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domingo, 29 de junio de 2025

Mañana de domingo (1966)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1966, 70 minutos

Mañana de domingo (1966) de Giménez Rico


Con algo más de una hora de duración, la ópera prima de Giménez Rico participa de una sensibilidad similar a la de otros compañeros suyos de generación como, por ejemplo, el Manolo Summers de De del rosa al amarillo (1965) o, sin ir más lejos, el Antonio Mercero de Se necesita chico (1963). En ese aspecto, Mañana de domingo (1966) destila una especial predilección por la infancia a través de la mirada de sus protagonistas, cuatro hermanos de distintas edades que viven en la ciudad de Vitoria junto a sus padres y que irán en busca de su perro Jai, extraviado entre la multitud, a lo largo y ancho de la ciudad.

No cabe duda de que, al adoptar el punto de vista de los niños, Giménez Rico pone de manifiesto la influencia de un determinado cine italiano de posguerra cuyo ejemplo más emblemático sería, probablemente, I bambini ci guardano (1943) de De Sica, aunque también resulta plausible reconocer ecos en este su primer largometraje de títulos míticos de la cinematografía francesa como El globo rojo (1956) de Albert Lamorisse.



La estructura episódica del guion, obra del propio director y de María J. González de Sarralde, focaliza sucesivamente la atención en cada uno de los hermanos y en las peripecias a las que deben hacer frente mientras persiguen a Jai. Así pues, la pequeña Jose (Blanca Martín) se adentrará en el interior de los almacenes de la factoría Kas, donde un par de simpáticos maleantes (Laly Soldevila y Ángel Ter) la entretendrán haciendo de las suyas; simultáneamente, Antón (Juan Manuel Aracana), el benjamín de la familia, quedará absorto mirando las estatuas del parque hasta que un guardia municipal se lo lleve con él al cuartelillo; por último, Luis (Ignacio Caudevilla) tendrá tiempo de hacer amistad con un niño del campamento gitano (Ignacio Maya) antes de colarse en una sesuda conferencia a cargo de un eminente orador (Juan Cazalilla) que termina como el rosario de la aurora.

Sin embargo, el principal atractivo que ofrece hoy día la cinta no reside tanto en su condición de película de culto por redescubrir (que también), sino sobre todo en el valor documental de unas imágenes que permiten rememorar cómo era por aquel entonces la ciudad de Vitoria, con los conciertos al aire libre de la banda municipal en La Florida o el ambiente bullicioso de las piscinas en el parque de Gamarra.



martes, 24 de junio de 2025

Al fin solos, pero... (1977)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1977, 97 minutos

Al fin solos, pero... (1977) de Giménez Rico


La presentación de Rosario Flores (quien por entonces respondía al nombre artístico de Rosario Ríos) fue esta olvidable comedia musical en torno a un alto directivo de una firma de productos lácteos, interpretado por el mejicano Enrique Guzmán, que se ve continuamente requerido por la propietaria de la empresa (Laly Soldevila), su amante (Ágata Lys) y una hija aquejada de complejo de Edipo (o "del hipo", como dice ella, si bien el suyo se correspondería más bien con un complejo de Electra) que pretende gozar en exclusiva y a todas horas de la compañía de su progenitor.

Ni que decir tiene que la niña en cuestión, de nombre Marta, es un torbellino que lo mismo boicotea las clases de las monjas en el colegio, en especial las de la Madre Sacramento (Mary Carrillo), que le echa excrementos al yogur de la modelo y amante del padre durante la grabación de un spot publicitario. El director de dicho anuncio, por cierto, es el propio Antonio Giménez Rico, quien anteriormente ya había protagonizado un cameo similar en otra de sus películas: El cronicón (1970).

Chus Lampreave y Rosario Flores (babeando yogur)


El variopinto repertorio de canciones que interpreta Rosario Flores a lo largo del filme abarca desde temas folclóricos de Rafael de León hasta composiciones infantiles con letra de Gloria Fuertes, todo bastante gratuito y para mayor lucimiento de la por entonces debutante (contaba apenas trece años en el momento del rodaje).

