Mostrando entradas con la etiqueta Johann Sebastian Bach. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Johann Sebastian Bach. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de agosto de 2025

La terra negra (2025)




Título en castellano: La tierra negra
Director: Alberto Morais
España/Panamá, 2025, 100 minutos

La terra negra (2025) de Alberto Morais


Pese a que acaba de llegar a nuestras pantallas, el copyright de La terra negra (2025) indica que la película se rodó en realidad hace un par de años, lo cual demuestra hasta qué punto resulta complicado estrenar un determinado tipo de cine más alternativo, por completo ajeno —tanto visual como artísticamente— a la tiranía de los convencionalismos comerciales. Y es que la parsimonia de los diálogos, al igual que la aspereza de cuanto se muestra en pantalla, hacen de la cinta que nos ocupa una apuesta sumamente arriesgada.

Su director, el vallisoletano Alberto Morais (Valladolid, 1976), ya dio muestras en su día de un talento sobresaliente con el documental Un lugar en el cine (2008), excelente aproximación a la experiencia cinematográfica a través de la mirada de diversos cineastas, entre los que destacaban Pasolini o Víctor Erice. Inmejorable carta de presentación a la que ahora, tantos años después, toma el relevo un drama de corte rural, originalísimo en su austera puesta en escena.



La frontalidad de muchos primeros planos, con los actores diciendo el texto mirando a cámara, recordará (a quien tenga el gusto de conocer su filmografía) al Eugène Green de, por ejemplo, El hijo de José (2016). Recurso, reforzado con la ausencia momentánea de sonido ambiente, que produce en el espectador una suerte de extrañamiento, como si se quisiera anunciar que algo cuasi milagroso está a punto de suceder. Ese algo, por cierto, deja entrever un vago aire mesiánico en el personaje de Miquel (Sergi López), cuya capacidad para amansar a los demás lo sitúa en una órbita muy similar a la del misterioso joven que el recientemente desaparecido Terence Stamp interpretaba en Teorema (1968).

Por otra parte, el guion de Morais y Samuel del Amor ubica la trama en un pueblo indeterminado de la Comunidad Valenciana, espacio tan inhóspito como lo son tantísimas regiones de la España profunda y vaciada. Las rencillas y miserias que allí se desarrollan desde tiempos inmemoriales enfrentan a una pareja de hermanos (Laia Marull y Andrés Gertrúdix) con dos o tres vecinos sin escrúpulos y dispuestos a encañonar a quien sea por un palmo más de tierra. Ambiente sórdido, por tanto, al compás de los pasodobles que suenan de fondo en algún bar de lo más cutre, y que contrasta con la música de Bach y el Agnus Dei de Zurbarán que Morais utiliza como leitmotiv en esta parábola sobre odios enquistados y víctimas propiciatorias.



domingo, 31 de diciembre de 2023

Fantasía (1940)




Título original: Fantasia
Directores: James Algar, Samuel Armstrong, Ford Beebe Jr., Norman Ferguson, David Hand, Jim Handley, T. Hee, Wilfred Jackson, Hamilton Luske, Bill Roberts, Paul Satterfield, Ben Sharpsteen
EE.UU., 1940, 125 minutos

Fantasía (1940) de Walt Disney


Pocas películas hacen tanto honor a su título como esta joya que en su día concibiera el genial Walt Disney (1901-1966). Las siete secciones que integran Fantasía (1940) reúnen una porción considerable de obras maestras de la música orquestal bajo la dirección (que no batuta, pues jamás utilizaba dicho objeto) del británico de ascendencia polaca Leopold Stokowski (1882-1977). 

El programa lo integran, por orden, los siguientes títulos: Tocata y fuga en re menor de Johann Sebastian Bach (1685-1750), El cascanueces de Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893), El aprendiz de brujo de Paul Dukas (1865-1935), La consagración de la primavera de Ígor Stravinski (1882-1971), Sinfonía Pastoral de Ludwig van Beethoven (1770-1827), La danza de las horas de Amilcare Ponchielli (1834-1886) y, por último, un número doble compuesto por Una noche en el Monte Pelado de Modest Mussorgsky (1839-1881) y el Ave Maria de Franz Schubert (1797-1828). Se incluye, asimismo, un intermedio, luego del cual, aparte de una breve improvisación jazzística a cargo de los músicos de la orquesta, se presenta a la "banda sonora", concebida como unas tímidas líneas que varían de color y forma en función de las notas musicales.



