Mostrando entradas con la etiqueta Adolphe Menjou. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adolphe Menjou. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de mayo de 2023

Un gran reportaje (1931)




Título original: The Front Page
Director: Lewis Milestone
EE.UU., 1931, 101 minutos

Un gran reportaje (1931) de Lewis Milestone


Primera de una larga lista de adaptaciones cinematográficas, The Front Page (1931) pasa por ser, también, la primera screwball comedy de la historia. La obra teatral en que se basa, un artilugio endiabladamente divertido de los míticos Ben Hecht y Charles MacArthur, se había estrenado un par de años antes en el Times Square Theater de Nueva York. Origen escénico, por cierto, que queda del todo patente en la relevancia que adquiere la sala de prensa de unos juzgados como centro neurálgico donde transcurre la mayor parte de la acción.

Sin embargo, uno de los méritos de la puesta en escena del director Lewis Milestone (1895-1980) radica precisamente en la celeridad con la que logra mover la cámara dentro de un espacio cerrado. En ese sentido, son varios los momentos en los que el objetivo gira alrededor de los actores, casi como si volara, o los sigue en trávelin dando lugar a complejos y meritorios planos secuencia.

Gracias a George Lucas, el filme fue objeto de una minuciosa restauración en 2016


Por lo demás, huelga decir que la producción, auspiciada por obra y gracia del todopoderoso Howard Hughes cuando aún no había entrado en vigor el código Hays, supone una lección magistral de hasta qué punto las redacciones de los diarios constituyen un cuarto poder capaz de incidir en la opinión pública americana e incluso en decisiones políticas de hondo calado, toda vez que el corrupto alcalde (James Gordon) no tiene más remedio que acatar lo que le digan los reporteros si no quiere que sus chanchullos salgan a la luz.

Asimismo, la película encierra también una sutil reflexión a propósito de la falta de escrúpulos de unos medios de comunicación más preocupados por fabricar exclusivas sensacionalistas que no en el rigor informativo de lo que publican. De hecho, sólo hay que ver la caterva infecta de cronistas que cubren la fuga y posterior búsqueda de un preso condenado a muerte para hacerse una idea de que las fake news de hoy en día no son, ni mucho menos, un fenómeno nuevo.



viernes, 9 de noviembre de 2018

Senderos de gloria (1957)




Título original: Paths of Glory
Director: Stanley Kubrick
EE.UU., 1957, 88 minutos

Senderos de gloria (1957) de Stanley Kubrick


En vísperas del centenario del armisticio que puso fin a la Gran Guerra y coincidiendo con esa maravilla de exposición dedicada al mito Kubrick que podrá verse en Barcelona hasta finales del mes de marzo, resulta más oportuno que nunca revisar la fabulosa Senderos de gloria, monumento antimilitarista por antonomasia (que sería censurado, cuando no directamente prohibido, en no pocos lugares del mundo, incluida la Francia republicana), la trascendencia del cual sobrepasa ampliamente el marco cinematográfico hasta el punto de que su visionado debería ser de obligado cumplimiento en todos los centros educativos del planeta.

Pocas veces un filme ha logrado recrear con semejante grado de penetración los entresijos de la barbarie que todo conflicto bélico implica, aunque cabe suponer que Kubrick debió de tener en mente dos ilustres ejemplos que le precedieron en la noble tarea de inocular el germen pacifista en nuestras retinas: Sin novedad en el frente (1930) de Lewis Milestone y ¡Armas al hombro! (1918) de Chaplin, autor también de El gran dictador (1940), título no menos relevante a la hora de mostrar cuán ridículo puede llegar a ser el estamento militar en su forma de concebir la realidad y cuyo corrosivo sentido del humor coincide bastante con el de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964).



Como productor y protagonista de la cinta, Kirk Douglas ejercería un papel decisivo no sólo para que este proyecto saliese adelante, sino en la posterior trayectoria profesional de Stanley Kubrick, toda vez que el actor pensó en él cuando, harto de la inoperancia de Anthony Mann durante los primeros días de rodaje de Espartaco (1960), lo contrataría para que continuase la película.

Y poco más podemos añadir sobre Paths of Glory que no sea ya mostrado abiertamente por sus imágenes, desde el talante obtuso de los generales durante el tenso consejo de guerra —que prefigura, por cierto, la intolerancia del sargento Hartman en La chaqueta metálica (1987)— hasta la conmovedora escena final en la que una jovencísima Christiane Harlan (apellido de soltera de quien, meses después y a lo largo de más de cuarenta años, se iba a convertir en la señora Kubrick) hace enmudecer a todo un auditorio de curtidos veteranos con el único auxilio de su candorosa voz cantando «Der Treue Husar».


domingo, 1 de febrero de 2015

Una mujer de París (1923)




Título original: A woman of Paris (A drama of Fate)
Director: Charles Chaplin
EE.UU., 1923, 78 minutos

"The Public Will Fight To See This!"

Una mujer de París (1923)


A woman of Paris
 (1923) fue el primer trabajo de Charles Chaplin para la United Artists, la productora de la que fue socio fundador junto a otros grandes de Hollywood. También fue la primera película que Chaplin dirigió sin actuar en ella, lo cual podría explicar que (a pesar del eslogan que precede a estas líneas) no obtuviera el habitual éxito de taquilla de sus demás títulos, ya que al gran público le costaba imaginar un filme de Chaplin sin Chaplin. Aun así, se cree que quizá es él quien interpreta fugazmente a uno de los operarios en la estación de tren.

La cinta narra la historia de la joven Marie Saint-Clair (Edna Purviance) y su novio Jean Millet (Carl Miller), vecinos ambos de una pequeña aldea francesa y que planean marcharse juntos a la Ciudad de las Luces para allí contraer matrimonio. La noche en que tienen previsto coger el tren, el padre de Jean fallece repentinamente, lo cual impide al joven acudir a la estación; ello tendrá como consecuencia que, sin que conozca los motivos de la ausencia de su prometido, Marie parta sola rumbo a París.



Un año más tarde, ella se ha convertido en la amante de un millonario, Pierre Revel (interpretado por el mítico Adolphe Menjou). En una ocasión es invitada a una fiesta, pero se equivoca de dirección y se topa con Jean, quien ahora es pintor, y éste le pide pintarle un retrato. Marie observa que Jean luce un brazalete negro y le pregunta que por quién lleva luto, momento que el muchacho aprovechará para contarle que su padre murió, siendo ésta la razón por la que no pudo emprender el viaje con ella. Acto seguido, le confesará que aún la ama.

Días después, Marie escucha por casualidad una conversación entre Jean y la madre de éste en la que él afirma no querer realmente casarse con ella. Marie regresa con Pierre y, al saberlo, Jean se suicida de un disparo. Finalmente, Marie regresa al campo, donde vivirá con la madre de Jean, cuidando huérfanos. Un día, montada en la parte trasera de una carreta junto a algunos de los niños, se cruzará en un camino con un lujoso descapotable en el que viaja Pierre, sin que ninguno de los dos lo advierta, mientras Pierre le explica a su chófer con su acostumbrada indiferencia no saber nada de Marie desde hace tiempo...