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jueves, 6 de agosto de 2026

La barca sin pescador (1964)




Director: Josep Maria Forn
España, 1964, 80 minutos

La barca sin pescador (1964) de Josep Maria Forn


La inconfundible voz en off de Manolo Cano (luego sabremos que se trata de la voz del mismísimo Diablo) plantea el siguiente dilema al principio de La barca sin pescador (1964): "En el más remoto confín de la China vive un mandarín inmensamente rico, al que nunca hemos visto y del que ni siquiera hemos oído hablar. Si pudiéramos heredar su fortuna, y para hacerlo morir bastara con apretar un botón sin que nadie lo supiera, ¿quién de nosotros no apretaría ese botón?". Y ésa es precisamente la disyuntiva a la que deberá hacer frente Ricardo Morton (Gérard Landry), opulento hombre de negocios cuyas acciones en la bolsa se desploman de un día para otro, pero a quien se le aparece el Demonio (Julián Ugarte) para hacerle una suculenta oferta que podría salvarlo de la bancarrota...

A partir de la pieza teatral homónima de Alejandro Casona, el guion de Josep Maria Forn y José Luis Alcofar pone el acento en el carácter atildado de Lucifer, al que se muestra como un individuo de maneras exquisitas, luciendo perilla y bastón de plata, con un cierto aire de melifluo dandi inglés que contrasta enormemente con sus maléficas intenciones. En ese sentido, también el papel protagonista recae en un actor, el francés Gérard Landry, de rasgos lo suficientemente severos como para encarnar al individuo capaz de sacrificar la vida de un inocente a cambio de mantener intacta su fortuna.



Los exteriores de la película se rodaron en la localidad ampurdanesa de El Port de la Selva, cuyo paisaje costero reproduce la pequeña aldea de pescadores del Mediterráneo en la que vive la víctima junto a Estela, su esposa (interpretada por Amparo Soler Leal). Espacio humilde y a expensas de las inclemencias meteorológicas, en abierta oposición con el confortable ambiente urbano de las finanzas, al que se traslada Morton acuciado por los remordimientos que afligen su conciencia. Aunque será precisamente dicha pesadumbre la que le permita, como si de un detective se tratase, ir esclareciendo la compleja red de relaciones que existía previamente entre el fallecido y sus familiares más directos.

Los acordes de la melancólica banda sonora, a cargo del guitarrista Eduardo Sáinz de la Maza, aportan la necesaria nota triste en una historia que, por otra parte, se beneficia de una leve imprecisión geográfica, ya presente, por cierto, en el texto de Casona (estrenado en Buenos Aires en 1945), con lo cual la siempre puntillosa censura franquista lo tuvo más difícil para objetar que semejante argumento, de claras connotaciones mefistofélicas, transcurriese en territorio español. Tal vez por ello se cambió el apellido Jordán por Morton, que suena aún más anglófono, si bien la hermana, el marido y el cuñado de Estela pasaron de llamarse Frida, Péter y Cristián, respectivamente, en el original, a Carmen (Lucía Prado), Pedro (Joaquín Navales) y Luis (Ángel Lombarte). Modificaciones que afectan también al mayordomo John (Rafael Calvo) y a Margaret (Mabel Karr), la amante de Morton, los cuales responden a nombres castellanos (Juan y Enriqueta) en la obra de teatro. Subterfugio tirando a tosco mediante el que se sugiere que quienes se dejan tentar por el maligno son extranjeros y protestantes...



lunes, 3 de agosto de 2026

¿Pena de muerte? (1961)




Director: Josep Maria Forn
España, 1961, 82 minutos

¿Pena de muerte? (1961) de Josep Maria Forn


Como en tantas producciones locales de los años cincuenta y sesenta, uno de los atractivos de la cinta de intriga criminal ¿Pena de muerte? (1961) consiste en identificar sus exteriores, filmados en enclaves tan reconocibles para el espectador como las Ramblas de Barcelona o el monasterio de Montserrat. Aunque la acción se traslada enseguida a la apacible localidad de Monistrol, donde se ha cometido el crimen que servirá de eje central de la trama.

A grandes rasgos, la puesta en escena ideada por Josep Maria Forn, a partir de una historia concebida por José Luis Dibildos y Noel Clarasó, se enmarca en los cauces de lo que suele conocerse en el argot como whodunit, subgénero cuya finalidad principal pasa por descubrir al culpable entre un grupo reducido de sospechosos, en un espacio cerrado o aislado y mediante las pesquisas de un detective (en este caso un abogado con vocación de novelista) que reúne y analiza una serie de indicios.



