria del cine (2023)




Título completo: La memoria del cine: una película sobre Fernando Méndez-Leite
Director: Moisés Salama
España, 2023, 93 minutos

La memoria del cine (2023) de Moisés Salama


El título de este documental resulta lo suficientemente explícito como para que no haya lugar a dudas. Porque ¿qué más se puede añadir respecto a un tipo cuyo pasatiempo predilecto consiste en programar sesiones imaginarias en salas de cine que hace ya varios lustros que echaron el cierre? Hasta el extremo de que su pareja, la actriz Fiorella Faltoyano, bromee preguntándose con quién diantres comparte su vida. La casa de Fernando Méndez-Leite, de hecho, parece una especie de santuario del séptimo arte, repleto de películas, libros, programas de mano y cuantos elementos puedan hacer las delicias de un cinéfilo irredento. Él, en cambio, achacoso de un tiempo a esta parte de dolencias cardíacas, se ve un poco a sí mismo como el Victor Sjöström de Fresas salvajes (1957).

Sin embargo, la infancia del susodicho no fue precisamente fácil, considerando que sus padres delegaron el cuidado del niño en la abuela y bisabuela. Circunstancia ésta que posteriormente se agravaría cuando ambas mujeres fueron culpadas como responsables de haberle inculcado al chaval un excesivo interés por el arte cinematográfico que propiciaría su reclusión durante un tiempo en un internado para jóvenes con problemas de conducta. Lo cual quedaría definitivamente superado tras su ingreso en el Colegio del Pilar, donde además de dirigir la revista escolar llegaría a coincidir con futuras personalidades de la talla de Fernando Savater o Juan Luis Cebrián.



Son muchos los amigos y compañeros de profesión que prestan su testimonio a la hora de glosar la figura del insigne cineasta, crítico, realizador de televisión y actual Presidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. Entre ellos destaca la presencia del también director José Luis García Sánchez, con quien rememora sus felices días como estudiantes en la mítica Escuela Oficial de Cinematografía, si bien la prodigiosa memoria del uno y del otro comienza a flaquear de vez en cuando. Estragos del tiempo de los que otro de sus antiguos colegas, el argentino Héctor Alterio, se permite burlarse cada vez que se mira al espejo.

Y a todo esto, ¿por qué este buen hombre no ha dirigido más películas? Eso mismo se preguntan Resines y también Aitana Sánchez-Gijón. Y otro tanto hará cualquiera que recuerde El hombre de moda (1980), primera y única incursión de Méndez-Leite en el largometraje de ficción, o la excelente adaptación que de La Regenta (1995) llevara a cabo para la pequeña pantalla. Algo que el interfecto, que tuvo entre manos otros proyectos que no llegaron nunca a cuajar, achaca a su plena dedicación como Director General del Instituto de Cine y Artes Audiovisuales del Ministerio de Cultura, entre enero de 1986 y diciembre de 1988, y más tarde al frente de la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid (1994-2011).



sábado, 4 de diciembre de 2021

Tranvía a la Malvarrosa (1996)




Director: José Luis García Sánchez
España, 1996, 107 minutos

Tranvía a la Malvarrosa (1996) de J.L. García Sánchez


Cogimos el último tranvía de la Malvarrosa que iba a Valencia. En la jardinera volvía la gente llena de sol, muy cansada. Marisa al final del viaje había reclinado la cabeza en mi hombro y se había quedado dormida con la bolsa y el cartapacio de las acuarelas a los pies. Al día siguiente me examiné de Filosofía del Derecho. Me preguntaron algo sobre Luis Vives. Hablé de la armonía vital que yo había subrayado con lápiz rojo. Saqué un notable y con eso me convertí en un licenciado.

Manuel Vicent
Tranvía a la Malvarrosa

Aparte de adaptación cinematográfica de una conocida novela de Manuel Vicent a propósito de sus recuerdos de juventud, Tranvía a la Malvarrosa (1996) es, sobre todo, uno de esos filmes repletos de colaboraciones estelares con las que se pretende contrarrestar la escasa relevancia del elenco protagonista. En ese sentido, ni Liberto Rabal ni ninguno de los actores que interpretan al grupo de amigos del joven Manuel alcanzaban en aquel entonces el renombre de, pongamos por caso, Fernando Fernán-Gómez (en un breve papel de rancio catedrático de derecho), Juan Luis Galiardo (un fanático ultracatólico llamado Arsenio) o Vicente Parra, quien, poco antes de morir, cerraba su filmografía interpretando a un cura confesor.