Poco más se puede añadir si no es destacar la presencia en el reparto de Luis Ciges o Chus Lampreave como secundarios, esta última en el papel de chacha o criada que tiene a su cargo a la cría, o la de Antonio Larreta en el equipo de guionistas. Nombres ilustres que, sin embargo, no impiden que Al fin solos, pero... (1977) sea un bodrio cuyo único interés en aquella lejana coyuntura de la Transición fuese descubrir a un nuevo miembro de la saga Flores o, por qué negarlo, admirar los senos de Ágata Lys en las dos o tres secuencias en las que aparece fugazmente desnuda.



lunes, 23 de junio de 2025

Del amor y de la muerte (1977)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1977, 82 minutos

Del amor y de la muerte (1977) de Giménez Rico


Se hace difícil no interpretar en clave alegórica una película sobre un señor feudal estrenada en la España de la Transición. En ese sentido, Del amor y de la muerte (1977) contiene los elementos necesarios para leer entre líneas lo que Miguel Madrid y José Luis García Sánchez, autores del guion, se propusieron tal vez al idear la historia del viejo don Diego (Antonio Ferrandis) y su no menos abusivo heredero Gonzalo (Simón Andreu). Vamos: que el paralelismo con el ya difunto caudillo y las fuerzas reaccionarias de su entorno debió resultar diáfano para algunos espectadores de aquel entonces.

En ese mismo orden de cosas, el joven Rodrigo (Pedro Mari Sánchez), vilipendiado por los gerifaltes del lugar, pudiera verse como un trasunto de la joven democracia española, amenazada por múltiples peligros, o incluso del flamante monarca que llevaba un par de años ocupando la jefatura del Estado. De ahí que su metódica e inflexible venganza final, en la que el pastor liquida mediante espada, hacha o flechas a quienes le ofendieron en el pasado, tenga mucho de ajuste de cuentas como el que habría supuesto en el 77 la ruptura democrática contra los excesos de la dictadura franquista.



La presencia en el reparto de la siempre tentadora Amparo Muñoz, una de las actrices fetiche del cine de la Transición y que se hallaba en el momento álgido de su carrera, aporta al conjunto un toque sensual, inevitable, por otra parte, en una cinematografía inmersa en pleno proceso de liberación tras cuatro décadas de censura recalcitrante. Erotismo que, en el caso de La Polaca, cuyo papel de molinera presenta bastantes aristas, adquiere una dimensión mucho más perversa.

Ecos de tragedia griega, en la que se mezclan lo incestuoso y el afán de revancha, en el marco de una historia propia del romancero viejo rodada en localizaciones de Guadalajara y Albacete. Por eso la acción arranca y acaba con el mismo plano general de una era donde se trilla el grano y las palabras de un juglar que por allí cruza recitando sus versos: "De ella nació un rosal blanco, / de él nació un espino albar. / Crece el uno, crece el otro: / los dos se van a juntar / y las ramas que se alcanzan / fuertes abrazos se dan. / Y las que no se alcanzaban / no dejan de suspirar. / El amo, lleno de envidia, / ambos los mandó cortar. / El galán que los cortaba / no cesaba de llorar. /  De ella naciera una garza, / de él un fuerte gavilán: / juntos vuelan por el cielo, / juntos vuelan par a par".



domingo, 22 de junio de 2025

El cronicón (1970)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1970, 94 minutos

El cronicón (1970) de Antonio Giménez Rico


Con un poco de comedia de época y otro poco de opereta, El cronicón (1970) basa buena parte de su comicidad en la inclusión de elementos anacrónicos. Por eso los miembros de la corte medieval bailan a ritmo yeyé o el avispado Aladino (Luis Sánchez Polack, "Tip") lleva gafas de montura metálica. A semejante voluntad paródica obedece también la ambientación yanqui del Nuevo Mundo cuando don Blas Testa de Buey (Cassen) y sus secuaces cruzan el charco para ir en busca de El Dorado.

Ayudado en las labores de guion por su buen amigo José Luis Garci, Antonio Giménez-Rico (1938-2021) pergeña un engendro tan adorable como disparatado que se abre y se cierra con sendas citas literarias: "La moralidad que tiene un punto de satírica es muy gustosa, pero ha de ponderar en común para ir segura" (Baltasar Gracián, Arte y agudeza de ingenio) y "Para sermón de lego ya es bastante sin licencia del prior" (Francisco de Quevedo, La hora de todos y la fortuna con seso).



Música de Carmelo Bernaola, fotografía de José Luis Alcaine y un elenco de secundarios inolvidables, encabezado por Venancio Muro (Alicán), Esperanza Roy (Condesa Genoveva) o Manolo Gómez Bur (Conde Sandro), que aparecen haciendo de estatuas vivientes en los títulos de crédito iniciales. También intervienen, en papeles menores de fieles servidores de la ley, Antonio Casal (el Justicia Mayor) y José Orjas (Comisario).

