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miércoles, 1 de noviembre de 2017

Cliente muerto no paga (1982)




Título original: Dead Men Don't Wear Plaid
Director: Carl Reiner
EE.UU., 1982, 88 minutos

Cliente muerto no paga (1982) de Carl Reiner


En la línea de El jovencito Frankenstein (1974)Top Secret (1984) o ¡Aterriza como puedas! (1980), Dead Men Don't Wear Plaid fue una parodia del cine negro americano de los cuarenta cuyo principal atractivo residía en el hecho de que la historia se iba construyendo a base de fragmentos de películas de la época dorada de Hollywood. Vamos: la misma técnica que en la poesía del Siglo de Oro se conocía con el nombre de centón.

Y a fe que Carl Reiner, director curtido en el ámbito televisivo, demostró poseer un conocimiento sólido del género, habida cuenta de cómo engarza una secuencia con otra hasta lograr construir un argumento sólido aunque de lo más disparatado: Steve Martin encarna al detective privado Rigby Reardon, quien, requerido por la hija de un científico y fabricante de quesos, se verá obligado a investigar la muerte de éste en accidente de tráfico.



A partir de ese momento, y explotando todos los lugares comunes habidos y por haber, deberá enfrentarse lo mismo a Vincent Price que a Kirk Douglas, pasando por Barbara Stanwyck o Veronica Lake, no sin verse obligado a recurrir a los servicios del afamado Philip Marlowe, al que hiciera célebre Bogart. Aunque también conviene recordar que, detrás de las cámaras, éste fue el último trabajo de dos nombres míticos del período que aquí se homenajeaba: la diseñadora Edith Head y el compositor Miklós Rózsa.

Poseedora de un ingenioso sentido del humor, Cliente muerto no paga es uno de esos filmes que se ven con una sonrisa en los labios de principio a fin, ideal para pasar una tarde de Todos los Santos.


viernes, 7 de julio de 2017

Bola de fuego (1941)




Título original: Ball of Fire
Director: Howard Hawks
EE.UU., 1941, 111 minutos

Bola de fuego (1941) de Howard Hawks


Pero ¡qué película más inteligente!: un sólido guion, inspirado en Blancanieves y los siete enanitos, milimétricamente escrito por Billy Wilder y Charles Brackett (el primero con su refinado sentido del humor centroeuropeo y el segundo haciendo gala de sus dotes argumentativas de antiguo abogado), la pericia de Hawks tras las cámaras y un elenco de actores que quita el sentido. ¿Quién puede resistirse al encanto de Ball of Fire? Por no hablar de la breve intervención del batería Gene Krupa y el memorable número de las cerillas.

Desde la primera vez que la vi (como tantas otras, en el programa ¡Qué grande es el cine! de José Luis Garci, en La 2 de TVE) me ha parecido siempre un portento por la manera en la que hace coincidir dos mundos teóricamente antagónicos: el sosiego del ambiente académico que se respira en la mansión del grupo de sabios frente al frenesí con el que irrumpe Sugarpuss O'Shea (Barbara Stanwyck). No en vano, ella es la Bola de fuego o polvorilla a la que alude el título. Y, como no podía ser menos, es la vida la que se acaba imponiendo al conocimiento vacuo y enciclopédico. Aunque ella también se dejará seducir por el encanto patoso del gramático Bertram Potts (Gary Cooper): "Looks like a giraffe, and I love him. I love him because he's the kind of a guy that gets drunk on a glass of buttermilk!"

¿Quién dijo que los libros no sirven para nada?


Es, precisamente, en ese contraste en el que radica la hilaridad de la mayor parte de situaciones, sobre todo en el plano lingüístico, ya que, habiéndose iniciado la trama a raíz del trabajo de campo que realiza el profesor Potts a propósito de la jerga en la sociedad, la bola (como en cualquier Screwball comedy que se precie) se irá haciendo cada vez más grande conforme se vayan incorporando elementos a cuál más discordante: una vedete, un grupo de gánsters, etc.

A pesar de los setenta y seis años transcurridos desde el estreno, Ball of Fire mantiene intacta su chispa y sigue siendo una óptima reflexión, en clave satírica, sobre un mundo en evolución constante y el papel que la cultura ocupa en él. Si ya en el 41 se planteaba la dicotomía entre la figura del intelectual encerrado en su torre de marfil y ajeno a la realidad en oposición al bullicio de las clases populares, ¿qué cabrá esperar de la era en la que internet y las redes sociales amenazan con vulgarizar la difusión del saber? ¿Una amenaza o una oportunidad? Probablemente ambas cosas: de nosotros depende el posicionarnos a favor o en contra.


jueves, 28 de julio de 2016

El caso de Thelma Jordon (1950)











Título original: The File on Thelma Jordon
Director: Robert Siodmak
EE.UU., 1950, 100 minutos

El caso de Thelma Jordon (1950) de Robert Siodmak

¿Puede el ayudante de un fiscal, casado y con hijos, enamorarse de la mujer a la que debería acusar? The File on Thelma Jordon parte de esta premisa para acabar llegando a un desenlace que por momentos parece prefigurar lo que hará Otto Preminger dos años más tarde en Cara de ángel (Angel Face, 1952), pero que finalmente deriva hacia un final moralizante al estilo de El cartero siempre llama dos veces.

El alemán Robert Siodmak dirigió con maestría a Barbara Stanwyck (Thelma) y Wendell Corey (Cleve) en una película cuya acción arranca una noche cualquiera, cuando Cleve Marshall se queda a trabajar hasta tarde ahogando sus penas con la ayuda de una botella de bourbon. En éstas, una despampanante Thelma Jordon irrumpe en la oficina del Fiscal del Distrito para quejarse de la falta de acción de la policía a la hora de impedir que unos desconocidos penetren en la casa donde ella y su tía anciana residen. Pese a su estado de embriaguez, Marshall quedará prendado de Thelma...

Luego intervendrán un ladrón de joyas llamado Tony Laredo (Richard Rober), la desconsolada esposa de Cleve (Joan Tetzel), el juez, el fiscal, un jurado popular... Evidentemente, nada de todo esto tendría mayor relevancia de no ser porque la relación que mantiene la pareja protagonista es del todo ilícita. Algo que según el estricto Código Hays sólo podía terminar con un merecido escarmiento para ambos.