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viernes, 24 de mayo de 2024

Doña Perfecta (1977)




Director: César Fernández Ardavín
España, 1977, 103 minutos

Doña Perfecta (1977) de César Ardavín


Después de media hora de camino, durante la cual el Sr. D. José no se mostró muy comunicativo, ni el Sr. Licurgo tampoco, apareció a los ojos de entrambos apiñado y viejo caserío asentado en una loma, y del cual se destacaban algunas negras torres y la ruinosa fábrica de un despedazado castillo en lo más alto. Un amasijo de paredes deformes, de casuchas de tierra pardas y polvorosas como el suelo, formaba la base, con algunos fragmentos de almenadas murallas, a cuyo amparo mil chozas humildes alzaban sus miserables frontispicios de adobes, semejantes a caras anémicas y hambrientas que pedían una limosna al pasajero. […] Llamábase Orbajosa, ciudad que no en Geografía caldea o copta sino en la de España figura con 7.324 habitantes, ayuntamiento, sede episcopal, partido judicial, seminario, depósito de caballos sementales, instituto de segunda enseñanza y otras prerrogativas oficiales.

Benito Pérez Galdós
Doña Perfecta (1876)

Novela de tesis o incluso tendenciosa, la historia que Galdós había esbozado cien años antes a propósito de las dos Españas (una intransigente, católica y reaccionaria; otra tolerante, laica y liberal) seguía plenamente vigente cuando César Ardavín, a las puertas de la Transición, decide realizar su adaptación cinematográfica de Doña Perfecta (1977). En ese orden de cosas, el personaje de Pepe Rey (Manuel Sierra) representa unos aires de renovación que la anquilosada sociedad provinciana en la que aterriza, encabezada por su tía (Julia Gutiérrez Caba) y el párroco don Inocencio (José Luis López Vázquez), difícilmente podrá asumir. De ahí que las fuerzas vivas de Orbajosa urdan las mil y una con tal de hacerle el vacío al protagonista.

Aunque no todo es intolerancia en aquel recóndito lugar, por lo que el bueno de Pepe, además de padecer la ojeriza de los corrillos, también se beneficiará de la cordialidad del un tanto extravagante Juan Tafetán (Jorge Rigaud), en el fondo otra víctima como él, y del amor incondicional de la candorosa prima Rosario (Victoria Abril), con la que entabla un apasionado romance a espaldas de la controladora madre de ésta.



Aun así, la dualidad entre progreso y oscurantismo que ponen de manifiesto los personajes arroja la impronta de un mundo hermético, impermeable a los cambios, que reacciona con recelo y hasta virulencia ante la irrupción de un advenedizo, sobre todo si se trata, como es el caso, de un joven ingeniero al que se le atribuyen ideas revolucionarias y hasta anticlericales.

En definitiva, la antigua Urbs Augusta no deja de ser un microcosmos, trasunto del conjunto de la nación, en el que ni el obtuso don Cayetano (José Orjas), más interesado en atesorar incunables que en defender la razón, ni las libidinosas Troyas (Mirta Miller y María Kosty) ni el en teoría fiel Pinzón (Víctor Valverde) ni mucho menos el traicionero e hipócrita Jacintito (Emilio Gutiérrez Caba) harán nada por impedir que se consuma una injusticia de grandes proporciones que queda oficialmente zanjada como simple suicidio.



viernes, 28 de abril de 2023

Vacaciones para Ivette (1964)




Director: José María Forqué
España, 1964, 84 minutos

Vacaciones para Ivette (1964) de Forqué


Sin pretender ser otra cosa que una divertida comedia doméstica, Vacaciones para Ivette (1964) proporciona, no obstante, un inmejorable fresco a propósito de una sociedad tan acomplejada como ansiosa por abrirse al exterior. A este respecto, los miembros del clan Aranda, encabezado por el irrisorio paterfamilias don Federico (José Luis López Vázquez), encarnan a la perfección el estereotipo del españolito subdesarrollado que no puede resistirse a los encantos de una jovial francesita (Catherine Diamant) recién llegada de París.

La trama, no muy alejada en espíritu de otros proyectos del productor Pedro Masó, como la exitosa saga iniciada poco antes con La gran familia (1962), combina elementos estrictamente tópicos (lo mismo en la caracterización de tipos y ambientes castizos que a la hora de retratar sus equivalentes parisinos) con la inocencia juvenil de un amor de verano o las travesuras infantiles protagonizadas por los más pequeños de la casa.



También la suegra (Guadalupe Muñoz Sampedro) resulta enormemente graciosa en sus continuas refriegas con el yerno, de la misma manera que la siempre histriónica Gracita Morales interpreta por enésima vez su característico papel de sirvienta deslenguada. Ingredientes, hábilmente aderezados en el magistral guion de Vicente Coello (repleto de diálogos y réplicas brillantes), que, en manos de un director de la talla de José María Forqué, da como resultado una eficaz película de costumbres.

Mientras tanto, la otra familia, la de los Bernard, acoge durante unos días a Andrés, el típico crío con gafas y algo apocado. Pero aparte de un padre que toca el trombón en un bateau mouche y un niño gamberro que no para de fastidiar al pobre huésped español, apenas alcanzan la vivacidad de sus homólogos madrileños.



jueves, 17 de febrero de 2022

Las señoritas de mala compañía (1973)




Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1973, 83 minutos

Las señoritas de mala compañía (1973)


La pequeña localidad segoviana de Aranda de Lerma cuenta en su seno con un burdel que trae de cabeza a las beatas del pueblo, bajo la batuta de doña Íñiga (Milagros Leal), por lo que éstas no cesan de conspirar con la intención de clausurarlo. Sin embargo, las pupilas de doña Sole (Isabel Garcés) son tan populares que hasta los maridos de las puritanas defensoras de la decencia se cuentan entre la nutrida parroquia de clientes que acuden regularmente al local. Una plantilla de lo más solicitado que, además, verá engrosar sus filas con la llegada de Charo (María Luisa San José), joven madre soltera de la que enseguida queda prendado el tímido Luis (Emilio Gutiérrez Caba), opositor y, para más inri, hijo de otra de las remilgadas mojigatas que se oponen a la casa de lenocinio.

