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lunes, 26 de julio de 2021

El embrujo de Shanghái (1941)




Título original: The Shanghai Gesture
Director: Josef von Sternberg
EE.UU., 1941, 95 minutos

El embrujo de Shanghái (1941) de Josef von Sternberg


En cuanto entré, entendí que era diferente. Otros lugares parecen guarderías en comparación. Desprende un olor maligno. No creí que pudiera existir más que en la imaginación. Como una reminiscencia de pesadillas olvidadas. Aquí, todo puede ocurrir. En cualquier momento...

Las palabras con las que Poppy (Gene Tierney) describe el ambiente que se respira en el célebre casino de 'Madre' Gin Sling (Ona Munson) definen a la perfección el concurrido local, así como la propia ciudad asiática en la que transcurre la acción. Esa "moderna torre de Babel", según se había advertido previamente en los títulos de crédito iniciales, "refugio de los que desean vivir al margen de la ley, que ni es china ni europea ni británica ni americana, sino espejo deformado de los problemas que asedian al mundo de hoy en día".

Parece mentira cuántos sueños pueden llegar a condensarse en apenas noventa minutos y unas calles recreadas en estudio: The Shanghai Gesture (1941) pertenece a la misma estirpe que Casablanca (1942), Algiers (1938) o Morocco (1930), cintas, todas ellas, de título evocadoramente orientalizante, promesa de aventuras y exotismo con los que evadirse de la realidad. Circunstancia que en la España autárquica de la posguerra resultaba aún más cautivadora, si cabe, como lo demuestra el hecho de que Marsé titulase precisamente una de sus mejores novelas (luego adaptada por Fernando Trueba) El embrujo de Shanghái.



En el hervidero de ese crisol de culturas que es el casino de 'Madre' Gin Sling se dan cita pasiones de todo tipo, desde las especulaciones inmobiliarias de Sir Guy Charteris (Walter Huston) hasta las más insospechadas intrigas familiares. Y un dinámico Marcel Dalio ejerciendo de crupier un año antes de que la ruleta del Rick's café, en la ya mencionada Casablanca, lo inmortalizara definitivamente en ese rol. También Victor Mature, ataviado con un fez y tan inexpresivo como de costumbre, encarna al doctor Omar, mezcla de poeta arrogante y distinguido seductor que no dudará en afirmar, tratando de impresionar a la bella Phyllis Brooks, aquello tan manido de que "todos los caminos conducen a Shanghái".

Hasta treinta y dos versiones distintas hubo que llevar a cabo de un guion que finalmente convenciera a los responsables de la Asociación de Productores Cinematográficos y su estricto Código Hays. De hecho, la pieza teatral en la que se inspira la película se había estrenado en Broadway a principios de 1926. Pero como la trama estaba ambientada en un burdel, el proyecto se fue demorando a lo largo de quince interminables años durante los que ni siquiera el interés de Cecil B. DeMille logró que el proyecto fructificase. Finalmente, hubo de ser el intrépido vienés Josef von Sternberg (1894–1969) quien se encargó de dirigir un filme que, a la postre, sería de los últimos que pudo supervisar íntegramente antes de que su estrella se apagase y los ejecutivos hollywoodenses lo acabaran despidiendo de varios rodajes.



viernes, 18 de mayo de 2018

Los hijos del divorcio (1927)




Título original: Children of Divorce
Directores: Frank Lloyd y Josef von Sternberg
EE.UU., 1927, 72 minutos

Los hijos del divorcio (1927)


Apenas setenta minutos de duración y el núcleo de la historia ya aparece expuesto en el primer cuarto de hora: Children of divorce, con su carcasa art déco a base de lujosas mansiones, trajes de fiesta y glamurosas flappers, arranca, sin embargo, en los jardines de un internado parisino, regentado por monjas de la caridad, adonde van a parar los pobres hijos de matrimonios ricos y divorciados a los que alude el título. Kitty, Jean y el espigado Ted entablan allí una amistad que retomarán al cabo de los años, si bien marcada por el temor de acabar repitiendo los mismos errores que ya cometieron sus respectivos padres.

Es, por tanto, una evidente finalidad moralizante la que se esconde tras este triángulo amoroso, completado por un príncipe europeo con mucho dinero y muy poca gracia. Parece ser que los locos años veinte no eran tan locos al fin y al cabo, al menos para una industria de Hollywood (que en breve acometería, por cierto, la vorágine del cine sonoro) ávida de proporcionar edificantes argumentos folletinescos a las capas más populares de la audiencia, que eran las que realmente consumían este tipo de productos.



En el plano formal, la realización del escocés Frank Lloyd (y del austriaco von Sternberg, al que los estudios Paramount, según costumbre de la época, encargaron retocar y acabar de pulir el filme durante la fase de postproducción) es impecable. Valiéndose de todo tipo de trávelin y paralelismos, ambos directores dan prueba de su genialidad con detalles como el momento previo al intento de suicidio de Kitty: habiendo dejado en el interior de una cómoda su carta de despedida, acto seguido vemos cómo el rostro de Clara Bow, reflejado en el espejo, se vuelve borroso durante unos instantes.

Conviene recordar, por último, que Los hijos del divorcio fue el título que, aunque tímidamente, empezó a abrir el camino del estrellato para un Gary Cooper que sólo unos meses después conocería las mieles del éxito gracias al drama bélico Alas (Wings), dirigido por William A. Wellman y en el que también formó tándem con la ya mencionada Clara Bow.