Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Bauluz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Bauluz. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de septiembre de 2019

Manuel y Clemente (1986)




Director: Javier Palmero
España, 1986, 89 minutos

Manuel y Clemente (1986) de Javier Palmero


No deja de tener su guasa que el director de una película sobre el El Palmar de Troya se apellide Palmero... Sobre todo considerando ese tono de chanza continua que es la nota predominante en Manuel y Clemente (1986), ya desde el propio título: un binomio de nombres propios que enseguida hace pensar en Rinconete y Cortadillo, aquella pareja de pícaros cervantina cuyo radio de acción abarcaba, precisamente, Sevilla y sus contornos.

Sin embargo, la ópera prima (y, de hecho, única) de Javier Palmero es, por diferentes motivos, un filme fallido. Lo es, en primer lugar, por su insistencia en ridiculizar a la pareja protagonista (encarnada por los actores Juan Jesús Valverde y Ángel de Andrés López), pero también porque recurre a la supuesta homosexualidad de ambos para acabar de presentarlos como seres esperpénticos: vistas a la luz del actual sentir, las escenas que comparten en la ducha tienen un punto homófobo difícilmente defendible hoy en día.



Algo más interesante resulta todo el proceso de gestación de la Iglesia palmariana en torno a unas supuestas apariciones de la Virgen en una finca adonde se irán congregando crédulos devotos y, especialmente, oportunistas de toda ralea que pretenden sacar tajada de la fe del populacho.

Con su omnipresente música de pasodoble, Manuel y Clemente pretendía dejar constancia de la cutrez de un país en el que un par de caraduras sin demasiadas luces son capaces de protagonizar un cisma gracias a los cuantiosos donativos que reciben procedentes del extranjero. No obstante, la película acaba sucumbiendo a esa misma cutrez al adoptar un tono excesivamente sainetesco, así como un marcado punto de vista tendencioso que hace inviable abordar los hechos desde la óptica del fenómeno sociológico que realmente supusieron.


martes, 14 de agosto de 2018

Martes de carnaval (1991)




Directores: Fernando Bauluz y Pedro Carvajal
España, 1991, 92 minutos

Martes de carnaval (1991)

Pues no: aunque este Martes de carnaval también transcurre en Galicia, no tiene nada que ver con la homónima trilogía esperpéntica de Valle-Inclán. Sí que hay, aun así, un escritor de por medio, interpretado por Fernando Guillén, y los personajes que pululan en su imaginación febril luchan por alcanzar la categoría de entes autónomos. Pero todo es en vano: que siendo como son entelequias imprecisas en un remoto rincón de la memoria, su estado larvario dista mucho de concretarse en una realidad que vaya más allá de los recuerdos de juventud de un soñador.

Por el juego que se establece entre el autor y sus criaturas, recluidas en un vagón de tren, la película bien podría ser una nivola unamuniana. Con todo, la inquietante presencia de los cigarrones, coloridos seres míticos de estirpe pagana ataviados con ensordecedores cencerros, le aporta un toque medio folclórico medio ancestral, profundamente galaico, al que se une, en última instancia, la dicotomía entre un pasado que importuna al protagonista mediante pesadillas recurrentes, que tienen su origen en sus primeros escarceos sentimentales durante las celebraciones carnavalescas, y un presente, no menos fastidioso, en el que, inmerso en plena crisis creativa (y alcohólica), sus editores no paran de atosigarlo para que les suministre nuevos relatos.



En ese planteamiento a tres bandas entre ficción, presente y pasado, hay personajes que saltan de uno a otro plano, desdoblándose o simplemente cambiando de apariencia. Es el caso de los tres hermanos Molina (Ángela, Mónica y Miguel) o del ama (Elisa Montés), con cuya fisonomía adorna el autor a uno de los seres encerrados en el tren.

Las fronteras se desdibujan, por lo tanto, entre dichas dimensiones, dando lugar a un escenario en el que la Muerte campa a sus anchas con el único objetivo de embaucarnos. Una pajarita de papel arde sobre la mesa de trabajo en la quietud de un decadente pazo, mientras, en las antípodas de la realidad, a años luz de cualquier coordenada espacio-temporal, María del Campo 2ª (Ángela Molina) se rebela contra la autoridad del novelista que un día la imaginó bella y pura, pero exenta de voluntad, cabalgando a lomos de un caballo, blanco y amargo, llamado heroína.


viernes, 3 de noviembre de 2017

Lágrimas negras (1998)




Directores: Ricardo Franco y Fernando Bauluz
España, 1998, 104 minutos



ISABEL: Me gustas mucho, pero todavía tengo miedo. 
ANDRÉS: Miedo, ¿por qué? Yo no voy a hacerte ningún daño. 
ISABEL: Lo que me da miedo es que el daño te lo acabe haciendo yo a ti…

Hay algo inquietante en Lágrimas negras. Tal vez porque su director y alma mater del proyecto, Ricardo Franco, falleció en pleno rodaje con apenas cuarenta y ocho años; tal vez porque Fernando Bauluz, su ayudante y responsable de acabar la película, moriría en 2004 a los cincuenta y tres; quizá por la enfermiza historia de amor autodestructivo que cuenta; a lo mejor por el áspero laconismo que transmite su título...

En cualquier caso, el malditismo fue uno de los elementos que Ricardo Franco cultivó a lo largo de su carrera, desde Pascual Duarte (1976) o Los restos del naufragio (1978), pasando por las tribulaciones de los Panero en Después de tantos años (1994), hasta desembocar en el triángulo de La buena estrella (1997). Vidas marginales la mayor parte de ellas, marcadas por la locura en varios casos, a las que Lágrimas negras venía a añadirse como lánguido canto del cisne.



Que fue una obra rematada por otro se nota en lo irregular de su desarrollo, en la premura que transmiten determinadas escenas (y, ciertamente, ya tuvo mucho mérito el que pudiese acabarse y ser estrenada, cosa que no siempre está garantizada tratándose del cine español). Con todo, el paso del tiempo hace que esas costuras sean más evidentes, lo cual le añade, por otra parte, un cierto encanto crepuscular a la película.

Respecto a la relación a tres bandas que se establece entre Andrés (Fele Martínez), Alicia (Elena Anaya) e Isabel (Ariadna Gil), le falta la intensidad que el director había logrado obtener de los actores en su anterior trabajo, donde las actuaciones de Jordi Mollà, Antonio Resines y Maribel Verdú rayaban lo excepcional. Aunque de poco sirve especular, puesto que lo que hubiera sido capaz de conseguir Ricardo Franco de haber dirigido íntegramente Lágrimas negras quedará para siempre en la nómina de lo que pudo haber sido y no fue.