El resto de personal lo conforman la risueña Dominga (Concha Velasco), Eloísa (Marisa Medina) y una despampanante moza que responde al nombre de Lola (Esperanza Roy). También Eloy (Manolo Gómez Bur), especie de mayordomo fiel o amanerado "chico" para todo. Como se ve, un entorno menos sórdido que entrañable, por el que irán desfilando buena parte de los vecinos del lugar, hasta que el premio gordo de la lotería de Navidad inunde de júbilo la pensión, trastocándolo todo.



Porque, a lo tonto a lo tonto, el tema de fondo de Las señoritas de mala compañía (1973) no es otro sino el fariseísmo de quienes se rasgan las vestiduras en nombre del recato y la santa moral para, acto seguido, transigir en lo que parecían principios inquebrantables. Y es que no hay remilgos que valgan cuando lo que anda en juego es una suculenta fuente de ingresos procedente de la otrora impúdica madama. Crítica (amable y sin mayores reparos, si se quiere, pero crítica, al fin y al cabo) que muy bien pudiera hacerse extensible al conjunto de la sociedad española bajo el franquismo.

El tono desenfadado del libreto de Juan José Alonso Millán, a partir de una idea de Antonio Fos, unido a la pegadiza banda sonora compuesta por el maestro García Segura, confiere al conjunto un aire muy de la época, vehículo ideal para el lucimiento de secundarios de la talla de José Luis López Vázquez, Saza, José María Caffarel (en un breve papel de viajante catalán) o Juanito Navarro. Ahora, eso sí: es el personaje del sacerdote (Ismael Merlo) el encargado de poner orden y una nota de sentido común en una cinta que abogaba abiertamente por una visión frívola de la prostitución y aun de las propias mujeres.



martes, 19 de octubre de 2021

Réquiem por un campesino español (1985)




Director: Francesc Betriu
España, 1985, 95 minutos

Réquiem por un campesino español (1985)


Paco se agarraba a la sotana de Mosén Millán, y repetía: «No han hecho nada, y van a matarlos. No han hecho nada». Mosén Millán, conmovido hasta las lágrimas, decía:
-A veces, hijo mío, Dios permite que muera un inocente. Lo permitió de su propio Hijo, que era más inocente que vosotros tres.
Paco, al oír estas palabras, se quedó paralizado y mudo. El cura tampoco hablaba. Lejos, en el pueblo, se oían ladrar perros y sonaba una campana. Desde hacía dos semanas no se oía sino aquella campana día y noche.

Ramón J. Sender
Réquiem por un campesino español

La celebridad alcanzada por la novela homónima de Sender, lectura obligatoria de bachillerato durante años, explica el que tarde o temprano se acabase llevando a la pantalla una adaptación cinematográfica de Réquiem por un campesino español. Historia despiadada, con el telón de fondo de nuestra guerra civil, que el director Paco Betriu supo plasmar en imágenes manteniéndose fiel a la esencia del texto, si bien la banda sonora de Antón García Abril, con su tema para bandurria que quiere sonar aragonés (aunque sin lograr conseguirlo del todo), desentona por lo que tiene de risueño en el contexto de un asunto tan trágico.

Con su habitual solvencia, Antonio Ferrandis encarna al indeciso Mosén Millán, un sacerdote rural al que atormentan los remordimientos por no haber sabido amparar a Paco el del Molino (Antonio Banderas) frente a la barbarie fascista de los caciques del pueblo. Pesadumbre que, a efectos narrativos, se traduce en continuos flashback, desde que Paco era apenas un monaguillo a las órdenes del cura hasta la posterior toma de conciencia del muchacho con respecto a las injusticias de un medio social profundamente marcado por la miseria.



Las comadres que departen alegremente en el Carasol o el lavadero, y entre las que destaca Jerónima (Terele Pávez) por su desparpajo, aportan al conjunto un cierto toque documental que se intensifica, aún más, si cabe, en la escena de la procesión o durante las fiestas que tienen lugar en la plaza del pueblo, cuando los mozos trepan por el poste para hacerse con los capones que penden desde lo alto.

Apoltronado en su sacristía, el viejo y pesaroso párroco se dispone a oficiar la misa de réquiem en memoria de Paco que, en un alarde de hipocresía, pretenden ahora sufragar los mismos que acabaron con su vida. De hecho, don Valeriano (Fernando Fernán-Gómez), don Gumersindo (Eduardo Calvo) y don Cástulo (Simón Andreu) van a ser los únicos asistentes a semejante farsa, si no fuera porque el potro blanco del difunto, símbolo de la libertad ultrajada, se cuela de improviso en el templo.



domingo, 17 de octubre de 2021

Las bicicletas son para el verano (1984)




Director: Jaime Chávarri
España, 1984, 103 minutos

Las bicicletas son para el verano (1984) de Jaime Chávarri


LUIS: Además… (Habla ahora a su padre) … tú me dijiste que no era por el dinero. Es porque me han suspendido en Física.
DON LUIS: Desde luego. Eso ya estaba hablado. Cuando apruebes, tienes bicicleta. Es el acuerdo a que llegamos, ¿no?
LUIS: Sí, pero yo no me había dado cuenta de lo del verano. Las bicicletas son para el verano.
DON LUIS: Y los aprobados son para la primavera...

