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domingo, 8 de julio de 2018

Ángeles con caras sucias (1938)




Título original: Angels with Dirty Faces
Director: Michael Curtiz
EE.UU., 1938, 97 minutos

Ángeles con caras sucias (1938)


Si no fuera porque los Cagney, Bogart y compañía tienen un gancho irresistible, Ángeles con caras sucias no pasaría de ser un sermón insoportablemente moralista. No hay más que ver la apología que se hace en ella de la pena de muerte o el papel redentor que se le reserva a la religión como senda ejemplar que aparte a los hombres de las garras del hampa. Corría 1938 y las calles de los suburbios, como se aprecia en la panorámica con la que se abre la película, eran un hervidero en el que las bandas criminales campaban a sus anchas, por lo que no es de extrañar que desde Hollywood se ensayara algún tipo de píldora con mensaje capaz de encauzar la situación.

Los Dead End Kids, de hecho, que habían debutado apenas unos meses antes con Crime School, participarían en un total de cinco títulos, todos ellos unidos por el denominador común de abordar la delincuencia juvenil en el marco de la crisis económica que azotaba al país. En ese sentido, el modelo encarnado por James Cagney está condenado a fracasar desde el minuto uno, habida cuenta de que la lección que encierra la historia de Rocky y Jerry, expresada en palabras, vendría a ser algo así como: "Esto es lo que les ocurre a los chicos malos..." Donde Jerry Connolly (Pat O'Brien) es el muchacho que corre más rápido y Rocky Sullivan (Cagney) el malote que copará las portadas de la prensa sensacionalista. Al primero lo salvará su fe; al segundo lo condenará su ambición...



Nominada a tres premios Óscar (Mejor actor, director y guion), Angels with Dirty Faces supuso también el trabajo que acabaría de consagrar la incipiente carrera de Humphrey Bogart, definitivamente encasillado en el rol de hombre duro y un tanto cínico: aquí interpreta a un abogado corrupto, supuestamente amigo del protagonista, pero tan poco de fiar como el resto de gánsters del reparto.

Lejos aún del modelo noir instaurado a partir de El halcón maltés (1941) de Huston, ni el papel femenino interpretado por Ann Sheridan (apenas una amiga de infancia) adquiere las proporciones de una femme fatale ni en la película en su conjunto se aprecia el más mínimo atisbo de denuncia social a lo Scarface (1932): bien al contrario, el objetivo perseguido por el húngaro Michael Curtiz no parece ser otro sino preservar el orden establecido, lavando la cara de esos ángeles callejeros a los que alude el título aunque sea mediante el expeditivo método de la silla eléctrica.


domingo, 27 de agosto de 2017

La novia era él (1949)




Título original: I Was a Male War Bride
Director: Howard Hawks
EE.UU., 1949, 105 minutos

La novia era él (1949) de Howard Hawks


Por hache o por be, nunca hasta la fecha había tenido ocasión de ver La novia era él, la cuarta del total de cinco películas que Cary Grant rodó a las órdenes de Howard Hawks. Y, a juzgar por cómo se reía la gente esta tarde en la Sala Laya de la Filmoteca de Catalunya (prácticamente llena a pesar de las fechas veraniegas en las que todavía estamos), cabe pensar que apenas ha envejecido.

Lo curioso del caso es que su rodaje estuvo plagado de contratiempos, así que no puede decirse que fuese precisamente divertido. Primer largometraje que Hawks rodaba en Europa, el invierno alemán fue especialmente crudo aquel año, por lo que la mayor parte del reparto y empleados enfermaron: Ann Sheridan desarrolló una pleuresía que acabaría derivando en neumonía; Cary Grant contrajo hepatitis agravada con ictericia y, para colmo de males, el propio Hawks se vio afectado por una incómoda urticaria.

Grant y Hawks durante una pausa en el rodaje en Alemania


Lo cual le añadía, sin duda, más mérito a un filme que había nacido doblemente marcado por el morbo. En primer lugar, porque la simple idea de que un hombre se vista de mujer, tan antigua como el mundo, siempre se ha considerado el summum de la transgresión. Pero si, además, el hombre en cuestión era Cary Grant, el aliciente se multiplicaba por mucho. No hay que olvidar que en Hollywood eran incesantes los rumores que circulaban acerca de la orientación sexual del actor y parece bastante probado, según sus biógrafos (entre ellos Marc Eliot), que durante toda su vida tuvo la costumbre de utilizar ropa íntima femenina.