Igualmente episódica es la participación de Ariadna Gil dando vida a La China, prostituta obsesionada con el recuerdo de su difunto novio, al que identifica con Manuel, y Antonio Resines como el Semo, reo de muerte acusado de haber asesinado a una niña cuya ejecución en el garrote vil alentará la vocación literaria del futuro escritor.



Película, ya desde su propio título, de inequívoca ambientación levantina, se beneficia de una espléndida dirección de fotografía, a cargo de José Luis Alcaine, en la que se intuye la luminosidad de la pintura de Sorolla, mientras que la banda sonora, obra del francés Antoine Duhamel (1925–2014), fue compuesta, según rezan explícitamente los títulos de crédito iniciales, "en homenaje a Isaac Albéniz".

La Valencia de los años cincuenta, tal y como la recrean Rafael Azcona y José Luis García Sánchez, aparece retratada como una sórdida ciudad de parroquias y prostíbulos en la que los universitarios de primer curso, ávidos de ritos iniciáticos que los liberen del ambiente opresor que se respira por todas partes, sacian sus bajas pasiones al ritmo de las caderas de Silvana Mangano o bien en compañía de peculiares maestros de ceremonias como Pepín El Bola (Jorge Merino), orondo cantamañanas, obsesionado con la comida y el sexo, que lo mismo se hace pasar por el secretario del Gobernador que pasea su rolliza figura a lomos de una frágil vespa.



sábado, 23 de octubre de 2021

La corte de Faraón (1985)




Director: José Luis García Sánchez
España, 1985, 98 minutos

La corte de Faraón (1985) de García Sánchez


El 21 de enero de 1910 se estrenó, en el madrileño Teatro Eslava, la célebre opereta (libreto de Perrín y Palacios, música del maestro Vicente Lleó) que serviría de base para La corte de Faraón (1985). En realidad, más que una adaptación de dicha obra escénica, la película concebida por García Sánchez y Rafael Azcona viene a ser una comedia coral que utiliza como pretexto un hipotético montaje de la misma, en plena posguerra, para imaginar el consiguiente escándalo que se habría armado en comisaría tras la detención al completo del elenco actoral.

Y todo porque al cáustico Padre Calleja (Agustín González), miembro de la Comisión de Censura de Espectáculos, le parece ver una alusión malintencionada contra el Caudillo, motivo por el que mandará arrestar a la troupe y hasta al mismísimo empresario que sufraga el espectáculo. Lo que ocurre es que el tal don Roque (Fernando Fernán-Gómez) es, además de padre del "autor" y acaudalado empresario de la construcción, héroe de guerra, herido por la metralla en la batalla de Brunete.



De ahí que el comisario de turno (José Luis López Vázquez) deje de lado sus reparos iniciales para deshacerse en atenciones hacia el potentado y su señora, quienes, a su vez, encargan en Riscal una suculenta paella con la que regalan a los agentes de la autoridad y a la que tampoco hará ascos el sacerdote. El resto de detenidos, sin embargo, a pesar del hambre que les atenaza, tienen que conformarse con mirar mientras los otros se ponen las botas...

Narrada a base de saltos temporales, la película contó en su reparto con la presencia de una explosiva Ana Belén (interpretando, entre otros temas musicales, el archiconocido "¡Ay, va!") y un prometedor Antonio Banderas que daba vida a un fraile algo tímido con veleidades artísticas. También intervienen, por cierto, Josema Yuste y Millán Salcedo, integrantes del dúo humorístico Martes y 13, así como una extensa nómina de secundarios en la que destacan los nombres de María Luisa Ponte (doña Patricia), Luis Ciges (el bolchevique Huete), Juan Diego (Roberto) o Quique Camoiras (Corcuera). El mítico Guillermo Marín (1905-1988) ponía fin a su dilatada carrera cinematográfica con el papel de prior de una comunidad de religiosos dominicos.



sábado, 16 de enero de 2021

De tertulia con Valle-Inclán (2011)




Director: José Luis García Sánchez
España, 2011, 46 minutos

De tertulia con Valle-Inclán (2011) de José Luis García Sánchez


Hoy, Valle-Inclán representa para nosotros, aparte de las muchas consecuencias que se sacan de su variada producción, el tipo claro de persona entregada a su vocación de escritor, que se mantiene firme en ella y deshecha solicitaciones varias, sociales, políticas, etc. […] Mezcla extraña y atrayente de gran señor decimonónico y de intelectual de avanzadilla, vivió en libro, literariamente, personaje central de su propia aventura, en la que no faltaron ribetes de llamativa resonancia.