Fernando Fernán-Gómez
Las bicicletas son para el verano

La clamorosa acogida de crítica y público que obtuvo la pieza teatral de Fernán-Gómez (merecedora del premio Lope de Vega en 1978 y estrenada por José Carlos Plaza en el 82) acabaría dando pie a la adaptación cinematográfica que ahora nos ocupa. Fueron sus intérpretes principales Agustín González (único superviviente del montaje escénico), Amparo Soler Leal, Gabino Diego y Victoria Abril, aparte de Marisa Paredes o Emilio Gutiérrez Caba en papeles secundarios. La dirección corrió a cargo de Jaime Chávarri a partir de un guion de la escritora Lola Salvador.

Como ya sucediera en el texto original, la mayor virtud de Las bicicletas son para el verano (1984) radica en que el conflicto bélico queda en la retaguardia, siendo las penurias de una modesta familia las que acaparan por completo el foco de atención. Aun así, el día a día de los protagonistas permite seguir, a través de sus diálogos, cuál es el curso de los acontecimientos durante los tres años que dura la contienda civil. Algo por completo secundario, cuando la prioridad para don Luis y los suyos pasa por conseguir víveres o evitar que Luisito se cuele por las noches en el cuarto de la criada.



Ni que decir tiene que fueron muchas las vivencias autobiográficas vertidas por Fernando Fernán-Gómez en el libreto de su obra, por no hablar de una sensibilidad anarquista que se deja entrever en diversos momentos clave. Así pues, el propio padre de familia no dudará en afirmar que "A este valle de lágrimas hemos venido a llorar lo menos posible. Y a gozar y a divertirnos lo más que podamos". Mientras que el miliciano Anselmo manifiesta, con estas palabras, sus dudas sobre la estrategia seguida por los comunistas: "Lo que pasa es que están equivocados. Un Estado fuerte, un Estado fuerte... ¿y a mí qué más me da que me haga la puñeta el cacique o que me la haga el Estado? Yo lo que quiero es que no me hagan la puñeta".

La impecable dirección artística de Gil Parrondo puso el énfasis en recrear el Madrid de aquellos días, con sus patios de vecinos y un ambiente eufórico, el de la República, que gradualmente se iría tiñendo de pesimismo conforme arreciara el avance y posterior asedio de las tropas nacionales. Como también está muy logrado el parecido físico de Gabino Diego con aquel zangolotino pelirrojo que fue en su adolescencia Fernán-Gómez. Detalles que contribuyen a engrandecer una puesta en escena soberbia, culminada con la sombría secuencia entre padre e hijo en la que el progenitor, confirmada ya la victoria franquista, zanja cualquier atisbo de esperanza con un lapidario: "Sabe Dios cuándo habrá otro verano".



lunes, 12 de julio de 2021

¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984)




Director: Pedro Almodóvar
España, 1984, 101 minutos

¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984)


En su imparable afianzamiento como cineasta, el Almodóvar de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) decidía abordar la vida de un ama de casa insatisfecha cuya atribulada existencia transcurre en un sórdido barrio de la periferia madrileña. Gloria (Carmen Maura) acepta su destino con aparente resignación, aunque está tan harta del marido (Ángel de Andrés), la abuela (Chus Lampreave) y los niños que la furia que lleva dentro pudiera explotar el día menos pensado.

Tanto es así que una de las escenas iniciales nos muestra al personaje ejercitándose con el sable de bambú sobre el tatami del mismo gimnasio en el que trabaja como mujer de la limpieza: a pesar de lo grotesco de la imagen, los movimientos de Gloria remedando el arte del kendo preludian, en un claro ejemplo de flashforward, lo que terminará ocurriendo, en las reducidas dimensiones de su propia cocina, cuando, provista con un hueso de jamón, descargue toda su rabia sobre el causante de su servidumbre.

Un lagarto llamado Dinero


Buena prueba de que el director manchego comenzaba a hacerse un hueco entre sus colegas de profesión es que algunos de ellos se prestaron a interpretar pequeños papeles en la película. Caso, por ejemplo, de Gonzalo Suárez, quien encarna en la ficción a un novelista un tanto sui géneris, o del también cineasta Jaime Chávarri, cliente fanfarrón de la vecinita Cristal (Verónica Forqué).

Independientemente de que Almodóvar, que un buen día dejó atrás su pueblo para probar fortuna en la gran ciudad, se haya declarado siempre ferviente defensor de lo urbano, lo cierto es que en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? centró su interés sobre unos seres desarraigados que a duras penas podrían alcanzar la felicidad en el ambiente tan sumamente cutre en el que viven inmersos. Por eso la abuela, que jamás logrará adaptarse al frío de Madrid, añora volver a sus orígenes. Le acompaña el nieto mayor, tal vez huyendo de unas drogas de las que ahora, al quedarse sola en el piso, pudiera ser adicta la madre. Suerte que el regreso, en el último instante, del hijo "pródigo" abre un rayo de esperanza en el horizonte de la afligida Gloria.



miércoles, 30 de diciembre de 2020

La colmena (1982)




Director: Mario Camus
España, 1982, 112 minutos

La colmena (1982) de Mario Camus


La mañana sube, poco a poco, trepando como un gusano por los corazones de los hombres y de las mujeres de la ciudad; golpeando, casi con mimo, sobre los mirares recién despiertos, esos mirares que jamás descubren horizontes nuevos, paisajes nuevos, nuevas decoraciones.
La mañana, esa mañana eternamente repetida, juega un poco, sin embargo, a cambiar la faz de la ciudad, ese sepulcro, esa cucaña, esa colmena…
¡Que Dios nos coja confesados!