No obstante, en su momento el estreno de la cinta fue un estrepitoso fracaso hasta que, muchos años más tarde, ya a finales de la década de los sesenta, la película atrajo un renovado interés gracias a la relectura psicodélica que la juventud hippie hizo de sus imágenes, por lo que la factoría Disney se apresuró a reponerla en infinidad de cines. Un interés creciente que, ya convertida en título de culto, alcanzaría récords de ventas tras su lanzamiento en vídeo a principios de los noventa.

Y es que la imaginería de cada uno de sus números, debidamente presentados por el crítico Deems Taylor (1885-1966), alcanza cimas tan estremecedoras como el diablo que ilustra la encarnación del mal en Una noche en el Monte Pelado o la ensoñación mitológica de la Sinfonía Pastoral. Lo cual no impide que los dibujantes del estudio, fieles a su público infantil, adopten una vis más cómica en La danza de las horas o en el que probablemente es el segmento más popular: El aprendiz de brujo cuyas facciones coinciden con las de un Mickey Mouse inusualmente torpe.



domingo, 19 de agosto de 2018

Saraband (2003)




Director: Ingmar Bergman
Suecia/Dinamarca/Noruega/Italia/Finlandia/Alemania/Austria, 2003, 107 minutos

Saraband (2003) de Ingmar Bergman


Recuerdo haber ido a ver Saraband, creo que en el Verdi Park, al poco de haberse estrenado, a principios de 2006. Y aunque uno en general tiene buena memoria, confieso que cuando la he vuelto a ver esta tarde he tenido la sensación de que lo hacía por primera vez. Que revisar todas las películas de Bergman, seguidas, en un ciclo tan completo como el de la Filmoteca, no sólo es un gozo y un privilegio, sino, sobre todo, la ocasión idónea para apreciar los rasgos definitorios de su estilo, aquellos elementos que, aquí y allá, se repiten en la mayoría de sus filmes de forma recurrente.

Y claro: estamos hablando de su último trabajo, el puerto de llegada de tantas y tantas historias que contó a lo largo de casi sesenta años de carrera. Hay, por tanto, alguna que otra autocita (lo cual es inevitable siempre que se hace balance). Y no me refiero al hecho de que Saraband sea la secuela o segunda parte oficiosa de Secretos de un matrimonio (1973), sino a detalles mucho más precisos que remiten a otros títulos de la extensa filmografía del sueco. Así, por ejemplo, cuando Marianne (Liv Ullmann) deje pasar un minuto contemplando su reloj, será forzoso acordarse de aquel pintor tan extravagante que interpretaba Max von Sydow en La hora del lobo (1968); como ineludible es no pensar en Los comulgantes (1963) cuando, de nuevo Marianne, a solas en la iglesia, vea penetrar un rayo de sol a través de las vidrieras.



Johan (Erland Josephson) sigue siendo el mismo ser un poco engreído y un poco pueril de tres décadas atrás, sólo que ahora está derrotado por la edad. Con el agravante, además, de que la llegada repentina de quien fuese su esposa durante más de quince años le hará revivir emociones que él creía del todo extintas. "La chanson des vieux amants...", que diría Brel. Aunque conviene tener muy presente la subtrama de Henrik (Börje Ahlstedt) y Karin (Julia Dufvenius), padre e hija, violonchelistas ambos (como el matrimonio protagonista de La vergüenza: ¿otro guiño?) y entre los que se intuye una malsana atracción incestuosa tras la muerte de la madre.

Como en ocasiones anteriores, Saraband iba precedida de un prólogo y culminaba con un epílogo. Una estructura muy musical que Bergman frecuentó a menudo y que esta vez servía de marco a las diez partes en que se divide la película. Es lo que tienen los testamentos: ese irremediable sabor a déjà vu, molesto pero a la vez admirable, que revela el orgullo ante la propia obra y preludia un adiós que será para siempre.


miércoles, 27 de septiembre de 2017

Glenn Gould el alquimista (1974)




Título original: Glenn Gould. L'Alchimiste
Director: François Ribadeau
Francia, 1974, 92 minutos

Glenn Gould el alquimista (1974)


Cineasta, violinista y ahora también escritor, Bruno Monsaingeon es conocido, sin embargo, por haber sido uno de los pocos privilegiados que contó con la suerte de poder tratar en la cercanía al  mítico pianista canadiense Glenn Gould (1932-1982). Relación que, según contaba esta tarde en la mesa redonda que ha protagonizado en la Filmoteca de Catalunya, comenzó primero en el plano epistolar antes que en el personal y que daría como fruto el célebre documental para la televisión que ahora comentamos.