Alonso Zamora Vicente
Vida y obra de Valle-Inclán

Apreciable docudrama con el que el cineasta José Luis García Sánchez, valleinclanista de pro que se hiciera merecedor de dicho apelativo tras llevar a la pantalla Divinas palabras (1987), Tirano Banderas (1993) y Martes de carnaval (2008), ponía el punto y final (quién sabe si definitivo) a una carrera de más de cuarenta años y una treintena larga de títulos a sus espaldas.

Como suele ser habitual en este género, De tertulia con Valle-Inclán resucita al dramaturgo y novelista gallego (interpretado por Xerardo Pardo de Vera) para someterlo a las preguntas de autores gallegos actuales como Suso de Toro o Manuel Rivas y participar en concurridas tertulias literarias, émulas de las que él mismo animara antaño en los cafés madrileños.



Son varios los especialistas que, procedentes de distintas facultades universitarias, aportan la nota docta con su testimonio. Así pues, la filóloga Margarita Santos Zas sostiene que Valle estiliza en un principio el carlismo con el propósito de evadirse de una realidad que le disgusta (la España surgida de la Restauración borbónica), para, a continuación, idealizar el pasado frente a la ausencia de valores de la sociedad burguesa en la que él vive y, por último, ya en sus esperpentos de los años veinte, acabar arremetiendo contra todo lo establecido.

Aunque la particularidad más llamativa en esta recreación a medio camino entre la biografía y el documental histórico sea, tal vez, la presencia en el reparto de los actores Juan Diego y Juan Luis Galiardo (quienes también ayudaron a coproducir la cinta) encarnando a los que, probablemente, fueron los dos personajes más célebres surgidos de la pluma de don Ramón: el Marqués de Bradomín (Diego) y don Juan Manuel Montenegro (Galiardo). Juntos, ya sea paseando por las calles de Santiago de Compostela o en los salones del Ateneo de Madrid, comentan lo más destacable del estilo de su creador.



domingo, 10 de enero de 2021

Divinas palabras (1987)




Director: José Luis García Sánchez
España, 1987, 107 minutos

Divinas palabras (1987) de J.L. García Sánchez


PEDRO GAILO: ¡He de vengar mi honra! ¡Me cumple procurar por ella! ¡Es la mujer la perdición del hombre! ¡Ave María; si así no fuera, quedaban por cumplir las Escrituras! ¡De la mujer se revira la serpiente! ¡Vaya si se revira! ¡La serpiente de las siete cabezas!

Ramón del Valle-Inclán
Divinas palabras (Tragicomedia de aldea)
Jornada segunda, Escena sexta

Ancestral y atávica, la Galicia que retrata Valle-Inclán en Divinas palabras se asemeja al escenario de los romances de ciego y las consejas de las comadres a la orilla de la lumbre. Mundo mítico poblado por seres harapientos cuya miseria los empuja a la mendicidad, aunque sea utilizando como reclamo a una criatura deforme que pasean en carro por las ferias de las aldeas. Un espacio, en definitiva, abonado a la superstición y la mugre, donde se mata por defender la honra o se practica la alcahuetería con la misma naturalidad que el trasgo cabrío brinca por la techumbre de los campanarios.

Incondicional de la literatura valleinclanesca, como ha demostrado sobradamente al adaptar para el cine y la televisión numerosas obras del autor gallego, José Luis García Sánchez acometió la dirección de Divinas palabras con la voluntad de acercar al gran público el universo de uno de los dramaturgos más notables de todos los tiempos. De ahí que la película contase en el reparto con la presencia de grandes figuras como Ana Belén (Mari-Gaila), Paco Rabal (Pedro Gailo) o Imanol Arias (el donjuanesco Séptimo Miau): intérpretes populares y genialmente secundados por los no menos brillantes Aurora Bautista (Marica del Reino), Esperanza Roy (Rosa la Tatula) y un jovencísimo Juan Echanove que sería recompensado con el Goya al Mejor Actor de Reparto por su papel de Miguelín el Padronés.



En líneas generales, y aun constituyendo una aproximación al texto original más que correcta, la película no logra desprenderse, sin embargo, de un cierto regusto teatral, a pesar de la excelente dirección artística de Gerardo Vera en las mismas localizaciones pontevedresas en las que Valle sitúa la historia. Elemento galaico que la música de Milladoiro contribuye a realzar, si bien Ana Belén canta un par de temas ("Estoy celosa del vuelo" y "Siempre de más, de menos jamás") que no parece que vengan muy a cuento. Como también resulta un tanto misterioso, por lo guadianesco, el acento gallego con el que Paco Rabal adorna (a veces sí y otras no) a su personaje de sacristán.