Camilo José Cela
La colmena

Frío, miedo y hambre: sobre todo esto último. Porque la legión de personajes que pulula por ese Madrid de posguerra en el que transcurre la película sobrevive pegando el sablazo como buenamente puede. El productor Dibildos, célebre por aquella Tercera Vía que tanta relevancia le diera al cine español de los setenta, encaraba la nueva década con el firme propósito de llevar a la pantalla la obra cumbre de Camilo José Cela. Y habiéndose encargado él mismo, según rezan los créditos iniciales, de la adaptación, el guion y los diálogos, delegó en Mario Camus la tarea de dirigir una cinta que, finalmente, se haría con el Oso de Oro del Festival de Berlín.

Al tratarse, ya desde su propio título, de un relato coral o de personaje colectivo se optó por contar con lo más granado de dos generaciones de intérpretes: un largo etcétera de actores y actrices, entre los que destacan nombres como José Sacristán, Concha Velasco o Paco Rabal, y al que hubo de sumarse el cameo del propio Cela en el papel del inefable inventor de palabros don Matías Martí.



Evidentemente, reducir un portento novelístico de las proporciones de La colmena a las escasas dos horas de metraje que dura el filme supone dejar por el camino a muchos de los tipos que poblaban el café con su presencia fugaz. Aun así, la versión cinematográfica acierta a mantener a los más característicos, comenzando por esa tertulia de poetastros encabezada por el sin par Ricardo Sorbedo (Rabal) y su corte de acólitos: rapsodas de medio pelo que fantasean con alcanzar la gloria y para quienes su anhelado parnaso se limita a obtener la flor natural (y las tres mil pesetas de premio...) en los juegos florales de Huesca o de Albacete.

Lo demás es cochambre, casas de putas y lentejas con piedra (en el mejor de los casos) en la pensión de doña Matilde (Queta Claver). Muchachas necesitadas que, como Victorita (Ana Belén), se dejan pervertir por puro afán de supervivencia. Amantes furtivos que se las ingenian como pueden para estar juntos (Victoria Abril y Emilio Gutiérrez Caba) o que deben aguantar las chuflas de un entorno tan intolerante como implacable (Rafael Alonso y Antonio Resines). Días aciagos de racionamiento y de chinches, marcados por la sordidez del ambiente y una realidad desprovista de perspectivas de futuro.



jueves, 24 de diciembre de 2020

Cervantes contra Lope (2016)




Director: Manuel Huerga
España, 2016, 87 minutos

Cervantes contra Lope (2016) de Manuel Huerga


Valiéndose del mismo formato que ya utilizaran en 14 d'abril. Macià contra Companys (2011), el equipo de Minoria Absoluta produjo para RTVE este a modo de "documental" en el que las cámaras del siglo XXI viajan a través del tiempo con la finalidad de recoger el testimonio en primera persona de las viejas glorias literarias del Siglo de Oro.

La rivalidad entre Lope de Vega y Miguel de Cervantes no alcanzó nunca el encarnizamiento de las pullas que, años después, se lanzarían mutuamente Quevedo y Góngora (quienes, por cierto, participan de esta ficción como partidarios del uno y del otro literato, respectivamente). Sin embargo, los guionistas María Jaén y Manel Lucas sitúan la acción en 1614, cuando acaba de salir a la luz el Quijote apócrifo de Avellaneda y aún faltan unos meses para la publicación de la verdadera segunda parte. Momento clave, pues, en el que el anciano manco de Lepanto se muestra convencido de que es Lope quien, a causa de la envidia, anda detrás de semejante afrenta, mientras que el "Fénix de los ingenios" niega cualquier vinculación con la autoría del texto espurio.



Emilio Gutiérrez Caba compone un Cervantes venerable, aunque pesaroso por no haber triunfado como autor de comedias; José Coronado, en cambio, da vida a un Lope maduro, recién ordenado sacerdote, pero aún galante, que no pierde la ocasión de requebrar incluso a la entrevistadora y aun de dedicarle unos versos. Ambos escritores se admiran y se envidian al mismo tiempo. De hecho, hasta fueron amigos en una época lejana...

No puede negarse el talento del que hacen gala los responsables de este producto televisivo a la hora de recrear uno de los episodios más oscuros de las letras castellanas, imaginando qué hubieran respondido o cómo hubiesen reaccionado los protagonistas de haber sido posible entrevistarlos. Se incurre, todo hay que decirlo, en alguna que otra inexactitud (por ejemplo, ni Lope ni Cervantes, que no eran nobles, se habrían atrevido jamás a colocarse el don delante de sus respectivos nombres de pila), si bien, en líneas generales, la ambientación resulta más que notable.



lunes, 7 de diciembre de 2020

La comunidad (2000)




Director: Álex de la Iglesia
España, 2000, 110 minutos

La comunidad (2000) de Álex de la Iglesia


Planteamiento típicamente castizo, el recurso de situar la acción en una comunidad de propietarios se ha explotado hasta la saciedad, con derivaciones de todo tipo, desde la teatral Historia de una escalera, de Buero Vallejo, hasta las tiras cómicas que Ibáñez hacía transcurrir en el mítico 13, Rue del Percebe, pasando, en los últimos años, por series televisivas de enorme popularidad, como Aquí no hay quien viva o La que se avecina.

