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viernes, 6 de febrero de 2026

Marta (1955)




Director: Francisco Elías
España, 1955, 102 minutos

Marta (1955) de Francisco Elías


Aparte de cosechar un inapelable fracaso en taquilla, Marta (1955) cerró también la filmografía como director de Francisco Elías (1890-1977), cineasta y productor que, tras su exilio en tierras mejicanas, adonde rodó hasta ocho largometrajes, había vuelto a España con la intención de retomar aquí su carrera. Sin embargo, el escaso éxito de la cinta que nos ocupa dio al traste con las ilusiones de seguir adelante de quien contaba en su historial con el mérito de haber dirigido la primera película sonora del cine español: El misterio de la Puerta del Sol (1930).

La muchacha cuyo nombre sirve de título, interpretada por Pilar Rivol, responde a un perfil genuinamente nacionalcatólico, con su aura de antigua novicia siempre dispuesta a ayudar al prójimo. Lo cual adquiere una dimensión aún más decisiva, si cabe, al situarla en el centro de una encrucijada de odios familiares entre los Balmer y los Lafuente, versión moderna (y barcelonesa) de los Montescos y Capuletos shakesperianos. El caso es que el padre de Marta, don Rufino (Ernesto Vilches), se encuentra muy enfermo, mientras que don Gustavo (Félix de Pomés), el patriarca de los Lafuente, proyecta la construcción de una mastodóntica sala de cine.



Al margen de las connotaciones moralizantes que destilan el argumento y su posterior desenlace, lo verdaderamente interesante de la trama radica en los secretos que deja traslucir el pasado de ambos clanes, mucho más estrecho de lo que las rencillas entre unos y otros pudieran dar a entender en un principio. De ahí el carácter redentor del personaje protagonista, que con su espíritu de sacrificio no hace sino redimir una culpa que, en realidad, se halla en el origen del propio conflicto. En ese aspecto, y como contraposición a la aureola beata de Marta, Rafael (Mario Cabré) y Gloria (Elisa Montés) representan el lado mundano.

La reciente restauración a la que ha sido sometido el filme, dentro de la política de la Filmoteca de Catalunya de dar visibilidad a nuestro patrimonio cinematográfico, permite rescatar del olvido un melodrama de tintes psicológicos que se construye sobre la tensión de lo no dicho. A destacar sus exteriores, rodados en edificios emblemáticos de la Ciudad Condal como son el Palau Moja, la Casa Vicens de Gaudí o el Patronato Ribas.



viernes, 26 de marzo de 2021

El misterio de la Puerta del Sol (1930)




Director: Francisco Elías
España, 1929-1930, 71 minutos

El misterio de la Puerta del Sol (1930)


Pompeyo Pimpollo y Rodolfo Bambolino —así se llaman los protagonistas de El misterio de la Puerta del Sol (1930)— son dos nombres lo suficientemente elocuentes como para hacerse una idea de por dónde van a ir los tiros en esta comedia tan sui géneris que pasa por ser la primera película hablada de la historia del cine español. De hecho, el sistema Phonofilm ofrecía un resultado tan rudimentario que los responsables de sacar adelante el proyecto optaron por la vía fácil a la hora de sorprender al espectador: poco diálogo y mucho sonido ambiente a base de ruidosos artefactos (sala de máquinas de un periódico, locomotora, el tráfico en pleno centro de Madrid, etc.).

La voz humana, en cambio, suena aflautada y aguda (lo cual ya le va bien al carácter paródico de la cinta) y, aparte de en réplicas hilarantes, se deja oír cuando "El Personita" (cantaor flamenco al que da vida Diego Moreno) o La Terele o La Tirana (ambas interpretadas por Teresa Penella) profieren esos estridentes gorgoritos con los que dejan constancia de sus respectivas habilidades canoras.



Dotada de una estructura decididamente deslavazada, el argumento de la cinta gira en torno a las andanzas de una pareja de linotipistas (los Pimpollo y Bambolino a los que antes aludíamos) que, deseosos de alcanzar el estrellato, acuden a un casting convocado por el cineasta norteamericano Edward S. Carawa (Jack Castello). Sin embargo, y de ahí el título del filme, la acción acabará derivando hacia la crónica de sucesos cuando los dos amigos conciban un estrambótico crimen que les procure, por la vía rápida, la fama que no lograron tras su audición con el yanqui.