Admitía el propio García Sánchez que en el cine "los adjetivos se pagan", dando a entender las limitaciones presupuestarias que conlleva la adaptación de una obra tan sumamente compleja. Quizá por ello se vio obligado a renunciar a la escena en la que Mari-Gaila vuela por los aires de la mano del propio diablo. Aunque, y ahí sí que no influye tanto el dinero, sorprende que se atenúe el carácter celestinesco de la Tatula o momentos tan transgresores como cuando el cadáver de Laureaniño es devorado por una piara de cerdos (curiosamente, Valle recurrirá a la misma imagen, años después, en Tirano Banderas). Sabedor de ello, el director optó por un final más impactante que el de la propia tragicomedia al hacer que la adúltera Mari-Gaila (Ana Belén) se desnudase completamente en la puerta de la iglesia para, acto seguido, y como si de la lapidación de una nueva Magdalena se tratara, entrar en cueros en el templo de la mano del cornudo sacristán.



martes, 5 de enero de 2021

Tirano Banderas (1993)




Director: José Luis García Sánchez
España/Cuba/Méjico, 1993, 91 minutos

Tirano Banderas (1993) de J.L. García Sánchez


Tirano Banderas, sumido en el hueco de la ventana, tenía siempre el prestigio de un pájaro nocharniego: Desde aquella altura fisgaba la campa donde seguían maniobrando algunos pelotones de indios, armados con fusiles antiguos. La ciudad se encendía de reflejos sobre la marina esmeralda. La brisa era fragante, plena de azahares y tamarindos. En el cielo, remoto y desierto, subían globos de verbena, con cauda de luces. Santa Fe celebraba sus ferias otoñales, tradición que venía del tiempo de los virreyes españoles. Por la conga del convento, saltarín y liviano, con morisquetas de lechuguino, rodaba el quitrí de Don Celes. La ciudad, pueril ajedrezado de blancas y rosadas azoteas, tenía una luminosa palpitación, acastillada en la curva del Puerto. La marina era llena de cabrilleos, y en la desolación azul, toda azul, de la tarde, encendían su roja llamarada las cornetas de los cuarteles. El quitrí del gachupín saltaba como una araña negra, en el final solanero de Cuesta Mostenses.

Ramón del Valle-Inclán
Tirano Banderas (Novela de tierra caliente)

La enorme popularidad adquirida por el esperpento valleinclanesco en su vertiente teatral ha contribuido a eclipsar la relevancia de otras aportaciones no menos influyentes surgidas de la pluma del genio gallego. Subtitulada Novela de tierra caliente, Tirano Banderas vio la luz en 1926, anticipándose en más de tres décadas a la recreación de un imaginario que posteriormente harían célebre los autores del boom de la narrativa hispanoamericana. En ese sentido, la figura de este dictador ficticio y, de un modo especial, la innovadora técnica empleada a la hora de darle forma a un relato profundamente fragmentario convierten al texto en una de las piedras fundacionales del realismo mágico.

No era tarea fácil, por lo tanto, trasladar dicho universo a la pantalla, si bien el guion de Rafael Azcona y José Luis García Sánchez lograba captar, en buena medida, la esencia del personaje y de los avatares acaecidos en la convulsa república de Santa Fe de Tierra Firme. Toda una proeza, galardonada con siete premios Goya, que se rodó a caballo entre Méjico y Cuba y que contó con la magistral (y última) interpretación del actor italiano Gian Maria Volontè, fallecido apenas un año después del estreno.

"El primer magistrado de una república no tiene amigos y menos compadres..."


Con respecto al libro, la película tiende a simplificar algunos elementos. A veces de forma acertadísima (por ejemplo, el don Quintín interpretado por Fernando Guillén surge de la fusión de dos personajes distintos), mientras que otras (como convertir al fascinante Doctor Polaco de la novela en un simple hipnotizador al que da vida un poco convincente Quique San Francisco) se antoja gratuito e innecesario.

La enorme riqueza léxica con la que Valle-Inclán adornó los diálogos y descripciones sigue presente en los distintos acentos que se pueden escuchar en esta coproducción iberoamericana. Mosaico de voces, desde el indio insurrecto hasta el gachupín hacendado de la colonia española, en el que a veces se cuelan onomatopeyas animalizantes, caso del "¡Chac! ¡Chac!" con el que Santos Banderas (Volontè) pone firmes a los miembros de su séquito o el histriónico "¡Cuá! ¡Cuá!" con el que el Licenciado Veguillas (Juan Diego) remeda el canto de las ranas. Tipos grotescos, netamente esperpénticos, entre los que destacan el melifluo Barón de Benicarlés (Javier Gurruchaga) o la nigromántica Lupita (Ana Belén), una prostituta capaz de leer el pensamiento.