Que un aristócrata algo crédulo y aquejado de impotencia mande a un navegante insensato al otro confín de la tierra en pos del remedio infalible para sus males y que esa panacea se llame Dilaila (Rosanna Yanni) y luzca tres lunares en lo más recóndito de su escultural cuerpo da una idea de por dónde van los tiros. Que es precisamente como acaba la película: con un tiroteo en medio de un pinar y los varones acosados por una tribu de bellas indias antropófagas que amenazan con echarlos a la marmita. ¡Apoteósico!



domingo, 12 de noviembre de 2023

El hueso (1967)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1967, 86 minutos

El hueso (1967) de Antonio Giménez Rico


Una de las muchas víctimas que se llevó por delante la infausta pandemia del coronavirus fue el cineasta Antonio Giménez Rico (1938-2021) que en los inicios de su carrera había dirigido esta sátira sobre la España rancia y provinciana. En realidad, el argumento de El hueso (1967) parte de una anécdota aparentemente sin importancia: un breve publicado en la prensa francesa a propósito de la supuesta reliquia que se halla en poder de algún aristócrata bordelés. Naderías si no fuese porque los restos (en concreto, un metacarpiano del dedo meñique de la mano izquierda) pertenecen a don Nuño Pérez de Gormar, antiguo héroe local cuyas gestas se remontan a los memorables tiempos del medievo.

El descubridor de tan "trascendental" primicia, un modesto articulista del Heraldo de Castilla que responde al nombre de Antonio Fernández (Cassen), recibe de inmediato el aplauso unánime por parte de las fuerzas vivas del consistorio municipal, convirtiéndose en el centro de los múltiples festejos en torno a la repatriación del ilustre huesecillo. En ese sentido, la cinta constata el papel decisivo que juegan los medios de comunicación a la hora de inventarse noticias que ayuden a reafirmar el discurso oficial de un régimen.

El alcalde (José Franco) pronunciando uno de sus característicos discursos huecos


A nivel formal, el uso de la cámara al hombro o el hecho de filmar diversas escenas en plano secuencia revelan la audacia de un director ávido de innovaciones técnicas que contrasten con el rancio abolengo del medio en el que transcurre la acción. Del mismo modo, la fotografía de un debutante José Luis Alcaine (hasta la fecha sólo había trabajado en cortos, siendo éste su primer largometraje), unida a la presencia de Carmelo Bernaola en la banda sonora, evidencian el relevo generacional que se estaba produciendo en el cine español de aquel entonces.

Porque, y ello es lo verdaderamente importante, la película denuncia el inmovilismo de una sociedad anclada en valores caducos, frente a los aires de renovación que traen los jóvenes como Charo (Charo López) y su grupo de amigos. En cambio, el tal Fernández representa todo lo contrario: apenas un arribista, servil adulador del alcalde (José Franco) y del director de su periódico (José María Caffarel). Un tipo patético, envejecido prematuramente, que, de no ser tan obtuso, podría haberse salvado gracias a Charo, pero que, finalmente, optará por dejarse arrastrar por los cantos de sirena (o más bien de opereta) de la vieja guardia.

Fernández (Cassen) dando el do de pecho


sábado, 25 de junio de 2022

Vestida de azul (1983)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1983, 96 minutos

Vestida de azul (1983) de Giménez Rico


Vestida de azul (1983) reúne a un grupo de seres humanos cuya identidad sexual no se corresponde con lo que indica su DNI. Son y se sienten mujeres, aunque nacieron con cuerpo de hombre. La mayoría se dedican al espectáculo en salas de fiesta como la mítica Centauros y algunas ejercen también la prostitución. Todas ellas, sin embargo, demuestran una  extraordinaria seguridad en sí mismas a pesar de los muchos sinsabores a los que han tenido que hacer frente a lo largo de sus vidas.

Interesante testimonio en primera persona, la temática que aborda Giménez Rico en este documental confirma que, además de Almodóvar, hubo otros cineastas interesados en explorar un mundo hasta aquel entonces excluido de nuestra cinematografía. Tal sería el caso, por ejemplo, de otra cinta que ya tuvimos ocasión de comentar hace unos meses: El transexual (1977), en la que el director José Jara se atrevía a sumergirse en las profundidades de la noche madrileña. La diferencia, no obstante, estriba en el hecho de que aquí se prescinde totalmente de trama argumental, centrándose en exclusiva en las seis protagonistas.



El resultado es un retrato amable exento de morbosidad en el que Loren, Renée, Nacha, Eva, Tamara y Josette se explayan explicando sus respectivas trayectorias vitales, todas ellas muy diversas. La primera, recién salida de la cárcel de Carabanchel, explica con mucha gracia algunas anécdotas a propósito de su servicio militar o de cómo trabajó de mayordomo para los duques de Cádiz. Tamara, en cambio, ha sido víctima de una doble exclusión social en tanto que mujer trans de etnia gitana. Renée, la peluquera, escribe una carta muy emotiva a su familia de Asturias en la que les desvela su verdadera identidad. Nacha es quizá la más empoderada de todas y de ahí que presuma tanto de la ropa y de las joyas que posee. De Eva, alias "la Bibi Andersen", se nos muestran imágenes de la mamoplastia a la que se somete, mientras que en el caso de Josette sorprende el encuentro con su ex mujer.