Sin embargo, y por insólito que ello pudiera parecer, Álex de la Iglesia y su guionista Jorge Guerricaechevarría concibieron una trama coral que, además de rendir homenaje a los grandes clásicos del suspense, recuperaba para la gran pantalla a intérpretes de la categoría de Sancho Gracia (Castro), María Asquerino (Encarna), Terele Pávez (Ramona) o Manuel Tejada (Chueca): veteranos, todos ellos, de la escena, cuyo protagonismo queda patente en el propio cartel promocional de la película.



Cinéfilo como es, el director bilbaíno quiso incluir diversas referencias fílmicas en La comunidad. Algunas muy evidentes, como el contubernio malévolo de los vecinos a lo Semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968) o la escena final de la azotea, con Carmen Maura pendiendo de un conjunto escultórico, que remite a Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959). De hecho, es ésta una cinta de lo más hitchcockiano ya desde sus títulos de crédito iniciales —que podrían recordar a los de Vértigo (1958)— o la sublime orquestación que compuso Roque Baños para la banda sonora.

Todo un despliegue de medios en el que brilla con luz propia Carmen Maura (Julia), encargada de dar vida a una agente inmobiliaria en horas bajas que un buen día se encuentra trescientos millones de las antiguas pesetas bajo una baldosa: tremendo golpe de fortuna que el resto de moradores del edificio, capitaneados por su maquiavélico administrador (soberbio Emilio Gutiérrez Caba), no verán precisamente con buenos ojos.

"Sporting-Real Sociedad..."


jueves, 19 de noviembre de 2020

Vamos por la parejita (1969)




Director: Alfonso Paso
España, 1969, 68 minutos

Vamos por la parejita (1969) de Alfonso Paso


Mucho más conocido por su faceta de autor teatral y guionista, Alfonso Paso (1926–1978) dirigió también seis largometrajes. Que no son, huelga decirlo, el summum del séptimo arte, pero que encarnan a la perfección la idiosincrasia del franquismo sociológico. O, si se prefiere, de los gustos del público consumidor de un determinado tipo de productos comerciales que por aquel entonces gozaban de enorme popularidad.

De entrada, Vamos por la parejita es un título que denota bien a las claras una de las obsesiones primordiales del régimen: el del incremento de la natalidad. Reforzado, para más inri, con la tozudez del protagonista por incrementar su ya de por sí larga descendencia, formada íntegramente por mujeres, con un vástago masculino que sea la honra de su orgullo viril.



A tal efecto, Juan Fernández (Antonio Garisa) estará dispuesto a lo que haga falta con tal de asegurar la pervivencia de su "ilustre" apellido. Incluso a tener una aventura extramatrimonial con una oronda viuda (Florinda Chico) que, pese a ser madre de cuantiosos varones, hará una excepción con el susodicho donjuán y le dará otra niña más que sumar a su ya extensa colección de hijas y de nietas.

Sin embargo, y en consonancia con el histrionismo del que hace gala el protagonista cada vez que le anuncian el nacimiento de una nueva heredera, podría decirse que el planteamiento ideado por Paso hunde sus raíces en un modelo tan preclaro como la comedia clásica latina, cuyos personajes respondían a similares perfiles básicos (el padre desesperado, la esposa fiel, la amante seductora, el hijo tarambana...) a los aquí expuestos. Y que el autor adaptaba a los roles sociales de finales de los sesenta, como ese yerno yeyé (proteico-copto) que una de sus hijas se traerá de Londres para desesperación del patriarca de la familia.

Bajo ese flequillo se esconde un jovencísimo Emilio Gutiérrez Caba


miércoles, 28 de agosto de 2019

Memorias del ángel caído (1997)




Directores: David Alonso y Fernando Cámara
España, 1997, 90 minutos

Memorias del ángel caído (1997)
de David Alonso y Fernando Cámara


Viendo la envergadura de los nombres que integran el reparto de Memorias del ángel caído (Héctor Alterio, José Luis López Vázquez, Emilio Gutiérrez Caba...) se podría llegar a creer que estamos ante una gran película de terror. Sin embargo, el paso del tiempo no ha tratado excesivamente bien a la que fuera ópera prima del tándem Alonso-Cámara y revisarla, transcurridos más de veinte años después de su estreno, es una experiencia que podría calificarse, como mínimo, de frustrante.

Tal vez porque la elección de Santiago Ramos para el papel del atormentado padre Francisco, tratándose de un actor al que de inmediato se suele asociar con personajes cómicos, no parece la más acertada. O incluso a causa de la insufrible banda sonora de Javier Cámara (no confundir con el intérprete del mismo nombre), tan propia de una época de infausto recuerdo —la tremebunda década de los noventa— en la que se consideraba que, para abaratar costes, podía prescindirse de una orquesta, como si tal cosa, y meter en su lugar un teclado Casio...



Sea como fuere, lo único cierto es que un filme que se supone que debería dar mucho miedo no provoca sino aburrimiento (cuando no risa) en el espectador de hoy en día. Lo cual es, sin duda, una lástima, considerando que se recrea muy fidedignamente el día a día de una parroquia o la vida cotidiana en el seno de una comunidad religiosa.

Memorias del ángel caído, salta enseguida a la vista, formó parte de la estela de producciones que, amparándose en el éxito obtenido dos años antes por Álex de la Iglesia con El día de la bestia (1995), pretendieron revitalizar un género, el de las sectas luciferinas, para el que probablemente se requieren mayores dosis de osadía que las demostradas por Alonso y Cámara en esta su primera cinta.


sábado, 27 de abril de 2019

Vota a Gundisalvo (1978)




Director: Pedro Lazaga
España, 1978, 88 minutos

Vota a Gundisalvo (1978) de Pedro Lazaga


Sí, sí: ya sé que estamos inmersos en plena jornada de reflexión y que pedir el voto para cualquiera de los candidatos no parece lo más apropiado. Pero, aun así, vale la pena recuperar este viejo título que fuera concebido en tiempos de la hoy tan denostada transición para darse cuenta de que tampoco hemos cambiado tanto: partidos de nueva creación sin un ideario excesivamente definido; aspirantes a ocupar el escaño desprovistos de experiencia, pero con un pasado turbio e intenciones más que dudosas; guerra sucia para desacreditar a los rivales; etc., etc.

