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lunes, 25 de diciembre de 2023

Mi prima Rachel (2017)




Título original: My Cousin Rachel
Director: Roger Michell
Reino Unido/EE.UU., 2017, 106 minutos

Mi prima Rachel (2017) de Roger Michell


El malogrado Roger Michell (1956-2021), responsable, entre otros muchos títulos, de la comedia romántica Notting Hill (1999), dirigió cuatro años antes de su fallecimiento esta nueva versión del clásico de Daphne Du Maurier que ya había sido objeto de otras dos adaptaciones previamente: la hollywoodense de principios de los cincuenta y una miniserie televisiva de la BBC protagonizada por Geraldine Chaplin en 1983. Lo cual representa una ocasión óptima para compararlas (por lo menos los dos largometrajes), aunque ello suponga incurrir en algún que otro spoiler (y queda, así, avisado de antemano).

En primer lugar, esta puesta al día de My Cousin Rachel (2017) demuestra que los "tiempos de cocción" en el cine actual, si se nos permite la metáfora, distan una enormidad de lo que solía ser el pulso narrativo habitual en el Hollywood clásico. Que, a diferencia de lo que a menudo se cree, era mucho más dinámico que hoy en día. Así pues, la cinta que nos ocupa sigue los cauces cadenciosos de tantas otras producciones contemporáneas en las que la cámara se recrea en la contemplación del paisaje. Exteriores que, en este caso, se rodaron en enclaves típicamente británicos de Cornwall y Devon, aparte de la breve estancia de Philip (Sam Claflin) en la Toscana. Nada que ver, pues, con la artificiosidad del cartón piedra, tan adorable por otra parte, de los viejos estudios.



Aunque es a nivel argumental donde se aprecian variaciones, pocas, pero muy sustanciales. Aparte de que Olivia de Havilland tenía un punto de locura en su mirada del que carece Rachel Weisz. De ahí que esta nueva versión se cierre con un desenlace mucho menos ambiguo (y a todas luces accidental), por más que el joven Philip se siga debatiendo en el mismo dilema a propósito de la inocencia o culpabilidad de su amada. Más una coda final, a modo de supuesto happy ending, que muestra la vida del protagonista después de la tragedia y que tal vez acaba de evidenciar la incomprensión por parte de un entorno hostil de la que Rachel ha sido víctima.

Del resto, se puede decir que sigue fielmente lo previsto: la infancia feliz del niño huérfano junto a Ambrose; el repentino viaje de éste a Italia, por prescripción facultativa, en busca de un clima más benigno; las cartas que desde allí envía, anunciando su relación con Rachel, luego su enlace matrimonial, luego su repentina muerte... Y, por descontado, la afición casi obsesiva de la prima a las tisanas, amén de los collares de perlas. Sin embargo, ésta es, en su conjunto, una película mucho más luminosa, más diurna, alejada del tenebrismo gótico de su predecesora. También más light, por qué no decirlo, pese a que a veces resulte discutible si eso es un defecto o más bien una virtud.



jueves, 11 de enero de 2018

Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1990)




Título original: Rosencrantz & Guildenstern Are Dead
Director: Tom Stoppard
Reino Unido/EE.UU., 1990, 117 minutos

Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1990)


La única película hasta la fecha dirigida por el dramaturgo británico de origen checo Tom Stoppard fue esta adaptación de su propia obra teatral homónima. Y, por extraño que parezca, decidió que empezara y acabase al son de una antigua canción de Pink Floyd titulada "Seamus", blues de apenas dos minutos de duración y peculiar ambientación perruna con el que se cerraba la cara A de su álbum Meddle (1971). En realidad un divertimento, comparado con la profundidad mística (y, más tarde, política) de sus grandes discos conceptuales. Parece como si Stoppard nos estuviera diciendo: del mismo modo que la banda más trascendental del rock progresivo tuvo tiempo de permitirse alguna que otra humorada, yo voy a hacer ahora lo propio con el sacrosanto Hamlet de Shakespeare.

En otro orden de cosas, Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1990) recuerda vagamente a un título español rodado más o menos por las mismas fechas: Don Juan en los infiernos (1991) de Gonzalo Suárez, otro escritor metido a cineasta. Tanto en un caso como en el otro, se aprecia una similar factura a la hora de poner al día mitos clásicos de la literatura universal, aunque tal vez Stoppard se muestre más deudor de un planteamiento pirandelliano al estilo de Seis personajes en busca de autor.



De ahí que, convirtiendo a dos secundarios de una obra cumbre en los protagonistas de una trama disparatada, se lograse infundir nueva vida a un texto que adquiría en el acto una dimensión totalmente distinta. Algo así como si los héroes hubiesen ido a pasearse al callejón del gato en un esperpento de Valle-Inclán.

En ese sentido, son especialmente fascinantes los momentos de la película en los que los actores, valiéndose de escasos recursos (un pañuelo rojo, un leve gesto...), son capaces de representar determinadas escenas teatrales en un alarde de imaginación, prueba irrefutable de la procedencia escénica de su director.