Al cabo de los años, Vestida de azul ha acabado convirtiéndose en una película de culto objeto de varios análisis, como el publicado por Valeria Vegas en 2019. Mucho han cambiado las cosas a lo largo de estas cuatro décadas, sin ir más lejos la propia despenalización del colectivo o la entrada en vigor de la Ley de Identidad de Género en 2007. Conquistas que contrastan enormemente con el aciago fin que aguardaba a la mayoría de las protagonistas del filme: a día de hoy, sólo siguen con vida Nacha y Josette. Curiosamente, esta última ha vuelto a su identidad masculina.



viernes, 25 de diciembre de 2020

Jarrapellejos (1988)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1988, 102 minutos

Jarrapellejos (1988) de Antonio Giménez Rico


La Joya recortaba su sombría silueta a la luz de las estrellas. […] Con su abundancia de torres, cúpulas y cimborrios de tanta iglesia, parecía una monstruosa vegetación de hongos sobre un enorme estercolero. Sí, sí; pueblo monstruoso, de monstruosa humanidad en putrefacción, en fermentación de todos los instintos naturales con todas las degradaciones de una decrépita sociedad en la agonía. Allí, para llegar a la posesión del pan y de la hembra —esto que consiguen los pájaros con su bella y sencilla libertad— se pasaba a través de la mentira, de los hipócritas engaños, del robo, hasta del crimen. Damas que lograban los más altos prestigios por la prostitución y el adulterio, como Orencia y la condesa; cándidas muchachas rendidas al dinero o al despotismo de hombres como don Pedro Luis y el Garañón; curas con hijos y públicas queridas y curas alcahuetes, como don Roque y el tuerto don Calixto; novias atropelladas por la autoridad, como aquella del barbero; cristianos condes vendedores de reses muertas de carbunco...; alcaldes ladrones de los pósitos; estafadores a lo Zig-Zag; bandidos en toda la extensa gama que iba desde el Gato a Marzo y Saturnino; jueces libertadores de asesinos y encausadores, a sabiendas, de inocentes...; y encima, flotando con la siniestra sombra de un murciélago brutal, Jarrapellejos, amparador de todos los crímenes y robos y engaños y estafas del inmenso pudridero...

Felipe Trigo
Jarrapellejos

Los términos tan absolutamente categóricos de los que se sirve Felipe Trigo para denunciar aquella España caciquil de 1914 no dejan lugar a dudas respecto al posicionamiento ideológico de un novelista que con demasiada frecuencia se ha visto condenado al olvido. Postergación de la que se propusieron rescatarlo Antonio Giménez Rico y Manuel Gutiérrez Aragón al adaptar para la gran pantalla la más célebre de sus obras, protagonizada por ese don Pedro Luis Jarrapellejos que, amparándose en la imponente sonoridad de su apellido, todo lo puede y todo lo controla en la imaginaria villa extremeña de La Joya.

Como ya sucediera en la heroica Vetusta donde Clarín situó La Regenta, Trigo se vale de un microcosmos provinciano cuyos defectos son, en realidad, extrapolables al resto de la nación. En ese sentido, el clima fatídicamente corrupto que se respira en La Joya obedece a la impunidad con la que los miembros de la aristocracia local ejercen sus privilegios de clase sobre unos lugareños desamparados para los que poco o nada han cambiado las cosas desde los aciagos días del feudalismo.



Novela esencialmente coral, son tantas y tan variadas las situaciones descritas en ella que difícilmente se podía aprovechar todo el material que proporciona, por lo que su versión fílmica transmite a ratos una cierta sensación de resumen frívolo. Así pues, ni la evolución personal de Octavio (un jovencísimo José Coronado en los inicios de su carrera) queda bien reflejada ni su idilio con Ernesta (Lydia Bosch) posee la profundidad que en el libro es fruto de páginas y páginas de sutil galanteo.