Escrita por el productor José Luis Dibildos en colaboración con Antonio Mingote y dirigida por el incombustible Pedro Lazaga, Vota a Gundisalvo es una película que resulta imposible desvincular del contexto en el que vio la luz. Sobre todo, porque alude directamente a los líderes políticos de aquel entonces, con una especial obsesión hacia Felipe González, sin duda a causa del ideario marxista y republicano que por aquellas fechas aún detentaba el PSOE.

Los exteriores del filme se rodaron en la provincia de Málaga

El añorado Antonio Ferrandis se mete en la piel de este arribista con la habitual solvencia de la que siempre hizo gala a lo largo de sus muchos años de carrera. El suyo es un personaje sin escrúpulos, dispuesto a lo que haga falta con tal de llegar a senador: ¿que hay que ponerse a régimen para mejorar la figura?, pues venga dieta del pomelo; ¿que conviene cambiar los habanos por Celtas para parecer menos potentado y más proletario?, pues adelante; ¿que su amante Lolita (Silvia Tortosa) debe dormir con su adversario (José Lifante)?, pues se sacrifica uno por más que le duela. Porque París bien vale una moza (1972), como rezaba el título de un filme anterior de Pedro Lazaga.

Lo malo es que ni una sola de todas esas iniciativas surge de Gundisalvo García, sino que más bien se trata de recomendaciones ideadas por su joven y ambicioso asesor de imagen Julio Pedraza (Emilio Gutiérrez Caba), antiguo responsable de varias campañas publicitarias para promocionar detergentes y que ahora deberá lavar la reputación del futuro senador y flamante candidato por la recién creada Concordia Democrática del Estado Español.


domingo, 10 de junio de 2018

El río de oro (1986)




Director: Jaime Chávarri
España, 1986, 111 minutos

El río de oro (1986) de Jaime Chávarri


Considerada por muchos una película deudora, en buena medida, de Los viajes escolares (1976), El río de oro abundaba en similares temas y obsesiones a los ya tratados por Chávarri una década antes. Así pues, la infancia, los períodos de asueto en la residencia familiar o el paso a la edad adulta volvían a estar presentes en esta coproducción hispanosuiza que contó con la presencia del actor Bruno Ganz en el papel de Peter.

El tío Peter es un ser aparentemente divertido, casi excéntrico, que, después de haber viajado por todo el mundo, se presenta de improviso en la casa donde Laura (Ángela Molina) y Juan (Stefan Gubser) están pasando las vacaciones de verano en compañía de sus tres hijos pequeños (el menor de los varones, por cierto, interpretado por un Juan Diego Botto que apenas sí superaba los diez años).



Sin embargo, tanto Peter como su esposa (la británica Francesca Annis) harán gala muy pronto de un comportamiento un tanto sui géneris; sobre todo él, que por algo se llama Peter, como Peter Pan. Efectivamente: hay algún elemento no resuelto en la forma de ser de este hombre, ávido de emociones fuertes y obsesionado tanto por Laura como por sus sobrinos; algo enigmático y terrible que su mujer guarda en formol en el interior de una sombrerera...

En líneas generales, las piezas que integran El río de oro conforman un rompecabezas que gira en torno a la niñez y sus fantasmas: los mismos que, en el caso de Peter, han hecho de él un ser monstruoso, pero que a Jorge (que narra la historia desde el presente y cuya voz de adulto corresponde a Emilio Gutiérrez Caba) le servirán para desenmascarar las verdaderas intenciones de su tío.


martes, 25 de julio de 2017

Hasta que el matrimonio nos separe (1977)




Director: Pedro Lazaga
España, 1977, 95 minutos

Hasta que el matrimonio nos separe (1977)


En el caso improbable de que se reestrenase Hasta que el matrimonio nos separe (1977), lo haría casi con toda seguridad en el Festival de Cine de Sitges, tanto es el terror que producen sus diálogos al cabo de cuarenta años. Palabras como amancebamiento o apostasía, afortunadamente en desuso hace ya tiempo, convierten en una cuasi reliquia esta película escrita por el productor José Luis Dibildos y el humorista Antonio Mingote cuando en España la remota posibilidad del divorcio era todavía contemplada como una alarmante aberración entre amplios sectores de la sociedad.

El dilema que se le plantea a Miguel (José Sacristán) al saber que su novia americana está embarazada sólo es concebible en el seno de un país profundamente marcado por la represión sistemática de sus habitantes a instancias del nacionalcatolicismo. De ahí que, ante situaciones vividas con cierta naturalidad en el resto del mundo civilizado (como ser madre soltera o el matrimonio civil), a los españolitos de su generación se les viniese el mundo encima.

"¡In-di-so-lu-bleeee!"

Que la acción de Hasta que el matrimonio nos separe transcurra en Santander no es en absoluto baladí, puesto que el objetivo era (véase cartel) plantear "un debate sobre la libertad de la pareja española" en su vertiente más provinciana. De poco habría servido ambientarla en Madrid, donde sería menos verosímil recrear la sensación de espacio cerrado en el que todo el mundo se conoce y donde las noticias vuelan: Miguel comprobará enseguida que no hay secretos en una ciudad pequeña. En cuanto a por qué los hechos que se cuentan se sitúan en 1973 (como se deduce de la noticia del nombramiento de Carrero Blanco como Presidente del Gobierno que doña María ve por televisión) quizá haya que achacarlo al hecho de que en el 77, con el dictador ya muerto y las primeras elecciones democráticas al caer, se respiraban unos aires de cambio que hacían menos creíble la mojigatería de algunos personajes.