Glenn Gould el alquimista muestra a un hombre mucho más afable de lo que la leyenda dice que fue el genial intérprete que, con apenas 32 años, decidió retirarse y no ofrecer más conciertos. De hecho, el propio Monsaingeon lo ha definido como una especie de don Quijote, aparentemente loco en lo que se refiere al comportamiento cotidiano aunque de una coherencia colosal en su discurso.



Bach, Schönberg, Byrd, Wagner, pero también el hoy cuasi olvidado Orlando Gibbons (al que Gould considera su compositor predilecto) forman el nada ortodoxo "repertorio" de un hombre cuyo abrumador dominio del instrumento contrasta con la destartalada silla de la que siempre se acompañó y su peculiar modo de ejecutar, exageradamente inclinado sobre el teclado al tiempo que canturreando las partituras que tocaba de memoria.

Dice Monsaingeon, quien acaba de publicar en la editorial Acantilado Glenn Gould. No, no soy en absoluto un excéntrico, que entre ambos se estableció una particular comunión más allá del tiempo y de la presencia física que aún le lleva a mantener intensas "conversaciones" con él a través de la música. En efecto, ya en vida de Gould, los dos eran capaces de comunicarse durante horas sin mediar palabra, sólo escuchando, por ejemplo, la Sinfonía alpina de Strauss una y otra vez. Algo que el francés comenta ahora entre emocionado y divertido, cuando se cumplen treinta y cinco años de su prematura desaparición y ochenta y cinco de su nacimiento.


martes, 19 de septiembre de 2017

Érase una vez un mirlo cantor (1970)




Título original: Iko shashvi mgalobeli / Жил певчий дрозд
Director: Otar Iosseliani
Unión Soviética, 1970, 82 minutos

Érase una vez un mirlo cantor (1970)


¡Cómo se parece a John Cassavetes el actor protagonista de Érase una vez un mirlo cantor! Pero no: no se trata del gran intérprete y cineasta americano, sino de Gela Kandelaki. Su personaje es el joven percusionista de una orquesta sinfónica que pasa el tiempo de aquí para allá, ora flirteando con alguna muchacha ora entrometiéndose en los más diversos asuntos. Se ha acostumbrado a irrumpir en el foso en el último momento los días que hay concierto, para desesperación del director y de los responsables de la sala. Pero Gia, que ése es su nombre, hace ya mucho que optó por tomarse la vida con calma...



Como ocurre tantas veces en el cine del georgiano Otar Iosseliani, Érase una vez un mirlo cantor es una película que fluye ante nuestros ojos y en la que los personajes cantan (o canturrean) bastante a menudo. Tal vez por la tradición polifónica del país transcaucásico o simplemente porque con dicho hallazgo el director pretende mostrar en imágenes su particular manera de tomarse la vida.

Sea como fuere, hay algo en el recorrido urbano de Gia que recuerda un tanto al de Cléo en la obra maestra de Agnès Varda, sólo que liberado de ataduras espacio-temporales así como de la angustia existencial que atenazaba a aquella mujer. Con todo, el hecho de que Iosseliani elija como leitmotiv el pasaje "Erbarme dich, mein Gott!" ("¡Apiádate de mí, Dios mío!") de La Pasión según San Mateo de Bach podría interpretarse, en cierto modo, como un presagio de las consecuencias que inevitablemente terminará acarreando la vacuidad de la existencia tan despreocupada que lleva Gia.


martes, 25 de julio de 2017

El viento (1928)




Título original: The Wind
Director: Victor Sjöström
EE.UU., 1928, 71 minutos

El viento (1928) de Victor Sjöström


La entrada número 1000 de Cinefília Sant Miquel no podía corresponder a una película cualquiera, de modo que la casualidad y el destino se han conjurado para que la elegida fuese la mítica The Wind del sueco Victor Sjöström (o Seastrom, como firmaba en Hollywood). Y si encima le añadimos música de Bach, mejor que mejor: en la Filmoteca de Catalunya, y como clausura del Festival Bachcelona, el DJ Gerard Erruz ha acompañado la proyección con una antología de piezas del compositor alemán. Lo cual no tiene nada de sorprendente, si nos atenemos a que ya Pere Portabella demostró, hace una década, la ductilidad de sus melodías en Die Stille vor Bach (2007), donde las cantatas y suites del de Eisenach lo mismo se adaptaban a la cabina de un tráiler que al interior de los vagones de la línea 5 del metro.