Pero, al margen de tales habladurías, lo que realmente merece la pena de I Was a Male War Bride son esos gags, algunos de ellos muy sencillos (puro slapstick: como cuando el Capitán Henri Rochard intenta dormir en una incómoda silla o, peor aún, en el interior de una bañera), otros basados en los equívocos a que da pie una compleja legislación sobre los cónyuges extranjeros de oficiales del Ejército americano. No es de extrañar que una comedia como ésta sentase las bases del travestismo en el mundo del cine, haciendo inevitable que posteriores producciones basadas en la misma idea (Tootsie, Victor o Victoria...) la citen sí o sí en alguno de sus diálogos.


viernes, 9 de octubre de 2015

Dodge, ciudad sin ley (1939)




Título original: Dodge City
Director: Michael Curtiz
EE.UU., 104 minutos, 1939

Dodge, ciudad sin ley (1939) de Michael Curtiz


Dodge, ciudad sin ley supuso el debut de Errol Flynn en el wéstern, pero no a las órdenes del húngaro Michael Curtiz, con quien el actor australiano ya había trabajado en The Case of the Curious Bride (1935), El capitán Blood (1935), La carga de la Brigada Ligera (1936, junto a Olivia de Havilland), The Perfect Specimen (1937), Robin de los bosques (1938, también con Olivia de Havilland) y Four's a Crowd (1938). Formaban, como queda patente, un equipo más que curtido a la par que muy compenetrado. Cinta netamente de acción de principio a fin, Dodge City posee, por lo tanto, su principal baza en un Errol Flynn en plena forma.

La historia que narra el filme, basada levemente en la de Wyatt Earp, contiene la inmensa mayoría de lugares comunes del género: malvados villanos, muchachas hermosas, caravanas, inmensos rebaños de reses que deben ser conducidos a través del páramo, trenes asaltados (fuera de control o incluso en llamas), alusiones a la Guerra Civil americana, tiros a diestro y siniestro, peleas en el saloon y, como no podía ser menos, un apuesto sheriff heroico, que, aunque en un principio se resistía a aceptar el cargo, acabará pacificando la ciudad.

Y todo ello cuidadosamente ensamblado por la pericia de Curtiz. Ayudado, además, por el fluido Technicolor de Sol Polito, mítico director de fotografía de la época dorada de Hollywood. Igualmente notable es la banda sonora compuesta por el vienés Max Steiner, otro de los colaboradores habituales del director. El resultado final es un western (como tantos otros filmes del mismo género) de firmes convicciones conservadoras, toda vez que defiende el peso de la ley como único garante de la vida en paz. De ahí que, una vez cumplida su misión, el eficaz Wade Hatton sea enviado a otro enclave conflictivo del lejano oeste.


Abbie (Olivia de Havilland) y Wade (Errol Flynn)

domingo, 23 de agosto de 2015

El buen Sam (1948)




Título original: Good Sam
Director: Leo McCarey
EE.UU., 1948, 114 minutos

El buen Sam (1948) de Leo McCarey


El batacazo que se metió Frank Capra con ¡Qué bello es vivir! fue de los que hacen historia, lo cual no es óbice para que, con el tiempo y una caña, la película remontase hasta convertirse en uno de los clásicos indiscutibles de la historia del cine. Ahora bien: lo que es en el momento de su estreno, gustar lo que se dice gustar no le gustó a casi nadie.

Pues, lo que son las cosas, un par de años más tarde Leo McCarey se atrevía con un film de similares características, aunque esta vez sin la mediación de ángeles celestiales en la trama. Se trata de El buen Sam, que cuenta la historia de Sam Clayton (Gary Cooper), un hombre tan tan pero tan generoso que es incapaz de negar un favor a nadie, aunque para ello tenga que privarse él de cubrir sus propias necesidades y las de su familia. Y claro: su mujer está tan hasta el gorro de la prodigalidad del esposo que un poco más y lo manda a freír espárragos o lo que se tercie, cosa que no llega a suceder porque la historia acaba en Navidad (otro paralelismo con ¡Qué bello es vivir!) y sus deudores devuelven a Sam el dinero que se les había prestado y con el que el matrimonio Clayton, unido al crédito que a última hora les concede un banquero caritativo, podrá al fin pagar la casa de sus sueños.

"Te tengo dicho que no me seas tan dadivoso"


¿Dónde radica el fracaso comercial de ambos films? Probablemente en el hecho de que el lema implícito de la sociedad americana es "Búscate la vida" (aunque ellos prefieran denominarlo mediante el más sugestivo eufemismo de Self-made man...). De ahí que las historias de samaritanos (buenos o malos) no acaben de cuajar por aquellos lares (ni entonces ni ahora). Si a ello le sumamos, en el caso de El buen Sam, un sentido del humor más bien cínico y la cargante risa impostada de Ann Sheridan, quizá nos resulte más fácil comprender los motivos del fiasco.

Sea como fuere, lo que está claro es que McCarey (dadas sus firmes convicciones católicas, tan a menudo presentes en su filmografía) era el candidato adecuado para dirigir una película basada en el supuesto de qué sucedería si alguien se tomase al pie de la letra el consabido mandamiento de amarás al prójimo más que a ti mismo.

Duro que gana, duro que presta