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viernes, 24 de junio de 2016

La vida y nada más (1989)




Título original: La vie et rien d'autre

Director: Bertrand Tavernier
Francia, 1989, 135 minutos

La vida y nada más (1989) de Bertrand Tavernier


Si en Un dimanche à la campagne el color predominante era el ocre, la textura de las imágenes en La vie et rien d'autre se caracteriza por la omnipresencia del gris azulado. Ya desde el plano inicial, con la inmensidad del océano inundando la pantalla, y más adelante al filmar las ruinas que ha dejado a su paso la Primera Guerra mundial, se vuelve a hacer evidente la pericia de Bruno de Keyzer como director de fotografía.

Escrita en colaboración con Jean Cosmos, La vida y nada más declara ya desde su título que no pretende ser una película sobre la muerte. Y la aclaración es pertinente habida cuenta de que sus protagonistas van en busca de cadáveres: el comandante Delaplane (Philippe Noiret) como encargado de inventariar los soldados desaparecidos durante la contienda; Irène de Courtil (Sabine Azéma) y Alice (Pascale Vignal) porque intentan localizar el cuerpo de sus respectivas parejas. Hasta el pobre Perrin (François Perrot) deberá buscar el cuerpo sin vida de algún combatiente anónimo para enterrarlo como Soldado desconocido bajo el Arco de triunfo parisino.



Estos son, a grandes rasgos, los personajes principales de una historia en la que muy a menudo sus destinos se van a ir cruzando: tanto a los unos como a los otros la vida les quitó muchas cosas a las que ahora se aferran, como en el caso de esos familiares de víctimas que revuelven y hurgan entre los objetos que pertenecieron a sus seres queridos: un anillo, una taza...

Son todos ellos muy distintos entre sí: la aristocrática Irène viajando a todas partes en su lujoso automóvil con chófer, por ejemplo, contrasta poderosamente con la humilde Alice, apenas una criada, aunque ambas (sin saberlo) resultará que andan buscando lo mismo... De modo que, y esa es la moraleja, al final lo único que queda tras tantas penurias es "la vida y nada más".

Irène (Sabine Azéma) y Delaplane (Philippe Noiret)

jueves, 23 de junio de 2016

Un domingo en el campo (1984)




Título original: Un dimanche à la campagne

Director: Bertrand Tavernier
Francia, 1984, 90 minutos

Un domingo en el campo (1984) de B. Tavernier


Es una película ocre: ocres son las hojas de los árboles del bosque que rodea la casa de Monsieur Ladmiral; ocre es el color que predomina en su jardín: las flores son de color ocre; el reflejo de la luz del atardecer sobre las cosas y sus habitantes; las sillas de mimbre: todo se tiñe de ese color en Un dimanche à la campagne.

Dos son los cineastas cuyo influjo deja sentir Bertrand Tavernier en esta película: por un lado el Renoir de Una partida de campo (Partie de campagne, 1936) y, por otro, el Visconti crepuscular y decadentista de El gatopardo (Il gattopardo, 1963) o Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971). Se podría pensar, incluso, en Ozu por la manera de tratar el tema familiar, de no ser porque la cámara revolotea de aquí para allá, muy al contrario del estatismo que predomina en el cine del japonés.



De todas formas, el letargo que se respira en dicho entorno lo romperá de manera momentánea la llegada de la efusiva Irène (Sabine Azéma), la cual revoluciona la sobremesa dominical con el ímpetu de sus sentimientos a flor de piel de mujer liberada y anticonformista. Su paso fugaz por los dominios familiares supondrá un fogonazo de vida antes de que las aguas vuelvan a su cauce y el sopor vuelva a ahogar, ahora definitivamente, un modo de vida que se extingue poco a poco.

Es el mundo de 1912, el ambiente impresionista anterior a la Gran Guerra que describió Pierre Bost en su novela Monsieur Ladmiral va bientôt mourir y que Colo Tavernier (exmujer del realizador) supo convertir en un guion que sería recompensado con el César (al igual que la delicada fotografía de Bruno de Keyzer y la interpretación de Sabine Azéma) y que serviría también para que Bertrand Tavernier triunfase en Cannes como mejor director.