Se salva, eso sí, por la convincente interpretación de Antonio Ferrandis en el papel de omnipotente oligarca, así como por la presencia de Juan Diego en un rol de señorito libidinoso muy en la línea del que ya interpretara algunos años antes a las órdenes de Mario Camus en Los santos inocentes (1984). En cambio, y tal vez porque el recuerdo de lo acontecido a principios de aquella misma década con El crimen de Cuenca (1980) aún podía tener su peso en el inconsciente de los productores a la hora de mostrar según qué cosas, lo cierto es que las tropelías a las que se ve sometido por parte de la Justicia el socialista Cidoncha (Joaquín Hinojosa) quedan excesivamente atenuadas en comparación con lo descrito en el texto.



martes, 6 de octubre de 2020

El disputado voto del señor Cayo (1986)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1986, 94 minutos

El disputado voto del Sr. Cayo (1986)
de Antonio Giménez Rico


Los tres se sobresaltaron. Un hombre viejo, corpulento, con una negra boina encasquetada en la cabeza y pantalones parcheados de pana parda, les miraba taimadamente desde la puerta, bajo el emparrado de la casa. Víctor, al verle, franqueó la lancha que salvaba el arroyo y se dirigió resueltamente hacia él.

Miguel Delibes
El disputado voto del señor Cayo

El próximo sábado 17 de octubre se cumplirán cien años exactos del nacimiento de Miguel Delibes (1920-2010). Ocasión propicia, pues, para comentar otra de las muchas adaptaciones cinematográficas que han merecido las novelas del autor vallisoletano. De hecho, Giménez Rico es, muy probablemente, el director que con mayor asiduidad ha frecuentado su obra narrativa. Aparte de la que ahora nos ocupa, suyas son Retrato de familia (1976),  a partir de Mi idolatrado hijo Sisí, y Las ratas (1997): notable promedio, como queda patente, a razón de una adaptación cada diez años.

Pero entrando ya de pleno en el análisis de El disputado voto del señor Cayo las diferencias más notables entre texto y filme se reducen básicamente a dos. Por un lado, Giménez Rico y su guionista Manolo Matji optaron por añadir una serie de escenas en blanco y negro, frente al colorido de las que relatan la campaña electoral del 77, con el objetivo de remarcar hasta qué punto los protagonistas (antiguos “compañeros de viaje”) han perdido la inocencia al cabo de los años, dejando ideales y amistades por el camino, fagocitados por el mismo sistema que un día pretendieron cambiar. Y, por otra parte, aunque no menos importante, la película muestra abiertamente la pertenencia al PSOE del candidato Víctor Velasco (Juan Luis Galiardo), si bien los diálogos, pese a que en repetidas ocasiones se dejen ver carteles con la efigie de Felipe González, omiten cualquier tipo de alusión directa al partido.



El eje fundamental de la trama reside en el shock que supone para los urbanitas Víctor, Laly (Lydia Bosch) y Rafa (Iñaki Miramón) el encuentro con el señor Cayo (Paco Rabal), personaje cuya apariencia remite al Azarías que el mismo actor interpretara dos años antes, a las órdenes de Mario Camus, en Los santos inocentes (1984), también inspirada en Delibes, pero más refinado en su particular dominio de la gramática parda. Un sentido común, fruto de la sabiduría popular y el contacto directo con la naturaleza, mediante el que el aldeano irá desmontando todos y cada uno de los prejuicios latentes en el paternalismo izquierdista de sus visitantes.

“¿Qué ocurrirá el día en el que ya no quede ningún hombre que sepa para qué sirve la flor del saúco?”, se pregunta VV en un momento del relato. Y es que el bueno de Cayo Fernández, con todas las limitaciones que implica el residir en un remoto caserío burgalés con cuyo único vecino no se habla (eco cainita de las dos Españas), se basta y se sobra para subsistir, por más que el mundo entrase en un hipotético colapso, amparándose únicamente en los recursos que le depara su hábitat rural. Sin embargo, el progreso inmisericorde, causante de la despoblación interior y de que el viejo campesino se vea abocado al desamparo cuando le fallen las fuerzas, hará que la película termine con una nota agridulce, incluso cruel: ¿quién necesita realmente a quién? ¿Es la solidaridad lo que mueve a Rafa, ayer soñador y hoy político profesional, a acudir en auxilio del señor Cayo? ¿O son los remordimientos de conciencia?



domingo, 17 de mayo de 2020

Se necesita chico (1963)




Director: Antonio Mercero
España/Italia, 1963, 81 minutos

Se necesita chico (1963) de Antonio Mercero


Se cumplen estos días dos años del fallecimiento de Antonio Mercero (1936–2018), director cuyo nombre quedará eternamente asociado a títulos como La cabina o Verano azul, pero que también  dejó un buen puñado de películas para la gran pantalla. Ésta que comentamos hoy, Se necesita chico (1963), supuso su debut en la dirección de largometrajes y fue el resultado de una coproducción con Italia. Entre sus créditos destacan nombres como los de Giménez Rico u Horacio Valcárcel, ejerciendo labores de ayudantía de dirección, así como Primitivo Álvaro o Luis Cuadrado en funciones más de tipo técnico.