Los primeros minutos de la película se articulan en forma de reconstrucción de los hechos, mientras una voz en off reproduce lo que serían los pormenores de ese mismo crimen según cualquier crónica de sucesos. De modo que se visualiza cómo Carlos Castillo forcejea con Eduardo Arnáez antes de que éste muera asesinado, con lo cual se infringe aparentemente una de las reglas de oro del cine de suspense, que dice que lo que vemos en pantalla es "verdad", ya que el posterior devenir de la acción demostrará quién es el verdadero homicida...

El apuesto y fornido Pablo (interpretado por Fernando León) se encarga de indagar cuanto allí sucedió, no sin antes vencer las resistencias de unos y de otros, a veces a puñetazo limpio. Como también vivirá un conato de romance con la telefonista local (María del Sol Arce) y conocerá de primera mano las malas artes de la seductora, y antigua vedette de revista, Lina (Mireille Darc). Elementos, en definitiva, que configuran un interesante thriller de regusto catalán, típica producción modesta pero efectiva surgida de la factoría IFI (acrónimo del prolífico Ignacio Farrés Iquino).



sábado, 23 de diciembre de 2017

La muralla feliz (1948)




Director: Enrique Herreros
España, 1948, 73 minutos

La muralla feliz (1948)


Cuatro años antes del estreno de Tres sombreros de copa, veía la luz una película que, por diferentes motivos, conecta (y mucho) con el particular sentido del humor de Miguel Mihura. No en vano, su director (Enrique Herreros) también trabajaría, como el dramaturgo, en la revista satírica La Codorniz. Filmada en los barceloneses estudios Diagonal (anteriormente conocidos por el nombre de Lepanto), La muralla feliz plantea un juego dramático similar al que ideara Unamuno en su nivola Niebla (1914), sólo que las intromisiones del realizador para cuestionar el modus operandi de sus personajes, lejos de poseer la trascendencia filosófica unamuniana, entroncan directamente con las ocurrencias absurdas y un tanto subversivas de los Hermanos Marx. Aunque, bien mirado, ese continuo trasiego a uno y otro lado de la cámara tiene bastante que ver con otro filme mítico del cine español, rodado apenas unos meses después: Vida en sombras (1949) de Llorenç Llobet Gràcia. De hecho, ambos títulos no sólo comparten algunas de las estrellas principales de su reparto (Fernando Fernán Gómez, Isabel de Pomés, Fernando Sancho...), sino que tanto el uno como el otro serían víctimas de una similar incomprensión por parte del público y posterior olvido.

En cualquier caso, hay que admitir la originalidad de un guion, obra de Luis Delgado Benavente, que sería premiado por el Sindicato Nacional del Espectáculo en la categoría de tema humorístico y en el que se hace referencia a la censura como si tal cosa. Claro que don Filiberto Aguirre (Alberto Romea) y su tronada familia hablan todo el rato de pesos, dando a entender quizá, mediante una aguda triquiñuela, que la acción se sitúa en el extranjero. Poco importa: al final lo que triunfa es el cinismo y la holgazanería de un clan que no duda en brindar "¡por la despreocupación total!" y cuyo patriarca se permite el lujo de vivir sin trabajar a la espera de una ansiada herencia (o de la cartera de algún cándido agente de seguros) que le resuelva la existencia.

Don Filiberto (Alberto Romea) "mejorando" la obra de su hijo


También cabe la posibilidad de interpretar alegóricamente una película en apariencia disparatada, pero con mucha más enjundia de lo que cabría esperar. La clave nos la da don Fulgencio Ríos, ese larguirucho de barba menguante magistralmente interpretado por Fernán Gómez:

"Francamente, cuando les conocí el efecto fue desastroso. Recuerdo mi entrada aquí con el paraguas y el sombrero. Hablaban de mí como si mi presencia no fuese tomada en consideración. Luego, recapacitando, me di cuenta de que algo nuevo tenía realidad en estas paredes. Que esto era como una muralla feliz. Fuera todo era caduco. Despreciable. Entendí que entre ustedes me salvarían. Tanto es así que mi amor por Lena aumentó a medida que me enamoraba de ustedes".