martes, 12 de mayo de 2020

Lázaro de Tormes (2000)




Directores: Fernando Fernán Gómez y José Luis García Sánchez
España, 2000, 88 minutos

Lázaro de Tormes (2000)
de Fernán Gómez y García Sánchez

En este tiempo, viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de mi persona el señor arcipreste de San Salvador, mi señor, y servidor y amigo de Vuestra Merced, porque le pregonaba sus vinos, procuró casarme con una criada suya. Y, visto por mí que de tal persona no podía venir sino bien y favor, acordé de lo hacer. Y, así, me casé con ella, y hasta agora no estoy arrepentido, porque, allende de ser buena hija y diligente servicial, tengo en mi señor el arcipreste todo favor y ayuda.

Anónimo
La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades (1554)

Pese a tratarse de la típica adaptación cinematográfica, a la que tan dado ha sido siempre el cine español, de un clásico de nuestra literatura, este Lázaro de Tormes posee, sin embargo, el aliciente de reunir un elenco de actores en el ocaso de sus respectivas carreras. Magníficos intérpretes, todos ellos, como ese inmenso Paco Rabal haciendo de ciego, dirigidos por otro de los grandes, Fernando Fernán Gómez, quien, debido a problemas de salud, no pudo finalizar un rodaje que acabaría completando García Sánchez y que, al fin y a la postre, terminó siendo su testamento fílmico (al menos como director).

Ganadora de dos Goyas, al mejor diseño de vestuario y al mejor guion adaptado, tal vez su origen teatral (recuérdese que Rafael Álvarez "El Brujo" había arrasado antes en los escenarios con uno de sus habituales monólogos inspirado en este mismo personaje) le pasa factura a una película en la que lo escénico acaba anteponiéndose a la acción con demasiada frecuencia.

"¡Blancooo, garnacha y albillooo!"

Con todo y con eso, lo que en la novela es una larga carta en primera persona aquí se resuelve, con muy buen criterio, en forma de declaraciones del Lázaro adulto ante distintos tribunales que juzgan su "caso". Lo cual dará lugar a una estructura un tanto cervantina, en la que se superponen distintos planos temporales. Veamos un ejemplo: el imputado narra, ante la audiencia que escucha su testimonio, cómo solía ejercer de pregonero de vinos por las calles de Toledo; y ese Lázaro de hace algunos años es el que, a su vez, se retrotrae hasta su infancia para contarle a la nutrida muchedumbre, que se ha dado cita a su alrededor en una plaza pública, los episodios más relevantes (los toros de Guisando, la longaniza, el poste de Escalona...) de su entrada en el mundo como mozo de ciego.

Aunque lo más original de esta recreación es que intenta rellenar las lagunas del relato de Lázaro proponiendo personajes y situaciones que, sin estar en el texto original, apenas desentonan con la lógica interna del mismo. Así pues, tanto Pedro Machuca (Agustín González) como el alcalde (Juan Luis Galiardo) no son sino creaciones espurias del propio Fernán Gómez, hombre de letras que supo prescindir de algunos de los caracteres más célebres de la obra anónima (caso del hidalgo empobrecido) para explorar nuevas posibilidades de un texto imperecedero.


martes, 14 de noviembre de 2017

Basilio Martín Patino. La décima carta (2014)















Directora: Virginia García del Pino
España, 2014, 65 minutos



Homenaje póstumo a Martín Patino en la Filmoteca de Catalunya, la misma que visitó por última vez en enero del 2014 con motivo de la presentación de la que acabaría siendo su última película: el documental sobre las protestas de los indignados del 15M, Libre te quiero. Tras su fallecimiento el pasado 13 de agosto, la entidad que preside Esteve Riambau ha querido esta tarde rendir tributo a su memoria mediante la proyección de La décima carta, primera entrega del proyecto Cineastas contados. Su directora, Virginia García del Pino, comentaba en la presentación previa que prefería no quedarse hasta el final: tanta es la emoción que le produce el volver a ver en pantalla al hombre con el que, a lo largo de un año de trabajo, acabaría entablando una entrañable amistad.

Y ello a pesar de alguna que otra reticencia inicial, sólo salvada por intercesión del también realizador Javier Rebollo, quien parece ser que, a fuerza de su acostumbrado entusiasmo persuasivo, logró convencer al salmantino para que se dejase filmar en la intimidad. Eso y alguna que otra botella de buen rioja, confiesa García del Pino, siempre bien recibida por el sibarita director de Nueve cartas a Berta (1966).