Quien conozca Del rosa al amarillo de Summers, estrenada aquel mismo año, se dará cuenta enseguida de que ambos cineastas, aparte de ser compañeros de promoción, estaban hechos de la misma pasta. Es decir, que el humor y la infancia son elementos esenciales en su cine, aunque a través de una mirada teñida de cierta melancolía.



Dotada de una estructura vagamente episódica, Se necesita chico se articula en torno a las andanzas del niño Toñín durante su primera jornada de trabajo como recadero en la floristería El pensamiento. A punto de cumplir catorce años (o eso dice su madre para convencer a la encargada de que le den el puesto al chico), el protagonista se va a ver desbordado por las exigencias de un entorno que espera de él la madurez que aún dista de haber alcanzado. Y así, lo veremos sucesivamente en una boda, un entierro, irrumpiendo, en directo, en unos estudios televisivos o en la fiesta de disfraces que organiza en el jardín de su casa una estrella juvenil que se parece a Marisol hasta en el nombre artístico: Maryluz.

Lo primero que llama la atención de la ópera prima de Mercero, ya desde los títulos de crédito iniciales, es el uso que hace de la música incidental, a cargo de Antonio Pérez Olea, para subrayar los efectos cómicos de la acción. Una tendencia al gag que se irá agudizando conforme avance la trama (por ejemplo, los diálogos al otro lado del escaparate de la tienda, sustituidos por las notas de la partitura o por la retransmisión de una rifa que tiene lugar en el barrio, pero sin que se pierda ni un ápice del significado o, incluso, reforzándolo). Sin embargo, y más allá de lo ingenioso de su puesta en escena, es la causticidad de dichas agudezas lo que merece la pena resaltar. Porque mediante ese niño vestido de botones y las situaciones disparatadas que protagoniza, Mercero aprovecha para mofarse a base de bien de la solemnidad de las clases pudientes: toda una osadía en la España en blanco y negro de aquel entonces. La misma que, con su indiferencia, hizo que pasara desapercibida una película tan notable como ésta.


lunes, 13 de abril de 2020

Días de viejo color (1968)




Director: Pedro Olea
España, 1968, 78 minutos

Días de viejo color (1968) de Pedro Olea


Tras un par de cortos, El parque de juegos (1963) y Anabel (1964), el primer largometraje del bilbaíno Pedro Olea fueron estos Días de viejo color que coescribieron los también cineastas Antonio Giménez Rico y Ángel Llorente. En apariencia, se trataría de una comedia estudiantil al uso, protagonizada por tres universitarios madrileños que van a ligar a Torremolinos en Semana Santa. Y aunque ello es así en buena medida, la película depara, sin embargo, no pocas sorpresas que demuestran una cierta voluntad rompedora por parte de aquellos jóvenes realizadores.

Como, por ejemplo, toparse con un imberbe Luis Eduardo Aute cantando dos temas en francés, el segundo de los cuales ("Les bourgeois") provisto de una letra que pretende ser reivindicativa. O ese guateque tan sui géneris en el que figuran como extras personalidades de la talla de la escritora Mercedes Pinto (declamando una extraña letanía), el pintor Manuel Viola en plena performance, Massiel con sombrero cordobés, Juan Pardo y Fernando Arbex de los Brincos, Miguel Picazo jugando al pinball y la transexual francesa Coccinelle improvisando imaginativos vestidos a partir de un simple fular.

Luis Eduardo Aute (1943-2020)

Tal vez porque la censura franquista tenía muy claro que esto era una peliculilla de amoríos vacacionales y poco más, pero lo cierto es que no deja de ser sorprendente que los personajes hagan referencia a sustancias psicotrópicas como el LSD o la marihuana. Que debían de estar muy en el ambiente, de acuerdo (y la cosa tampoco va a mayores, es cierto), pero, aún así, llama la atención escuchar esas palabras en un filme español del 68. Con todo, no falta la nota cómica a través del potentado yanqui al que interpreta Luis García Berlanga: un señor que responde al nada original nombre de Mister Marshall y que se pasa el día en la terraza del hotel leyendo cómics y bebiendo leche.