Y uno se pregunta: ¿a los actores no se les escapaba la risa cuando tenían que decir su papel durante el rodaje? No sé: todo eso de herejía, unión indisoluble y la condenación eterna. En cualquier caso, es ahora que nos hace gracia, cuando la evolución (y modernización) posterior de la sociedad española hacen inviable cualquier tipo de controversia al abordar estos temas. Lo verdaderamente importante es que películas así, con un Sacristán (José, se entiende) haciendo las veces de ciudadano medio, intentaban abrir la mentalidad de un determinado tipo de espectador en aras de una mayor tolerancia.


lunes, 26 de junio de 2017

Cara de acelga (1987)




Director: José Sacristán
España, 1987, 102 minutos



¿En qué estarán convertidos mis viejos zapatos? 
¿A dónde fueron a dar tantas hojas de un árbol? 
¿Por dónde están las angustias, que desde tus ojos saltaron por mí? 
¿A dónde fueron mis palabras sucias de sangre de abril?

Silvio Rodríguez
"¿Adónde van?"

La principal baza de Cara de acelga son sus actores, ya que es gracias a un reparto excepcional que la película se sigue aguantando treinta años después de su estreno: Fernando Fernán Gómez (el pícaro Madariaga), Marisa Paredes (Olga, pintora y mujer casi fatal), Paco Algora (el cocinero que escuchaba a Brahms), Amparo Soler Leal (Acacia) y un largo etcétera de cómicos entrañables que defienden su papel (la mayoría de ellos bastante fugaces) magistralmente.

En términos generales, lo que se cuenta en ella parece sacado de una canción de Serrat o de Aute, con esos antihéroes cotidianos que sobrellevan, como pueden, sus frustraciones y demás reveses que da la vida. Y, sin embargo, "¿Adónde van?", el tema central de la misma, pertenece al cubano Silvio Rodríguez, quizá porque el hondo lirismo de la letra se ajusta mejor al tono general de añoranza que transmiten los personajes, en especial el protagonista. En ese sentido, el Antonio con cara de acelga al que da vida Pepe Sacristán es algo más que un simple autoestopista. La suya es la historia de un hombre que huye de su pasado, un gafe en opinión de Madariaga, un embustero según el pinche melómano, alguien que va de aquí para allá porque ya no es capaz de encajar en ninguna parte.

Madariaga le propondrá a Antonio robar un valioso cuadro

Ver Cara de acelga a día de hoy, con la perspectiva que dan los años, supone viajar en el tiempo a un país que conozco bien y que ya no existe. Aquella España del 86, de excelentísimos ayuntamientos y mayorías absolutas del PSOE, deseosa de entrar en Europa, con sus pueblos despertando de un largo letargo y un aire de fiesta mayor flotando en el ambiente. Hay mucho en los diálogos de ese espíritu involuntariamente inhibido o en la actitud de personajes como Paquito (Miguel Rellán), el torero que nunca toreó. Eso ahora. Porque para ellos, dentro de la lógica interna del relato, lo que les atenaza es el recuerdo de una época muy anterior: la del sencillo cine de pueblo en el que Rosario fue en tiempos la Acacia de La malquerida y Antonio, "Castañita"; cuando los artistas que imperaban eran Celia Gámez y Miguel de Molina. Y las coplas de León, Quintero y Quiroga que Antonio tiene siempre en la boca... ¡Qué curiosa es la nostalgia! ¡Y qué caprichosa la memoria! Lo que escribieron Carlos Pérez Merinero y José Sacristán para evocar los mitos de su educación sentimental en los años cuarenta a un servidor le ha hecho revivir ciertas sensaciones de su infancia durante los ochenta.

Como es extraño constatar, como si de un guiño del destino se tratase, que la escena clave entre Madariaga y Antonio (la del mechero de Elías) se desarrolla en el interior de una ruinosa granja de pollos calcada a la que aparecía recientemente en Quatretondeta, uno de los últimos trabajos de Sacristán. A ver si, a pesar de todo, no habremos cambiado tanto... ¿O es que, con tanta crisis, hemos retrocedido tres décadas?

Sacristán quiso dedicar su película al director de Vida en sombras

miércoles, 31 de agosto de 2016

¡Viva la clase media! (1980)




Director: José María González Sinde
España, 1980, 100 minutos

¡Viva la clase media! (1980)


Dentro del cine político de la Transición, ¡Viva la clase media! pretendía dejar constancia de la modesta labor de quienes, en la década de los sesenta, lucharon contra el franquismo desde la clandestinidad, a menudo sin llevar a cabo otras acciones que fuesen más allá de lanzar octavillas. Expuestos a ser detenidos en cualquier momento, aunque no siempre valorados en su justa medida por los cuadros dirigentes del PC, los jóvenes del sector mixto se ven atrapados, además, en las contradicciones propias de la clase social a la que pertenecen, ya que casarse, formar una familia, pagar las letras del televisor y del Seiscientos son considerados "pecados" pequeñoburgueses fruto de la alienación capitalista y difícilmente compatibles con la disciplina de partido.