Más que por su escaso mérito cinematográfico, El misterio de la Puerta del Sol posee hoy un enorme valor como documento histórico en el que quedaron indirectamente reflejados los usos y costumbres de aquel Madrid bullicioso de los felices años veinte. Quienes se vieron implicados en semejante aventura (el pionero Francisco Elías; un intrépido productor burgalés llamado Feliciano Manuel Vitores; Juan de Orduña cuando era apenas un actor cómico y no el importante director en el que llegaría a convertirse...) fracasaron en el intento de competir con los procedimientos tecnológicos que estaba imponiendo Hollywood, aunque sus nombres pasarán igualmente a la posteridad por la osadía que supuso un tan ruinoso proyecto.



sábado, 15 de julio de 2017

María de la O (1936)




Director: Francisco Elías
España, 1936, 90 minutos

María de la O (1936) de Francisco Elías


Quienes crean, llevados de un prejuicio muy en boga, que María de la O no es más que la típica españolada que suelen pasar en Cine de barrio los sábados por la tarde harán bien en prestar mucha atención a lo que tenemos que decir. Porque, si bien el folclore ocupa un lugar importantísimo en su argumento (no en vano se trata de una película inspirada en la conocida copla de Salvador Valverde y Rafael de León), son varias las sorpresas que nos depara.

En primer lugar la presencia en el elenco de Antonio Moreno, toda una estrella de Hollywood que se marchó a Estados Unidos con apenas catorce años y que en la época muda llegaría a trabajar junto a Greta Garbo contratado por la Paramount. Tiene gracia que aquí interprete a un pintor que hizo las américas, puesto que ello justifica su marcado acento inglés. El cual, dicho sea de paso, no era fingido, como lo prueba el hecho de que en la escena inicial (cuando representa que aún no ha viajado) ya se le aprecia.

"Todos los hombres llevamos dentro un dolor o un misterio"


Otro de sus alicientes es que, a diferencia de similares producciones de la época (rodadas en Berlín por Florián Rey e Imperio Argentina y auspiciadas por el régimen nazi), María de la O se filmó, además de algunos exteriores en Granada y Sevilla, en los Estudios Orphea de Barcelona, ciudad de la que también procedían Carmen Amaya y Francisco Elías. Además, el actor Julio Peña (en la película, el apasionado gitano Juan Miguel) participaría poco después en la realización de la republicana Sierra de Teruel a las órdenes de Malraux, de modo que no puede decirse que estemos ante una de tantas recreaciones costumbristas.

Relacionado con lo anterior, un repaso somero del personal técnico que intervino en el rodaje confirma la presencia de varios alemanes que, huyendo del nazismo, recalaron, momentáneamente, en Barcelona. Tal es el caso del cámara Eugen Schüfftan (1893–1977), establecido en los EE.UU. a partir del 40 y Óscar, muchos años después, a la mejor fotografía por El buscavidas (1962) de Robert Rossen. Caso similar al del jefe de producción (Geza Pollatschik), al del montador (H. Rosinski) y al del ingeniero de sonido (el francés René Renault, que, dos décadas más tarde, trabajaría con Resnais en Hiroshima mon amour). La presencia de estos especialistas se nota, por otra parte, en la audacia con la que solucionan determinados planos, máxime tratándose de una historia de charanga y pandereta.



Aunque lo uno no esté reñido con lo otro. Como lo demuestra el sentido del humor que destilan los diálogos. Un gracejo andaluz presente en la inagotable verborrea de Itálica (Pastora Imperio): "¡Vengan los pintores y todos los extranjis de la Philadelphia! ¡Que viva el ferrocarril transalpino!" O en los chistes que se gastan ella y su gachó el guía:

ARGOTE: ¿Qué ha pasao entre el inglés y ella? 
ITÁLICA: Que han acabao pa siempre. 
ARGOTE: Incompatibilidad de caracteres. 
ITÁLICA: ¡Qué bien hablas, y bien enseñao, que me hablas en difícil!

MOLINA: ¿Estás tú seguro de que es un americano? ¿Le has oído hablar inglés?
ARGOTE: ¡Digo! Y fíjate si lo hablará bien, que yo no le entendí una palabra...