El americano pretenderá convencer a Miguel (José Manuel Gorospe) de que le ayude a pasar un cargamento de hachís desde Tánger, cosa a la que el muchacho no sabe cómo negarse. Pero allí está su amigo Luis (Andrés Resino) para rechazar la oferta por él y zanjar el tema. Porque estos mancebos habrán ido a la Costa del Sol a pillar cacho, pero aun así son gente seria. Tanto, que Luis se enamora de Marta (Cristina Galbó), matritense como ellos y cuyos padres (modernísimos para la época) le permiten que tome sus propias decisiones. Lo cual culmina en que la pareja comparte lecho y promesas de amor eterno, aunque, cuando en la última secuencia, ya de regreso en la capital, vemos a Luis alejarse solo hasta confundirse con la multitud, no está muy claro que la relación entre ambos se vaya a consolidar.


martes, 29 de octubre de 2019

Las ratas (1997)




Director: Antonio Giménez-Rico
España, 1997, 90 minutos

Las ratas (1997) de Antonio Giménez-Rico


Mas al chiquillo no le agradó la faena del abuelo. Por principio le repugnaba la muerte en todas sus formas. Con el tiempo apenas se modificó su actitud; es decir, sólo concebía muertas a las ratas que eran su sustento y a los cuervos y las urracas porque su fúnebre plumaje le recordaba el entierro del abuelo Román y la abuela Iluminada, los dos ataúdes juntos sobre el carro de la Simeona. Por la misma razón odiaba el niño a Matías Celemín, el Furtivo. [...]

Pero también aprendió el niño, junto al abuelo Román, a intuir la vida en torno. En el pueblo, las gentes maldecían de la soledad y ante los nublados, la sequía o la helada negra, blasfemaban y decían: "No se puede vivir en este desierto". El Nini, el chiquillo, sabía ahora que el pueblo no era un desierto y que en cada obrada de sembrado o de baldío alentaban un centenar de seres vivos. Le bastaba agacharse y observar para descubrirlos. Unas huellas, unos cortes, unos excrementos, una pluma en el suelo le sugerían, sin más, la presencia de los sisones, las comadrejas, el erizo o el alcaraván.

Miguel Delibes
Las ratas (1962)
Capítulo 3



Tal vez el mérito principal de esta adaptación de la novela homónima de Delibes resida en haber logrado penetrar hasta el fondo del universo narrativo de un autor del que, en 2020, se conmemoran diez años de su muerte y el centenario del nacimiento. Ocasión idónea, por tanto, para revisar una más que aceptable película cuyo máximo interés radica en el enfoque documental, cuasi etnográfico, de muchas de sus escenas. Como la impactante matanza del cerdo, antaño tan cotidiana, y que hoy podría herir la sensibilidad de más de un espectador.

De hecho, son muchos los animales que, comenzando por el propio título, poseen un enorme protagonismo en la cinta que nos ocupa, desde raposas hasta buitres, pasando por esas codiciadas ratas de agua que serán el origen de no pocas disputas. Circunstancia que, sin duda, hubo de complicar un rodaje ya de por sí largo, teniendo en cuenta que la acción transcurre a lo largo de las cuatro estaciones del año: variedad de paisajes y ambientes, magistralmente captados por el objetivo de Teo Escamilla (1940-1997) en el que había de ser uno de sus últimos trabajos como director de fotografía.



Son quizá las secuencias rodadas en la taberna, foro social por excelencia de la aldea, las que adolecen de una cierta teatralidad que viene a empañar un tanto la impecable puesta en escena concebida por Giménez-Rico, repleta de tantísimos apuntes cotidianos a propósito de usos, costumbres y oficios de la Castilla profunda y misérrima. Porque, si bien la acción transcurre en 1956 (un año después de que España entrara a formar parte de la ONU y tres tras los acuerdos de Madrid con los Estados Unidos), el Ratero y muchos de sus convecinos siguen, no obstante, viviendo en la Edad de Piedra.

De ahí el empeño manifestado por las fuerzas vivas del municipio (básicamente, el alcalde y el gobernador civil, aunque también la fanática doña Resu) para acabar con determinados modos de vida que ellos consideran primitivos, cuando no aberrantes. Pero más fuerte que la obsesión de los tecnócratas del Régimen por conseguir a toda costa el "progreso", más enérgica que la insistencia de alguna vieja beata en domesticar lugareños montaraces, la maldad de unos y otros excitará los bajos instintos del Ratero (José Caride) hasta que las pocas luces de éste lo echen todo a perder, incluido el futuro de su hijo (Álvaro Monje), dotado de una extraordinaria inteligencia natural que, sin embargo, no logra impedir la tragedia.


miércoles, 11 de septiembre de 2019

¿Es usted mi padre? (1971)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1971, 81 minutos

¿Es usted mi padre? (1971)
de Antonio Giménez Rico


De ser ciertos los datos que constan en IMDb a propósito de las fechas de estreno de esta película (Bilbao: 18 de febrero de 1971; Barcelona: 16 de agosto de 1971; Madrid: 15 de julio de 1974), salta enseguida a la vista su difícil relación con la censura franquista, toda vez que en los títulos de crédito se indica que el rodaje tuvo lugar en... 1969. Lo cual no tiene nada de sorprendente a tenor de su insólito argumento: un maduro marqués en horas bajas, don Sebastián Sánchez-Solanas (Mark Stevens), se saca algún que otro dinerillo legitimando con sus apellidos a criaturas nacidas de madre soltera que, dada la obtusa moral nacionalcatólica imperante, se veían abocadas al indecoroso estigma de la bastardía.