Lo demás es otra "epístola", la décima, escrita conjuntamente por ambos pese a los primeros síntomas del alzhéimer, la enfermedad que, irremisiblemente, irá borrando los recuerdos de toda una vida dedicada al cine. Aun así, son muchos los aspectos biográficos que recoge la cámara, vinculados en la mayoría de ocasiones con su ya citada ópera prima, pero también con la celebrada trilogía clandestina de Martín Patino: Canciones para después de una guerraQueridísimos verdugos y Caudillo (ésta última, proyectada en la misma sala en la sesión de las 21.30h). Es, al respecto, muy interesante la enorme cantidad de documentación atesorada por su autor: recortes de prensa, estampas adquiridas en el Rastro, rancias bobinas de celuloide cuyo contenido renace a golpe de moviola, libros que un día se extraviaron y que, como El arte de matar (1968) de Daniel Sueiro (estrecho amigo y colaborador), reaparecen inesperadamente en los anaqueles de la biblioteca familiar.

En la última secuencia de La décima carta, un escéptico Martín Patino hará gala de la extrema lucidez que aún posee (por más que su pérdida de memoria sea palpable) cuando describe sarcásticamente la coronación de Felipe VI como una ceremonia huera que en nada refleja la verdadera realidad española. He ahí la perspicacia del librepensador que, desde la atalaya de su experiencia, consciente de todas las batallas que libró y de todas las causas perdidas, contempla el mundo que le rodea con melancólica indulgencia y a la espera de que le llegue su hora.


domingo, 17 de septiembre de 2017

Furia española (1975)




Director: Francesc Betriu
España, 1975, 76 minutos

Furia española (1975) de Francesc Betriu


A buen seguro que el rodaje de Furia española debió de ser muy divertido a juzgar por lo disparatado de muchas de sus situaciones. Con el telón de fondo de la Liga de Cruyff, la película mostraba una instantánea de la ciudad condal que hoy en día se nos antoja impagable, poblada por criaturas cuyo universo tenía como epicentro las Ramblas y sus oscuros aledaños. La misma Barcelona sórdida que Francesc Betriu volvería a retratar, décadas después, en su documental Mónica del Raval, aunque los pisos turísticos y la especulación urbanística le van restando autenticidad de año en año.

Sebastián, su protagonista, trabaja cobrando las entradas en las golondrinas del puerto. Interpretado por Cassen, es el típico pusilánime que tantas veces retrató el cine cómico español en los sesenta y setenta: sin más ambición que celebrar los goles del Barça, su vida transcurre entre fulanas del barrio chino hasta que conoce a Juliana (Mónica Randall), que no es mucho más honesta pero accede a casarse con él. Mientras tanto, don Amadeo (Carlos Ibarzábal), su suegro, se dedica a cultivar marihuana en cajas de zapatos desperdigadas por toda la casa, con la esperanza de forrarse.

Mónica Randall (Juliana) en el puerto de Barcelona

Y cuando, finalmente, Sebastián y el resto de socios de la peña barcelonista Estanislao pueden cantar el alirón en el Camp Nou, Juliana se pone de parto. Aunque, teniendo en cuenta que incluso las monjas de la maternidad son culés acérrimas, hasta las posibles complicaciones que experimenta la parturienta pasan a un segundo plano.

En suma, la estampa que se mostraba en Furia española a través del humor negro era la de una realidad sumamente degradada, cuyos alienados habitantes buscan consuelo en el sexo o en el fútbol. Análisis un tanto tosco de la sociedad tardofranquista, pero que no es lo más interesante de la película. Porque lo llamativo del trabajo llevado a cabo por Betriu y su colaborador José Luis García Sánchez son esos pequeños detalles que van dejando dispersos en uno u otro plano, como si de un cuadro de El Bosco se tratase. Por ejemplo, el libro que reposa sobre una mesa en casa de Juliana y que lleva por título La verdadera historia de Matesa. O la pintada que hay a la entrada de dicha finca y que reza "Parleu català" (más tarde volverá a aparecer, pero alguien la habrá tachado). Son, en fin, pequeños indicios de lo que se estaba cociendo a nivel político y que anunciaban un cambio inminente en la sociedad española.

Cassen y Ovidi Montllor (derecha) en el Nou Camp

jueves, 7 de septiembre de 2017

Corazón solitario (1973)




Director: Francesc Betriu
España/Francia, 1973, 92 minutos

Corazón solitario (1973) de F. Betriu


Referencia 236 B. Madrid. Soy soltero, de buena profesión. Aún no tengo cuarenta años. Las chicas que me conocen me consideran bien parecido y elegante, pero sin afectación. Tengo una sólida formación moral que debo a mi madre, que en gloria esté. Mi profesión es la más bonita del mundo: soy compositor e instrumentista; mi músico preferido es Mozart. Desearía correspondencia con chicas españolas jóvenes, inteligentes y que les guste la buena música. Firmado: “Corazón Solitario”. PD.: No tengo ningún defecto físico.