Pero, centrándonos ya en El viento, hay que ver lo paradójico que resulta que fuese precisamente en una película muda donde mejor se ha logrado captar la esencia de esos vendavales huracanados del lejano Oeste americano. Por más que posteriores superproducciones, con sus sofisticados efectos especiales, hayan intentado impresionar a las retinas de medio mundo a base de impactantes torbellinos en forma de tornado, desde Twister (1996) del holandés Jan de Bont hasta La tormenta perfecta (2000) del alemán Wolfgang Petersen, pasando por El Mago de Oz (1939), correspondió al avispado escandinavo el honor de ser el primero en sugerir (más que mostrar) la magnificencia de los elementos.



Tres cuartos de lo mismo acontece con la historia de la candorosa Letty Mason (Lilian Gish), delicada jovencita del Este que deberá adaptarse a las inclemencias del Far West, y no sólo a las meteorológicas. Desde la primera escena, en el tren que la conduce a su aciago destino, la cercarán continuamente hombres sin escrúpulos, dispuestos a aprovecharse de su frágil inocencia. Y mujeres: porque la Cora a la que da vida Dorothy Cumming parece más la madrastra de la Cenicienta que no la familia que Letty esperaba encontrar a su llegada. Será la ruin actitud de Cora, obsesionada con que la joven no le arrebate a Beverly (Edward Earle), lo que la abocará a casarse con el menos malo de sus pretendientes.

Cuestión aparte es cómo usa Sjöström la cámara, con continuos travelines en las distancias cortas para acercarse al rostro de los actores. O los insertos del caballo blanco de la leyenda india brincando sobre las nubes o trotando frente al objetivo. O la arena del desierto de Mojave golpeando contra los cristales de las ventanas: se cuenta que hasta ocho motores de avión fueron utilizados durante el rodaje. Pero lo realmente interesante es el final (fuese impuesto o no en detrimento de otro más trágico): parece que tanto viento ha hecho enloquecer a Letty y nos queda la duda de si la irrupción de Roddy (Montagu Love) ha sido un delirio. En cualquier caso, ¿alguien se cree que la muchacha quiera de repente a Lige (Lars Hanson)? Concluir con un "I love you!" tan poco convincente como repentino sólo invita a pensar que las desdichas de la joven no han hecho más que empezar, aunque nosotros ya no las veamos.


martes, 26 de julio de 2016

El legado tenebroso (1927)




Título original: The Cat and the Canary
Director: Paul Leni
EE.UU., 1927, 84 minutos

El legado tenebroso (1927) de Paul Leni

Bachcelona, el Festival Bach de Barcelona, ha clausurado su edición de 2016 con el acompañamiento musical en directo de The Cat and the Canary en la sala Chomón de la Filmoteca de Catalunya. El pianista y musicólogo Lluís Vidal ha compuesto para la ocasión una banda sonora inspirada en el estilo de Johann Sebastian Bach que ha merecido un largo aplauso tras la proyección.

El legado tenebroso supuso en 1927 el debut hollywoodense del realizador alemán Paul Leni, quien apenas dos años después fallecería víctima de una septicemia. Bajo la producción del presidente de la Universal, el también germano Carl Laemmle, el filme adaptaba la obra teatral homónima de John Willard (1885–1942) que venía arrasando en Broadway desde hacía un lustro.



En realidad, y a pesar de su apariencia levemente expresionista, la película es una comedia de horror que gira en torno a la lectura del testamento del excéntrico millonario Cyrus West veinte años después de su muerte. Annabelle West (interpretada por Laura La Plante) y el resto de herederos se darán cita con tal finalidad en la vieja mansión "encantada" que, de hecho, se acabaría convirtiendo en modelo a imitar por parte de la industria en décadas posteriores.

En ese sentido, Leni acertó a poner las bases de un subgénero que vulgarizaba, por así decirlo, las enseñanzas del expresionismo alemán, adaptándolas al gusto del público americano, y que, en el caso de The Cat and the Canary conllevaría hasta cinco adaptaciones más, de entre las que destaca la versión que Elliott Nugent dirigió en 1939, con un reparto encabezado por Bob Hope y Paulette Goddard.


domingo, 26 de julio de 2015

Bach: una vida apasionada (2013)




Título original: Bach: A Passionate Life
Directores: Cesca Eaton, David Jeffcock
Reino Unido, 2013, 89 minutos

Sir John Eliot Gardiner conduce este documental de la BBC en el que se analiza la vida y obra del compositor alemán Johann Sebastian Bach. Más allá de la imagen superficial que a veces se pueda tener de una figura de importancia universal, Bach: una vida apasionada profundiza en los momentos clave de su trayectoria. Por ejemplo, la muerte de sus padres cuando él apenas tenía nueve años, hecho que marcaría notablemente su carácter: antes de quedarse solo sus notas eran mediocres y solía faltar bastante a clase, pero a partir de ese momento, como si percibiese que le era preciso medrar en la vida, su rendimiento mejorará de forma espectacular.