Único inquilino de la vetusta casona familiar, donde es atendido por su viejo y fiel criado Federico (Jesús Tordesillas), Sebastián recibe un buen día la inesperada noticia de la muerte de un pariente lejano, afincado en Argentina, que no sólo le deja en herencia un nuevo título nobiliario, el de Conde de Cardeña, sino también una cuantiosa fortuna con la condición de que la dedique a cuidar de sus hijos hasta que éstos cumplan la mayoría de edad.



De modo que al maduro aristócrata se le llena la casa de criaturas en un abrir y cerrar de ojos. Aunque eso no es lo peor: el verdadero dilema se producirá cuando dos de sus "vástagos", María (Maribel Martín) y José (Tony Isbert), se enamoren perdidamente el uno del otro, dando lugar a un supuesto caso de incesto, por lo menos ante los ojos de la ley y de la Iglesia.

Típico producto del tardofranquismo, ¿Es usted mi padre? plantea una situación que posee algunos paralelismos con otro filme español estrenado por aquellas mismas fechas: Adiós, cigüeña, adiós (1971) de Summers. Más que nada porque ambos títulos, además de atreverse a cuestionar, medio en broma medio en serio, el carácter intocable de la familia, es decir, de una de las instituciones sacrosantas de la dictadura, abordaban el todavía más espinoso asunto de la paternidad fuera del matrimonio. No obstante, la circunstancia de un hombre legalmente padre de una prolija descendencia no es exclusiva de la España de hace cinco décadas: tanto la producción quebequesa Starbuck (2011), así como su correspondiente remake hollywoodense de dos años después ¡Menudo fenómeno! (Delivery Man, 2013), las dos dirigidas por Ken Scott, se valían de un similar punto de partida para advertir, en clave de comedia, de los posibles inconvenientes derivados de ser donante de esperma.

Sebastián (Mark Stevens)

lunes, 8 de febrero de 2016

Retrato de familia (1976)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1976, 92 minutos

Retrato de familia (1976)
de Antonio Giménez Rico


El establecimiento "Cecilio Rubes. Materiales higiénicos" tenía en 1917 tres amplias vidrieras a la calle, iluminación eléctrica, buena calefacción y un local holgado, atiborrado de enseres sanitarios. Cecilio Rubes era en 1917 un experto negociante, lo que se dice un agudo hombre de negocios, avalado por una tradición de lustros. De niño, Cecilio Rubes no se sentía atraído por los negocios de su padre; a él le hubiese gustado alterar la tradición familiar, dedicarse a una profesión que exigiera más cerebro y más iniciativa, pero Cecilio Rubes dejó pasar los años decisivos, bien porque Cecilio Rubes no fuese lo que se dice un hombre intuitivo y audaz, bien porque el comercio de materiales higiénicos latiese en la sangre de los Rubes con una fatalidad inexorable.

Miguel Delibes
Mi idolatrado hijo Sisí

Bajo el título de Retrato de familia, el director Antonio Giménez Rico adaptaba en los albores de la democracia la novela de Delibes cuyo primer párrafo encabeza estas líneas. Se trata de un filme emparentado con otras producciones que en aquel momento histórico acometían la nada fácil tarea de hablar de la guerra civil española tras cuarenta años de dictadura. Películas como Pim, pam, pum... ¡fuego! (Pedro Olea, 1975), La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), Jo, papá (Jaime de Armiñán, 1975), El amor del capitán Brando (Jaime de Armiñán, 1974), Las largas vacaciones del 36 (Jaime Camino, 1976) o Soldados (Alfonso Ungría, 1978) son solo algunos títulos de una amplia nómina de cintas.

Los papeles principales fueron interpretados por Antonio Ferrandis (Cecilio Rubes), Amparo Soler Leal (Adela Rubes), Mónica Randall (Paulina) y Miguel Bosé (Cécil). Más que tomar partido por un bando o por otro, Retrato de familia pretendía subrayar la ruina que supuso la guerra para una cierta burguesía provinciana que, queriendo mantenerse al margen del conflicto, padeció igualmente las consecuencias. Aunque ello conlleva asimismo el mostrar la decadencia moral de una estirpe en la que los padres, faltos del carácter necesario, malcrían al hijo que a la postre se mostrará desconsiderado con ellos, como lo prueba el hecho de que Cecilio y Cécil compartan amante.

Amparo Soler Leal (Adela) y Antonio Ferrandis (Cecilio)