Palabras que encierran una declaración de amor hacia el cine tan peculiar como la propia película, habida cuenta de que la "muralla feliz" que le da título no es más que la pantalla en la que se proyecta la historia de los Aguirre. Si la verdadera realidad habita en el celuloide y la otra, como dice don Fulgencio, no es más que un fastidioso engorro "caduco" y "despreciable", no es de extrañar que prefiera quedarse a vivir con ellos, aun a riesgo de que el director le corrija de vez en cuando. Curiosa forma de que un personaje se deje fagocitar por la promesa de felicidad que le ofrece la cámara (la misma, por cierto, que, demostrando tener vida propia, se atreve a hablar, en un momento dado, con Enrique Herreros) sólo comparable, varios decenios después, a la que acontecería en Arrebato de Iván Zulueta.


lunes, 13 de junio de 2016

Vida en sombras (1949)




Director: Llorenç Llobet Gràcia
España, 1948, 74 minutos

Vida en sombras (1949)
de Llorenç Llobet Gràcia

El cine, de mero espectáculo, ha pasado a ser arte, ya que han sido superados los tanteos iniciales, y lo que nació como simple curiosidad científica tiene actualmente una estética...

El caso de Llobet Gràcia es paradigmático del de tantos cineastas malditos del cine español a los que la incomprensión de sus coetáneos o la censura (cuando no ambos) les sellaron el paso condenándolos a lustros de olvido. Es, por otra parte, la historia de un cinéfilo de Sabadell que, habiendo puesto todo su empeño en el cine, no lograría el reconocimiento a su entusiasta labor sino hasta varios años después de su muerte.

Dado lo atrevido del planteamiento, tanto a nivel formal como de contenido, Vida en sombras fue objeto de no pocos reproches: por hacer referencia, en pleno franquismo, a los sectores de la izquierda republicana; por situar la acción en Barcelona, incluyendo algunas frases en catalán; por incorporar escenas de filmes ajenos (Rebeca de Hitchcock, Romeo y Julieta de George Cukor, cortos de Chaplin...); por sus continuas referencias cinéfilas (tanto nacionales como extranjeras)...

Puede decirse, sin temor a exagerar, que Vida en sombras, su única cinta, es un filme autobiográfico al que los avatares de su compleja trayectoria han hecho merecedor del calificativo de película de culto. Arranca la acción a finales del XIX y su protagonista, Carlos Durán (Fernando Fernán Gómez) nace a la par que el cinematógrafo: de hecho, su madre da a luz en un barracón en el que se están proyectando cortometrajes de los hermanos Lumière. He ahí una de las constantes del guion: el paralelismo entre los acontecimientos históricos/cinematográficos y la vida del personaje central. De modo que irán desfilando por la pantalla no sólo la Primera guerra mundial, el advenimiento de la segunda República, la Guerra civil y demás episodios relevantes de la historia de España sino también la irrupción del sonoro o del color, al mismo tiempo que veremos crecer a Carlos y, en él, la pasión por el cine.

Al fondo, silueta de un zoopraxiscopio. En primer plano,
 Carlos escribe a máquina el texto que precede a esta entrada

De hecho, ese discurrir en paralelo al que aludíamos más arriba se da igualmente entre las situaciones que vive Carlos y las películas que ve: tanto es así que la relación Carlos-Ana coincide plenamente con la que vive Laurence Olivier respecto a su difunta esposa en Rebeca (obsérvese, por otra parte, el intencionado parecido físico entre Fernán Gómez y el actor inglés). Y en cuanto a la versión del drama de Shakespeare tampoco es casualidad que Carlos y Clara se enamoren viendo precisamente este filme (en el cine Coliseum de Barcelona, para ser exactos).

Aunque, sobre todo, el problema de base que explicaría su fracaso inicial es que Llobet Gràcia pretendía un imposible: filmar el amor al cine. Por muy intenso que sea dicho sentimiento al final resulta que, como todos los sentimientos, no es plausible plasmarlo en imágenes: como mucho podremos mostrar a un señor muy serio que se mueve a pasos de tortuga por el plató. La procesión va por dentro y eso no hay cineasta que lo capte. De todos modos, el galanteo que Carlos comparte primero con Ana (María Dolores Pradera, entonces esposa de Fernán Gómez en la vida real) y después con Clara (Isabel de Pomés) viene a compensar su amor imposible con la cámara que, perpetuamente en ristre, lleva siempre a cuestas. Algo así como lo que le ocurre al personaje interpretado por Eusebio Poncela en Arrebato (1979) de Iván Zulueta, otro cinéfilo fagocitado por el frenesí de su propia pasión.