En ese orden de cosas, tanto Spencer (Emilio Gutiérrez Caba) como Vladimiro (José Luis Garci) no dejan de ser un par de chicos de buena familia, el uno melómano y el otro cinéfilo, que se meten en política en busca de aventuras, pero a los que aburre soberanamente la lectura de Marx y Lenin. Es, al respecto, muy sintomática la escena en la que el jefe de su célula (haciendo ver que rellenan una quiniela cada vez que se acerca el camarero) alecciona a los jóvenes en un café, leyéndoles fragmentos escritos por el padre de la Revolución rusa que ellos a duras penas son capaces de seguir. Y, sin embargo, se involucrarán en la lucha hasta las últimas consecuencias, pagando un precio enorme por ello.

De todas formas, el triste destino que corren los personajes contrasta vivamente con la música festiva de Federico Chueca que se utiliza como banda sonora tanto en los títulos de crédito iniciales como en los finales. Sólo "El cant dels ocells" nos da la justa medida de su sufrimiento.

En cuanto al reparto de ¡Viva la clase media!, éste nos deja alguna que otra sorpresa, como ver actuar a Garci (no muy convincentemente, la verdad) o que los hermanos Gutiérrez Caba, Emilio e Irene, interpreten el papel de madre e hijo.

martes, 19 de enero de 2016

La caza (1966)




Director: Carlos Saura
España, 1966, 83 minutos

La caza (1966) de Carlos Saura

Un caluroso día de agosto. Cuatro hombres se disponen a ir de caza en un árido secarral castellano. Pero lo que estaba previsto que se desarrollara como una plácida jornada cinegética acabará, sin embargo, en sangrienta tragedia... Aunque semejante desenlace no debería ser una sorpresa para el espectador, a juzgar por los inequívocos títulos de crédito iniciales que muestran a una pareja de hurones encerrados en una jaula.

En lo que supuso la primera colaboración entre el productor Elías Querejeta y el cineasta Carlos Saura (premiada con el Oso de plata en Berlín), se palpa toda la tensión latente acumulada en una sociedad profundamente marcada por el recuerdo de la Guerra Civil. Tanto es así que podría decirse que cada uno de los personajes simboliza una facción distinta de aquella España: Paco y José serían los vencedores.



No en vano, los actores que los interpretan (Alfredo Mayo e Ismael Merlo, respectivamente) protagonizaron cada uno de ellos dos títulos clave del cine fascistoide: Raza (1942) el primero y Rojo y negro (1942) el segundo. Luis (José María Prada) es el perdedor. De ahí que los otros lo traten sin ninguna consideración. Enrique, por último, (Emilio Gutiérrez Caba) es el joven arribista que no vivió la guerra.

Estilísticamente, La caza (cuyo guion coescribieron Saura y Angelino Fons) sobresale por la fotografía en blanco y negro de Luis Cuadrado. Por otra parte, los personajes miran fijamente a cámara en varias ocasiones, en primer plano, mientras exponen sus ideas. Otras veces, lo que escuchamos es el monólogo interior de sus pensamientos, algo que también sucede en otra película española del mismo año: Nueve cartas a Berta, de Basilio Martín Patino. Por último, la música de Luis de Pablo contribuye de un modo decisivo a subrayar la tirantez subyacente entre unos personajes que se dejarán arrastrar por viejas rencillas.

De izquierda a derecha: Merlo, Mayo, Prada y Gutiérrez Caba

sábado, 12 de diciembre de 2015

Anacleto: Agente secreto (2015)




Director: Javier Ruiz Caldera
España, 2015, 87 minutos

«My name is Cleto: Ana Cleto»

Anacleto: Agente secreto (2015)


La parodia española de James Bond fue creada en 1964 por el dibujante Manuel Vázquez (no Montalbán, sino el que sirviera de inspiración a otra película notable: El Gran Vázquez (Óscar Aibar, 2010). Ahora el personaje de cómic de la Editorial Bruguera tiene también su equivalente fílmico gracias al director barcelonés Javier Ruiz Caldera, quien, tras cuatro largometrajes, amenaza con adaptar próximamente a otro superhéroe carpetovetónico: Superlópez.

En esta ocasión, Imanol Arias ha sido el encargado de interpretar al agente que "nunca falla" junto a Quim Gutiérrez, su hijo Adolfo en la ficción. El reparto lo completan Berto Romero (Martín), Rossy de Palma (madre de Martín y Katia), Carlos Areces (el maléfico antagonista Vázquez), Alexandra Jiménez (Katia) y Emilio Gutiérrez Caba (el Jefe de la GP).



Han pasado los años y Anacleto es ya un agente prejubilado que peina canas. Estamos, por lo tanto, ante una puesta al día en toda regla, habida cuenta, además, de que a sus enemigos habituales han venido a sumarse unos yihadistas que custodian en mitad del desierto la prisión que alberga desde hace treinta años a su más fiero adversario. Pero para zanjar cuentas de una vez por todas con Vázquez necesitará abandonar momentáneamente la fabricación de fuets en la apacible masía que le sirve de tapadera y revelar su verdadera identidad a su hijo. Este último es un empanao de toma y daca al que la novia acaba de plantar, harta de su carácter indeciso. Aunque cuando llegue el momento de la verdad se va a rebelar como un digno sucesor del padre...

No cabe duda de que la factura del filme es, en términos generales, impecable (con sus efectos especiales, banda sonora espectacular, cameos de Buenafuente y Corbacho y todo eso). Ahora bien: lo que ya no está tan claro es si al personaje de tebeo le va bien el humor en plan La que se avecina del que se han servido el trío de guionistas formado por Alén, Corral y Navarro: no en vano, Eduardo Gómez (el actor que da vida a Máximo Ángulo en la popular serie de televisión) es uno de los secundarios. Se nos antoja que el Anacleto original era una figura mucho más simpática y entrañable que no este sofisticado pastiche a lo Torrente. Cierto que la gente ha ido a ver la peli igualmente, pero...