Partiendo de lo que vendría a ser una parodia más o menos confesa de El último cuplé (1957) de Juan de Orduña, el primer largometraje dirigido por Francesc Betriu supuso una hilarante, a la par que cáustica, comedia negra escrita en colaboración con José Luis García Sánchez y Manuel Gutiérrez Aragón. Aunque también incluye diversos números musicales, la mayoría de corte semifolclórico, y algún que otro cameo: el dramaturgo Francisco Nieva, Benet Rossell (polifacético artista homenajeado ayer y hoy en la Filmoteca de Catalunya), etc.



Narra las vicisitudes del mojigato Antoñito (el francés Jacques Dufilho, en un papel muy similar a los que, por aquellas fechas, solía interpretar José Luis López Vázquez): clarinetista en la orquesta "Los habaneros" de la sala de fiestas El Molino Rojo y solterón empedernido profundamente marcado por la figura materna, tras la previa publicación de un anuncio en la prensa, conocerá a Rocío (La Polaca), despampanante cordobesa guiada por la firme convicción de convertirse algún día en una gran artista, pero a la que un torero de segunda fila (Máximo Valverde) dejó embarazada cinco meses atrás.

Tiene Corazón solitario, como tantos títulos de las postrimerías del franquismo, aquella extraña mezcla, entre burlona y melancólica, sórdida y tierna a la vez, que hace de ella una obra equiparable a No es bueno que el hombre esté solo (1973) de Pedro Olea, La cera virgen (1972) de Forqué o, incluso, Amador (1966) de Regueiro. Así pues, su protagonista es el típico españolito reprimido, un poco el hazmerreír del vecindario, virginalmente bondadoso y, precisamente por ello, candidato a padecer en sus propias carnes las sacudidas del destino.

Betriu comentaba esta tarde en la Filmoteca que si la película se ha conservado fue más por azar que por otra cosa: enviada a concurso al Festival de Venecia, la cinta llegó cuando el certamen ya se había clausurado, por lo que, ante los requerimientos de los organizadores, el director se quedó con la copia (la única que se ha conservado). Porque si bien la distribuyó la Paramount, no puede decirse que la compañía americana pusiera mucho empeño en tal cometido, habida cuenta de que sus verdaderas intenciones no eran otras sino colocar, mediante dicha argucia legal, sus propios productos en Europa.


lunes, 14 de noviembre de 2016

El love feroz o Cuando los hijos juegan al amor (1975)




Director: José Luis García Sánchez
España, 1975, 85 minutos



Se intuía el final del régimen y, con él, los usos y costumbres que durante cuarenta años habían monopolizado la vida de la nación. De este cambio político y generacional debía forzosamente hacerse eco el cine. Y lo hizo con una serie de comedias (muchas ya las hemos comentado en este blog) en las que el planteamiento suele ser similar: dentro del ámbito familiar, unos padres muy ridículos de tan serios y estrictos como pretenden aparentar (generalmente interpretados por actores tipo Héctor Alterio o José Sazatornil) deben enfrentarse a la insolencia de unos jóvenes que ya no respetan nada porque sus valores son otros.

Esta pugna la encontramos en filmes como La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), Tocata y fuga de Lolita (Antonio Drove, 1974), Experiencia prematrimonial (Pedro Masó, 1972), Colorín colorado (1976) o El love feroz (1975), siendo estos dos últimos obra de un joven realizador que debutaba por aquel entonces: José Luis García Sánchez.

El elenco es muy similar en ambas películas: en el caso de El love feroz, cuyo subtítulo (Cuando los hijos juegan al amor) ya es de por sí bastante explícito, destacan, aparte del antes mencionado 'Saza' en el papel del patriarca don Vicente, Mary Carrillo (Margarita), Antonio Gamero (Iñaqui), la debutante Alicia Sánchez (Adela), Tina Sainz (Ana), Lina Canalejas (Carmen) o Concha Velasco (se parece a Nana Mouskouri, pero no: es la Velasco interpretando a la pobre Marga, que se queda compuesta y sin lobo). Hasta Juan Diego aparece fugazmente como invitado en el banquete de un bautizo. Claro que para debut impactante el de la futura ministra Ángeles González Sinde, aquí apenas una niña (Rosita), siempre espiando las conversaciones de los adultos y agriamente recriminada por ello por su padre, aunque ella seguirá haciendo lo que le dé la gana.