A través de las pistas que fue dejando a su paso por las ciudades en las que vivió y trabajó (Eisenach, Weimar, Arnstadt, Mühlhausen, Köthen y Leipzig), el documental reconstruye su trayectoria para perfilar el complejo carácter de un hombre único, pero tras cuya genialidad se adivina un ego capaz de negar la influencia que otros ejercieron en su formación o poner trabas en la carrera de sus rivales.

Así las cosas, son diversos los testimonios escritos (a los que se añade el dictamen de una psicóloga) en los que se pone de manifiesto una acusada tendencia de Bach al victimismo, creyéndose libre de toda culpa y acosado por el infortunio. Lo cual fue verdad hasta cierto punto, si se tienen en cuenta las dificultades derivadas de sus trabajos al servicio de la Iglesia luterana, en especial debido a los recelos que despertaba en el clero que sus Pasiones y Oratorios ganasen en protagonismo a los mismísimos sermones.

Con la ayuda de intérpretes y especialistas dirigidos y/o entrevistados por el propio Gardiner, se demostrará que Bach era incluso capaz de citar su nombre en algunas de sus composiciones o que el célebre retrato que reproducimos más abajo encierra un curioso secreto...

Bach: una vida apasionada (2013)
Sir John Eliot Gardiner en Eisenach, localidad natal de J. S. Bach
Johann Sebastian Bach: la partitura que sostiene
en la mano encierra un curioso enigma

viernes, 24 de julio de 2015

Mi nombre es Bach (2003)




Título original: Mein Name ist Bach
Directora: Dominique de Rivaz
Suiza/Alemania/Francia, 2003, 97 minutos

La ciclópea figura de Johann Sebastian Bach (1685-1750) ha sido en varias ocasiones objeto de interés para algunos cineastas. Así, por ejemplo, ya en 1932 el alemán Friedrich Zelnik dirigió La bailarina de Sans-Souci, sobre el encuentro del compositor con Federico II de Prusia. De ese mismo hecho histórico se ocupa la más reciente Mi nombre es Bach, dirigida en 2003 por Dominique de Rivaz.

A pesar de que el guion lo firman la propia directora, Jean-Luc Bourgeois y Leo Raat, a partir de episodios sobradamente conocidos a propósito de lo acontecido en Potsdam en mayo de 1747, lo cierto es que buena parte de los hechos que se relatan en el film aparecían ya recogidos en La pequeña (y probablemente apócrifa) crónica de Ana Magdalena Bach, segunda esposa del compositor. Es el caso de la anécdota de los pianos y de la melodía que el monarca le facilita a Bach para que la continúe:

"El rey era también músico y conocía la grandeza de Sebastián […] [Lo] condujo por todos los salones de palacio, le enseñó los siete pianos que le había construido Silbermann y le rogó que les proporcionase a él y a la corte el placer de oírle tocar uno de aquellos instrumentos. Sebastián se sentó, empezó a tocar, y más de uno debió de sentir en lo más íntimo de su ser que, en aquel momento, había dos reyes en palacio." (La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach, traducción de Carlos Guerendiain, Círculo de Lectores, Barcelona, 2000)

En los papeles principales encontramos a Jürgen Vogel como Federico II (lo veríamos después en La ola, 2008) y Vadim Glowna es Johann Sebastian Bach (intervendría más tarde en Cuatro minutos, 2006, antes de fallecer en 2012).

Más cerca del telefilme que del verdadero cine con mayúsculas, la propuesta de Dominique de Rivaz no logra igualar ni en intensidad ni en calidad a películas como El silencio antes de Bach (2007), en la que Pere Portabella, dejando el trasfondo histórico en segundo plano, supo captar a la perfección la esencia de la música del genio alemán.

Mi nombre es Bach (2003)
Federico II (Jürgen Vogel) y Johann Sebastian Bach (Vadim Glowna)
Friedemann 'Frieder' Bach (Anatole Taubman)
y la princesa Amalia (Karoline Herfurth)