Y aderezándolo todo, una heteróclita banda sonora con música de la Sinfonía nº 9, 'del Nuevo Mundo', de Antonín Dvořák tanto al principio como al final, pero también del 'Himno a la alegría' de la Novena de Beethoven, así como canciones cubanas e incluso una de Rosa León ("My taylor is rich") que figura que interpreta a la guitarra la progre Adela a sus amigos aún más progres.

Ángeles González Sinde y Concha Velasco

domingo, 18 de septiembre de 2016

Colorín colorado (1976)




Director: José Luis García Sánchez
España, 1976, 91 minutos

Los hijos de la burguesía juegan a ser proletarios


Colorín colorado (1976) de García Sánchez


Continuación lógica de El love feroz o Cuando los hijos juegan al amor (1975), Colorín colorado tomaba el pulso, en clave de comedia, a la situación política y social que se estaba viviendo en aquel entonces en España. Y como ya sucediera en el primero de los títulos mencionados, la pareja protagonista volvía a estar interpretada por Saza y Mary Carrillo. De hecho, el conflicto que plantea Juan Miguel Lamet en su guion viene dado, en un principio, por la intolerancia de don Vicente hacia Fernando (Juan Diego), el cojo rojo con el que convive su hija Manoli (Teresa Rabal). 

Sin embargo, conforme avance la película se irá viendo que el choque generacional e ideológico entre la vieja guardia y los jóvenes aperturistas está plagado de matices. Para Rebolledo (Antonio Gamero) todo se reduce a adular a don Vicente para luego llamarle fascista a sus espaldas. Su mujer María Jesús (Fiorella Faltoyano) parece coquetear con ambos bandos y en cuanto a Manoli y Fernando aparentan ser los más combativos, pero acabarán aceptando el dinero y el chalé que les ofrecen los padres de ella. Es precisamente Manoli quien, ante el orgullo y la pretendida dignidad de Fernando, acabará por espetarle que: "¡Mucho hijo de portera y mucho progre de mierda, pero comiendo a dos carrillos y recogiendo de las dos Españas a la vez!"

Y todo para que al final resulte que la única que tenía una verdadera conciencia de clase era la sumisa criada Almudena (interpretada por María Massip, esposa en la vida real de Juan Miguel Lamet), quien ante los intentos de sonsacarle su activismo político por parte de un Fernando ya totalmente fagocitado por el sistema le responderá entre risas con un lapidario: "Porque el rojo es usted, señorito". 

"Colorín colorado este cuento no ha acabado / colorín colorado y ni siquiera ha empezado" dirá el estribillo de la canción cantada por Víctor Manuel, autor de la banda sonora, mientras aparecen los títulos de crédito y vemos al equipo de rodaje poniendo punto y final a la filmación, en un juego de apariencias con el que se pretende subrayar la falsedad de todo lo que hemos presenciado.


miércoles, 24 de junio de 2015

Las truchas (1978)




Director: José Luis García Sánchez
España, 1978, 99 minutos

Las truchas (1978) de José Luis García Sánchez


Visto con los ojos de hoy en día puede parecer sorprendente que Las truchas fuese proclamada ganadora del Oso de Oro del Festival de Berlín. Pero así fue. La película, ciertamente, no ha envejecido bien, aunque hay que situarla en su debido contexto. Tras la dictadura, una vez derogada la censura de infausto recuerdo, se hacía necesario que los creadores pudieran dar rienda suelta a temas e ideas largamente reprimidos. Era un sarampión necesario, por así decirlo.

Manuel Gutiérrez Aragón participó en el guion sobre un extraño banquete que se ofrece en honor a una agrupación deportiva de pescadores de caña, cuyos miembros degustarán las truchas del título. Pero desde buen comienzo todo son pegas: una muchedumbre intenta asaltar el local, las truchas están en mal estado, los cocineros se declaran en huelga...




Y, ¿cómo no?, el consabido destape no podía faltar, claro. En esta mezcla entre lo intelectual (con música de Bach de fondo) y lo erótico, Las truchas se encuadraría en la misma línea de, por ejemplo, El anacoreta (1976). Aunque por lo excesivo de su planteamiento de base culinaria hay momentos en los que recuerda más bien a La gran comilona (1973).

Héctor Alterio, como, por otra parte, es habitual en toda su carrera, borda su papel de maître perfeccionista. También son destacables el chileno Lautaro Murúa como presidente del convite, Luis Ciges y Verónica Forqué en uno de sus primeros papeles.


En el centro, Verónica Forqué